Una tentación irresistible 5.

Una tentación irresistible

Helena regresó a Blanes el domingo después de comer en casa de sus padres. Quería llegar temprano y así hacer una visita a Noelia y a Loco. Estaba cansada, apenas había podido dormir en toda la noche y no podía sacar de su mente la imagen del hombre que se había encontrado la tarde anterior cuando salió a correr. Cada vez que cerraba los ojos para tratar de dormir, la imagen de aquella sonrisa pícara y esos ojos de un color indefinido entre el azul y el gris se le aparecían y se le insinuaba. Se había despertado empapada en sudor, sintiendo el anhelo de los brazos de un hombre con el que nunca había estado y del que no sabía ni su nombre.

No se sentía con fuerzas para escribir, así que decidió ir a visitar a Loco. Noelia y Álvaro la recibieron con una sonrisa en los labios y, tras charlar un rato con ellos, se dirigió al establo donde Gabriel continuaba con el entrenamiento.

–          ¡Helena, qué sorpresa! – La saludó Gabriel en cuanto la vio aparecer. – Creía que no vendrías hasta mañana por la tarde.

–          He vuelto antes de lo previsto de Barcelona, echaba de menos la tranquilidad de este lugar. – Le respondió Helena encogiéndose de hombros. – ¿Qué tal le va a Loco?

–          Ha mejorado bastante, pero sin duda alguna cuando mejor está es cuando tú estás delante. Tu abuelo tiene razón, tienes un don con los caballos.

Los cinco días siguientes Helena siguió con su nueva rutina: se levantaba al amanecer, desayunaba, salía a correr por la playa, se duchaba, pasaba el resto de la mañana y parte de la tarde escribiendo, iba de visita a casa de Álvaro y Noelia y entrenaba a Loco junto a Gabriel y regresaba a casa tan agotada que la mayoría de las noches se iba a la cama sin cenar.

El sábado por la mañana Samuel se dirigió a Blanes con su hermana Sarah. Estaba de mal humor, no había vuelto a coincidir con aquella chica que se encontró corriendo por la playa y tenía la esperanza de encontrarla hoy sábado, pero había olvidado que le prometió a Sarah que la acompañaría a Blanes para ser testigo de la supuesta evolución de Loco.

–          Cambia esa cara, cualquiera diría que estamos yendo al matadero. – Le recriminó Sarah.

–          Estaría más contento si fuéramos al matadero. – Fue la respuesta de Samuel.

Consciente de que no iba a cambiar el humor de su hermano, Sarah encendió la radio y buscó la frecuencia de su cadena favorita para escuchar música durante el resto del trayecto, odiaba ir en un coche en silencio.

Llegaron a Blanes a mediodía y entre su hermana y su cuñada decidieron invitar a comer a Helena, la misteriosa chica que tenía un don con los caballos y había obrado el milagro con Loco. A Samuel le entraron ganas de decir que no se encontraba bien y marcharse de vuelta a casa, así tendría tiempo de salir a correr y con un poco de suerte se encontraría con aquella chica, pero finalmente decidió cumplir la promesa que le había hecho a Sarah.

–          Cambiarás de opinión en cuanto la conozcas y la veas con Loco, esa chica ha conseguido en unos días lo que nosotros llevamos intentando desde hace dos años. – Le dijo Álvaro a su hermano cuando se quedaron a solas.

–          Sarah me ha dicho que sus abuelos tienen una hípica, ¿se dedica a cuidar y entrenar a caballos?

–          No se dedica a ello profesionalmente, es escritora. – Le respondió Álvaro. Samuel lo miró extrañado y le aclaró: – Escribe novelas y está viviendo en la casa del acantilado para escribir su siguiente novela. Es una chica inteligente y muy simpática, estoy seguro de que te caerá bien.

–          Eso significa que es fea, ¿no? – Se mofó Samuel.

–          Tú mismo podrás comprobarlo en unos minutos.

Sarah y Noelia pasaron a recoger a Helena a su casa y, tras convencerla para que se les uniera a comer, la llevaron a casa de Álvaro Ferreira. A Helena no le apetecía nada conocer al otro hermano de Sarah y Álvaro, presentía que iba a estar en su contra desde el primer momento y sabía que aquello no acabaría bien, pero no pudo negarse frente a la insistencia de aquellas dos mujeres. Estaba en la piscina cuando irrumpieron en su casa y apenas le habían dejado ponerse un vestido ibicenco por encima del bikini antes de subirse al coche de Noelia.

–          Esto es un auténtico secuestro. – Les reprochó Helena. – Me lleváis a la boca del lobo y ni siquiera me dejáis disfrutar en la piscina de mis últimas horas de vida.

–          No seas melodramática, de momento Samuel no se ha comido a nadie. – Bromeó Noelia pensando que su cuñado era un hombre encantador, excepto cuando se hablaba sobre Loco. – Le caerás muy bien, ya lo verás.

Helena dudaba de las palabras de Noelia, pero no le quedó más remedio que ir a conocer al hermano gruñón de Sarah. Cuando las tres chicas llegaron, Álvaro y Samuel estaban en el salón tomándose una cerveza. Ambos se pusieron en pie al oírlas llegar y Samuel se quedó mudo cuando la vio aparecer. La reconoció al instante, era difícil olvidar aquellos ojos felinos del color de la esmeralda, un verde intenso que le hipnotizaba. Helena también lo reconoció, era el hombre que se aparecía en sus sueños todas las noches desde hacía una semana. Le miró  tratando de definir el color de sus ojos y sus miradas se cruzaron. Se quedaron mirándose el uno al otro durante unos segundos hasta que Álvaro, al ver cómo se miraban y que ninguno de los dos decía nada, les preguntó:

–          ¿Os conocéis?

–          No, al menos no oficialmente. – Contestó Samuel sin apartar la vista de Helena.

–          ¿Os habías visto antes? – Volvió a preguntar Álvaro.

–          Soy Samuel. – Le dijo a Helena ignorando la pregunta de su hermano. – Y tú debes de ser Helena, ¿verdad?

Samuel se acercó a ella y le plantó dos besos en la mejilla al mismo tiempo que aspiraba su aroma a jazmín. Ambos se estremecieron ante aquel contacto e intentaron disimularlo. Cuando se repuso de aquella extraña pero agradable sensación, Helena le dedicó una tímida sonrisa y le respondió casi en un susurro:

–          Así es, yo soy Helena.

–          Hemos sacado a Helena de la piscina para arrastrarla hasta aquí, más te vale ser amable con ella. – Le advirtió Sarah a Samuel en voz baja.

Sarah se moría de ganas de ver los progresos de Loco y los movilizó a todos al establo. A Samuel no le hizo ninguna gracia, pero sabía a lo que había venido y no tenía ningún sentido aplazarlo, tarde o temprano tendría que volver a ver a ese caballo. A él nunca le habían interesado tanto los caballos como a sus hermanos, a él le gustaban más los coches y las motos, pero tampoco tenía nada en contra de los animales. Sin embargo, la había tomado con ese caballo. Sabía que Loco no era el causante de la muerte de su hermano Javier, él había muerto por una serie de acontecimientos desafortunados: se mareaba porque se había dado un golpe en la cabeza tras caerse mientras galopaba con Loco, cogió el coche cuando no debía conducir y la mala suerte hizo el resto, pero él no podía dejar de culpar a Loco, sobre todo después de que tirara al suelo a su hermana Sarah y le rompiera dos costillas. Lo que no entendía era por qué sus hermanos se empeñaban en mantener aquel caballo que, a su parecer, solo había traído la desgracia a su familia.

Helena estaba muy nerviosa y Loco lo notó. Se acercó a ella un tanto desconfiado pero en pocos segundos se dejó acariciar por ella como hacía siempre. Helena sabía que Loco se sentía inquieto y no quiso que Sarah lo montara, no era un buen momento para que Loco perdiera la cordura:

–          Loco está un poco nervioso, no es buena idea que lo montes. Quizás no está acostumbrado a tener tantas miradas pendientes de él.

–          Ya os dije que perderíais el tiempo con ese caballo. – Refunfuñó Samuel.

–          Loco es un caballo fantástico, es increíble lo que ha avanzado en tan solo tres semanas y pienso demostrártelo ahora mismo. – Le desafió Helena a Samuel y de un salto se subió a lomos de Loco.

Samuel abrió la boca para protestar y ordenarle que se bajara en ese mismo momento, pero Helena tiró de las riendas y Loco empezó a galopar. Helena lo guio por todas y cada una de las vallas y saltó con él sin la menor duda de que lo conseguiría. El corazón de Samuel estaba a punto de salírsele del pecho, pero aun así mantuvo los ojos fijos en ella en los escasos dos minutos que duró la carrera de obstáculos. Helena regresó junto a la familia Ferreira, de un saltó bajó del caballo para quedarse a la altura de los demás y, mirando a Samuel directamente a los ojos, le preguntó:

–          ¿Sigues pensando que he estado perdiendo el tiempo?

–          Sí, sigo pensando que has estado perdiendo el tiempo. – Le contestó Samuel de mal humor. – Jugarte la vida día tras días con ese caballo es perder el tiempo, si lo que quieres es matarte acabarías antes pegándote un tiro en la sien.

Samuel dio media vuelta y se marchó en dirección a la casa. Sarah salió tras él hecha una auténtica furia y Álvaro miró a sus hermanos con resignación. Noelia se acercó a Helena y la abrazó al mismo tiempo que le dijo:

–          No le hagas ni caso, sigue resentido con Loco por lo que le pasó a Javier y estoy segura de que en este instante se está arrepintiendo de lo que ha dicho.

Helena no dijo nada, se limitó a asentir con la cabeza y llevó a Loco de regreso al establo. Las palabras de Samuel la habían herido, pero no podía evitar pensar en que tal vez tuviera razón. Desde el primer día se había acercado a Loco creyendo que era un caballo salvaje, lo había montado pese a las advertencias de Gabriel y Álvaro y ni siquiera se había parado a pensar en las posibles consecuencias. Últimamente su vida se había quedado vacía y sin emoción, había perdido hasta a las musas que nunca la abandonaban, pero todo había cambiado cuando se encontró a Loco. Puede que sin ser consciente hubiera estado buscando la emoción que la hacía sentirse viva otra vez.

Samuel entró en la cocina y cogió una cerveza de la nevera que se bebió de un trago. Sarah le siguió y, parándose frente a él, le reprochó:

–          ¡Joder Samuel, te pedí que fueras amable con ella y solo te ha faltado prenderle fuego en la plaza del pueblo! ¡Eres un maldito ogro!

Samuel no contestó y Álvaro, que acababa de entrar en la cocina y había escuchado las duras palabras de su hermana Sarah, decidió mediar entre los dos:

–          Chicos, vamos a tranquilizarnos. – Se volvió hacia Samuel y le dijo con tono severo de hermano mayor: – Espero que te disculpes con Helena en cuanto entre por esa puerta, puede que tú no valores su trabajo pero nosotros sí y se lo agradecemos de corazón. Se ha ganado el corazón de tu hermana y el de tu cuñada, además del de Loco y Gabriel, es una persona estupenda y la queremos a nuestro lado. Los amigos son la familia que uno elige y nosotros la hemos elegido.

Los tres hermanos respiraron con resignación y guardaron silencio hasta que Noelia y Helena aparecieron de nuevo. Noelia sacó cinco cervezas de la nevera y le ofreció una a cada uno, como ofrenda de paz.

Samuel no se disculpó con Helena, se limitó a observarla en silencio y analizó todos sus movimientos. Tras una sola tarde mirándola, Samuel averiguó que cuando se ponía nerviosa se pellizcaba el labio inferior con los dientes, cuando se concentraba en algo o se distraía jugaba con un mechón de su pelo. También observó sus gestos: sonreía muy a menudo, ponía los ojos en blanco constantemente y se ruborizaba cuando le hacían un cumplido. Observarla se había convertido en su mayor afición y también en su terapia. Estaba furioso con todo el mundo por permitir que Helena se subiera a ese caballo, pero mirarla le había ido calmando poco a poco y su enfado fue desapareciendo.

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