Una tentación irresistible 24.

Una tentación irresistible

Laura miró el reloj por enésima vez a las nueve y media de la noche. No era normal que Helena se retrasara tanto y no las hubiera avisado. La llamó de nuevo y volvió a saltar el contestador, tenía el teléfono móvil desconectado. Fue entonces cuando decidió llamar a Samuel, probablemente se habría entretenido con él y no se habría dado cuenta de la hora. En cualquier caso, Samuel seguro que sabría dónde se encontraba. Tras un par de tonos, Samuel descuelga y pregunta con tono preocupado:

–          Laura, ¿va todo bien?

–          Pues, eso iba a preguntarte yo… – Empieza a decir Laura asustada. – Helena aún no ha llegado y tiene el teléfono apagado, pensaba que estaría contigo…

–          Hablé con ella por teléfono hace una hora y estaba saliendo de su piso para ir al bar de Pepe, ¡tendría que estar ahí! – Espeta Samuel asustado. – No te muevas de allí, tardo cinco minutos en llegar y si tienes noticias vuelve a llamarme, ¿de acuerdo?

–          De acuerdo. – Le contesta Laura con un hilo de voz.

Tras colgar, Laura se ve obligada a contarle todo a Silvia. Ambas amigas intentan consolarse la una a la otra hasta que Samuel aparece acompañado por Ray. Samuel las saluda y les presenta a Ray. Le pide a Laura que llame a Ramiro y le pregunte si está con él o si sabe algo de ella, pero le pide que lo haga con calma para no alarmarlo, primero tienen que saber qué ha ocurrido. Samuel decide ir a echar un vistazo al piso de Helena y Ray lo acompaña mientras las chicas se quedan en el bar, por si Helena aparece.

Samuel y Ray encuentran en medio de la carretera el teléfono móvil de Helena, está totalmente roto. Suben a su piso y lo revisan, pero todo parece estar en perfecto estado.

–          No han subido aquí, se la han llevado en la calle. – Opina Ray. – Si llevara el móvil podríamos rastrearlo, la única opción que nos queda es la cámara de vigilancia de la esquina, pero tardaremos un par de horas como mínimo en conseguir el vídeo, podrían estar en cualquier parte.

–          ¡Joder, maldita sea! – Grita Samuel furioso. – Intenta conseguir el vídeo cuanto antes, ofréceles dinero para que agilicen los trámites o roba el puto vídeo, pero tráelo aquí lo antes posible.

Ray asiente con la cabeza y desaparece, tiene varios asuntos de los que ocuparse. Samuel regresa al bar de Pepe y llama por teléfono a Cristina para ponerla al tanto de la situación. Le pide que acuda al ático con Alberto para que le echen una mano con las amigas de Helena, pues no puede dejarlas esperando toda la noche y tampoco quiere que alerten a todo el mundo. Cuando regresa al bar de Pepe, le dice a las chicas que le acompañen y cuando le preguntan qué está pasando él les responde que se lo contará todo en cuanto lleguen a su casa.

Samuel entra en el ático acompañado por Laura y Silvia y las guía a la cocina, donde se encuentran con Rosa que las mira con el ceño fruncido y después le lanza una mirada de reproche a Samuel.

–          Rosa, ellas son Laura y Silvia, las amigas de Helena. – Le aclara Samuel. – No encontramos a Helena y están muy preocupadas, ¿podrías prepararles una tila y, si quieren, algo de comer? Cristina y Alberto deben estar a punto de llegar, yo voy un momento a hacer una llamada.

Samuel se retira a su despacho y llama a Ray para decirle que ya está en casa con las chicas y preguntarle si tiene algo nuevo. Ray le dice que ha convencido a uno de los vigilantes de seguridad del banco que le deje ver los vídeos de esta tarde, pero no se puede llevar ninguna copia hasta mañana por la mañana, cuando obtenga el permiso por escrito del director del banco. Ray le dice que revisará el vídeo y con la información que obtenga tratarán de averiguar qué ha ocurrido y quién está detrás.

Cuando Samuel regresa a la cocina, Alberto y Cristina ya han llegado. Cristina trata de calmarlo diciéndole que Helena estará bien, pero eso no tranquiliza a Samuel, que no deja de dar vueltas de un lado a otro. Observa un instante a Laura y Silvia, están muy asustadas y, aunque Cristina trata de consolarlas, sabe que no es suficiente, por eso les pide que llamen a Héctor y a Miguel, sabe que se van a enterar igual y ellas les necesitan en este momento casi tanto como él necesita a Helena. Héctor y Miguel no tardan en llegar y ambos se encargan de tranquilizar a Laura y Silvia.

Una hora más tarde, Ray llega al ático y se reúne con Samuel en su despacho. Ha visto el vídeo y tiene información:

–          Se la llevaron en cuanto salió del portal, la estaban esperando. Iban en un 4×4 de color negro, el mismo modelo que el 4×4 blanco que merodeaba por allí la noche que Carla le intentó agredir. La matrícula es falsa, pero las cámaras de tráfico lo graban todo y podemos seguir sus pasos. – Lo anima Ray. – Un colega de tráfico me debe un favor y ahora mismo está buscando la ruta que ha hecho el vehículo, podemos encontrarla.

Ray enciende el ordenador y lo prepara para recibir la información que le consiga su amigo mientras Samuel no deja de ir de un lado para otro. Solo espera que Helena esté bien, es lo único que le importa.

 

* * *

 

Helena no deja de dar vueltas de un lado a otro, golpea la puerta una y otra vez tratando de que alguien aparezca y le explique qué está pasando, porque se teme que esto nada tiene que ver con Carla y su locura, ¿o sí?

De repente la puerta se abre y aparece un hombre de unos cuarenta años, moreno de piel y ojos verdes, seguido de otros dos tipos que llevan pasamontañas. El hombre que lleva la cara al descubierto se acerca a Helena, la mira con el ceño fruncido y, mientras los otros dos tipos se quedan a un metro de distancia tras él, empieza a decir:

–          Así que tú eres la chica que ha llegado al corazón de Samuel Ferreira. Sin duda eres una mujer muy hermosa, pero no pareces su tipo, quizás por eso se ha enamorado de ti, porque eres diferente.

Helena reconoce enseguida esa voz masculina, es la del mismo hombre que ha ordenado que la encerraran en el ático.

–          ¿Qué quieres de mí? – Le pregunta Helena con un hilo de voz.

–          Samuel me quitó lo que yo más quería y pretendo hacer lo mismo para que sienta lo que sentí yo. – Le responde con voz firme. – Él me quitó a mi mujer y he estado esperando todo este tiempo a que se enamorara para poder vengarme. Tengo que confesar que fue una suerte encontrarte. Sabíamos que él y Carla Solís se veían en más de una ocasión, pero por todos era conocido que Samuel no tenía el más mínimo interés en ella, por eso nos sorprendimos cuando la oímos gritar enfadada que Samuel se había enamorado de otra. La seguimos y ella nos llevó hasta a ti. Hemos podido corroborar lo que Carla nos dijo, eres la protegida de Samuel, no te deja sola ni un segundo y, si él no puede estar contigo, envía a su guardaespaldas personal para que te escolte. Sin duda alguna, contigo se toma muchas molestias que con otras chicas hubiera sido impensable que se las tomara, has llegado al corazoncito del mayor hijo de puta de la ciudad.

Helena lo escucha pero no dice nada. Le duele que hable así de Samuel, con ella no ha sido un hijo de puta, puede que sí haya sido un ogro gruñón, pero nada más. Por otra parte, si Samuel realmente se tiró a su mujer, puede entender la furia del tipo que tiene delante, pero en ningún caso puede justificar sus actos.

El tipo le dedica una mirada lasciva, da media vuelta y camina hacia la puerta donde los dos hombres con pasamontañas le esperan. Se vuelve de nuevo hacia a Helena y, mirándola a ella, señala a uno de los enmascarados y le ordena:

–          Tú te vienes conmigo, tenemos otros asuntos de los que ocuparnos. – Se vuelve hacia el otro enmascarado y añade con rotundidad: – Y tú te quedas aquí para hacerle algunas fotos o vídeos con los que torturar a Samuel, después deshazte de ella.

Dicho esto, se da media vuelta y se marcha seguido de uno de los enmascarados. El otro enmascarado se queda en el sótano con ella. Helena sabe que esto no va a acabar bien para ella, pero piensa hacer todo lo posible para que las imágenes que pudiera grabar el perturbado que tenía en frente no torturaran a Samuel. El tipo se quita la máscara y deja al descubierto el rostro de un hombre de poco más de treinta años, de pelo negro y barba de tres días, ojos penetrantes de color negro y una sonrisa perfecta. Es un tipo muy atractivo, pero a Helena no se lo parece, a ella le da asco. El tipo da un par de pasos para acercarse y ella retrocede por puro instinto de supervivencia.

–          No te asustes, guapa. – Le dice él sonriendo maliciosamente. – Solo quiero que pasemos un buen rato y, ya que nos han dejado a solas y que probablemente éstas sean tus últimas horas de vida, te concederé el honor de irte de este mundo satisfecha.

–          Prefiero que me quemes viva a dejar que me toques. – Le espeta Helena.

–          Te aseguro que si pones de tu parte te divertirás, de lo contrario solo sentirás dolor.

El tipo se le echa encima y la empuja, empotrándola contra la pared y bloqueándola con su cuerpo. Helena trata de quitárselo de encima y, cuando intenta besarla, ella voltea la cabeza y alza su rodilla impactando con fuerza en la entrepierna de su agresor y secuestrador.

–          ¡Maldita zorra! – Gruñe furioso. Saca una pistola que llevaba oculta en la espalda bajo la camisa y añade: – No deberías haberme cabreado, ahora serás mi muñeca de trapo.

Helena trata de salir corriendo, pero el tipo la agarra del brazo, le apunta a la cabeza con la pistola y ella alza las manos en alto. Entonces él se acerca y ella se aparta. El tipo la mira con repugnancia y la golpea con la empuñadura de la pistola, haciendo que Helena pierda el equilibrio y caiga al suelo. Helena se lleva las manos a la mejilla para calmar el dolor que siente y se limpia el hilo de sangre que cae por su mentón desde la comisura de sus labios. Entonces él la coge del pelo y la levanta del suelo. Helena está demasiado nerviosa, sabe que la va a matar haga lo que haga y piensa que no pierde nada por intentar defenderse, con suerte será una muerte rápida. Helena forcejea con su agresor, que es mucho más fuerte que ella, pero logra apartar el cañón de la pistola de ella y entonces le da una patada en la entrepierna que hace que el tipo se encorve y, al intentar retener a Helena, la agarra y ambos caen al suelo. A Helena le zumban los oídos y, cuando escucha la pistola dispararse, el corazón se le para durante un instante. Sobre ella, el tipo la mira con ojos saltones y Helena empieza a sentir como un líquido caliente le recorre el hombro y parte del brazo. Cierra los ojos tratando de calmar el dolor, pero no siente ningún dolor. Abre los ojos y se encuentra con los ojos saltones de su agresor y secuestrador, que sigue inerte con medio cuerpo sobre ella. Lo aparta dándole la vuelta de un empujón y se separa con urgencia de él, arrastrándose por el suelo. Le cuesta respirar y está casi en estado de shock, ni si quiera se ha parado a pensar si su agresor está vivo o muerto o dónde está la pistola, tan solo puede quedarse en el suelo, sentada sobre sus talones, observando al tipo que hace unos instantes quería violarla y matarla y que ahora yace en el suelo cubierto de sangre, sin darse cuenta que ella misma también está llena de sangre.

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