Una tentación irresistible 25.

Una tentación irresistible

Cuando por fin reciben la ruta, Samuel y Ray se marchan en busca de Helena dejando a los demás en el ático. Ray tiene contactos en la policía y han quedado con dos patrullas en el punto de origen, el portal del edificio donde vive Helena. Ray les pone rápidamente al corriente de lo que saben y deciden recorrer el mismo camino que el 4×4 negro. Continúan adelante por la misma calle y se incorporan a la Ronda de Dalt. Casi una hora más tarde, llegan a un camino secundario de tierra. Allí es dónde se pierde la pista del vehículo en el que se han llevado a Helena.

–          Conozco este camino. – Dice uno de los policías tras parar el coche junto al de Ray y bajar la ventanilla. – A un par de kilómetros hay una masía donde hace años vivía un Pagés, pero expropiaron los campos de cultivo y creo que ahora la masía está abandonada.

–          Vamos hacia allí. – Sentencia Ray.

Samuel no abre la boca. Está demasiado nervioso y preocupado, más que eso está desesperado. En lo único en lo que puede pensar es en encontrar a Helena sana y a salvo, ahora que la había encontrado no podía perderla. Ya no podía vivir sin ella.

Paran el motor de los coches a unos doscientos metros de la masía y los cuatro agentes analizan la situación. Tras intentar convencer a Samuel de que se quede esperando fuera pero sin obtener éxito alguno, los seis deciden entrar. Apenas les faltan unos metros para atravesar la puerta cuando se escucha el ruido de un disparo y Samuel entra corriendo en la casa sin pensarlo dos veces: necesita encontrar a Helena, la necesita. Samuel agudiza el oído y oye algunos ruidos provenientes del sótano, así que se dirige hacia allí. Baja las escaleras saltando los escalones de tres en tres hasta que se topa con una puerta frente a él. Coge la maneta de la puerta y empuja para abrirla y entonces la ve. Helena está en el suelo hecha un ovillo mirando el cadáver de un tipo que yace en el suelo en mitad de un charco de sangre. Helena no parece darse cuenta de su presencia y Samuel se acerca a ella despacio y le pregunta con la voz rota:

–          Nena, ¿estás bien? – Helena reacciona y se vuelve para mirarlo, entonces se levanta, se le echa a los brazos y empieza a sollozar mientras él trata de serenarla. – Tranquila, mi vida. Te prometo que no voy a dejar que nadie vuelva a tocarte ni un solo pelo, cariño.

Los cuatro policías peinan la masía y no encuentran a nadie más. Ray le toma el pulso en el cuello al agresor que yace en el suelo y, tras comprobar sus pulsaciones, anuncia:

–          Este tío aún está vivo.

Helena se tensa bajo el abrazo de Samuel, nunca había deseado matar a nadie, pero en este caso, hubiera preferido que sí estuviese muerto. Samuel se percata de la tensión en el rostro y el cuerpo de Helena y, abrazándola con más fuerza, la saca a la calle.

Cinco minutos más tarde, la masía está llena de policías y llegan dos ambulancias. En una de las ambulancias se llevan al agresor sin identificar; en la otra ambulancia Samuel discute con uno de los médicos que no le deja acompañar a Helena al hospital, pero Helena no está dispuesta a separarse de él y Samuel, con tono amenazador, le dice al médico:

–          No pienso separarme de ella a menos que sea ella quién me diga que no quiere que esté aquí.

El médico le desafía con la mirada, pero al ver el estado de Helena, que está temblando en los brazos de Samuel y que se aferra a él como si le fuera la vida en ello, decide desistir y deja que Samuel les acompañe al hospital. La enfermera le toma las constantes vitales a Helena por el camino y le da una pastilla para que se tranquilice:

–          Cielo, tienes que dejar la pastilla bajo la lengua y para que se disuelva. – Le dice con ternura. – Ahora voy a curarte esa herida que tienes en el labio, ¿de acuerdo?

Sin dejar de abrazar a Samuel, Helena deja que la enfermera le cure la herida del labio a duras penas. Cuando llegan al hospital, los médicos le indican a Samuel que espere en la sala, pero Helena se aferra a él con fuerza como si fuera una niña pequeña que se abraza a su mamá. Tras echar un rápido vistazo al informe de los médicos de la ambulancia y, mostrando una dulce sonrisa, el doctor de urgencias del hospital le pregunta a Helena con voz suave:

–          Helena, ¿verdad? – Helena asiente con la cabeza y el doctor le dice: – Vamos a pasar a un box para que te examine, ¿de acuerdo? – Se vuelve hacia Samuel y añade: – Si con usted se siente segura es mejor que esté con ella.

–          Gracias, parece que usted es el único que lo comprende. – Murmura Samuel. El doctor señala la camilla y Samuel le susurra a Helena: – Cariño, no me voy a mover de aquí, pero tenemos que dejar que el doctor haga su trabajo.

Helena lo mira aterrada, pero Samuel la coge de la mano, la besa en la sien y ella se relaja, también por el efecto de la pastilla que la enfermera de la ambulancia le había dado. Helena se deja llenar de aparatos y cables conectados a máquinas hasta que, media hora más tarde, el doctor les dice a ambos:

–          Todo parece estar bien, pero debido al estado de estrés al que ha sido sometida, lo mejor es que se quede esta noche en observación. – La puerta del box se abre y aparece una doctora de unos cincuenta años y facciones dulces. – Os presento a la doctora Pérez, la he llamado para que termine de examinarte, Helena. – Se vuelve hacia Samuel y añade señalando la puerta: – ¿Me acompaña para rellenar los formularios de ingreso?

Samuel asiente con la cabeza y se vuelve hacia a Helena, que le suplica con la mirada que se quede con ella.

–          Cariño, te prometo que no tardo en volver, la doctora estará contigo hasta que yo regrese y te aseguro que no vuelvo a separarme de ti, ¿de acuerdo? – Le dice Samuel.

A Helena no le queda más remedio que aceptar y Samuel sale del box acompañado por el doctor. Tras caminar unos cuantos pasos, Samuel se detiene y le pregunta:

–          Doctor, ¿ocurre algo? ¿Por qué ha llamado a esa doctora?

–          Eres la pareja de Helena, ¿verdad? – Le pregunta el doctor y Samuel asiente. – No tienes de qué preocuparte. Tengo que seguir el procedimiento pautado para esta clase de agresiones y el hospital tiene la obligación de examinar a la paciente para descartar que haya sido violada.

–          ¿Cree que podría…? – Samuel no es capaz de acabar la frase.

–          No lo creo. Si hubiera sido agredida sexualmente, Helena no hubiera permitido que ningún hombre se le acercara y menos usted, sin embargo no ha querido separarse de usted en ningún momento. – Comenta el doctor. – No obstante, tenemos que asegurarnos, por eso le he pedido a la doctora que la examine, con una mujer se sienten más cómodas.

Samuel asiente y, tras recibir una palmadita en la espalda en señal de apoyo por parte del doctor, se disculpa y se retira a un lado del enorme pasillo para llamar a Alberto y explicarle lo sucedido. Le pide que ponga al corriente a los demás y también le pide que le diga a Cristina que coja algo de ropa del armario para él y para Helena y se la lleve al hospital. Después llama a Ray y, tras explicarle que pasarán la noche en el hospital, le pide que doble la seguridad del ático y que le mantenga al corriente de todo lo que suceda.

Veinte minutos más tarde, la doctora sale del box y le dice que ya puede pasar. Tras confirmar con la doctora que todo está bien, Samuel entra en el box y se acerca a la camilla donde Helena está tumbada y mirándole.

–          Quiero irme a casa, Samuel. – Le ruega Helena.

–          Nena, tenemos que pasar aquí la noche, ya has oído al doctor. – Le susurra Samuel besándola en la frente. – ¿Quieres que llame a tus padres?

Helena lo mira fijamente a los ojos con el ceño fruncido tratando de averiguar por qué Samuel le preguntaba aquello y, con un hilo de voz, susurra:

–          Vete a casa a descansar, llamaré a Laura y…

–          No pienso irme a ninguna parte sin ti, nena. A menos que me obligues a hacerlo. – La interrumpe Samuel. – Cariño, Laura me llamó cuando no fuiste a cenar, estaban muy nerviosas, las llevé al ático y llamé a Héctor y Miguel para que se quedaran con ellas mientras Ray y yo tratábamos de encontrarte. También llamé a Cristina y Alberto, no sabía dónde estabas ni qué te había podido pasar y…

–          ¿Lo sabe mi hermano? – Esta vez es Helena quién le interrumpe.

–          No, no lo sabe, pero no va a tardar en enterarse. Sarah, Álvaro y Noelia tampoco lo saben.

–          Samuel, tengo que contarte algo… – Samuel la mira preocupado y Helena continúa hablando. – Los tipos que me secuestraron tan solo eran los matones de un tipo que solo pretende hacerte daño para vengarse de haberle “robado” a su mujer.

–          ¿Por qué no se lo has dicho a la policía? ¿Y cómo sabes eso?

–          Estaba en la masía cuando llegué, habló conmigo y me lo dijo. – Le responde Helena encogiéndose de hombros.

–          Cariño, siento todo lo que ha pasado y te prometo que no voy a separarme de ti ni un solo segundo. – Le asegura Samuel abrazándola. – Ahora duérmete, ya hablaremos cuando hayas descansado.

Helena no tarda en dormirse, además de la pastilla que le había dado la enfermera de la ambulancia, la doctora también le había puesto una vía intravenosa y le había administrado un sedante. Samuel cumple su promesa y no se separa de ella ni un segundo en toda la noche, aunque tampoco puede pegar ojo. Llama a Ray y le dice todo lo que Helena le ha contado, cree que puede ser Eduardo Vidal, el marido de una de sus aventuras de una noche que se enamoró de él y decidió dejar a su marido. Le había advertido que algún día le arrebataría lo que él más quería para que se sintiera como se sintió él. Le pide a Ray que lo investigue, no quiere dejar ningún cabo suelto. Antes de colgar, Samuel le dice a Ray se vaya a dormir y que le volverá a llamar cuando a Helena le den el alta para que vaya a buscarles al hospital.

Samuel también piensa en llamar a Ramiro, pero es tarde, Helena está dormida y necesita descansar, así que decide esperar al día siguiente. Poco después llegan Alberto y Cristina, que traen la muda de ropa que Samuel les ha pedido para Helena y para él.

–          ¿Cómo está Helena? – Le pregunta Cristina.

–          No lo sé. – Confiesa Samuel. – La encontré en estado de shock, después reaccionó pero estaba temblando y se negaba a separarse de mí y luego le han dado varios calmantes y se ha relajado hasta quedarse dormida. Supongo que hasta que no se despierte no lo sabremos con certeza, pero al menos no tiene ninguna herida grave.

–          Ahora cuida de ella y, si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarnos. – Le dice su buen amigo Alberto tratando de darle ánimo. – Te llamaré por la mañana para ver qué tal está Helena.

Cristina y Alberto se despiden de Samuel y él regresa al lado de Helena. Se pasa la noche observándola, alertado con cada movimiento de ella o con cada murmuro que escucha. La había escuchado hablar en sueños más de una vez, pero nunca entendía lo que decía pese a que prestaba mucha atención tratando de averiguarlo. Apenas hacía dos meses que la conocía y ya no podía imaginarse la vida sin ella. La había deseado desde el primer día que la vio, cuando la siguió corriendo hasta el Fórum en Barcelona. Pero hoy se había dado cuenta de que la amaba como jamás había amado ni volvería a amar a nadie.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.