Una tentación irresistible 2.

Una tentación irresistible

El domingo Helena se instaló en la casa de Blanes de los padres de Silvia. Había accedido a quedarse dos semanas, pero les había prometido que si pasaba más tiempo les pagaría el alquiler, pues ahora se lo podía permitir. Como era de esperar, los padres de Silvia se opusieron y le aseguraron que podía permanecer allí todo el tiempo que quisiese mientras decidían si volver a alquilar la casa.

No podía negar que la casa tenía unas vistas impresionantes. Estaba situada en la cima de un acantilado desde donde se divisaba el mar y todo el pueblo de Blanes. Apenas tenía vecinos, había cuatro casas más cerca de la casa de los padres de Silvia y ni siquiera se había cruzado con alguno de sus vecinos.

Helena llamó a sus padres para avisarles que había llegado y tuvo que volver a escuchar la misma reprimenda de su madre:

–  Lo que necesitas es estar rodeada de tu familia, no irte sola a un lugar donde no conoces a nadie.

–  Mamá, voy a estar bien. – Le asegura Helena. – Necesito concentrarme en escribir sin que nada me distraiga y venir a aquí es la mejor opción que tenía. No te preocupes, te llamaré todos los días si así te quedas más tranquila.

Lourdes, la madre de Helena, era una mujer buena que adoraba a sus hijos, pero también era muy capaz de sacarlos de quicio. La sobreprotección que quería seguir dándoles no tenía ningún sentido teniendo en cuenta que su hijo mayor tenía treinta y tres años y su hija pequeña tenía veintisiete, ambos eran ya lo suficiente mayores y responsables como para cuidar de sí mismos, pese a que Lourdes no quisiera comprenderlo. Ramón era muy distinto. Había comprendido a la perfección que sus hijos ya eran mayores y estaba seguro de que en el caso de que sus hijos necesitaran de su ayuda se la pedirían. Ramón no podía negar que el hecho de que sus hijos crecieran le había otorgado cierto temor, pero sabía que tarde o temprano se tendrían que enfrentar al mundo y que lo mejor era mantenerse al margen y apoyarles como siempre había hecho él y su esposa.

Helena agradecía tener siempre el apoyo incondicional de su padre. Pese a ser la niña y además la pequeña, Helena había crecido con libertad para descubrir el mundo a su manera. Sus padres siempre la habían apoyado en todo, aunque algunas veces le advirtieran que estaba cometiendo un error, ellos siempre habían estado allí para recoger sus pedazos y recomponerlos. Pero esta vez había sido distinto. Todo el mundo se empeñaba en tratarla como si estuviera pasando por el peor momento de su vida y trataban de hablar con ella para animarla, pero en realidad Helena se encontraba bastante bien y no precisaba de aquellas atenciones que todo el mundo se empeñaba en darle.

Tras deshacer la maleta e instalarse, Helena decidió salir a comprar algo de comida y después salió a correr. En un primer momento, pensó en ir a correr por la playa, pero cambió de opinión cuando encontró un sendero que la llevaba hacia a la montaña. Recorrió el camino de piedras hasta llegar a una pequeña explanada donde un caballo bebía agua de un pequeño río que pasaba por la zona. A Helena siempre le habían gustado los caballos y había pasado los veranos en la hípica de su abuelo cuidando de sus caballos y montándolos, pero aquél parecía un caballo salvaje, pues no tenía silla de montar y poseía en la mirada ese brillo de libertad. Helena sabía que un caballo salvaje no era fácil de tratar y que podía resultar impredecible pero aun así se arriesgó y se acercó:

–  Parece que ambos buscamos con ansia la soledad y sin embargo nos hemos encontrado. – Dijo Helena acercándose al caballo salvaje. Sabía que los caballos escuchaban, pese a que no entendieran nada de lo que los humanos pudieran decir. – Eres un caballo precioso, deberías estar rodeado de hermosas yeguas.

El caballo relinchó a modo de respuesta y se acercó a Helena dejándose acariciar por ella. Fue entonces cuando Helena descubrió que no se trataba de un caballo salvaje, pues alguien se había tomado la molestia de ponerle herraduras en las cuatro patas.

–  ¿Te has escapado de casa? – Le preguntó Helena. Y consciente de que no iba a obtener respuesta alguna, se limitó a seguir hablando: – Yo no me he escapado, pero en cierto modo me siento como si lo hubiera hecho. Deberías volver a tu casa, estoy segura de que alguien estará preocupado por ti y te estarán buscando. – El caballo volvió a relinchar y Helena lo siguió acariciando para tranquilizarlo mientras le susurraba: – Lo sé, a veces necesitamos aislarnos de todo y de todos, pero también hay que pensar en el daño que se les hace a las personas que nos quieren y que nos apoyan incondicionalmente.

Helena dio un salto y se subió a lomos del caballo que pareció relajarse ante al contacto. No sabía quién era su dueño, pero estaba dispuesta a encontrarlo para devolvérselo.

Dejó que el caballo caminara libremente con la esperanza de que la llevara de vuelta al lugar de donde había salido, pero había pasado media hora y aún no habían llegado a ninguna parte, de hecho le daba la sensación de que cada vez estaba más lejos de su casa y no estaba segura de saber volver.

–  ¿Loco? – Oyó una voz detrás de sí. – ¿Loco, eres tú?

El caballo se volvió sobre sí mismo y relinchó a modo de respuesta, levantando sus patas delanteras y haciendo que Helena se agarrara con fuerza a la crin del caballo para no caerse.

–  Señorita, será mejor que se baje de ese caballo si no quiere hacerse daño. – Le aconsejó el propietario de la voz, un hombre de mediana edad que parecía estar realmente preocupado por su seguridad.

Helena no se lo pensó dos veces y bajó del caballo, si aquél hombre era el propietario entendía que no le hiciera ninguna gracia encontrarlo con ella.

–  Lo siento, lo he encontrado y al principio pensaba que era un caballo salvaje, pero después he visto sus herraduras y he supuesto que tenía dueño. – Se excusa Helena. – Tan solo pretendía encontrar al dueño de este precioso caballo, es un poco terco, pero sin duda alguna se trata de un caballo muy especial.

–  El caballo no es mío, señorita. – Le responde el hombre con una amplia sonrisa. – Es de mi jefe, pero nadie lo monta porque es muy terco y uno no se puede fiar. Se escapa cada dos por tres y se muestra muy arisco con todos nosotros, excepto con usted. ¿Cómo ha conseguido montarlo sin la ayuda de la silla de montar?

–  No sé, lo cierto es que no me ha puesto problema alguno. – Le responde Helena encogiéndose de hombros.

–  ¿Le importaría ayudarme a traerlo de vuelta al establo? – Le pregunta el hombre. – Está aquí cerca y prometo llevarla a su casa para que no tenga que regresar andando. Por cierto, me llamo Gabriel.

–  Encantada de conocerlo, Gabriel. – Lo saluda Helena. – Yo me llamo Helena.

Helena acepta la propuesta de Gabriel y, subida a lomos de Loco, el caballo que creía que era salvaje, se dirigen al establo.

De camino al establo, Helena le pide permiso a Gabriel para ir a visitar de vez en cuando a Loco y Gabriel le promete que hablará con su jefe, pero que no será fácil. Es entonces cuando Gabriel le explica a Helena que Loco era el caballo del hermano mediano de su jefe que murió en un accidente de tráfico. La hermana pequeña trató de montarlo tras la muerte del hermano pero Loco se puso muy nervioso y acabó tirándola al suelo. Por suerte no se hizo nada grave, pero fue suficiente para que todos quisieran deshacerse del caballo, pues se había vuelto incontrolable. La hermana pequeña convenció al hermano mayor para que se hiciera cargo de Loco y desde entonces habían pasado ya dos años.

Después de llevar a Loco al establo, Gabriel llevó a casa a Helena tal y cómo le había asegurado. Se montaron en una furgoneta vieja y diez minutos después llegaron a su destino. Helena se aprendió el camino con el fin de poder regresar y ver a Loco.

Esa noche, a Helena le llegó la inspiración y empezó a escribir su segunda novela. Se quedó dormida casi al amanecer, cuando completó el primer capítulo. La tristeza de Loco tras la muerte de su dueño la había inspirado y decidió ambientar su novela en tiempos pasados, cuando los hombres montaban a caballo en vez de conducir ostentosos coches como lo hacían en la época actual.

A la mañana siguiente, Helena decide ir un rato a la playa para tomar el sol y darse un chapuzón. Desde la casa hay un pequeño sendero que lleva a una pequeña cala caminando unos quince minutos. Es un sendero bastante difícil de encontrar y que muy poca gente conoce, al menos eso le dijeron los padres de Silvia, pero siguiendo sus indicaciones Helena lo encontró con facilidad y se tumbó sobre la arena al mismo tiempo que se dejaba llevar por su imaginación y el siguiente capítulo cobraba vida en su cabeza.

No muy lejos de donde se encontraba Helena, Gabriel le contaba a su jefe lo sucedido con Loco la tarde anterior:

–  No te lo vas a creer, Álvaro, pero esa chica lo montaba como si fuera su propio caballo, Loco estaba como hechizado por ella.

–  Es demasiado peligroso, ya viste lo que le pasó a Sarah. – Insistió Álvaro, pese a la curiosidad que sentía por conocer a esa chica misteriosa de la que Gabriel le hablaba. – ¿Qué sabes de esa chica?

–  Creo que es la nueva inquilina de la casa que hay junto al acantilado, o al menos allí fue donde me pidió que la dejara cuando me ofrecí a llevarla a casa.

–  Mañana la buscas y le dices que venga, quiero conocerla y ver si es capaz de hacer con Loco todo lo que tú dices. – Le dijo Álvaro intrigado por la chica de la que Gabriel le hablaba.

Álvaro tenía muchas preguntas sin respuestas y decidió ir al establo para hacerle una visita a Loco. Sabía que aquel caballo no le daría las respuestas, pero aun así habló con él:

–  ¿Qué pasa contigo? Llevo dos años tratando de que me dejes colocarte una silla de montar y de repente viene una chica y dejas que se te suba a los lomos, ¿qué clase de colega eres que me cambias por una chica? – Le acarició la cara al caballo y añadió como si pudiera entenderlo: – Gabriel me ha dicho que es una chica muy guapa y que pensó que era una especie de Diosa cuando la vio.

Pero Loco no estaba por la labor de escuchar, relinchó como hacía siempre que se le acercaba y después se alejó de él como si temiera que le fuera a hacer daño.

Álvaro tenía demasiadas cosas en mente y necesitaba relajarse, últimamente tenía demasiado trabajo y apenas le quedaba tiempo ni para descansar, así que decidió darse un chapuzón en la piscina y olvidarse del mundo.

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