Una tentación irresistible 17.

Una tentación irresistible

Cuando Helena se despierta, abre los ojos y se encuentra con la mirada de Samuel. Se ruboriza al recordar que la noche anterior habían estado haciendo el amor hasta quedar agotados y dormirse. Pero se relaja al ver que Samuel sonríe con naturalidad y no parece sentirse para nada incómodo.

–          Buenos días, nena. – La saluda Samuel y la besa en la frente. – Voy a darme una ducha, pero tú quédate durmiendo un rato más si quieres, es temprano.

Helena mira el musculoso abdomen de Samuel y su cuerpo vuelve a encenderse. Samuel lo nota en sus ojos y la besa en los labios al mismo tiempo que sus manos acarician su cuerpo y la abre de piernas. Lame, muerde y estira sus pezones pellizcándolos con los dientes mientras su mano desciende hasta llegar a su entrepierna. Helena se arquea, Samuel localiza su clítoris y lo estimula con movimientos circulares y presionándolo de vez en cuando. Sin dejar de jugar con sus pezones, Samuel introduce un dedo, lo saca y lo vuelve a meter. Repite la misma acción pero con dos dedos y Helena se arquea excitada. Samuel abandona los pezones y su lengua desciende hasta perderse entre sus muslos. Lame su clítoris mientras sus dedos salen y entran de ella con ritmo.

–          Samuel… – Le suplica Helena.

–          Dime qué quieres, nena. – Le responde Samuel alzando la cabeza de entre sus muslos para que ella lo vea sonreír pícaramente. – Quiero oírtelo decir, princesa de las guerreras.

–          Te quiero dentro, ahora. – Le ordena Helena al borde del abismo.

Samuel no se hace de rogar y obedece la orden de Helena, disfrutando al contemplar el deseo más puro en los ojos de Helena. Se pone un preservativo, la penetra de una sola estocada y ambos gimen. Da tres embestidas y sale de ella. La coloca de rodillas sobre la cama y él se coloca detrás de ella, la recuesta sobre su pecho y la penetra desde atrás mientras con su mano izquierda le acaricia los pechos y con la mano derecha acaricia su clítoris. Helena se siente a punto de explotar de placer, nunca antes se había sentido tan excitada como lo está, nunca antes había sentido nada parecido.

–          Córrete, nena. – Le susurra Samuel.

Helena explota, se convulsiona entre los brazos de Samuel que, excitado al verla estallar, se deja ir y gruñe. Agotados por el devastador orgasmo, caen sobre la cama y Samuel la coge y la arrastra hasta colocarla cobre su pecho y envolverla entre sus brazos. Helena se deja abrazar y se siente cómoda con Samuel, más cómoda incluso que cuando estaba con Jorge. Con Sergio ni siquiera dejó que se quedara a pasar la noche, a pesar de que pensaba que podía ser el hombre perfecto para ella. Pero Helena se había sentido atraída por Samuel desde que lo vio aquella tarde corriendo por el paseo marítimo de Barcelona. Desde entonces, había soñado todas las noches con él y en cómo sería estar entre sus brazos. Ahora ya lo sabía pero no podía describir cómo se sentía. Tan solo quería quedarse así el resto de su vida, sin moverse de esa cama, sin cambiar de postura. Quedarse eternamente así.

–          Esto no funciona, se suponía que si caíamos en la tentación nos libraríamos de ella, pero yo solo siento más deseo de repetir. – Le dice Samuel. – Creo que te voy a secuestrar y te voy a dejar aquí conmigo para siempre.

–          ¿Pretendes que sea tu esclava sexual? – Le pregunta Helena alzando las cejas.

–          Está claro que no me gustan las sumisas. – Bromea Samuel. – Y tengo que reconocer que me encanta discutir contigo, nena. – Helena se sube a horcajas sobre él y roza su entrepierna contra el miembro de Samuel, que se activa de inmediato y crece bajo el sexo de Helena. – Vas a volverme loco.

Helena le sonríe juguetona y decide mostrarle lo poco sumisa que puede llegar a ser. Coge el miembro de Samuel y lo introduce lentamente en su interior en su totalidad y se mueve en círculos para que ambos cuerpos se amolden. Samuel alza las caderas y Helena se estremece al sentirse tan llena. Él la acaricia y la observa mientras ella cabalga encima de él enloquecida hasta que ambos estallan en un fuerte gruñido y se abrazan con fuerza al mismo tiempo que sus cuerpos se estremecen extasiados. Helena se deja caer sobre el pecho y Samuel la abraza. Cuando recobran la respiración, Samuel le dice:

–          No me he puesto preservativo, Helena.

–          Tomo la píldora y no tengo ninguna enfermedad. – Le contesta Helena. – ¿Qué me dices de ti?

–          Jamás follo sin preservativo, puedes estar tranquila.

–          Eso no es una garantía cuando acabas de follar conmigo sin condón. – Le suelta Helena.

–          Ha sido por tu culpa, me vuelves tan loco que no puedo ni pensar. – Se defiende Samuel estrechándola contra su cuerpo con más fuerza.

–          Quédate un rato más en la cama durmiendo conmigo, es domingo. – Le pide Helena.

Samuel acepta encantado y ambos vuelven a quedarse dormidos. Dos horas más tarde, se despiertan al escuchar ruidos en la planta de abajo. Samuel frunce el ceño, se levanta y se pone un pantalón. Antes de salir de la habitación, besa a Helena en los labios y le dice:

–          Ahora vengo, voy a ver qué pasa.

Helena se queda en la cama, observando cómo Samuel sale de la habitación. Samuel baja las escaleras y en el hall se encuentra con Cristina y otros dos hombres que portan sobre sus hombros un par de cajas cada uno. Las cajas de libros y discos de música que faltaban por traer y de los cuales Cristina se iba a ocupar aprovechando que él iba a estar en Blanes el fin de semana. Pero Samuel se había olvidado por completo, toda su atención había sido dirigida a Helena.

–          ¿Te olvidaste de que vendría? – Le pregunta Cristina al ver a Samuel. – Creía que ibas a estar en casa de tu hermano todo el fin de semana. No me digas que la has vuelto a cagar con Helena porque me están entrando ganas hasta de abofetearte. – Se vuelve hacia los dos hombres y les dice: – Pueden dejar ahí las cajas. – Después echa un vistazo por la cocina y descubre los restos de la cena de anoche y dos copas de vino, una de ellas manchada de pintalabios. – ¿Con quién estás?

–          Eso no es asunto tuyo. – Le advierte Samuel.

–          Me voy ya, pero el lunes te veo en la oficina y hablamos. – Le dice Cristina y añade antes de marcharse: – Por cierto, este olor a coco me resulta familiar…

–          Vale, mañana hablamos. – Se resigna Samuel. – Pero no se te ocurra abrir la boca, tú no has visto nada.

Cristina asiente con la cabeza y se marcha sonriendo satisfecha con los dos operarios de la mudanza. Samuel resopla, se pasa una mano por la cabeza y la otra por el mentón antes de regresar a su habitación donde Helena le espera.

–          ¿Va todo bien? – Pregunta Helena. – No quiero causarte ninguna molestia…

–          Era Cristina, ha visto los platos y las copas de la cena de anoche y se ha dado cuenta de que no estaba solo.

–          ¿Le has dicho que estoy aquí?

–          No, pero antes de irse me ha dejado claro que el olor a coco le era familiar.

–          Voy a tener que cambiar de colonia… – Murmura Helena.

–          De eso nada, me encanta tu colonia. – Le dice Samuel sonriendo con picardía. – No te preocupes por nada, deja que yo me encargue de Cristina. – Se tumba en la cama junto a Helena y añade: – ¿Te apetece que salgamos a comer?

–          ¿Puedo elegir yo el sitio?

–          Por supuesto, nena.

A Helena le encanta y le excita que la llame nena y le sonríe con descaro. Samuel la coge en brazos y la lleva al baño, donde ambos se desnudan mientras la bañera se llena de agua. En silencio, disfrutan de un relajante baño con burbujas y Samuel estrecha a Helena entre sus brazos sin poder estar ni un solo centímetro lejos de ella.

Después del baño, Samuel la convence para ir a pasear por Las Ramblas de Barcelona, por donde caminan observando a los mimos y a los que hacen de estatua, dándoles propinas y haciéndose fotos con ellos. A Helena siempre le ha encantado pasear por Las Ramblas, le hace recordar su niñez, y a Samuel le encanta verla tan despreocupada, alegre y divertida, casi parece una niña. Cuando llegan al puerto, deciden ir al Maremágnum y entrar en una de las pizzerías italianas del centro comercial, donde se sientan a comer en la terraza. De postre, se compran unas crepes de chocolate en un puesto ambulante y se lo comen mientras pasean por las estrechas calles de la Barceloneta. Ambos recuerdan la noche que salieron a navegar para inaugurar el yate de Samuel y se echan a reír.

–          Apenas había dormido, fui a comer a casa de mis padres y aún seguía borracha. – Le explica Helena entre risas. – Laura me llamó, estaba fatal porque había descubierto que su príncipe azul estaba casado y yo… Yo mejor no te cuento… El caso es que seguimos bebiendo, se nos echó la hora encima y, a pesar de habernos duchado con agua fría para despejarnos, estábamos fatal.

–          Y tú sabías que yo me iba a enfadar, oí como Laura te daba la razón sobre que yo era un ogro gruñón.

–          Y lo eres. – Se mofa Helena. Samuel hace un mohín y Helena, divertida, lo besa en los labios. – Pero ya sabes que me encanta discutir con ese ogro gruñón.

–          Nena, deja de provocarme o no respondo. – Le advierte Samuel sonriendo con picardía.

Pasan el resto de la tarde paseando por la playa y, sobre a las ocho de la tarde, Samuel lleva a Helena hasta el portal del edificio donde viven sus padres. Ninguno de los dos quiere separarse, pero ambos tienen que asumir sus responsabilidades y deciden ir a cenar cada uno con sus respectivos padres. Samuel la besa en los labios y se despide de ella:

–          Te llamo luego, nena.

–          Supongo que seguimos teniendo una conversación pendiente. – Bromea Helena.

Samuel le devuelve la sonrisa y espera a verla desaparecer al cruzar el portal para encender el motor del coche y dirigirse a casa de sus padres.

Helena visitó a sus padres y cenaron temprano. Estaba cansada y se excusó con sus padres alegando que necesitaba dormir para poder regresar a casa. Estaba confundida y necesitaba pensar en lo que había pasado las últimas veinticuatro horas para poder aclararse.

Helena está metiendo la llave en la cerradura del portal de su edificio cuando alguien la coge del cuello y la empuja contra la puerta.

–          ¡Aléjate de él, maldita zorra! – Le grita furiosa. Su mirada se encuentra con la de Helena y vuelve a espetarle antes de salir corriendo: – ¡Samuel es mío!

Helena apenas puede respirar, el susto que esa loca le acaba de dar casi la mata, pero lo peor es que sabe quién es y qué quiere, quiere a Samuel. Trata de calmarse y, cuando lo consigue, sube a su piso y se sirve una copa de tequila con hielo mientras piensa que últimamente bebe demasiado.

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