Una tentación irresistible 1.

Una tentación irresistible

Es la tercera llamada que Helena López recibe de su editora esta semana para reclamar la entrega de los cinco primeros capítulos de su novela, tal y cómo habían convenido tras la publicación de su primer libro que había sido todo un éxito y lo seguía siendo. Pero Helena se había quedado en blanco, las musas la habían abandonado y ni siquiera había empezado a pensar en los personajes. En sus veintisiete años de vida, no recordaba haberse quedado sin inspiración para escribir.

–  Helena, no quiero presionarte. – Le decía con tono sereno pero firme Marta Campos, su editora, desde el otro lado del teléfono. – Hace más de una semana que tendrías que haberme enviado los cinco primeros capítulos de la novela y mi jefe se me está echando encima. Necesito darle algo, Helena. Necesito que me entregues algo.

–  Marta, créeme que lo intento. – Le dice Helena abatida. – Dame un par de semanas, te prometo que en un par de semanas tendrás el borrador de los cinco primeros capítulos.

–  De acuerdo, ya veré cómo me las apaño. – Se resigna Marta. – Pero dos semanas, ni un solo día más.

Helena le asegura que en dos semanas tendrá el borrador de los cinco primeros capítulos, pero ni siquiera ella sabe cómo va a lograr cumplir su promesa.

Desde que se publicó su primera novela, hace ya tres meses, su vida ha cambiado mucho. Ha pasado de ser una anónima escritora de relatos de una revista semanal a ser una escritora de ámbito nacional y dentro de poco internacional, pues se está negociando la publicación de su novela en cinco países más. Pero no todo ha sido bueno, ha tenido que trabajar duro para conseguir lograr la publicación del libro, ha invertido demasiadas horas en escribir, en reuniones con correctores, editores y abogados. Horas que les había quitado a sus amigos y sobre todo a su novio. Había descuidado tanto su relación con Jorge que más que una pareja parecían compañeros de piso, pero él nunca pareció echarla de menos. La noche de la presentación de su novela, con alguna copa de más, Jorge y Helena hablaron sobre su relación y ambos coincidieron en que aquello no funcionaba. La pasión entre ellos había desaparecido y a su paso había dejado una buena amistad, pero nada más. Helena y Jorge empezaron a salir juntos en el instituto, su relación había durado diez años, ocho de los cuales habían convivido juntos, y esa misma noche decidieron tomar caminos distintos.

Pese a que había sido una ruptura amistosa y de mutuo acuerdo, Helena no podía dejar de sentirse extraña, tenía la sensación de estar viviendo la vida de otra persona.

Habían pasado ya tres meses desde la noche de la presentación del libro y la ruptura de su relación con Jorge y, como cada viernes desde entonces, Helena había quedado con sus dos mejores amigas en la plaza del barrio para cenar en el bar de Pepe, un bar de tapas frecuentado por todos los habitantes del modesto barrio obrero de Barcelona en el que había nacido y crecido y al que había regresado tras romper su relación con Jorge.

Cuando Helena llegó a la plaza, sus amigas ya la estaban esperando. Se conocieron en la guardaría, hace ya veinticinco años, y a pesar de lo diferentes que eran seguían siendo inseparables. Silvia siempre había sido la más sensata de las tres, la voz de la conciencia. Tiene un gran corazón y una inocencia enternecedora. Su pelo castaño, su tez pálida y sus ojos grandes y brillantes le daban un aire angelical, acorde con su personalidad. Silvia vive con Héctor, su novio al que conoció en la universidad y del que está totalmente enamorada. Laura es el polo opuesto de Silvia: tiene el pelo rizado y del color del fuego que contrasta con el color azul de sus ojos y una sonrisa pícara que declara lo descarada y sensual que puede llegar a ser. Laura no quiere ni oír hablar de echarse novio, no cree en el amor. Desde que su novio del instituto la abandonara al empezar la universidad, Laura se prometió que nunca más sufriría por un hombre y hasta el momento había cumplido su promesa: cuando se acercaba a un hombre solo era con la intención de pasar una única noche con él y no volver a verlo nunca más. Helena era el punto de unión entre Silvia y Laura. No es tan inocente como Silvia, pero tampoco es tan descarada como Laura. Tiene el pelo rubio y unos ojos felinos de color verdes, unos suaves rasgos faciales que realzan sus pómulos y unos labios carnosos que le otorgan una belleza natural que no pasa desapercibida. Dado lo diferentes que son sus rasgos, Jorge y otros amigos del instituto las habían bautizado como “los ángeles de Charlie”.

Helena no pudo evitar sonreír al recordar aquél apodo que las acompañaba desde los tiempos del instituto, eran buenos recuerdos de épocas remotas que siempre le producían nostalgia. Helena recorrió los escasos metros que la separaban de sus amigas y se reunió con ellas al mismo tiempo que las saludaba divertida:

–  Buenas noches, ángeles.

–  ¡Buenas noches! – Le contestaron Silvia y Laura al unísono.

Las tres amigas se besaron y se sentaron a una de las mesas de la terraza del bar de Pepe. Siguiendo la tradición de los viernes desde hace tres meses, las chicas le pidieron tres cañas al camarero y Laura sacó la conversación que menos le apetecía tener a Helena:

–  ¿Cómo va tu inspiración? ¿Te han vuelto las musas?

–  No, han debido perderse con la mudanza. – Le responde Helena encogiéndose de hombros. – Se supone que hace una semana que le tendría que haber enviado a mi editora el borrador de los cinco primeros capítulos y aún no tengo nada. Estoy bloqueada.

–  No te rayes, Helena. – Le aconsejó su amiga Silvia. – Tu vida ha cambiado por completo de la noche a la mañana, profesional y emocionalmente. Has dejado a tu novio de toda la vida, te has mudado del piso en el que llevabas viviendo desde hace ocho años, has dejado tu trabajo estable y has publicado un exitoso libro que te va a hacer famosa en todo el mundo. Solo han pasado tres meses, todavía lo estás asimilando y es normal que estés bloqueada. Lo que necesitas es relajarte, irte unos días a un spa y olvidarte de todo para volver con la energía renovada.

–  ¡Lo que necesita Helena es echar un polvo! – Dictamina Laura entre risas. – Hace tres meses que lo dejó con Jorge y aún no ha salido con nadie, ¡cómo para no estar bloqueada! – Laura se acerca a sus amigas y añade en voz baja para que solo ellas la escuchen: – Ha pasado tanto tiempo desde que follaste por última vez que seguro que te han salido telarañas ahí.

–  ¡Serás burra! – Le replica Silvia a Laura.

–  Haya paz, chicas. – Interviene Helena. – Creo que las dos tenéis razón, no puedo quedarme en casa, necesito salir, conocer gente y divertirme, pero tampoco quiero despertarme al lado de un hombre distinto cada día. Lo primero que debo solucionar es la novela, le he prometido a Marta que le entregaré los capítulos en dos semanas y tengo que cumplir con mi palabra.

–  Mis padres todavía no han decidido si volver a alquilar la casa de Blanes, puedes instalarte allí todo el tiempo que quieras para concentrarte en escribir. – Le propone Silvia. – Un cambio de aires no te vendrá mal y nosotras podemos ir a verte el fin de semana.

–  Yo me apunto. – Dice Laura divertida y acto seguido se lamenta: – Estamos a finales de junio y todavía no he pisado la playa este año y ya va tocando.

–  ¿Estás segura de que a tus padres no les importará? – Pregunta Helena para asegurarse.

–  Mis padres te adoran, no pondrán ninguna pega. – Le confirma Silvia.

–  En ese caso, supongo que no pierdo nada por probar. – Decide Helena esperando que estando en playa de Blanes pueda empezar a escribir su segunda novela.

El camarero les trae las tres cañas y las tres amigas brindan por la amistad verdadera y duradera. Después de cenar, Laura propone ir a tomar una copa. Tras discutir sobre qué local ir a tomarse una copa, finalmente deciden ir al Queen, un pub musical situado a un par de calles de la plaza.

El Queen no es un lugar lujoso, pero es un punto de encuentro para la juventud del barrio y siempre está lleno de gente. El local no es muy grande, pero tiene un jardín trasero donde han dispuesto una zona chill-out y las chicas se sientan en uno de los sofás del jardín tras pedir sus copas en la barra. Charlando y bebiendo con sus amigas como cuando eran adolescentes, Helena logra olvidarse de todas sus obligaciones por una noche. Cuando se terminan la tercera copa, Helena, Laura y Silvia se lanzan a la pista de baile al ritmo de salsa y varios chicos se acercan para invitarlas a bailar. Silvia los rechaza a todos, para ella bailar con otro hombre que no sea Héctor es como traicionarlo. Laura acepta encantada la invitación de un chico mulato que baila estupendamente bien y al que nunca antes había visto, lo que le convertía en un amante en potencia. Helena también aceptó la invitación a bailar de un chico moreno de ojos oscuros que llevaba observándola desde que entró en el pub.

–  Me llamo Sergio. – Se presenta el chico para romper el hielo al mismo tiempo que la agarra por la cintura para bailar con Helena. – Bailas muy bien.

–  Gracias, tú también. – Le responde Helena con una tímida sonrisa. – Por cierto, soy Helena.

Tras aquella canción, Helena bailó otras muchas más con Sergio. Silvia fue la primera en marcharse, quería regresar cuanto antes al lado de Héctor. Laura se fue poco después agarrada de la mano del mulato con el que había estado bailando y Helena se quedó en el pub bailando con Sergio.

A las tres de la mañana el Queen cerraba y la gente se dispersaba por la calle. Sergio se ofreció a acompañar a Helena a su casa a pesar de que vivía a tres manzanas de allí. Pasearon camino a casa de Helena mientras continuaban charlando y se empezaban a conocer. Era la primera vez que Helena se sentía cómoda a solas con un hombre desde que lo dejó con Jorge y el detalle no le pasó desapercibido. Sergio es un hombre atractivo, de unos treinta años, amable, simpático y muy respetuoso. Pese a que se había sentido hechizado por ella desde que la vio aparecer en el pub, no se le había tirado al cuello como un depredador y su esfuerzo le había costado. Por eso cuando Sergio se despidió de ella en el portal de su casa dándole un beso en la mejilla y le pidió su número de teléfono, Helena no dudó en dárselo.

El sábado Helena se levantó a mediodía, se dio una ducha y, al observar la falta de muebles y decoración de su piso, pensó que tenía que pintar las paredes, comprar muebles y decorarla a su gusto. Habían pasado tres meses desde que había alquilado el piso y se había mudado y aún seguía estando igual que el primer día que se instaló. Pero antes tenía que ir a comer con Silvia a casa de sus padres para confirmar que no había problema en que se instalase en su casa de Blanes y después comunicarles la noticia a sus propios padres.

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