Una tentación irresistible 10.

Una tentación irresistible

Helena se levanta a mediodía, se da una ducha y se dirige a casa de sus padres. Su cabeza no deja de dar vueltas a lo ocurrido la noche anterior. Está segura de que Sergio se había dado cuenta de las miraditas que no paraba de echarle a Samuel, Recuerda cómo Samuel le susurró al oído al despedirse y todo su cuerpo se estremece. Por suerte no le había invitado a Sergio a la inauguración del barco de Samuel, bastante vergüenza le daba ya volver a verlo como para encima hacerlo delante de Samuel.

Nada más llegar a casa de sus padres, su madre la somete a un tercer grado. Su hermano Ramiro ha llamado para decir que no viene a comer y ella se ha convertido en el blanco de las preguntas de Lourdes.

–          Deja ya a la niña, si cada vez que viene la interrogas al final no querrá venir. – Le dice Ramón a su esposa, tratando de salvar a su hija. – Tiene cara de resaca, ni siquiera debe estar escuchando lo que le dices.

–          Papá, así no ayudas. – Le reprocha Helena.

–          ¡Ha salido a ti! – Le replica Lourdes. – No habla, no dice nada y si le preguntas siempre contesta que todo está y va bien. ¡Pero no sabemos nada! – Empieza a pregonar su sermón dramático de siempre. – ¿Has conocido a alguien en Blanes? ¿Es por eso por lo que te quedas allí?

–          He conocido a varias personas en Blanes, ayer te presenté a Noelia, ¿la recuerdas? – Le responde Helena con toda la poca paciencia que le queda. – Mamá, necesito paz para escribir y, no te ofendas, pero contigo preocupándote por todo a cada momento no sería capaz de encontrarla.

–          ¿Es que tu familia no es lo bastante buena como para darte paz? – Le pregunta Lourdes a su hija con los ojos vidriosos y a punto de llorar.

–          ¡La reina del drama! – Bromea Ramón contagiando la risa a su hija.

–          Mamá, te adoro. – Le dice Helena cuando logra dejar de reír. La abraza y le dice con ternura: – Eres la mejor madre que podría llegar a tener y lo sabes, pero necesito pasar por esto sola. Sé que vosotros siempre estaréis aquí para lo que haga falta, pero es mi batalla y tengo que ser yo quien luche en ella.

Lourdes siempre supo que su hija era muy independiente, incluso más que su hermano mayor, y también sabía que había heredado de su marido ese carácter fuerte. Puede que no fuera un ángel, pero estaba orgullosa de la mujer en que se había convertido su niña y no duda en hacérselo saber. Helena tiene que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas. Su madre es una mujer muy cariñosa, pero le cuesta decir con palabras lo que siente, por eso Helena se lo agradece abrazándola con más fuerza.

Después de comer, cuando se está despidiendo de sus padres con la intención de echarse una siesta antes de ir a la inauguración del yate de Samuel, recibe la llamada de Laura. Parece triste y necesita hablar, por eso no lo duda dos veces y queda con ella en su casa.

–          Trae una botella de tequila, necesito ahogar las penas en alcohol. – Le ruega Laura antes de colgar.

Helena pasa por una tienda de licores y compra la mejor botella de tequila que tienen. Por primera vez en su edad adulta, Laura la llama echa un manojo de nervios, con voz de haber llorado y pidiéndole que fuera a consolarla. Lo de la botella de tequila se lo había dicho muchas veces, pero siempre porque tenía algo que celebrar. Llama al timbre y Laura le abre la puerta sin preguntar quién es. Helena entra en el piso y cierra la puerta. Se dirige al salón y allí la ve, echa un ovillo en el sofá, con dos cascadas de lágrimas que le salen de los ojos y viendo Otoño en Nueva York.

–          ¡Joder, Laura! – Exclama Helena preocupada al verla así. – ¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga? – Se sienta a su lado en el sofá, la abraza y le dice con voz dulce: – Será mejor que me cuentes qué ha pasado, me estás asustando.

–          Soy una idiota, Helena. Eso es lo que pasa. – Responde Laura entre sollozos. – Por primera vez en muchos años creo que me he enamorado y el muy imbécil ayer por la noche, cuando estábamos a punto de echar un polvo tras tenerme dos semanas de sequía absoluta, va y me dice que no puede seguir mintiéndome, que me quiere demasiado y que no quiere hacerme daño y me suelta que está casado. ¡Casado! ¡CA-SA-DO! ¿Te lo puedes creer?

No, Helena no se lo puede creer y no sabe qué decir. La escucha, la consuela y ambas se beben la botella entera de tequila. Cuando Laura le pregunta cómo ha acabado la noche con don Perfecto, Helena se lo cuenta todo con pelos y señales y le confiesa la atracción que siente hacia Samuel.

–          Te juro que no sé lo que me pasa. – Le dice Helena. – Lo mismo tengo ganas de matarle con mis propias manos como de lanzarme sobre él y… Bueno, puedes hacerte una idea de lo que le haría…

–          Que no te haya dicho nada no significa que no me haya dado cuenta. – Le responde Laura sonriendo por primera vez en toda la tarde. – Ayer no te quitó el ojo de encima, no se molestó en entablar ningún tipo de conversación con Sergio y vi cómo se despidió de ti. ¿Qué te susurró al oído? Seguro que alguna guarrada.

–          ¡Ya me hubiera gustado! – Exclama Helena estallando en carcajadas. – Creo que me dijo “no dejas de equivocarte, Xena” o algo parecido.

–          ¿Xena, la princesa de las guerreras? – Se mofa Laura. – ¡Cómo va a disfrutar contigo cuando se entere de que somos los ángeles de Charlie!

Dos horas más tarde, siguen bebiendo y riendo más borrachas que una cuba. Helena se levanta del sofá y sabe que no están en condiciones para ir a ningún sitio y menos a aquella pequeña fiesta pija que seguro Samuel tenía preparada.

–          Creo que no vamos a ir a la inauguración del ogro gruñón, estoy segura de que ni siquiera nos dejaría acercarnos a él y a su barco en este estado. – Le dice Helena riendo al imaginarse a Samuel con su cara de enfado.

–          Me temo que a ese ogro gruñón le encantará verte aunque estés cómo una cuba, aunque seguro que te prefiere desnuda. – Le dice Laura divertida. – Y yo quiero ir a esa fiesta, con un poco de suerte conozco algún hombre de verdad que me haga creer en el amor.

–          Te has vuelto una cursi. – La acusa Helena. – Si quieres que vayamos a esa fiesta, será mejor que nos demos una ducha de agua fría para espabilarnos y tendrás que dejarme algo de ropa, si paso por casa es para meterme en la cama y no me levantaré hasta dentro de tres días. Empiezo a estar mayor para estas fiestas.

Entre risas y confesiones, Laura y Helena se duchan con agua fría y deciden qué ponerse. Laura ha optado por un vestido rojo atado al cuello con un escote en uve y unos zapatos del mismo color. Su melena pelirroja y los ojos azules le dan un aire demoníaco que sabe que a los hombres les vuelve locos. Helena rebusca en el armario entre la ropa de Laura y rescata un vestido blanco con escote palabra de honor que combina con unas sandalias doradas.

–          ¿Cómo estoy? Quiero estar perfecta por si me encuentro a mi príncipe azul. – Le pregunta Laura mirándose en el espejo.

–          Estás tremenda, si tuviera pene no dudaría en follarte. – Le responde Helena escandalizándose de sus propias palabras. – ¿Y yo cómo estoy?

–          A Samuel le va a hacer falta un babero. – Fue la respuesta de Laura.

Entre una cosa y otra, salen de casa de Laura a las ocho y media de la tarde, hora en la que se suponía que tenían que estar en el puerto. Son las nueve y cinco cuando por fin llegan y todos las están esperando. Son las últimas en llegar y, en lugar de disculparse, ambas se ríen cuando les preguntan por qué han tardado tanto en aparecer. Silvia, que las conoce como si las hubiera parido, se las queda mirando y les espeta con tono de reproche:

–          No me lo puedo creer, ¿estáis borrachas?

Todos las miran y se dan cuenta de lo evidente, la ducha de agua fría las ha espabilado, pero aún están bastante achispadas. Los ojos de Helena se encuentran con los de Samuel, que la fulmina con la mirada y Laura, al darse cuenta, le dice a su amiga en lo que ella cree que es un susurro pero que en realidad se podría catalogar como casi grito:

–          Tenías razón, el ogro gruñón no parece estar muy contento de vernos por aquí.

Todos estallan en carcajadas, todos excepto Samuel. De un salto sube al barco y, sin mirar a nadie en particular, dice:

–          Será mejor que les pongáis un chaleco salvavidas y escondáis el alcohol de su vista.

Estaba claro que Samuel estaba molesto, pero no dijo nada más. Helena esperaba encontrar a más invitados, pero aparte de los que ya conocía, solo habían acudido tres hombres y una mujer, quienes le fueron presentados por Álvaro, pues Samuel ni siquiera se ha molestado en dirigirle la palabra. Álvaro presenta primero al socio de Samuel, Alberto Molina y a su mujer Cristina Palacios. Helena los saluda amablemente y ambos sonríen al conocer por fin a la causante del malhumor de Samuel. Llevaba un par de semanas insoportable y, aunque no lo había reconocido, cuando Cristina le dijo que tenía pinta de estar así por una mujer él no lo desmintió. Supieron que esa mujer era Helena al presenciar la reacción de Samuel. Él nunca se comporta así, siempre es educado, amable y divertido, pero con ella es todo lo opuesto. Álvaro continúa con las presentaciones y le llega el turno a Miguel y Lucas, que son otros dos amigos de Samuel y Alberto. Helena les saluda amablemente y ambos se deshacen en sonrisas y cumplidos con ella y con Laura. Mientras ellas dejan que les regalen los oídos, Samuel se va enfurruñando más y Cristina se acerca para hablar con él fingiendo que se interesa por la navegación.

–          Así que la causa de tu malhumor se llama Helena. – Empieza a decirle Cristina tras asegurarse de que no hay nadie que pueda oírles a su alrededor. – La chica es muy guapa, aunque debes sacarle diez años.

–          ¿Desde cuándo ha sido la diferencia de edad un problema para ti? – Le pregunta Samuel con tono de reproche.

–          Baja la guardia, no estás frente al enemigo. – Le recuerda Cristina. – ¿Ya te has acostado con ella?

–          No, no me he acostado con ella. – Le contesta acabando ya con toda su paciencia. – Es una niñata inconsciente, que actúa por impulsos y cuyo sentido común carece de cualquier lógica.

–          Resumiendo, que te vuelve loco. – Concluye Cristina. Samuel la fulmina con la mirada y ella, alzando las manos en señal de rendición, le dice con complicidad: – No te preocupes, soy una tumba. Pero llámame si necesitas consejo, me temo que tu técnica para conquistarla se te está yendo de las manos.

–          Anda, ve a emborracharte con los demás. – La insta Samuel para que le deje tranquilo.

Cristina regresa con los demás, que charlan y ríen en la cubierta de popa, sin percatarse de la conversación que acaba de mantener con su amigo Samuel. Se acerca a Helena y entabla conversación con ella, si Samuel no piensa darle ninguna información, tendrá que ser capaz de averiguarlo por sus propios medios.

Samuel cambia de opinión y en lugar de dirigir el yate rodeando la costa como habían previsto, decide navegar mar adentro mientras trata de apaciguar la ira que le ensombrece y busca un motivo lógico que justifique su rabia, pero sin éxito. Cuando solo puede ver mar a su alrededor decide echar el ancla y acto seguido se sienta en un saliente de proa a fumarse un cigarrillo. Necesita estar solo unos minutos para pensar en cómo va a afrontar esa situación antes de regresar con el resto de personas que se divierten en la cubierta de popa.

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