Una tentación irresistible 29.

Una tentación irresistible

Helena no se despierta hasta que llegan a Cadaquès. Cuando abre los ojos y ve a través de la ventanilla del coche las casas blancas con el mar de fondo una sonrisa se dibuja en su cara. Sin duda un lugar así la inspiraría para seguir escribiendo. Levanta la cabeza para mirar a Samuel y también le ve sonreír, le gusta ver su sonrisa nada más despertarse.

–          Debes pensar que soy una marmota, me paso el día durmiendo. – Le dice Helena avergonzada.

–          Me encanta mirarte mientras duermes y me gusta ser lo primero que ves al despertarte.

–          Y a mí me gusta abrir los ojos y encontrarme con tu sonrisa. – Le responde Helena devolviéndole la sonrisa. Samuel la mira sorprendido y sonríe. – ¿Qué pasa?

–          Nada. – Le responde Samuel besándola en los labios. Ray detiene el coche y Samuel anuncia: – Ya hemos llegado, cariño.

Helena bajó del coche antes de que a Samuel le diera tiempo a detenerla, pero no tardó en alcanzarla. Helena se alejó hasta apoyarse en el muro de piedra que rodeaba el terreno y se quedó en silencio contemplando las hermosas vistas que tenía desde allí. Sin duda alguna Cadaquès es un pueblo muy tranquilo y eso la relajó, no tenía ganas de ruidos, gentíos y alborotos. Samuel la abrazó desde la espalda y le preguntó:

–          ¿Quieres que te enseñe la casa?

Helena asintió con la cabeza y Samuel la guio hacia a la entrada principal de la casa colocando una mano sobre la parte baja de la espalda de Helena. Mientras Ray sacaba el equipaje del maletero y lo entraba en casa, Samuel se dedicó a enseñarle la planta baja a Helena, que era tipo loft. Nada más entrar un hall abierto daba acceso a tres direcciones: en el centro, las escaleras que llevaban a la planta superior; a la izquierda estaba la cocina-comedor, una amplia estancia muy iluminada; a la derecha, un enorme salón con chimenea, sofás, una mesa de billar y una televisión de por lo menos cincuenta pulgadas. Debajo de las escaleras, ocupando unos 6 m2, hay un aseo. Ray entra con el equipaje y con un matrimonio de unos sesenta años que saludan a Samuel afectuosamente.

–          Cariño, ellos son Jesús y Juana, los cuidadores de la casa. – Le dice Samuel a Helena. Se vuelve hacia el matrimonio y añade: – Ella es Helena, mi… pareja.

Helena les saludó con timidez al mismo tiempo que las palabras de Samuel retumbaban en su cabeza. ¿Su pareja? Decidió ignorar aquel comentario, no quería preocuparse por lo que aquello pudiera significar y mucho menos hacerse ilusiones. Samuel continuó enseñándole la casa y la lleva a la planta superior. Le pide a Ray que deje el equipaje en la habitación principal y le enseña a Helena las otras habitaciones, dejando la suya para la última. Cuatro habitaciones y un despacho, cinco en total.

–          Esta es nuestra habitación, ¿te gusta? – Le pregunta Samuel abriendo la puerta de la habitación y mostrándole a Helena una amplia estancia pintada de blanco, muy iluminada, con una cama enorme, una cómoda, un tocador y un sofá de dos plazas también de color blanco. – Ahí están el vestidor y el baño. – Añade señalando las dos puertas que Helena contempla. La rodea con sus brazos y le susurra al oído: – Ven, quiero enseñarte las vistas desde nuestra terraza.

Samuel la coge de la mano y tira de ella para salir a la terraza. Helena se queda prendada de la maravillosa vista que desde allí se contempla. Mar, montaña y serenidad.

–          ¿No vas a decir nada? – Pregunta Samuel algo tenso. – Si no te gusta podemos ir dónde tú quieras y…

–          Es perfecto. – Le interrumpió Helena dando media vuelta para quedar frente a él y poder besarle en los labios. – Gracias, Samuel.

–          No tienes nada que agradecerme.

–          Puede que al principio fueras un ogro gruñón, pero últimamente estás siendo muy bueno conmigo, demasiado diría yo. – Bromeó Helena.

–          Y eso, ¿es algo malo? – Pregunta Samuel desconcertado.

–          Puede que me acostumbre. – Le responde Helena ruborizada.

–          Será mejor que te acostumbres, nena. – Le susurra Samuel estrechándola entre sus brazos. – Voy a cuidarte como a una reina, o mejor dicho como a una princesa de las guerreras.

Helena y Samuel pasaron los días tomando el sol y bañándose en la playa, paseando por el precioso pueblo de casitas impecablemente blancas y haciendo el amor numerosas veces por la noche. A Helena le alegró saber que la habitación de Ray daba al otro lado de la casa, se moría de la vergüenza solo de pensar que podía oírles por las noches. Por las tardes Helena se dedicaba a continuar escribiendo su novela y Samuel aprovechaba para ponerse al día con Ray sobre la investigación. Esa tarde Ray tenía novedades y no le iban a gustar a Samuel.

–          La familia de Carla la ha ingresado en una clínica privada, al parecer ha intentado suicidarse. – Le empieza a decir Ray. – También hemos confirmado que la información que obtuvo Eduardo Vidal sobre Helena la averiguó a través de Carla, que a su vez lo supo por Jorge Sanz, el ex prometido de Helena. A Carla no le pasó por alto con quién había acudido a la inauguración del rascacielos y supo dónde encontrarlo. Carla solo tuvo que preguntar y el despecho que él sentía hizo el resto. – Samuel asintió y Ray prosiguió hablando: – Hay algo más que quiero decirte, Samuel. Pero no quiero que te lo tomes a mal ni que te ofendas.

–          Dime lo que sea, Ray.

–          Si ese tipo está despechado, estoy seguro de que ha intentado interferir en vuestra relación indirectamente. – Le dice Ray. – Creo que deberías hablar con Helena, puede que ella sepa algo que nosotros no sepamos.

–          ¿Insinúas que me está ocultando algo? – Le pregunta Samuel desconcertado.

–          Yo no insinúo nada, tan solo te pido que te asegures de que no sabe nada que nosotros no sepamos. – Lo corrigió Ray que tenía presente eso de “entre parejas y hermanos no metas la mano”.

Samuel asintió, confiaba en Ray y sabía que era un buen profesional. Salió del despacho y se dirigió a su habitación en busca de Helena, donde la encontró en la terraza escribiendo en su portátil. Se quedó en silencio unos minutos observando cómo escribía, sin querer interrumpirla, hasta que ella se percató de su presencia y, volviéndose para mirarle, le preguntó:

–          ¿Ocurre algo?

–          ¿Podemos hablar un momento?

–          Claro. – Le respondió Helena poniéndose en pie.

Samuel le sonrió, la cogió de la mano y la hizo entrar en la habitación para sentarse en el sofá de dos plazas. No sabía muy bien cómo plantearle la cuestión a Helena con tacto, así que, siendo todo lo objetivo que pudo, se limitó a repetir lo que le había dicho Ray:

–          Sabemos que la información que Eduardo Vital tenía de ti la obtuvo de Carla que, a su vez, la había obtenido de tu ex. – Samuel la miró a los ojos, suspiró y finalmente le preguntó suavizando su tono de voz: – Cariño, ¿hay algo que sepas sobre él que no me hayas dicho? Es importante que lo sepa.

Helena lo miró, cerró los ojos e intentó hacer memoria. Lo único que le venía a la mente era la visita que Jorge les había hecho a sus padres y fue lo que le dijo:

–          El día que fuimos a comer a casa de mis padres, mi madre me dijo que Jorge les había hecho una visita la semana anterior.

–          ¿Fue a visitar a tus padres a su casa? – Preguntó Samuel frunciendo el ceño. – ¿Y qué les dijo?

–          Les dijo que me había vuelto loca y que me había ido con un tío mayor. – Le confesó Helena ruborizándose. – No pudo decir nada más, mi padre lo echó.

–          Supongo que por eso tus padres querían conocerme y ver con quién se va su hija de vacaciones. – Concluyó Samuel.

–          Sí, supongo que sí. – Helena le besa en los labios y le dice: – Lo siento, si lo hubiera sabido antes de llevarte allí te lo hubiera dicho.

–          No pasa nada, cariño. – Le susurra Samuel estrechándola con fuerza entre sus brazos. – Pero tienes que prometerme que, si se pone en contacto contigo, no me ocultarás nada y me lo dirás en cuanto lo sepas.

–          Te lo prometo. – Le promete Helena.

Helena le sonríe con picardía, le besa de nuevo en los labios y se sube a horcajadas sobre el regazo de Samuel que la mira alzando las cejas sorprendido y la agarra por las caderas. Ella sonríe y le mira con travesura al mismo tiempo que mueve su pelvis en círculos sobre la entrepierna de Samuel. Samuel coloca las manos sobre las rodillas de Helena y asciende por sus muslos desnudos bajo el vestido para después deslizarlas hacia su trasero y apretarle las nalgas.

–          ¿Quieres jugar, nena? – Le preguntó Samuel con voz ronca y sensual. A Helena se le escapó un gemido y Samuel le respondió sonriendo: – Me lo tomaré como un sí.

Se deshizo del vestido de Helena sacándoselo por la cabeza y se detuvo a observarla en ropa interior a horcajadas sobre él. Helena hizo lo mismo con la camiseta de Samuel y pasó sus manos por su musculoso pecho y abdomen que tanto la excitan. Samuel alza la pelvis y le hace saber a Helena lo excitado que está bajo el pantalón. Helena vuelve a gemir y Samuel se pone en pie con ella en brazos. La deja en el suelo y se deshace del pantalón y el bóxer de un tirón, quedándose completamente desnudo. Helena se recrea con la vista de semejante cuerpo desnudo y nota como sus braguitas están húmedas. Samuel la mira y sonríe, le encanta ver el rubor en sus mejillas cuando van a hacer el amor. La besa en los labios y desciendo por su cuello con un reguero de besos bordeando la tela del sujetador mientras sus manos ascienden por su espalda hasta que se detienen para desabrochar su sujetador. Con extrema lentitud, Samuel le quita el sujetador a Helena: primero baja un tirante, luego otro; después los desliza por sus brazos y lo deja caer al suelo mientras sus manos acarician los pechos desnudos de Helena. Las manos de Helena encuentran la enorme erección de Samuel y la acaricia con ritmo, pero él se retira para quitarle las braguitas y terminar de desnudarla. Se coloca de rodillas sobre la alfombra y le hace levantar un pie y después el otro para deshacerse de ellas. Después, coloca sus manos tras las rodillas de ella y la obliga a abrir un poco las piernas. Una de sus manos asciende por el interior de sus muslos y le acaricia la entrepierna haciendo que Helena se arquee y gima de nuevo. Puede constatar su humedad y, metiendo un dedo en su interior, susurra:

–          Me encanta encontrarte siempre tan húmeda para mí, nena.

Se pone en pie y la coge en brazos de forma que Helena le rodea la cintura con sus piernas y el cuello con sus brazos, la sienta a los pies de la cama y la obliga a apoyar la espalda sobre la cama. Él se arrodilla en el suelo junto a ella y hunde la cabeza entre sus muslos. Helena se arquea y, tras dos lametones en el clítoris, lo agarra de la cabeza y lo obliga a ponerse a su altura. Con una voz lujuriosa que jamás se había escuchado a sí misma, le dice:

–          Te necesito dentro.

Samuel la agarra por la cintura y, como si de una pluma se tratara, la coloca de rodillas sobre la cama de espaldas a él. Samuel adopta la misma postura detrás de ella y, abriendo las piernas de Helena, la agarra de las caderas y la aprieta contra él de forma en que sus cuerpos encajen. La penetra despacio pero con profundidad mientras con la mano izquierda le acaricia los pechos y con la derecha le acaricia el clítoris con movimientos circulares y presionando de vez en cuando. Helena alza las manos hacia atrás y rodea el cuello de Samuel con sus brazos, arqueando su cuerpo y obteniendo un mayor placer. Samuel la besa en el cuello y Helena siente como está a punto de explotar.

–          Vamos nena, quiero sentir cómo te corres.

Tan solo esas palabras le bastan a Helena para alcanzar el orgasmo y Samuel se deja ir tras ella. Ambos caen exhaustos sobre la cama, pero Samuel se las ingenia para colocar a Helena sobre su pecho y abrazarla. Necesita seguir sintiéndola cerca.

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