Una tentación irresistible 16.

Una tentación irresistible

El sábado se despertaron a mediodía y volvieron a reunirse todos en casa de Álvaro y Noelia para comer juntos. Samuel actuaba con normalidad y Helena pensó que quizás se había olvidado de los mensajes que se habían enviado la noche anterior.

Después de comer, todos deciden regresar a Barcelona y solo se quedan en Blanes Álvaro, Noelia, Samuel y Helena.

–          Yo también me voy a casa, vosotros también querréis descansar. – Se despide Helena.

–          Te acompaño. – Dice Samuel levantándose del sofá.

Álvaro y Noelia se miran con complicidad y sonríen, pero no dicen nada. Samuel y Helena se dirigen al garaje y allí suben al coche de Samuel. El trayecto es muy corto y apenas dura unos minutos pero, en el más absoluto de los silencios, a Helena se le hace eterno. Cuando llegan, Samuel aparca frente a la puerta de la casa y para el motor del coche. La mira durante unos segundos y, tras respirar profundamente, le dice:

–          Tenemos una conversación pendiente.

–          Eso parece.

–          Vente conmigo a Barcelona. – Le propone Samuel. Helena alza las cejas sorprendida por aquella proposición y Samuel añade: – Deja que te invite a cenar y nos tomemos una copa en mi terraza mientras te pido disculpas por acorralarte dos veces contra la puerta del baño y por besarte.

–          No me has besado.

Samuel sonríe con picardía y posa sus labios sobre los de Helena, presionándolos suavemente mientras su lengua trata de adentrarse en su boca para explorarla. Helena está tan sorprendida que ni siquiera reacciona, no le devuelve el beso, pero tampoco hace nada para detenerlo. No puede pensar con claridad y lo único que es capaz de sentir es el más puro deseo por todo su cuerpo. Con extrema lentitud, Samuel despega sus labios de los de Helena y le susurra:

–          Eres una tentación irresistible. – Samuel sonríe e insiste: – Vente conmigo, coge lo que necesites y vengo a por ti en media hora. Prometo traerte de vuelta en cuanto me lo pidas.

–          No creo que sea buena idea, tu plan tiene muchos flecos. – Le contesta Helena haciendo un esfuerzo por no ceder tan rápido. – Álvaro y Noelia sabrán que me he ido contigo y no quiero que me hagan preguntas para las que no tengo respuestas.

–          Tú solo prepara tu maleta, yo me ocupo del resto. – Sentencia Samuel. Helena hace un mohín y él sonríe divertido antes de añadir: – Ve y prepara tus cosas, en media hora estoy aquí.

Helena suspira sonoramente y baja del coche. Samuel le sonríe con picardía antes de arrancar el motor del coche y regresar a casa de Álvaro y Noelia. Helena entra en casa y coge algo de ropa y productos de higiene personal que guarda en su maleta pequeña. Media hora más tarde, Samuel pasa a buscarla tal y cómo le ha dicho. Aparca el coche frente a la casa y cruza el jardín hasta llegar a la puerta principal para llamar al timbre. Helena abre la puerta y al ver que es él le deja pasar.

–          Solo tengo que coger el portátil y podemos irnos. – Le dice Helena entrando en el salón, donde está su maleta ya lista.

–          ¿No dejas nunca de escribir? – Le pregunta Samuel mostrando interés.

–          El lunes tengo una reunión con mi editora y lo necesito. – Le responde Helena. – Nunca voy a ninguna parte sin mi portátil.

Helena coge el maletín con su portátil, Samuel coge su maleta antes de que ella pueda hacerlo y ambos se encaminan hacia el coche. Tras guardar el equipaje en el maletero del coche, se ponen en marcha para dirigirse a Barcelona. Durante el trayecto, Samuel conduce concentrado en la carretera y Helena juguetea con la radio cambiando de emisora cada cinco minutos. Cuando llegan a Barcelona, Samuel se dirige directamente hacia su ático dúplex y cuando entra en el parking del edificio, Helena le pregunta con sorna:

–          ¿Quieres que mantengamos nuestra conversación pendiente en tu terraza para que nos inunde de paz y no nos matemos?

–          Ahora eres tú la gruñona. – Se mofa Samuel. – De momento nos vamos a dar una ducha y a cambiar de ropa para salir a cenar. Después, si quieres, podemos discutir en la terraza mientras nos tomamos una copa. – Se bajan del coche y Samuel se ocupa de sacar su equipaje y el de Helena del maletero. Carga con el equipaje y se dirige hacia el ascensor al mismo tiempo que dice: – Vamos, se nos está haciendo tarde.

Suben al ático en el ascensor y Samuel la guía hacia una de las habitaciones de invitados de la planta superior para que se instale.

–          Voy a darme una ducha y nos vamos a cenar. – Le dice Samuel. – Si quieres ducharte, en el baño encontrarás toallas y todo lo que necesites. Te esperaré en la cocina.

–          Samuel, vivo a diez minutos de aquí, puedo hacer todo eso en mi casa…

–          Deja de llevarme la contraria aunque sea por un día, Helena. – La interrumpe Samuel con firmeza pero con un brillo especial en los ojos. – No tardes demasiado.

Helena se da una ducha y se pone unos vaqueros pitillo, una blusa blanca sin mangas y unas Manoletinas negras, no se ha traído ropa de salir y sabe que Samuel no la va a dejar pasar por casa para cambiarse, así que tiene conformarse con eso. Casi una hora más tarde, Helena baja las escaleras y se dirige a la cocina donde Samuel, vestido con unos vaqueros y una camisa blanca, la espera sentado en uno de los taburetes mientras bebe de su copa de vino.

–          Parece que nos hemos puesto de acuerdo a la hora de vestirnos. – Bromea Samuel al ver que Helena también se ha puesto unos vaqueros y una blusa blanca. – ¿Te apetece una copa de vino?

–          Creía que teníamos prisa.

–          ¿Dónde te apetece ir a cenar?

–          No sé, ¿dónde quieres ir tú?

–          Mientras te esperaba he pensado que quizás podríamos pedir comida a domicilio y cenar en la terraza.

–          Suena bien, no me apetece demasiado salir.

Mientras Helena lee todos los panfletos de propaganda de restaurantes con servicio a domicilio que Samuel ha sacado de uno de los cajones de la cocina, él le sirve una copa de vino y la observa en silencio.

–          ¿Te gusta la comida china? – Le pregunta Helena alzando la vista de sus panfletos para mirarle.

–          Sí, dime lo que quieres pedir y llamo al restaurante. – Le responde Samuel acercándose a ella para mirar el panfleto. Roza su brazo disimulando una caricia y su aroma se adentra en sus fosas nasales, inundándolo de un olor a coco que le excita. Cierra los ojos y, con un hilo de voz, le susurra: – Hueles muy bien.

Helena sonríe, sabe que él se siente tan atraído por ella como ella por él. Tras echar un último y rápido vistazo, Helena decide qué pedir y se lo hace saber a Samuel:

–          Un rollito de primavera, arroz frito tres delicias y ternera con salsa de ostras. ¿O prefieres el pollo con almendras?

–          Pedimos las dos y comes lo que quieras. – Sentencia Samuel.

Diez minutos más tarde, Samuel ya ha encargado la cena por teléfono y ambos están preparando la mesa en la terraza. A pesar de los pocos muebles que completan la decoración, un palé reciclado y con dos enormes cojines encima hacen de sofá y otro palé reciclado hace de mesa auxiliar, pero a Helena le parece el mejor sitio para disfrutar de una excelente cena con el skyline de la ciudad de fondo.

–          Quizás debería haberte llevado a un restaurante de verdad. – Comenta Samuel un poco incómodo. – Seguro que hubieras preferido salir a cenar a algún restaurante elegante.

–          Me conoces muy poco. – Le responde Helena con sorna. – Yo no tengo nada que ver con esas chicas frías y superficiales con las que sales, Samuel. Prefiero la comida china a cualquiera de esas comidas de diseño que siempre dejan con hambre. Prefiero la intimidad de una terraza con vistas a la ciudad que el glamour de un restaurante de lujo lleno de esnobs que te valoran según tu cuenta corriente. Soy de las que opinan que las cosas más importantes de la vida no se pueden comprar con dinero.

–          Por desgracia, el dinero puede comprarlo casi todo.

–          Y, si un día el dinero se va, ¿qué te quedará? – Le pregunta Helena. – Me he criado en un barrio obrero, mis padres no son pobres, pero solo porque han sido muy trabajadores y no han malgastado su dinero en cosas banales. Mis amigos me quieren por cómo soy, no por el dinero que tengo. Y sé que, el día de mañana, seguirán estando ahí para apoyarme sea cual sea mi situación, independientemente de mi cuenta corriente.

–          ¿Debo suponer que estás aquí conmigo por mi dinero?

–          Si hubiese querido, te hubiera rogado que me llevaras a un cinco tenedores, te hubiera convencido para que me compraras un vestido en Dolce & Gabbana y me hubiera comportado como la mujer más caprichosa del mundo. – Le responde Helena. – Sin embargo, estoy aquí, feliz por comer comida china y deseando haberme traído un pijama para ponerme cómoda mientras cenamos.

–          Me alegra saber qué piensas que puedo ser una marioneta en tus manos. – Le responde Samuel molesto.

El interfono suena y Samuel regresa al hall para contestar. Es el portero, les sube la cena que han encargado. Helena se siente mal por cómo se ha tomado Samuel la última conversación, él está siendo amable y atento con ella y ella le ha dicho que prácticamente es un juguete en sus manos. Por eso cuando Samuel prepara la cena y sirve la mesa, Helena busca su tono de voz más dulce y le dice con sinceridad:

–          Gracias por la cena y por dejarme disfrutar de tu terraza aunque a veces yo también me comporte como un ogro gruñón.

–          Espera un momento, ¿eso ha sido una disculpa? – Se mofa Samuel de buen humor y añade bromeando: – ¿Doña Perfecta se acaba de disculpar?

–          ¡No lo estropees! – Le dice Helena entre risas. – ¡Y yo no soy Doña Perfecta!

–          Tienes razón, eres más “yo nunca me equivoco”. – Se burla Samuel.

–          Ya me gustaría a mí… – Musita Helena con un brillo de tristeza en los ojos.

–          Eh, solo estaba bromeando. – Le dice Samuel al ver el repentino cambio de expresión en el rostro de Helena. – Y tengo que confesarte que eres la persona más perfecta que he conocido.

Helena le mira frunciendo el ceño, sin terminar de creerse lo que acaba de oír. Samuel le sonríe con ternura y, tras besarla en la mejilla, le dice:

–          Come antes de que se enfríe.

A Helena se le aceleran los latidos del corazón y se le cierra la boca del estómago. Su apetito ha desaparecido y ha sido suplantado por un apetito voraz de otro tipo. Cierra los ojos y respira profundamente para contener sus ganas de abalanzarse sobre Samuel y cambiar el menú de la cena. Samuel la observó y sonrió al descubrir la reacción de Helena, el sentimiento de atracción es mutuo.

Ambos cenan tranquilamente mientras intercambian inocentes preguntas para conocerse mejor. Samuel muestra interés cuando le habla y Helena se sorprende, nunca hubiera dicho que el ogro gruñón en realidad era un buen tipo. Después de cenar, recogen la mesa y Samuel sirve un par de copas de vino para acabar la botella.

–          Eres afortunado al poder disfrutar de estas vistas todos los días. – Comenta Helena poniéndose en pie y asomándose por la barandilla de la terraza para que la suave brisa le acaricie la cara. – Esto es una maravilla.

–          Estoy completamente de acuerdo. – Le responde Samuel sin poder apartar la vista de ella. Se pone en pie, se coloca detrás de Helena y, sin poder evitarlo, le rodea la cintura con sus brazos. – Soy muy afortunado.

El cuerpo de Helena se estremece y cierra los ojos mientras en sus oídos retumban los rápidos latidos de su corazón. Se deja abrazar por los cálidos brazos de Samuel y se siente cómoda, como si fuese lo más natural del mundo.

–          Tenemos que solucionar esto. – Le dice Helena finalmente.

–          ¿A qué te refieres? – Quiere saber Samuel, que le ha pillado desprevenido.

–          A esto. – Le espeta Helena haciendo aspavientos. – A la tensión que hay entre nosotros.

–          Tú también la sientes. – Confirma Samuel con una traviesa sonrisa en los labios. – Me desafías una y otra vez y más te deseo. Eres una tentación irresistible.

–          La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. – Le susurra Helena.

–          Me gusta esa frase. – Contesta Samuel sonriendo y estrechándola contra su cuerpo con más fuerza.

–          Es de Óscar Wilde. – Confiesa Helena. Se vuelve sin soltarse de sus brazos para quedar frente a él y añade con tono sugerente: – Un hombre muy sabio.

Samuel no lo resiste más y la besa. La agarra con fuerza por los muslos y la coge en brazos, colocando las piernas de ella alrededor de su cintura. Helena gime al notar la excitación de Samuel presionando entre sus piernas y Samuel gruñe de deseo. Samuel se separa ligeramente de ella y le dice:

–          Si has cambiado de opinión, este es un buen momento para decirlo.

–          Si me dejas así te mato. – Le contesta Helena sonriendo pícaramente.

Samuel sonríe, la besa y la lleva al interior de la habitación, donde la deposita con sumo cuidado sobre la cama. Helena hace un mohín cuando su espalda toca la fina colcha de la cama, esperaba hacerlo en la terraza. Samuel se da cuenta y le pregunta divertido:

–          ¿En la terraza?

Helena asiente con la cabeza y Samuel le sonríe antes de empezar a desnudarla. Una vez la deja totalmente desnuda, se desprende de su ropa y, completamente desnudos, la coge en brazos y la lleva de nuevo a la terraza. Samuel sabe lo que Helena desea y, apoyándola contra la pared para ayudarse a sostenerla, se coloca un preservativo y, tras devorarle la boca, la mira a los ojos y la penetra de una sola estocada. Ambos gimen excitados y Samuel empieza a moverse para entrar con más profundidad mientras Helena trata de facilitarle el acceso. Samuel la besa y la acaricia por todas partes, mordisquea sus pezones endureciéndolos para después lamerlos y calmar el ligero ardor que le produce. Helena gime y disfruta fascinada, no sabe cómo es capaz de hacer todo eso en esta postura, pero tampoco le importa, tan solo puede disfrutar y dejarse llevar.

–          Nena, córrete. – Le susurra Samuel con la voz ronca. – Quiero oírte y no puedo esperar mucho más.

Esas palabras son suficiente para que Helena estalle en mil pedazos, lanzando un más que sonoro gemido que Samuel ahoga con su boca al mismo tiempo que alcanza el clímax y gruñe excitado. Samuel la sostiene durante un par de segundos y después la agarra de nuevo por los muslos y, sin salir de ella, la lleva hasta el palé que hace de sofá y se sienta con ella a horcajadas. Helena tiene los ojos cerrados y Samuel la besa en la frente cariñosamente. Con delicadeza, la levanta por las caderas y sale de ella para retirar el preservativo, lo anuda y vuelve a colocar a Helena sobre él. Le acaricia la espalda durante unos minutos y vuelven a encenderse. Esta vez, Samuel la coge en brazos y la lleva a la cama.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.