Una tentación irresistible 28.

Una tentación irresistible

A la mañana siguiente, Helena abrió los ojos y se encontró de nuevo con la sonrisa de Samuel. Lo besó en los labios y pensó que ese hombre jamás dormía, pese a que se pasaba la vida diciendo a los demás que debían descansar.

Tras darse una larga ducha juntos, hicieron las maletas y Ray se encargó de llevar el equipaje al parking y cargarlo todo en el maletero del coche. Tenían que ir a comer a casa de los padres de Helena y habían decidido que de allí se irían directamente a Cadaquès, donde disfrutarían de unos días de descanso e intimidad que ambos necesitaban.

–          ¿Llevamos vino o postre? – Le pregunta Samuel. Al ver que Helena le mira confundida, le aclara – A casa de tus padres, cariño. ¿Preferirán vino o tarta? Da igual, compraremos las dos cosas.

–          No tienes que comprar nada, estoy segura de que mi madre ya ha comprado todo lo necesario. – Le responde Helena sonriendo divertida. Lo besa en los labios y le pregunta burlonamente: – ¿Estás nervioso?

–          Un poco. – Confiesa Samuel. – Es la primera vez que tengo una relación estable, nunca antes he ido a casa de los padres de una chica, al menos no para conocerlos.

–          Vale, eso será mejor que no lo menciones delante de mis padres. – Le sugiere Helena sin dejar de sonreír. – Mi madre adora a Noelia y a Sarah, muy mal se te tiene que dar para que no te adore a ti también. Mi padre es otra historia, a él no te lo ganarás con palabras, sino con hechos, así que tendrás que tener paciencia.

Helena evita contarle que pese a que pasó diez años con Jorge, ocho de ellos viviendo juntos, a su padre nunca le gustó, aunque al final tal vez tuviera razón.

–          ¿Cómo era tu padre con tu ex? – Le pregunta Samuel.

–          Supongo que como cualquier padre con el novio de su hija pequeña. – Le contesta Helena sonriendo. – Vamos a llegar tarde, venga.

Una hora más tarde, tras hacer parar a Ray en una bodega y en una pastelería para comprar la botella de vino y el pastel que a Samuel le pareció perfecto, llegaron a casa de los padres de Helena. Nada más entrar en el portal, Samuel agarra a Helena por la cintura y la atrae hacia a él para besarla en los labios y le susurra al oído:

–          Pase lo que pase, no olvides que te quiero.

–          No lo olvidaré. – Le asegura Helena devolviéndole el beso.

Suben en el ascensor y cuando las puertas se abren Lourdes les recibe en el mismo rellano con una amplia sonrisa y los brazos extendidos para abrazar a su hija. Helena se deja abrazar por su madre hasta que recuerda que no está sola y le presenta a Samuel:

–          Mamá, él es Samuel.

–          Encantado de conocerla, señora. – La saluda Samuel.

–          Lo mismo digo y, por favor, llámame Lourdes. – Le responde Lourdes dándole dos besos al recién llegado. – Pasad, tu padre está en el salón viendo las carreras de coches por la televisión. Ahora os llevo algo de beber. Samuel, ¿tú qué bebes?

–          Hemos traído una botella de vino tinto pero, si no le importa, beberé una cerveza.

–          Ahora voy a buscarlas yo, mamá. – Interviene Helena. – Voy a saludar primero a papá y a presentarle a Samuel.

Lourdes asiente con aprobación y se dirige a la cocina al mismo tiempo que Helena agarra de la mano a Samuel y lo guía al salón, donde Ramón está sentado en el sofá concentrado en la carrera de Fórmula 1 que están televisando.

–          Hola, papá. ¿Cómo va Alonso? – Se interesa Helena por la carrera. Su padre le ha hecho ver tantas veces las carreras de la Fórmula 1 que le han acabado gustando.

–          Alonso va cuarto, pero de aquí al final estoy seguro que es capaz de quedar segundo o incluso ganar la carrera. – Le contesta Ramón poniéndose en pie y abrazando a su hija, que por mucho que crezca siempre será su niña pequeña. – ¿Cómo estás, cielo?

–          Muy bien, papá. – Se vuelve hacia a Samuel y le dice: – Samuel, él es Ramón, mi padre.

–          Encantado. – Lo saluda Samuel estrechándole la mano.

–          Lo mismo digo, aunque dudo que pueda repetirlo dentro de un mes. – Lo saluda Ramón.

–          Papá. – Le advierte Helena con una mirada serena. Ramón levanta las manos en señal de inocencia y Helena añade: – Voy a buscar un par de cervezas, ¿quieres una, papá?

–          Sí, cielo. – Le responde Ramón a su hija.

Helena sale del salón temiendo que su padre asuste a Samuel o Samuel asuste a su padre… En cualquier caso, sabe que Samuel se las apañará, es un ogro gruñón y no dejará que su padre le amilane, aunque tampoco se fía lo suficiente como para dejarlos solos más de un par de minutos, el tiempo necesario para entrar en la cocina, abrir la nevera, coger tres cervezas y regresar al salón.

–          Así que te llevas a mi hija unos días de vacaciones, ¿eh? – Comenta Ramón dejando a un lado la carrera para prestarle toda la atención al invitado. – ¿A dónde la vas a llevar?

–          Hemos pensado en pasar unos días en Cadaquès, tengo allí una pequeña casa frente a la playa y es un pueblo muy tranquilo.

–          ¿Estaréis los dos solos? – Pregunta Ramón con naturalidad.

–          Técnicamente no, también estarán el matrimonio que cuida de la casa y el chófer.

–          Helena es impulsiva y testaruda, pero bajo esa apariencia fuerte se esconde una chica sensible y con un corazón enorme. Espero que seas un hombre y, si no eres capaz de hacerla feliz, la dejes libre.

–          Helena es lo mejor que me ha pasado en la vida, puede estar seguro que haré todo lo posible y más por hacerla feliz. – Le asegura Samuel.

–          Eso espero, hacía tiempo que no la veía sonreír cómo sonríe hoy.

Helena entra en el salón con los tres botellines de cerveza y le entrega uno a su padre, uno a Samuel y ella se queda con otro.

–          ¿Todo bien por aquí? – Pregunta Helena.

–          Samuel me estaba contando que os vais a Cadaquès unos días. – Comenta Ramón con total naturalidad. – Unos días de sol y playa te sentarán muy bien, últimamente se te veía cansada.

Los tres se quedan viendo y comentando la carrera de Fórmula 1 mientras Lourdes termina de preparar la comida en la cocina. Apenas diez minutos después, entra en el salón llevando consigo una paella para seis personas.

–          Venga, a la mesa. – Les dice Lourdes. – A ver cómo me ha salido la paella.

–          Huele divinamente, cariño. – Le dice Ramón a su esposa.

–          A ti todo lo que hago te parece divino. – Le responde Lourdes con dulzura. – Samuel, espero que te guste la paella, sino, puedo hacerte otra cosa.

–          La paella me encanta y esta tiene una pinta deliciosa. – Le dice Samuel con sinceridad.

Todos se sientan a comer y Lourdes, con sutileza, empieza a hacerles preguntas sin que parezca que les está sometiendo a un tercer grado. Cuando terminan de comer, Helena ayuda a su madre a recoger la mesa mientras Ramón se encarga de preparar café. Helena saca de la nevera el pastel que Samuel ha comprado y lo lleva a la mesa.

–          ¿Va todo bien? – Le pregunta acercándose a Samuel con una mirada pícara y una sonrisa seductora en los labios. – Creo que le has caído bien a mi padre.

–          No quiero saber cómo sería si no le cayera bien. – Murmura Samuel.

–          Le caes bien, hazme caso. – Le asegura Helena antes de darle un beso rápido en los labios. – Voy a ayudar a mi madre, ahora vuelvo.

Helena se cruza con su padre que lleva la cafetera y cuatro vasos, haciendo malabares para no derramar el café, romper los vasos o quemarse. Samuel ayuda a Ramón y ambos sirven el café mientras Helena regresa a la cocina junto a su madre.

–          Parece un buen chico. – Empieza a decir Lourdes. – Sarah nos dijo que tenía su propia empresa y tiene treinta y ocho años, Ramiro también nos dijo que ha comprado el único ático del rascacielos que Jorge diseñó.

–          Así es, mamá. – Le confirma Helena. – Te has molestado mucho en averiguar cosas sobre Samuel, ¿cuál es el problema?

–          El problema es que mi hija no me lo ha dicho hasta ahora y yo me he tenido que enterar por Jorge.

–          ¿Jorge? ¿Has hablado con él?

–          Vino a vernos la semana pasada, dijo que te habías vuelto loca y que te habías ido con un tío mayor que tú y con dinero. – Le confesó Lourdes. – No dijo nada más, tu padre lo echó de casa, ya sabes que nunca lo soportó aunque hacía lo posible por intentarlo.

–          Mamá, no quiero que habléis con Jorge. – Le ruega Helena. – La otra noche salimos a tomar una copa y coincidí con él en el Queen, la cosa no fue muy bien y Samuel tuvo que intervenir. Me asustó, nunca lo había visto así y no quiero que os involucréis.

–          Cariño, ¿dejaste a Jorge por Samuel? – Le pregunta Lourdes a su hija sin reproche alguno en la voz.

–          No, mamá. – Contesta Helena suspirando. – Conocí a Samuel tres meses después de dejarlo con Jorge y te recuerdo que lo dejamos de mutuo acuerdo.

–          Y él ha estado de acuerdo hasta que te ha visto con otro. – Ata cabos Lourdes. – Los hombres son idiotas, hija. Si encuentras uno que no lo es, será mejor que no lo dejes escapar.

Madre e hija regresaron al salón donde Ramón y Samuel seguían comentando la carrera, apenas quedaban dos vueltas para el final. Samuel se encarga de cortar el pastel por órdenes de la anfitriona y Ramón de servir los cafés. Helena observa la escena y sonríe. Recuerda la primera vez que llevó a Jorge a comer a casa de sus padres. Habían pasado diez años desde entonces, pero en todos estos años Jorge no había conseguido la sintonía y la normalidad que Samuel transmitía con sus padres. Puede que Noelia y Sarah le hayan allanado el camino, pero es su saber estar y su carisma lo que hace que sus padres sigan teniendo una buena opinión de él o incluso la hayan mejorado.

Después de tomar el café y el postre, Helena y Samuel se despiden, no sin antes prometerle a Lourdes que les visitarían de nuevo en cuanto regresen de sus vacaciones, y salen del edificio, donde se encuentran con Ray esperándoles apoyado en el coche.

–          Vamos, nena. – Le dice Samuel a Helena abriendo una de las puertas traseras del vehículo tras saludar a Ray con un leve gesto de cabeza. – Te va a encantar la casa, ya lo verás.

Helena sube al coche y Samuel se sienta con ella en la parte trasera. Ray se sube en el asiento del conductor y arranca el motor del coche para ponerse en marcha, queda un largo camino hasta llegar a Cadaquès, un par de horas como mínimo. Helena se abraza a Samuel y acaba quedándose dormida en su regazo, con él se siente segura y puede relajarse.

Una vez se asegura que Helena está dormida, Samuel le pregunta a Ray por la investigación que está llevando a cabo la policía sobre Eduardo Vidal.

–          Lo tienen en busca y captura, el muy cabrón ha desaparecido. – Le responde Ray. – Pero tenemos otro problema, Samuel.

–          ¿Otro problema?

–          El ex prometido de Helena, puede que tenga algo que ver con la información que ha obtenido Eduardo Vidal sobre ella. – Le explica Ray. – No tienen pruebas de ello, pero es una sospecha bastante posible.

Samuel asiente con la cabeza y da por finalizada la conversación, no quiere seguir hablando de eso en presencia de Helena aunque esté dormida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.