Una tentación irresistible 14.

Una tentación irresistible

A las ocho en punto, Jorge pasa a recoger a Helena en una limusina blanca y baja del vehículo para esperarla. Cuando Helena cruza el portal y ve a Jorge vestido con un traje gris y una camisa blanca, no puede evitar pensar que está guapísimo. Ella se ha puesto un vestido largo de color azul eléctrico con dos finos tirantes que se unen en su nuca y dejan su espalda al descubierto.

–          Estás preciosa. – La saluda Jorge besándola en la mejilla.

–          Tú también estás muy guapo.

Suben a la limusina y se dirigen hacia la plaza Europa, donde se ha construido el rascacielos. Los dos se sienten cómodos con el otro a pesar de la ruptura, quizás porque hacía mucho tiempo ya que habían dejado de comportarse como dos enamorados y estaban acostumbrados a ser simplemente dos buenos amigos que habían compartido diez años de sus vidas.

–          Es impresionante. – Opina Helena al bajar de la limusina y observar el imponente rascacielos.

–          Espera a verlo por dentro. La pena es que no voy a poder enseñarte el ático, ya se ha vendido y el propietario no ha dado autorización para mostrarlo.

Helena había visto los planos del rascacielos y había dado algunas ideas a Jorge para el único ático del rascacielos y, si no había hecho ningún cambio de última hora, ese ático prácticamente lo había diseñado y decorado ella. Sentía curiosidad por conocer a la persona que se había comprado el ático y así se lo hizo saber a Jorge.

–          Pues a lo mejor tienes suerte, me han dicho que es posible que asista a la inauguración.

Pasaron más de una hora saludando y charlando con los invitados. Helena conoce a muchos de los allí presentes y no tiene problema en entablar conversación. El jefe de Jorge se acerca a saludarles y, tras diez minutos de escuchar una y otra vez cómo alaba el edificio, Helena decide escapar de aquella aburrida conversación con la excusa de ir al baño. Cuando regresa junto a Jorge lo encuentra hablando con Samuel y las fuerzas la abandonan. Se siente tentada de salir corriendo, pero Jorge la ve y le hace un gesto para que se una a ellos. Su mirada se cruza con la de Samuel, que se tensa en el preciso momento en que la ve. Helena se acerca a ellos con el corazón a punto de salírsele del pecho y trata de forzar una sonrisa.

–          Helena, te presento a Samuel Ferreira, el propietario del ático. – Le dice Jorge rodeándola por la cintura. – Le he dicho que prácticamente has sido tú la persona que ha diseñado el ático y que te encantaría verlo y se ha ofrecido a enseñártelo. – Samuel y Helena se estrechan la mano pero ninguno de los dos dice nada. – Yo tengo que quedarme para atender a los invitados, pero el señor Ferreira te acompañará.

Helena asiente con la cabeza, incapaz de abrir la boca para hablar. Samuel sonríe ampliamente como si realmente se acabaran de conocer y le hace un gesto para que le acompañe. La guía por el hall hasta llegar a los ascensores y, una vez dentro, Samuel introduce un código para que el ascensor ascienda hasta el ático.

–          Tiene gracia, me habían dicho que el arquitecto vendría con su mujer, pero desde luego no imaginé que fueras tú. – Le dice Samuel con sorna en la intimidad del ascensor.

–          ¿Esperas algún tipo de explicación? – Le replica Helena levantando una ceja.

–          No, solo era una reflexión.

Las puertas del ascensor se abren y aparecen en el hall del ático. Como es la única vivienda que hay en el rellano, el ascensor está dentro del piso. Es un dúplex de 500 m2, amplio y muy luminoso. En la planta baja está situada la cocina, el comedor, el salón, dos aseos, un estudio y una habitación para invitados o para el servicio. La planta superior está compuesta por tres habitaciones, una de ellas una suite con vestidor, dos baños completos independientes, una estancia que hacía de gimnasio y una enorme terraza con jacuzzi exterior desde donde se pueden contemplar las preciosas vistas de la ciudad. Helena se siente impresionada al poder contemplar cómo Jorge ha plasmado todas y cada una de sus ideas en aquel dúplex. Samuel observa cautivado cómo se dibuja una amplia y sincera sonrisa en el rostro de Helena, los ojos le brillan y lo mira todo con infinita adoración.

–          ¿Te apetece tomar una copa de vino? – Le ofrece Samuel.

Helena asiente con la cabeza y lo acompaña al salón, donde Samuel coge un par de copas y una botella de vino del mueble bar. Le entrega una de las copas a Helena y, tras servir el vino, ambos hacen un recorrido por la planta baja y Helena lo observa todo mientras Samuel se dedica a observarla a ella. Cuando suben a la planta de arriba, Samuel vuelve a guiarla y deja su habitación para mostrársela en último lugar.

Al entrar en la suite, Helena contiene la respiración: es exactamente cómo la había imaginado. Las paredes son de un color gris perla que contrastan con los distintos tonos negros del mobiliario, las cortinas y el resto de los pocos objetos que lo decoran.

–          Decidí comprar el ático en cuanto entré en esta habitación, me transmite una paz absoluta. – Le confiesa Samuel. – Tiene gracia, ¿no? El arquitecto me ha dicho que esta estancia es obra tuya.

–          Es el lugar perfecto para olvidarse de todo. – Susurra Helena. – ¿Puedo salir a la terraza?

–          Adelante. – Contesta Samuel.

Helena abre la puerta que da acceso a la terraza y sonríe al ver el enorme jacuzzi y recordar las discusiones que ella y Jorge habían tenido debido a la insistencia de Helena por poner un jacuzzi en la terraza. A Jorge le parecía de lo más vulgar y pensaba que el jacuzzi debía estar en el baño y no en una terraza, pero Helena logró convencerlo tras decirle que sería una estupidez desaprovechar la intimidad de aquella terraza y que hacer el amor en ese jacuzzi bajo la luz de las estrellas y con el skyline de la ciudad de fondo sería lo más romántico y sensual que se podía imaginar.

–          Esta terraza es sin duda el mejor lugar de todo el edificio. – Opina Helena posando sus manos sobre la barandilla y contemplando las maravillosas vistas de la ciudad.

Samuel camina hasta quedar a su lado y susurra mirando hacia la vista nocturna de la ciudad:

–          Aunque sea por una vez, estoy completamente de acuerdo contigo.

Ambos se beben la copa de vino en silencio, disfrutando de las vistas y de la suave brisa que los envuelve. Helena suspira relajada y Samuel sonríe, es la primera vez que la ve sin que esté nerviosa, alterada o borracha y le gusta, le transmite la misma paz que la suite.

–          ¿El jacuzzi en la terraza también fue idea tuya?

–          Sí. – Contesta Helena sonriendo. – Y no sabes lo que me costó convencer a Jorge para que accediera a instalarlo.

–          Tu locura te convierte en un genio. – Comenta Samuel devolviéndole la sonrisa.

–          ¿Eso ha sido un cumplido?

–          Ya ves, princesa de las guerreras, no puedo enfadarme mientras esté aquí. – Bromea Samuel relajado. – Deberíamos regresar, tu marido tiene que estar preguntándose dónde te has metido.

–          No es mi marido. – Le responde Helena suspirando. Cierra los ojos y susurra antes de volver a abrirlos: – Estuvimos prometidos, pero rompimos hace cuatro meses.

–          ¿Puedo preguntar por qué estás aquí acompañándole?

–          Fue una ruptura de mutuo acuerdo y somos amigos, han sido diez años juntos. – Le responde Helena.

–          Y, ¿le echas de menos?

Helena resopla. No es una conversación que hubiera imaginado tener con Samuel, pero por alguna extraña razón se siente cómoda hablando con él y se muestra sincera:

–          Lo cierto es que no. – Confiesa. – Le tengo mucho cariño y tengo que reconocer que no está siendo fácil adaptarme a mi nueva vida, pero no me arrepiento en absoluto y sigo pensando que es lo mejor que he podido hacer. – Mira a Samuel que la escucha con verdadero interés y, dedicándole una tímida sonrisa, añade: – Y la verdad es que no sé por qué te estoy contando esto.

–          Es este sitio, que nos envuelve de paz. – Le responde Samuel sonriendo burlonamente pero con un brillo extraño en los ojos. – Ni siquiera hemos discutido desde que hemos entrado en el ático.

Ambos se sonríen y deciden regresar al hall del edificio donde Jorge espera a Helena sin dejar de mirar su reloj. Nada más salir del ascensor, se encuentran con Carla Solís, una reconocida modelo que se ha convertido en diseñadora. Helena la reconoce porque la ha visto miles de veces en las revistas de moda, pero Samuel la conoce muy bien, más de lo que en ese momento hubiera deseado.

–          Carla, ¿qué haces aquí? – Le pregunta Samuel extrañado.

–          Tenía ganas de verte y como anoche anulaste nuestra cita en el último momento… – Le responde Carla con tono sugerente abrazando a Samuel. – Te echaba de menos.

–          He de marcharme, buenas noches. – Les dice Helena dejándoles allí. Busca con la mirada a Jorge y cuando lo localiza va hacia a él y le dice: – Jorge, ¿te importa si me marcho ya?

–          ¿Ha pasado algo?

–          No, solo estoy cansada y como muchos de los invitados ya se están marchando…

–          No puedo acompañarte a casa, pero si quieres irte el chófer te llevará en la limusina, no hay ningún problema. – Le contesta Jorge. La besa en la mejilla y añade: – Gracias por estar aquí esta noche, deberíamos quedar otro día, echo de menos hablar contigo.

Tras despedirse de Jorge, Helena se dirige a la salida y sube a la limusina para regresar a casa y meterse en la cama. Se sentía más confundida que nunca.

Samuel observa cómo Helena se marcha sola en la limusina y quiere ir tras ella, pero antes tiene otro asunto del que ocuparse.

–          No tendrías que haber venido.

–          Pensaba que te gustaría verme aquí.

–          Si hubiera querido que estuvieses aquí te habría pedido que me acompañaras. – Le espeta Samuel furioso.

–          ¿Es por ella? ¿Te la estás tirando? – Le pregunta Carla rabiosa.

–          Siempre te he dejado muy claro que lo nuestro solo es sexo y nada más. – Gruñe Samuel furioso. – Vete a casa, Carla.

Samuel la deja allí plantada y se dirige al parquin en busca de su coche. Sin parar a pensarlo dos veces, se dirige a casa de Helena y cuando llega la encuentra bajando de la limusina. Para el coche en doble fila y se baja del vehículo corriendo para alcanzarla antes de que entre en el portal. Helena se sobresalta, pero se tranquiliza cuando ve que es él.

–          ¡Joder Samuel, me has dado un susto de muerte! – Exclama ella.

–          Creo que es la primera vez que me llamas por mi nombre. – Bromea Samuel.

–          ¿A qué has venido? – Le pregunta Helena tratando de no sonar grosera.

–          Te has ido tan rápido que no me ha dado tiempo a darte las gracias y felicitarte por tu trabajo como decoradora sin ánimo de lucro en el ático. – Le contesta Samuel con la voz ronca. – Si necesitas un momento de paz, puedes ir cuando quieras.

–          Puede que te tome la palabra. – Le dice Helena sonriendo. Le da un beso en la mejilla y le dice antes de entrar en el edificio: – Buenas noches, Samuel.

–          Buenas noches, Helena.

Helena entra en su piso sonriendo y por primera vez en mucho tiempo se siente feliz y en paz consigo misma. Puede que Samuel tenga razón y el ático sea una especie de manantial de paz y serenidad. Con esa sensación se queda dormida y, como cada noche desde hace ya casi un mes, sueña de nuevo que duerme entre los fuertes brazos de Samuel.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que alguien los había estado observando a escasos metros de allí. Tras encontrarse a Samuel saliendo del ascensor con Helena y después de haber sido rechazada por él, Carla decidió seguirle. Quería saber quién era esa mujer que había conseguido que Samuel saliera corriendo tras ella. Por suerte, esa noche le había cogido prestado el coche a una amiga y pudo seguirlo sin que la reconociera. Condujo hasta un barrio obrero de la ciudad y los observó charlando frente al portal de un edificio antiguo y sin ningún tipo de glamour. Vio como ella se despedía de él con un beso en la mejilla y supo que no se habían acostado juntos todavía, pero también supo que aquella chica significaba mucho más para él que cualquiera de las otras chicas con las que salía. Carla se marchó a su casa pensando en un plan para evitar que aquella historia continuara adelante.

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