Una tentación irresistible 19.

Una tentación irresistible

Helena pasa media mañana durmiendo en la cama de Samuel y la otra media desayunando y dándose un largo baño de espuma. A mediodía recibe la llamada de Samuel, que la convence para salir a comer juntos y queda en pasar a buscarla por el ático a las dos de la tarde.

Durante dos horas, Helena se arregla su larga y rubia melena, decide ponerse un vestido azul vaporoso y unas sandalias romanas de color beige. Se está aplicando un poco de gloss en los labios cuando escucha abrirse la puerta del ascensor y la voz de Samuel:

–          Helena, ¿estás lista?

–          Un minuto y bajo. – Le contesta Helena alzando la voz para que Samuel la oiga.

Tras repasar rápidamente su aspecto en el espejo, se da el visto bueno y baja las escaleras para encontrarse con Samuel, que la espera sentado en uno de los taburetes de la cocina bebiéndose una cerveza directamente del botellín mientras lee un periódico deportivo. Alza la vista cuando la oye entrar y sonríe al verla tan alegre.

–          Estás preciosa.

–          Gracias. – Le responde Helena con un ligero rubor en las mejillas.

Samuel se pone en pie, se acerca a Helena y la besa en los labios sin poder contenerse, es algo que le sale demasiado natural y no puede evitarlo. Ella lo observa con lujuria, está fantástico con ese traje gris que marca la anchura de sus hombros y los músculos de sus brazos.

Media hora más tarde, están sentados en una de las mesas del precioso jardín de una antigua masía ubicada a las afueras de la ciudad. Almuerzan tranquilamente y cuando terminan todo lo que hay en los platos, Samuel decide que es el momento de poner las cartas sobre la mesa y hablar de su peculiar relación:

–          Creo que es buen momento para mantener esa conversación pendiente.

–          Soy toda oídos. – Le responde Helena.

–          Está claro que dejarnos caer en la tentación no nos ha quitado el problema, yo te deseo incluso más de lo que ya te deseaba. – Empieza a decir Samuel.

–          ¿Qué propones, entonces?

–          Estaba considerando la idea de exiliarnos eternamente en el ático, pero supongo que tarde o temprano tendremos que salir a la calle o vendrán a buscarnos, así que a largo plazo no es una buena idea. – Bromea Samuel. – O también podemos tomárnoslo con calma y ver a dónde nos lleva todo esto. Podemos ser amigos que pasan juntos algo de tiempo para conocerse mejor.

–          Lo que vulgarmente en mi barrio se conoce como follamigos. – Le contesta Helena algo molesta.

–          No has entendido nada. – Protesta Samuel.

–          ¡Pues háblame claro, no tengo cinco años! – Le reprocha Helena.

–          Te estoy diciendo que quiero salir contigo a cenar, de copas o simplemente ir al cine como dos amigos.

–          ¿Solo como amigos?

–          Nena, eso va a ser difícil.

–          Pues anoche parecía bastante fácil. – Murmura Helena molesta.

–          Anoche lo único que quería era que te sintieras cómoda y segura, pero si quieres esta noche te lo compenso.

–          A ver si te he entendido. – Le dice Helena. – Amigos que quieren conocerse mejor y sexo sin compromiso.

–          ¿Sin compromiso? – Pregunta Samuel frunciendo el ceño. – No pienso dejar que folles con otros mientras estés conmigo y no es negociable.

–          Entonces yo tampoco pienso permitir que te folles a otras. – Le advierte Helena.

–          Solo quiero follar contigo.

–          ¡Qué romántico! – Se mofa Helena riéndose. Logra ponerse seria y añade: – Solo una cosa, mientras vemos qué pasa con esta peculiar tregua, me gustaría que esto quedara entre nosotros.

–          Me parece bien, salvo por el hecho de que Cristina sabe que eres tú la chica que estaba durmiendo en mi casa ayer, pero tranquila, no dirá nada, ni siquiera a Alberto.

Helena duda de que Cristina no se lo cuente a su marido, que también es el socio y mejor amigo de Samuel, pero tampoco le importa demasiado que Alberto lo sepa. Solo son dos adultos que mantienen juntos relaciones sexuales de vez en cuando, ¿qué hay de malo en eso? Decidida a cambiar de tema, Helena le pregunta si ha hablado con Carla.

–          Aún no, estoy pendiente de Ray, está tratando de conseguir la grabación de la cámara de seguridad del banco que hay en la esquina de tu calle y Cristina está investigando a Carla. – Le contesta Samuel. – No tienes que preocuparte por nada, yo me encargo de todo, nena. Y ahora será mejor que te lleve a la editorial o llegarás tarde a la reunión con tu editora.

Samuel la acompaña a la editorial y espera a que Helena salga de la reunión para llevarla de nuevo a su casa. Helena trata de convencerle de que no hay ningún motivo para que no pueda regresar a su casa, pero Samuel insiste en llevarla al ático.

Cuando entran en el ático las luces están encendidas y se escucha ruido en la cocina. Helena intercambia una rápida mirada con Samuel, lo último que le apetece es ver a alguna chica armando una teatral escena de celos o que intentara agredirla como había hecho Carla.

–          Tranquila, debe ser Rosa. – La tranquiliza Samuel, pero al ver el gesto confuso de Helena le aclara: – Rosa es la mujer que limpia y cocina, le di vacaciones con todo el jaleo de la mudanza y se tenía que instalar esta tarde… Mierda, me he olvidado de ella.

–          Lo siento. – Se disculpa Helena.

–          No lo sientas, nena. No es tu culpa que yo sea un despistado. – Le dice Samuel besándola en los labios. – Ven, te la presentaré.

Samuel arrastra a Helena a la cocina aferrándola por la cintura por si decide salir corriendo y escapar. Sabe que la presencia de Rosa le incomoda y está dispuesto a solucionarlo cuanto antes. Al entrar en la cocina, Rosa, una mujer de unos sesenta años, de pelo canoso y figura más bien redondita, se vuelve hacia a ellos y les saluda con una amplia sonrisa en el rostro:

–          ¡Samuel, pero qué guapo y bien acompañado te veo!

–          Eso dices tú, que siempre me miras con buenos ojos. – Le responde Samuel besando a Rosa en la mejilla con ternura. – En cuanto a la compañía, no podía ser mejor. – Agarra a Helena de la mano y tira de ella para colocarla a su lado y abrazarla por la cintura. – Te presento a Helena, Rosa. Se va a quedar unos días por aquí hasta que arreglemos algunos asuntos. – Se vuelve hacia a Helena y le dice: – Rosa es como una segunda madre, ella fue mi niñera cuando era pequeño.

–          Encantada de conocerla, señora Rosa. – La saluda Helena ofreciéndole la mano.

–          Por favor, llámame solo Rosa. – Le responde Rosa sonriendo alegremente y añade antes de abrazarla: – Y desde luego el placer es mío, solo por ver cómo haces sonreír a mi Samuel ya me caes bien.

Helena se ruboriza al instante y Samuel trata de ocultar su sonrisa sin demasiado éxito, llevándose un discreto codazo por parte de Helena. Rosa los observa y se percata de la complicidad que existe entre ambos. Nunca lo había visto así con ninguna mujer, pero con Helena parecía estar completamente relajado, era simplemente él.

El teléfono móvil de Samuel empieza a sonar y él se disculpa para retirarse al despacho y hablar por teléfono con más intimidad. Ray tiene que informarle y Samuel prefiere que Helena no esté delante.

–          ¿Sabes algo, Ray? – Pregunta nada más descolgar.

–          Tengo la grabación de las cámaras de seguridad del banco, pero tengo que devolverlas en tres horas, así que tenemos que revisarlas ya. – Le contesta Ray. – Estoy aparcando frente a tu nuevo edificio, estaré ahí en tres minutos.

Samuel regresa a la cocina y se encuentra a Helena escribiendo la lista de la compra que Rosa le va dictando mientras va revisando los armarios de la cocina, la nevera y el congelador.

–          ¡Por el amor de Dios, Samuel! ¿Qué has estado comiendo esta semana? – Le regaña Rosa en cuanto lo ve aparecer. – ¡No hay nada!

–          Lo sé, Rosa. Apenas he parado por aquí desde que me mudé y he estado un poco liado con el trabajo. – Miente Samuel. Se vuelve hacia a Helena y le dice: – Nena, Ray viene ahora con la grabación y me gustaría que la viéramos juntos por si reconoces a alguien más en las imágenes, ¿quieres hacerlo?

–          Sí, claro. – Le responde Helena con un hilo de voz.

Cuando Ray entra en el ático, Samuel le hace pasar a la cocina donde se encuentran Helena y Rosa. Helena lo observa sorprendida, Ray es un tipo fuerte y musculoso que mide dos metros y tiene cara de pocos amigos. Samuel se acerca a Helena, le pasa el brazo alrededor de la cintura y le dice con ternura:

–          Ray nos ha traído el vídeo, ¿quieres que lo veamos en el salón? – Helena asiente con la cabeza y Samuel añade: – Él es Ray, es de confianza y está aquí para ayudarnos, ¿estás de acuerdo? – Helena vuelve a asentir y Samuel le dice a Rosa: – No te preocupes por la cena, pediremos algo de comida a domicilio y mañana ya nos encargaremos de la compra.

Samuel, Helena y Ray se acomodan en los sofás del salón para ver el vídeo de seguridad del banco de la noche del domingo. En las imágenes se ve como Carla se detiene en el portal y llama al timbre a las siete de la tarde. Desde entonces, un 4×4 de color blanco no deja de dar vueltas pasando por delante del portal una y otra vez hasta que Helena aparece en escena y la silueta de una mujer que parece Carla se le acerca para agredirla. Helena entra en el portal y el 4×4 blanco no vuelve a aparecer en escena.

–          Ray, encárgate de averiguar de quién es el 4×4, Carla tiene un Mini, así que es posible que no estuviera sola. – Le dice Samuel.

–          Yo he visto ese coche antes, la noche de la inauguración del rascacielos. – Comenta Helena sin apartar los ojos de la televisión donde Ray ha detenido la imagen proyectando el vehículo. – ¿Carla fue acompañada a la inauguración?

–          No que yo sepa, pero ahora que lo mencionas creo recordar que Carla me dijo que había venido en el coche de su padre. – Recuerda Samuel.

–          Averiguaré qué coche tiene el padre de Carla con un par de llamadas. – Le dice Ray a Samuel. – Cenad y descansad, cuando sepa algo te llamo.

–          Cristina tiene un par de amigas en común con Carla y está tratando de averiguar algo, pero aún no ha descubierto nada.

–          Veré qué puedo hacer. – Le asegura Ray. – Hablamos luego, Samuel. – Se vuelve hacia a Helena y le dice bromeando: – Llámame si Samuel se pone en modo gruñón y también veré qué puedo hacer.

–          Gracias. – Le agradece Helena sonriendo.

Ray se marcha y les deja a solas en el salón. El ruido en la cocina confirma que Rosa sigue trasteando, ordenando y limpiando su santuario. Samuel observa a Helena, que no deja de apretarse las manos con nerviosismo y la abraza estrechándola contra él, haciendo que se sienta segura en una milésima de segundo.

–          ¿Qué relación tenías con Carla? – Le pregunta de repente Helena.

–          Nos veíamos de vez en cuando. – Contesta Samuel incómodo. – Siempre le he dejado claro a Carla que solo se trataba de sexo y no era una relación exclusiva, ella lo sabía y lo aceptaba, no entiendo por qué ahora está haciendo esto.

–          Nunca subestimes a una mujer despechada. – Le advierte Helena. – ¿Qué te parece si nos olvidamos de todo esto, cenamos pronto y me compensas lo de anoche en el jacuzzi de la terraza?

–          Vaya, mi princesa de las guerreras está muy exigente. – Bromea Samuel colocando a Helena a horcajadas sobre su regazo. Helena se mueve sugerentemente y Samuel, haciendo un esfuerzo por no tumbarla en el sofá y hacerle el amor allí mismo, le susurra con la voz ronca: – Nena, deja de provocarme o no respondo.

Helena se ríe y Samuel la besa en los labios. La coge en brazos y la lleva a la cocina sin importarle que Rosa los vea haciendo el payaso. Rosa los observa divertida y les obliga a cenar unos tallarines al pesto que ha preparado con lo poco que ha encontrado en la cocina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.