Y de repente tú 15.

Y de repente tú

Sábado, 18 de agosto de 2012.

Regresamos a Lagos por la tarde, Lucas y Giovanni nos dejaron a Gina y a mí en nuestro apartamento y se fueron a su casa para ducharse y vestirse, pues tenían que volver a por nosotras para ir a casa de los padres de Lucas. Gina y yo estamos de nuevo en nuestro apartamento, nuestro hogar. Después de tantos días y, pese al poco tiempo que llevamos aquí, he echado de menos estar aquí, sentirme en casa.

Tras ducharnos y rebuscar en nuestros respectivos armarios, estamos vestidas para la ocasión y preparadas para salir. Gina se ha decidido por un vestido azul de tubo hasta las rodillas y unas sandalias romanas con tacón de aguja. Yo me he decidido por un vestido color vino recto, con escote en forma de corazón y zapatos negros de tacón de aguja con una pequeña plataforma.

–  Estáis preciosas. – Nos dice Giovanni cuando nos ve salir del edificio para dirigirnos – Hemos venido en dos coches, por si la cena se alarga y queréis volver antes. – Giovanni pasa por mi lado y me susurra: – O más tarde.

–  ¿Me estás pidiendo que te deje la casa libre para utilizarla con Gina? – Le susurro a Giovanni bromeando, sin que nadie más pueda oírme. – Me debes una o, mejor dicho, estamos empates y ya no te debo ninguna, ¿eh?

–  Eres mala. – Me dice Giovanni entre risas.

Lucas nos observa, ha escuchado lo último que me ha dicho Giovanni y su mirada se torna como el hielo, sus ojos se vuelven de un color gris niebla y su rostro se endurece. Me acerco a Lucas haciéndome la inocente y le digo con naturalidad:

–  Parece que te ha tocado llevarme, Giovanni ha hecho sus propios planes con Gina.

Me parece ver una tímida sonrisa en sus labios, más bien una pequeña mueca, pero no me dice nada, se limita a abrirme la puerta del acompañante de su BMW M6 para después ayudarme a entrar. A veces me saca de mis casillas con sus actos de caballerosidad, aunque reconozco que en el fondo me gustan.

Lucas conduce en silencio, prestando toda su atención en la carretera. Pasados unos diez minutos, llegamos a la casa de los padres de Lucas, o debería decir a la mansión Mancini. Se trata de una casa enorme de tres plantas, casa de invitados, garaje con seis plazas para coches y dos para motos, jardín delantero y una piscina que podría ser olímpica. Y eso es solo lo que he podido ver nada más entrar y desde el coche.

–  Lucas, no creo que yo…

–  Tranquila, a mi hermana y a mi madre les has encantado, mi padre es amable con todo el mundo por naturaleza y de mi hermano ya me ocupo yo. – Me interrumpe.

–  ¿Qué quieres decir con eso de que tú te encargas de mi hermano? – Le pregunto preocupada.

–  Relájate, no tienes de qué preocuparte. – Me dice cogiéndome de la mano y arrastrándome junto a él, envolviéndome en su abrazo, haciendo que nuestros cuerpos se peguen el uno contra el otro. – Mi hermano y yo tenemos nuestro propio juego y nos gusta hacer sufrir un poco al otro. Es la primera vez que llevo a una chica a casa, así que puedes contar con sus comentarios al respecto.

–  ¿Por qué no has traído a ninguna chica antes? – Le pregunto curiosa. – Estoy segura de que no te faltarán pretendientas.

–  No tengo relaciones estables, por eso las chicas con las que salgo nunca van a mi casa, a casa de mis padres o cualquier otro lugar público o privado donde me las pueda encontrar. – Me contesta deshaciendo su abrazo y dejando que Iceman salga a la luz en su totalidad, el hombre de hielo ha vuelto para quedarse.

No digo nada más, no me atrevo. Decido quedarme callada y caminar hacia a la puerta del garaje, pero Lucas me coge de la mano y tira de mí hasta dejarme frente a él. Me observa silenciosamente y después me besa en los labios. Suspira lentamente y me dice con su tono de voz segura y protectora:

–  Si no quieres estar aquí, aún estamos a tiempo de salir corriendo.

–  No me molesta estar aquí, pero no entiendo el por qué. – Le confieso.

–  Porque mi madre te ha invitado y tú has aceptado, lo cual te recuerdo que sigue teniendo solución.

–  Tu familia cree que soy tu novia, Lucas. – Le replico. – Y eso no me hace sentir muy cómoda, por no mencionar que está confiando en mí y abriéndome las puertas de su casa mientras yo me dedico a mentir.

–  No te preocupes, ya he hablado con ellos y les he dicho que somos buenos amigos, que nos estamos conociendo. Ninguno de ellos se atreverá a decir nada que no quieras escuchar, por su propio bien.

–  ¿Les has insinuado que somos amigos con derecho a roce? – Le pregunto escandalizada. – ¡Qué vergüenza, ahora sí quiero irme! No voy a poder mirarles ni a la cara.

–  Eh, tranquila, no les he dicho nada de eso. – Me dice burlonamente. – Les he dicho que eres una amiga especial a la que tengo intención de demostrar que puede confiar en mí y qué mejor manera de demostrarlo que traerte aquí, con mi familia.

–  No tienes por qué hacer esto si no quieres, confío en ti y no tienes que demostrarme nada.

–  Quiero hacer las cosas bien contigo, Mel. – Me susurra al oído. – No quiero tener que esconderme para poder besarte, no quiero ocultar que estamos juntos, y menos cuando es evidente que todo el mundo lo cree.

–  Eso es ir un poco deprisa, ¿no crees? – Contesto algo confusa.

–  Puede ser, pero estoy dispuesto a ir despacio si es lo que quieres.

–  Apenas nos conocemos y yo no sé si quiero una relación estable en este momento…

–  Solo te pido que te dejes llevar, que nos des una oportunidad. – Me interrumpe. – Esta noche somos dos amigos que cenan en familia y podemos seguir siéndolo hasta que lo tengas claro, solo te pido que no me des una negativa ahora, piénsalo.

–  No quiero correr hacia un precipicio, por ahora prefiero que las cosas se queden como están. – Le confieso con un hilo de voz. – Al menos hasta que nos conozcamos mejor y sepamos lo que queremos.

–  Yo sé muy bien lo que quiero, Mel. – Me susurra al oído con su voz ronca y sensual. – No quiero que tengas la menor duda al respecto. – Añade antes de volver a besarme en los labios.

–  Vaya, vaya, ¿eso es lo que lleváis haciendo desde que habéis llegado? – Nos interrumpe una voz masculina desde la puerta del garaje.

Lucas me agarra de la cintura con fuerza, suspira profundamente y me susurra al oído:

–  Tranquila, es mi hermano Álex.

–  Hermanito, ¿no me vas a presentar a tu amiga? – Pregunta Álex divertido. – Debo decir que es todo un honor conocer a una chica que sea capaz de aguantar a mi hermano. – Dice dirigiéndose a mí. – Pero tranquila, el resto de la familia somos bastante normales. Por cierto, soy Álex.

–  Encantada de conocerte, Álex. – Le respondo sonriendo.

–  Álex, ella es Mel. – Dice Lucas con su gélida voz.

Iceman ha vuelto. Álex pone los ojos en blanco y posteriormente me sonríe y me da dos besos en las mejillas. Pone su brazo derecho en jarras para que me sujete a él y obedezco alegremente, mientras Lucas nos observa ladeando la cabeza de un lado a otro con gesto de desaprobación.

Entramos en la enorme casa desde una puerta del garaje que da a un pasillo que a su vez da a otro pasillo que llega hasta el hall, donde nos reciben Mía, Leonor y un hombre de unos cincuenta y pocos años que debe ser Fabio, el padre de Lucas. Los tres nos sonríen al vernos llegar y esperan pacientemente a que lleguemos junto a ellos para saludarnos:

–  Mel, Lucas, qué bien que hayáis venido. – Nos dice Leonor abrazando primero a Lucas para acto seguido hacer lo mismo conmigo. – ¿Te felicitó Lucas de nuestra parte?

–  Sí, muchas gracias, Leonor. – Respondo.

–  Me alegra volver a verte, Mel. – Me dice Mía abrazándome. ¿Esta familia se saluda con abrazos o solo es cosa de las mujeres? – Creía que mi hermano sería capaz de inventar cualquier excusa para cancelar la cena.

–  Estamos encantados de tenerte aquí, Mel. – Me dice el padre de Lucas saludándome con un par de besos en la mejilla.

–  Gracias, señor Mancini.

–  Por favor, llámame Fabio. – Me responde sonriendo. – Pasemos al salón con Giovanni y Gina mientras se termina de hacer la cena.

En el salón, me siento en un sofá de dos plazas junto a Lucas, al lado del sofá en el que Giovanni y Gina están sentados. Leonor y Fabio se sientan en el sofá de en frente y Mía y Álex se sientan en el sofá de nuestro otro lado.

La conversación al principio resulta bastante banal, hablamos del tiempo, seguido del currículo académico de Gina y del mío, para después hablar de Villasol, de nuestra familia, de la clínica de los padres de Gina y de la galería de arte de mis padres.

–  He estado en la galería Milano y, sin duda alguna, es una de las mejores del país. – Comenta Fabio bastante interesado en el tema. – De hecho, allí compre los dos cuadros de Boticcelli que le regalé a Leonor por nuestro décimo aniversario.

–  No lo entiendo, ¿tus padres son propietarios de una galería de arte mundialmente conocida, una de las mejores del país, y vienes a Lagos para trabajar en una galería de otra persona? – Me pregunta Mía escandalizada. – No me malinterpretes, me alegro de que estés aquí, pero teniendo en cuenta la cantidad de buenos contactos que deben tener tus padres, no tienes por qué empezar desde cero.

–  Nuestros padres empezaron de cero y hoy en día son quienes son por su propio mérito. – Le respondo tímidamente. – Estudié historia del arte porque me encanta el arte y pretendo adquirir experiencia antes de crear mi propia galería. Por supuesto, tengo que reconocer que criarme en una galería de arte tiene sus ventajas.

–  Te honra tu humildad. – Me dice Leonor. – La mayoría de los hijos de padres ricos se conforman con ejercer un cargo en la empresa familiar, sin tener en cuenta otras posibilidades de futuro.

La cena discurre de igual manera. La conversación fluye de tema en tema, pero jamás se menciona mi relación con Lucas, es como un tema tabú. Leonor vuelve a preguntarnos si seguimos pensando en asistir a su fiesta del fin del verano, parece que no está muy segura de que su hijo mayor por fin asista a una de sus fiestas. Lucas le responde que sí, siempre y cuando yo siga estando dispuesta a acompañarle y yo asiento afirmando que asistiremos.

Después de cenar, tomar el postre y el café, Fabio nos hace salir al jardín, donde nos tomamos un par de copas todos juntos. Álex es un tipo muy divertido, aunque sus bromas se centran en tomarle el pelo a Lucas y Lucas hace lo mismo con él. Es como ver a dos hermanos discutir pero con elegancia, aunque en el fondo sólo es un paripé que tienen montado y se llevan bastante bien, a su manera.

A las doce y media de la noche, decidimos regresar a casa. A pesar de que mañana es domingo, Lucas y Giovanni tienen que pasar el día en la oficina para ponerse al día con el trabajo que han dejado retraso estos días por venir con nosotras al lago.

Un pensamiento en “Y de repente tú 15.

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