Una tentación irresistible 7.

Una tentación irresistible

A las ocho y media de la tarde, Álvaro, Noelia, Sarah y, cómo no, Samuel, pasaron a recoger a Ramiro y Helena. Como eran seis, se repartieron en dos coches: Álvaro, Noelia y Samuel en un coche y Helena, Ramiro y Sarah en otro. A Helena le sabía mal meter a su hermano en aquella situación con gente a la que no conocía, pero su remordimiento se evaporó cuando se percató de las miradas y sonrisas que le dedicaba a Sarah y que ella le correspondía. Puso los ojos en blanco y miró distraída por la ventanilla del coche hasta que llegaron al restaurante donde Álvaro había reservado mesa.

–          Por aquí, por favor. – Les dijo uno de los camareros guiándoles hacia a su mesa. Dejó tres cartas sobre la mesa y añadió: – Enseguida regreso para anotar qué van a tomar de beber.

Sarah se las ingenió para sentarse al lado de Ramiro y Helena tuvo que sentarse en la única silla que quedaba libre, entre Samuel y Ramiro. Samuel la observó con disimulo, aquella chica le atraía a la vez que le desconcertaba y, aunque lo había intentado, no podía quitársela de la cabeza. Ni siquiera Carla consiguió ponerle de mejor humor después de una magnífica sesión de sexo y, por regla general, aquellas sesiones solían acabar con todo su estrés. Y, ahora que tenía frente a él a la causante de su insomnio, no sabía qué decirle. El hecho de que ella fuera la chica que estaba entrenando a Loco y animando a sus hermanos y a su cuñada a confiar en ese caballo le había confundido todavía más. ¿Cómo podía odiarla y al mismo tiempo desearla como la deseaba?

–          ¿Estás bien? Estás muy callado. – Le pregunta Álvaro a su hermano.

–          Sí, solo pensaba en un asunto de trabajo que lleva una semana quitándome el sueño. – Le responde Samuel distraído.

–          Y ese asunto de trabajo que te quita el sueño, ¿es rubio, tiene unos ojos de gato de color verde y monta a caballo? – Le pregunta burlonamente Álvaro en un susurro para que solo su hermano pueda escucharle.

Samuel no le contesta, pero la mirada fulminante que le lanza es suficiente para confirmarle a Álvaro que ha metido el dedo en la llaga.

El camarero regresa y Álvaro le pide que traiga vino para beber. Solo hay tres cartas y a Helena le toca compartir la suya con Samuel. Sus manos se rozan al coger la carta y ambos sienten una leve descarga eléctrica, retiran la mano al instante, pero ninguno de los dice nada. Tras decidir lo que van a pedir, el camarero les trae el vino, sirve sus copas y les toma nota en su pequeña libreta.

La cena transcurre con normalidad. Comen, beben y charlan, se cuentan anécdotas graciosas y Ramiro se lleva la palma al contar una anécdota sobre su hermana Helena:

–          Tenía quince años y mis padres la habían castigado sin salir un sábado por la noche por haber llegado a las tantas la noche anterior. – Empieza a decir Ramiro. – Así que salió de casa a hurtadillas, cogió prestada la moto de nuestro vecino y la policía la paró. No tenía carné de conducir, la moto no era suya y era menor de edad, así que tenían que llamar a mis padres. Por suerte, fui yo quien contestó al teléfono y no mis padres, así que tuve que encargarme de ir a buscarla a comisaría, sacarla de allí y convencer a nuestro vecino de que no la denunciara por el robo de la moto, todo sin que mis padres llegaran a enterarse de lo que había ocurrido.

–          Eres todo un ejemplo de sensatez. – Le dice Samuel a Helena en un susurro y acercándose a ella para que nadie más le oiga.

–          Tú, sin embargo, eres todo encanto y amabilidad. – Le responde Helena mostrándole una falsa sonrisa.

Samuel le devuelve la sonrisa, pero la suya no es una sonrisa falsa, es una sonrisa sincera. No puede evitar sentirse atraído por la mujer que está sentada a su lado, pese a que sabe que eso le va a traer más de un dolor de cabeza.

Cuando salen del restaurante, ya un poco achispados, deciden ir a un chiringuito de playa que de noche se convierte en un chill-out a orillas del mar. Tras pedir las copas en la barra del chiringuito, se dirigen al final del tatami de madera donde están distribuidas las mesas y los sofás a escasos metros de la orilla. A Helena y a Samuel les toca compartir sofá, pues son de dos plazas y Sarah se las vuelve a apañar para sentarse junto a Ramiro.

–          ¡Me encanta esta canción! – Exclama Sarah sonriendo y, tirando del brazo de Ramiro para que se levante, le dice con una coqueta sonrisa en el rostro: – ¡Ven a bailar conmigo!

Ramiro no se lo piensa dos veces y se marcha con Sarah hacia a la pista de baile. Noelia y Helena intercambian una mirada divertida al mismo tiempo que Álvaro y Samuel fruncen el ceño mientras ven alejarse a su hermana pequeña.

–          ¿Tienes planes para el próximo sábado? – Le pregunta Álvaro a Helena.

–          Pues… El viernes por la noche salgo con mis amigas, ya sabes, noche de chicas. – Le responde Helena guiñándole un ojo a Noelia. – Así que probablemente me emborracharé y el sábado por la mañana estaré en coma. A mediodía tendré que ir a comer a casa de mis padres, de lo contrario serán ellos quienes se presenten en mi casa… Pero a partir de las cinco de la tarde seré libre, aunque no sé en qué estado físico y mental me encontraré.

–          Noche de chicas, ¡qué envidia! – Exclama Noelia con nostalgia.

–          Pues vente con nosotras a la noche de chicas, aunque ya conoces a Laura y puedes imaginarte cómo acabará la cosa. – Le propone Helena. – Yo iré a Barcelona el viernes por la mañana, si no tienes planes y a Álvaro no le importa que te robe de su lado durante un día, te paso a buscar y nos vamos juntas.

–          ¿Yo no puedo ir? – Pregunta Álvaro divertido.

–          Lo siento, pero en nuestra noche de chicas no admitimos a ningún hombre, al menos hasta después de la tercera copa. – Le responde Helena riendo.

–          En ese caso, tendré que organizar una cena de chicos, puede que después de la tercera copa coincidamos en algún pub.

–          ¡De eso nada! – Le reprende Noelia y le recuerda: – Es una noche de chicas.

Justo en ese momento, Sarah y Ramiro regresan de la pista de baile y se sientan en el sofá donde habían estado sentados minutos antes. Ramiro, al ver las risas en los rostros de su hermana y de Noelia, les pregunta con curiosidad:

–          ¿Qué está pasando aquí?

–          Nos han excluido de la noche de chicas, nos vamos a quedar sin fiesta de pijamas, sin película romántica y sin tarrinas de helado. – Se mofa Samuel.

–          Me temo que esa noche de chicas no es la misma noche de chicas que organiza mi hermana con sus amigas todos los viernes. – Comenta Ramiro riendo. Mira a su hermana con complicidad y le pregunta: – ¿Esta vez también van a tener que intervenir los bomberos?

Helena se ruboriza al instante y bebe un largo trago de su copa evitando mirar a su hermano, que la escruta con la mirada. Helena había hecho un trato con Laura y Silvia para no volver a mencionar aquella noche, pero su hermano no cesaba en recordárselo cada vez que tenía oportunidad. Por desgracia para Helena, uno de los bomberos era amigo de Ramiro y la conocía, así que su hermano se enteró de todo.

–          Por cierto, Juan, mi amigo el bombero, ha vuelto a darme recuerdos para ti. – Le dice Ramiro burlonamente. – Me ha dicho que tú y tus amigas estáis invitadas al parque de bomberos para una visita guiada, creo que hasta os dejarán subiros al camión de bomberos como hacen con los niños.

–          No tiene gracia, Ramiro. – Le reprocha Helena. – Creo que no he pasado tanta vergüenza en toda mi vida como en aquella noche.

–          Pero, ¿qué hicisteis? – Pregunta Sarah queriendo saber más de aquella historia.

–          Prefiero no hablar de ello. – Responde Helena terminándose la copa de un trago.

–          Pero si es muy divertido, cuéntaselo. – La anima Ramiro sonriendo con malicia.

–          Te odio. – Le dice Helena fingiendo estar enfadada. Resopla y añade: – Necesitaré otra copa para hablar de esto. – Mira a Noelia y Sarah y les advierte: – Solo lo diré una vez, no daré detalles y tampoco responderé a ninguna pregunta. – Como si le hubiera leído el pensamiento, el camarero aparece a su lado y le piden otra ronda de copas. Cinco minutos más tarde, el camarero regresa con las copas y Helena continúa hablando: – El caso es que era una noche de viernes y, como cada viernes desde hace unos meses, salimos a celebrar una noche de chicas. Había muchas razones por las que brindar y otras muchas cosas que tratar de olvidar, así que las tres terminamos bebiendo más de la cuenta y por una absurda apuesta acabamos en lo alto de una azotea, borrachas como cubas. Algún vecino asustado llamó a los bomberos creyendo que nos íbamos a matar y el resto os lo podéis imaginar…

–          Te has dejado la mejor parte. – Le insta Ramiro.

–          No pienso decir nada más. – Sentencia Helena.

Samuel sonríe. Sabe perfectamente qué paso aquella noche en aquella azotea, él mismo fue testigo de lo que aquellas locas hicieron. Aquel día, a pesar de que era sábado, se había levantado antes de que amaneciera porque tenía una reunión a primera hora y antes quería salir a correr. Salió a la terraza para mirar al cielo y entonces vio a tres chicas en la azotea del edificio de enfrente, cantando a gritos y bailando en ropa interior. Podría haber sacado de dudas a sus hermanos y a Noelia, que se morían por saber qué era lo que tanta vergüenza le daba a Helena, pero decidió guardar esa información para cuando los demás no pudieran escucharle.

El chiringuito se empezó a llenar de gente y el ambiente se animó. La gente bebía y bailaba mientras charlaba y Sarah volvió a arrastrar a Ramiro a la pista de baile. Noelia, aprovechando que Álvaro estaba animado, también lo arrastró hacia a la pista y Samuel y Helena se quedaron a solas en la zona chill-out. Entonces Samuel recuerda el secreto de Helena y no deja escapar esa oportunidad. Se acerca a ella y le susurra al oído:

–          Tengo que reconocer que no esperaba que dar un concierto en ropa interior en lo alto de una azotea formara parte de una noche de chicas.

Helena se vuelve para mirarlo incrédula y acto seguido enrojece. No sabe cómo se ha enterado, pero su hermano Ramiro no se lo ha podido decir, pues ella ha estado con él toda la noche y no lo ha mencionado en ningún momento.

–          ¿Cómo lo sabes? – Le pregunta Helena cuando recobra el sentido del habla.

–          Digamos que tuve el placer de asistir a aquel concierto en primera fila. – Le contesta Samuel disfrutando al verla tan ruborizada. Y añade sonriendo maliciosamente: – No diré nada si no quieres, pero te agradecería que la próxima vez que des un concierto me avises, no me gustaría perdérmelo.

–          Creía que a los abuelos aburridos como tú no les gustaba ir a conciertos.

–          Tienes razón, quizás puedas conseguirme un pase privado. – Murmura entre dientes Samuel sin que Helena le escuche.

Durante dos horas, Samuel y Helena se distraen lanzándose pullas el uno al otro. Lo que había empezado siendo algo desagradable se había convertido en algo divertido, por alguna razón ambos disfrutaban de aquel intercambio malicioso de palabras. Ninguno se ofendía por los comentarios del otro y disfrutaron de aquella peculiar conversación. Pero los demás no disfrutaron tanto. Ellos no entendían que discutieran a cada momento, les hubiera gustado que al menos se hubieran llevado bien y que no se hubieran pasado la noche lanzándose pullas el uno al otro.

A las cuatro de la madrugada dieron por finalizada la noche y decidieron regresar a casa en taxi, todos habían bebido demasiado. Antes de subirse al taxi, Samuel se acercó a Helena y le susurró al oído con discreción:

–          Buenas noches, Xena, la princesa de las guerreras.

–      Buenas noches, ogro gruñón. – Se despide ella sacándole la lengua como una niña pequeña y provocando una carcajada en Samuel.

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