Una tentación irresistible 23.

Una tentación irresistible

Los días habían ido pasando y Helena seguía viviendo en el ático de Samuel. Sin pretenderlo, ambos se habían acostumbrado a una rutina de convivencia mutua que les gustaba. Se levantaban temprano, desayunaban en la cocina, después Samuel se iba a trabajar a la oficina y Helena se encerraba en el estudio para seguir escribiendo su novela. Rosa iba a la compra y preparaba la comida, que siempre estaba apunto cuando llegaba Samuel. Samuel se quedaba a comer, charlaba un rato con Helena mientras tomaba café y después la llevaba a la hípica de sus abuelos para continuar con el entrenamiento de Loco. Él regresaba a la oficina y después volvía a buscarla y la llevaba de vuelta al ático, donde se daban un baño con espuma y hacían el amor antes de bajar a cenar a la cocina. Por la noche veían alguna película o hablaban de cualquier cosa antes de retirarse a la habitación, donde volvían a hacer el amor hasta quedarse dormidos.

Habían pasado tres semanas desde que negociaron el acuerdo y solo quedaba una semana para que llegara el uno de septiembre e hicieran pública su relación. Samuel seguía sobreprotegiendo a Helena, pero como ya habían pasado varias semanas sin que hubieran visto aparecer de nuevo el 4×4 de color blanco, finalmente Helena lo había convencido para que la dejara entrar y salir del ático sin la compañía de Ray, aunque no había querido oír nada sobre regresar a su piso. Por eso esta tarde, cuando Samuel le ha dicho a Helena que su coche estaba en el garaje del edificio, Helena se ha empeñado en ir a la hípica de sus abuelos en su propio coche.

Es viernes y Laura se ha encargado de organizar la noche de chicas para que Silvia y Helena arreglen sus diferencias, ya que no han hablado desde aquella noche en el Queen tres semanas atrás. Helena había aceptado ir porque sabía que no podía retrasar más hacer las paces con Silvia, sabía que su intención había sido buena y, como le dijo Samuel aquella noche, no hubiera pasado nada si Helena no hubiera insistido en mantener su relación con él en secreto. Ni qué decir tiene que a Samuel no le había hecho ninguna gracia estar alejado de Helena toda la noche, pero sabía que ella tenía que arreglar las cosas con Silvia y él quería adelantar trabajo porque tenía pensado llevarse a Helena de vacaciones la próxima semana, en cuanto hicieran pública su relación. No obstante, le había hecho prometer que la llamaría para ir a buscarla y ella, tras protestar, había terminado aceptando.

Tras acabar el entreno con Loco, Helena se dirigió a su piso, donde se duchó y se arregló para ir a cenar con las chicas al bar de Pepe. Decidió llamar a Samuel antes de salir de casa, necesitaba escuchar su voz una vez más.

–          Hola, nena. – La saluda Samuel en cuanto descuelga. – ¿Va todo bien?

–          Sí, solo quería llamarte antes de salir de casa. – Le contesta Helena. – Estoy un poco nerviosa y no debería estarlo, he salido con las chicas mil veces.

–          Todo irá bien, las tres os divertiréis y volveréis a ser los ángeles de Charlie. – Bromea Samuel. – No bebas demasiado y no hagas nada que no harías si yo estuviera allí.

–          ¿Celoso, señor Ferreira? – Bromea Helena.

–          Mucho, señorita López. – Le responde Samuel con la voz ronca. – Estoy deseando tenerte frente a mí para desnudarte y hacerte el amor hasta quedarnos dormidos por el agotamiento.

Helena suspira profundamente, acaba de derretirla con tan solo una frase y por teléfono. Se siente tentada incluso de anular la cena de chicas y regresar al ático de Samuel para que le haga todo lo que acaba de decirle, pero en lugar de eso, le dice:

–          Vas a tener que compensarme por esto, eres malvado.

–          Nena, si necesitas algo, ya sabes dónde estoy. – Se mofa Samuel. – Si me lo pides, en diez minutos estaré allí.

–          Me encantaría, pero ahora no va a poder ser. – Se esfuerza en contestar Helena. Y añade burlonamente solo para provocarlo: – Pero no te preocupes, estoy segura que en el Queen habrá algún hombre que se encargue de…

–          No me obligues a ir allí y hacerte el amor delante todos para que les quede claro que eres mía, nena. – La interrumpe Samuel. – Sé buena y llámame cuando quieras que vaya a buscarte.

–          Lo haré. – Le asegura Helena. – Además, te he comprado un regalito que estoy deseando darte. Será mejor que descanses, será una noche muy larga, nene.

Samuel se ríe fascinado con las salidas de Helena y se despiden antes de colgar, Helena no quiere llegar tarde a su noche de chicas.

Tras echarse un rápido vistazo en el espejo para comprobar que su maquillaje seguía estando donde debía, salió de su piso y bajó en el ascensor al portal, dispuesta a pasar una estupenda noche con sus amigas. Nada más salir del portal y a punto de cruzar la acera, un 4×4 de color negro derrapa y se detiene delante de ella. Del vehículo se bajan dos hombres con pasamontañas que la cogen con fuerza de los brazos y tiran de ella para meterla en el coche. Helena trata de resistirse, pero su fuerza no es suficiente para deshacerse de los dos tipos que la sujetan y consiguen meterla en el coche por la fuerza. Cuando el vehículo se pone en marcha, Helena se revuelve en el asiento y les grita:

–          ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?

Pero no obtiene respuesta y uno de ellos la amordaza con un pañuelo y con otro pañuelo le venda los ojos. Acto seguido nota como le atan las manos por las muñecas con una cuerda fina pero resistente. Helena trata de liberar sus manos sin éxito y se queda quieta tratando de prestar total atención de todo lo que sucede. Sabe que por lo menos hay tres hombres: los dos que la han secuestrado y el conductor del vehículo. Es posible que haya un cuarto hombre en el asiento del copiloto, pero no lo ha podido comprobar porque una luna tintada le impedía ver la parte delantera del vehículo. No recordaba que hubieran tomado ninguna curva, por lo que deducía que habían continuado recto por su calle hasta tomar la Ronda de Dalt en dirección sur. Podían dirigirse a cualquier parte de la ciudad o a las afueras, pero las posibilidades eran muchas y no podría averiguarlo. Escuchó sirenas de ambulancia a lo lejos y dedujo que debían estar pasando por la salida 5, la salida del Hospital de la Vall d’Hebron. Calcula el tiempo que lleva en el vehículo y cree que no han sido más de veinte minutos, aunque a ella le parece una eternidad.

Helena pierde la noción del tiempo, llevan más de una hora en el coche y empieza a faltarle el aire. Deben ser las nueve y media de la noche y las chicas estarán empezando a preguntarse dónde se ha metido.

El coche se detiene y la hacen bajar del vehículo y caminar por un camino de tierra unos doscientos metros hasta que entran en lo que a ella le parece una casa, quizás una masía de campo.

–          ¿Esta es la chica? – Pregunta una voz masculina.

–          Así es, señor. – Le confirma el hombre que está a la derecha de Helena.

–          Llevadla al sótano. – Ordena la voz masculina.

Dos hombres la agarran por los codos y la guían escaleras abajo hacia lo que Helena deduce que es el sótano. El olor a humedad inunda la estancia y puede notar que la temperatura ha descendido unos diez grados en un descenso de tres metros. La sientan en una silla y oye sus pasos alejarse hasta que escucha una puerta metálica cerrarse seguido de una vuelta de llave en la cerradura. Helena se lleva las manos atadas al pañuelo de su cabeza y se quita la venda de los ojos. Parpadea lentamente para que sus ojos se acostumbren a la luz blanca que ilumina la estancia y después se quita el pañuelo que la amordaza. Está tan aterrada que le parece que el corazón se le va a salir del pecho cada vez que late. Echa un vistazo a su alrededor, pero tan solo hay cuatro paredes enmohecidas por la humedad, una silla donde está sentada, una mesa plegable y un colchón en el suelo que Helena no piensa tocar ni aunque le dieran todo el oro del mundo. Tras comprobar que está sola en el mugriento sótano, se pone en pie y busca su bolso, pero no está allí. No tiene el móvil y tampoco hay ventanas, la única forma que tiene de escapar es por la puerta y es una puerta cortafuegos, no va a poder salir de aquí a menos que alguien le abra la puerta.

Sin nada qué hacer, Helena trata de liberar sus muñecas, pero está demasiado nerviosa y la tarea se le está complicando más de lo que debería. La única esperanza que le queda es que Laura llame a Samuel y le diga que ella no ha aparecido. Él sabía que iba hacia al bar de Pepe cuando le colgó antes de salir de casa y Helena esperaba que él se diera cuenta de que algo le habría pasado.

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