Una tentación irresistible 30.

Una tentación irresistible

Pasadas dos semanas, Samuel y Helena regresan a la ciudad. El día anterior Ray les había informado que la policía había detenido a Eduardo Vidal por secuestro y tentativa de homicidio, además de otros delitos como fraude. Helena no entendía muy lo que aquello significaba, pero se relajó cuando Samuel le explicó que pasaría veinte años a la sombra.

Helena se había puesto tan contenta que llamó a las chicas, incluyendo a Sarah, Noelia y Cristina, para organizar una noche de chicas para el viernes, a la cual se acabaron invitando los chicos, lo que hizo que Samuel tuviera que adelantar un par de días el regreso a la ciudad, pese a que él hubiera preferido disfrutar a solas de la compañía de Helena.

Llegaron a Barcelona por la tarde y Helena quiso ir a su piso para ducharse y arreglarse, pero Samuel la convenció para ir al ático alegando que no quería separarse de ella. Helena cedió y los dos acabaron duchándose juntos en el ático y llegando tarde al bar de Pepe donde sus amigos les esperaban, fueron los últimos en llegar.

–          Ya era hora, pensábamos que os habíais entretenido aparcando… – Se mofó Laura, que sonreía sentada al lado de Miguel.

–          Bueno, ¿qué tal han ido las vacaciones, parejita? – Pregunta Sarah divertida.

–          Demasiado cortas. – Opinó Samuel besando en los labios a Helena.

La cena transcurre entre risas y bromas, doce amigos, seis parejas, disfrutando de una noche alegre de verano. Después fueron a tomar una copa al Queen y Helena aprovechó para hablar con Silvia y terminar de arreglar la disputa que habían tenido la noche en que Silvia invitó a Jorge al Queen. Aunque por su parte ya estaba olvidado, Helena quería dejarlo claro.

Samuel no era capaz de separarse de Helena más de un par de minutos e iba en su busca, la envolvía entre sus brazos y la besaba en los labios apasionadamente para luego decirle a modo de susurro al oído:

–          Cariño, me vuelves loco.

–          Mmm… Me gusta que me llames así. – Le susurró Helena sonriendo con picardía. Tenía ganas de jugar y Samuel se lo estaba poniendo fácil. – Pero me gusta más cuando me llamas nena con esa voz ronca y excitada.

–          Helena… – Le advirtió Samuel.

–          Uf, cuando me llamas por mi nombre es porque estás enfadado o molesto, y te aseguro que en este momento no estoy buscando al Samuel ogro gruñón. – Le respondió Helena colocando sus manos alrededor de su cuello.

–          Nena, ¿estás tratando de volverme aún más loco? – Le preguntó Samuel estrechándola entre sus brazos. – Porque creo que lo estás consiguiendo…

–          ¡Por favor, dejad algo para cuando lleguéis a casa! – Les dijo Laura bastante achispada despegándolos. Y, tirando del brazo de Helena, le dijo a Samuel: – Te robo a Helena un momento, necesito hablar con ella.

–          ¿Qué ocurre? – Le preguntó Helena cuando se apartaron en un rincón del pub.

–          Creo que he encontrado a mi príncipe azul, al de verdad, pero necesito que me des tu opinión, tú siempre has sido la más normal de las tres. – Le suelta Laura animada por las copas de más.

–          ¿Quieres que te dé mi opinión sobre Miguel?

–          Sí, bueno, tu opinión sobre lo mío con Miguel. – Le confirmó Laura.

–          Laura, apenas conozco a Miguel, tan solo sé de él lo que tú me has contado, no puedo darte una opinión sobre él ni sobre lo vuestro. – Le contestó Helena. – Lo único que puedo decirte es que si te trata bien y te hace sentir bien, no tienes nada de lo que tener miedo y seguir adelante, que pase lo que tenga que pasar.

–          La verdad es que nos divertimos mucho juntos, es una auténtica fiera en la cama, ¡tendrías que verlo!

–          ¿Eres consciente de lo que acabas de decir? – Se burló Helena.

–          Tienes razón, no quiero que lo veas en la cama. – Rectificó Laura riendo a carcajadas.

–          ¿Se puede saber qué cotilleáis tanto las dos? – Las reprendió Miguel.

–          Hazme caso, no quieres saberlo. – Le respondió Laura sin dejar de reír.

Samuel se les une y, abrazando a Helena desde atrás, les pregunta:

–          ¿Qué os parece tan divertido?

–          Dicen que no lo queremos saber, así que mejor no preguntar. – Le contesta Miguel divertido.

–          Conociéndolas, seguro que hablaban de sexo. – Apuntó Ramiro que se unió a la conversación abrazado a Sarah. – Se suponía que era una noche de chicas y, aunque al final haya sido una noche de parejas, ¿de qué esperabais que hablaran?

–          Ya que lo mencionas, aún no le hemos preguntado a Sarah qué tal eres en la cama. – Le suelta Laura sin pudor. – Dime Sarah, ¿es de los que te lo hacen de pie sobre la encimera de la cocina o sobre la cama y con la luz apagada?

–          Dios, yo no quiero escuchar la respuesta. – Les dijo Helena tapándose los oídos con las manos como si fuera una niña de cinco años.

–          Yo tampoco quiero oírlo. – Sentenció Samuel. Pegó sus labios al oído de Helena y le susurró con voz ronca: – Vámonos a casa, nena.

Helena no se lo pensó dos veces, asintió con la cabeza y se apresuró en despedirse de todos sus amigos. Cuando se despidió de su hermano Ramiro, éste le dijo que Lourdes quería que fueran a comer el domingo y quería que fuesen acompañados por Sarah y Samuel. Helena le respondió que lo hablaría con Samuel y al día siguiente lo llamaría. Después se despidió de las chicas, recordándoles que tenían pendiente una noche solo de chicas y todas la secundaron, aunque a los chicos no les hacía demasiada gracia.

Cuando llegaron al ático, Samuel tenía la mosca detrás de la oreja y, mirando a Helena a los ojos un tanto incómodo, le preguntó:

–          ¿Hay algo entre nosotros que no funcione?

–          ¿Por qué me preguntas eso?

–          No sé, supongo que porque me gustaría que si hay algo que no funciona me lo dijeses a mí antes que a tus amigas. – Le responde Samuel frunciendo el ceño.

–          Creo que vas a tener que explicármelo mejor, me he perdido.

–          ¿De qué os reíais Laura y tú que no nos lo habéis querido decir?

Helena sonrío. No esperaba para nada aquella salida y le gustó que Samuel se preocupara por el bienestar de su relación, aunque no tenía motivo alguno para hacerlo. Helena le abrazó y le besó en el cuello antes de decirle con voz dulce:

–          Laura estaba poniendo por las nubes a Miguel, me dijo que se lo pasaba muy bien en la cama con él y que tendría que verlo en acción.

–          ¿Te dijo que tenías que verlo? – Preguntó Samuel medio enfadado y medio sorprendido.

–          Eso dijo, pero cuando lo pensó rectificó y ambas nos echamos a reír, fue entonces cuando apareció Miguel y preguntó de qué nos reíamos, ¿qué querías que le dijésemos? – Le explicó Helena riendo.

–          ¿Les hablas a las chicas de mí? – Le preguntó Samuel alzando las cejas y sonriendo maliciosamente.

–          Sí.

–          Y, ¿qué les cuentas?

–          Básicamente, todo.

–          Entonces, será mejor que empiece a hacerte el amor antes de que les digas que no cumplo con mis obligaciones.

–          ¿Desde cuándo está entre tus obligaciones satisfacerme sexualmente? – Le preguntó Helena entre risas.

–          Desde que somos… ¿pareja? Novios me suena a la adolescencia. – Le respondió Samuel encogiéndose de hombros. – Mi prioridad ahora es satisfacer todos tus deseos, ya sean sexuales o de cualquier otro tipo, nena.

Samuel la cogió en brazos y la llevó a la suite, donde salieron a la terraza y activó el jacuzzi. La dejó un momento en el suelo y entró en el baño para coger un par de albornoces, los necesitarían después. Se desnudaron e hicieron el amor apasionadamente en el jacuzzi. En el regazo de Samuel subida a horcadas sobre él y envuelta por sus brazos, Helena susurró con un hilo de voz:

–          Te quiero.

–          Yo también te quiero, cariño. – Le respondió Samuel sonriendo y estrechándola con fuerza sobre su pecho. – Empezaba a pensar que jamás te lo oiría decir.

Ambos se besaron con verdadera devoción y volvieron a hacer el amor. Aquella noche, ambos perdieron la cuenta de las veces que se dijeron “te quiero”.

 

FIN

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