Tú, yo y las estrellas 6.

Tú, yo y las estrellas

El martes por la noche Álex me llamó para preguntar por mi tobillo, que aún seguía bastante hinchado. Hablamos durante más de veinte minutos sin decirnos nada importante, solo para seguir en contacto. El jueves por la noche ya tengo el tobillo perfectamente, pero mi cuñado insiste en sacar él a Thor. Justo en el mismo momento en que regresa con Thor, a mi móvil llega un mensaje. Me despido de Jorge sin enrollarme demasiado pero sin ser maleducada y, cuando por fin se va, corro a por mí móvil para leer el mensaje, cruzando los dedos para que sea de Álex. Con las manos temblorosas cojo el móvil y abro el mensaje, es de él: “Acabo de ver a Thor en el parque y me he hecho ilusiones creyendo que iba a verte, pero no eras tú. Dime que vendrás a cenar conmigo mañana.”

Como si de mi primer amor se tratara, noto mariposas en el estómago. ¿Es normal que me pase esto con veinticinco años y después de romper una relación de cinco años? Me siento confundida, aunque tengo claro que es lo que me apetece hacer y pienso hacerlo sin pensar en las consecuencias, estoy cansada de pensar con una mente alemana, quiero pensar con mi mente española, ser mi auténtico yo. Sonriendo como una verdadera idiota, contesto su mensaje: “Lo siento, este fin de semana ya lo tengo completo, incluso he tenido que comprarme una agenda para no olvidarme de nada. Pero el lunes empiezo en mi nuevo trabajo y necesitaré una copa para aplacar los nervios. ¿Te prestas voluntario para acompañarme después del trabajo?” La respuesta de Álex es casi inmediata: “Solo dime dónde y a qué hora y allí estaré.” Sin demorar la respuesta, escribo: “Llámame cuando salgas de la oficina el lunes y lo concretamos. A lo mejor mi nuevo jefe es un ogro y me hace quedarme a trabajar hasta las doce de la noche.”

El viernes por la mañana, después de dar un largo aseo con Thor por el parque, voy al concesionario a buscar mi coche nuevo y la euforia se apodera de mí al verlo tan negro y reluciente.

Tras dar una vuelta por la autopista para ver qué tal va el coche, introduzco la dirección de la abuela de Carol en el GPS y siguiendo las instrucciones llego en pocos minutos.

La abuela de Carol vive en una preciosa casa de piedra y madera a las afueras de la ciudad, medio rústica y medio moderna, pero en cualquier caso una casa preciosa. No hago más que poner un pie fuera del coche y Carol viene a recibirme:

–  ¡Eli, menudo cochazo! – Me dice admirando mi nueva adquisición. – ¿Has encontrado bien el camino?

–  Con la ayuda del GPS ha sido fácil. – Bromeo. – ¿Helena aún no ha llegado?

–  Ha llamado para avisar que no podía venir, al parecer ha habido un incendio en un colegio de las afueras y han trasladado a varios de los heridos a su hospital, así que le toca doblar turno. – Me dice Carol entristecida porque Helena no haya podido venir. – Menos mal que tú sí que has venido, si no mi abuela pensaría que me he inventado toda la historia.

Ambas nos echamos a reír, conscientes de lo incrédula que puede llegar a parecer la historia de cómo nos hemos conocido. Cruzamos el jardín y veo a la abuela de Carol de pie en el porche, esperando nuestra llegada con una tierna sonrisa en los labios. Lleva el pelo canoso y largo recogido en un perfecto moño que lejos de convertirla en una mujer reprimida la hace aparentar ser alguien dulce y delicada.

–  Tú debes de ser Eliana. – Me dice dándome dos besos y abrazándome en cuanto llegamos hasta a ella. – Además de ser una mujer buena e inteligente, eres una chica preciosa. Yo soy Charo, la abuela de esta alocada que me mantiene siempre con el alma en vilo.

–  Encantada de conocerla, Charo. – Le contesto con una educada pero sincera sonrisa.

–  Por favor, trátame de tú. – Me dice guiñándome un ojo. Charo nos hace pasar a la cocina y nos sirve una copa de vino tinto mientras termina de preparar la comida. – Me alegro de que mi nieta haya encontrado a una amiga cómo tú y de que la entiendas tan bien.

–  Es fácil cuando se pasa por lo mismo por lo que ha pasado Carol. – Le quito importancia. – Pero de nada sirve lamentarnos, la vida sigue y tenemos que continuar. Mi tía Lola siempre dice que el príncipe azul puede estar en cualquier parte y aparecer en cualquier momento. – Le respondo pensando en Álex, que últimamente ocupa mi mente la mayor parte del tiempo.

–  Una mujer sabia, tu tía Lola. – La secunda Charo.

–  Pues yo ahora mismo no quiero saber nada del príncipe azul, para mí los hombres se dividen en ranas y sapos, en cualquier caso anfibios poco apetecibles. – Bromea Carol. – A menos que aparezca un tipo como el que te llevó al hospital, ¿has vuelto a hablar con él?

–  Ayer por la noche nos escribimos mensajes, hace que me sienta una adolescente. – Les confieso riéndome de mí misma. – Es tan amable, educado y tan atento. Quería que quedáramos esta noche, pero mañana he quedado con mi sobrina, prometí llevarla a pasear con Thor. El sábado he quedado con vosotras y el domingo voy a cenar a casa de mis padres, así que he quedado con él el lunes por la tarde, aunque aún no hemos concretado más.

–  Tus ojos y tu cara se iluminan cuando hablas de él, pero sin embargo pareces librar una lucha entre tu cabeza y tu corazón. – Opina Charo.

–  Apenas lo conozco, Charo. – Le explico. – No hace ni dos meses que lo he dejado con mi novio, con el que llevaba cinco años y por quién lo dejé todo. Es cierto que el chico me gusta, pero primero necesito encontrarme a mí misma antes de empezar una relación.

–  No quieres arriesgarte porque tienes miedo de que te vuelvan a hacer daño, pero si no te arriesgas tampoco ganas nada. – Me dice Charo. – A lo mejor estás dejando escapar a tu príncipe azul.

–  De momento, iré a tomar algo el lunes con él y ya veremos lo que pasa. – Sentencio. – Lo cierto es que él no ha intentado nada conmigo, ni siquiera se me ha insinuado. Simplemente me ha invitado a salir como amigos.

–  Hasta yo sé que los hombres solo se acercan y se preocupan tanto por una mujer cuando tienen un único objetivo en mente. – Se mofa Carol.

–  ¡Carol, no tengas tantos prejuicios! – La regaña Charo.

–  Si tiene razón, Charo. – Resoplo. – No quiero empezar nada serio con él pero tampoco quiero dejar de verle, es un poco extraño y difícil de explicar cuando ni siquiera yo sé lo que me pasa.

Continuamos con la charla mientras comemos y debo reconocer que hablar con Charo es como hablar con una buena amiga de nuestra edad, pero con la sabiduría que los años le han otorgado. Cuando Carol y yo nos despedimos de Charo son las ocho de la tarde, así que voy directamente a casa a sacar a Thor.

El sábado paso por casa de mi hermana a recoger a mi sobrina a las diez en punto de la mañana, tal y como le he prometido a Nerea. El pequeño demonio me espera en el portal con una sonrisa traviesa que me hace replantearme el quedarme a solas con ella. ¡Dios sabe qué estará tramando!

–  ¡Tita Eli, ya has llegado! – Grita Nerea arrojándose a mis brazos. – ¿Vamos a ver a Thor?

–  Sí, pequeño demonio, pero antes deja que hable con tu madre. – Le digo besándola en la mejilla. Me vuelvo hacia a mi hermana, que ha salido con mi sobrina, y le digo: – Me llevo a tu pequeño monstruo, la traeré de vuelta después de comer.

Me despido de mi hermana y regreso a casa con mi sobrina para recoger a Thor y, tal y como le he prometido, nos vamos al parque a pasear.

Dos horas más tarde, observo a mi sobrina jugando con Thor mientras le doy vueltas a la cabeza, cuando escucho la voz de Álex detrás de mí:

–  Hace un bonito día, ¿verdad?

Me vuelvo de un salto y lo encuentro sonriendo, vestido con un pantalón corto y una camiseta de manga corta, ha estado corriendo por el parque.

–  Sí, hace un día estupendo. – Corroboro.

–  Hola, ¿tú quién eres? – Le pregunta Nerea con su desparpajo natural. Álex se la queda mirando atónito y después me mira a mí. Como nadie dice nada, mi sobrina continúa hablando: – ¿No sabes hablar o es que no puedes? En mi cole tenemos a uno que no habla porque no quiere, pero si sabe. Es un niño muy raro, pero la tía Lola dice que todos somos raros.

–  Hola preciosa, me llamo Álex y soy amigo de tu… – Álex me mira esperando que le ayude, pero yo me he quedado en blanco.

–  ¿De mi tía Eli? – Le pregunta Nerea. – ¿Eres su novio? Porque el novio que tenía antes que tú no me gustaba nada, siempre estaba serio. Tú pareces más guay.

–  Ve a jugar con Thor, pequeño demonio. – Le digo para que deje de hablar antes de que el rubor de mis mejillas pase a parecer los coloretes de una muñeca. – Ese monstruo es mi sobrina Nerea.

–  A mí me parece encantadora. – Me responde divertido.

–  Si pasaras una tarde con ella, cambiarías de opinión. – Le aseguro. – Desde pequeña siempre quise tener por lo menos tres hijos, desde que ella nació ni siquiera me planteo el tener uno.

–  No puede ser para tanto. – Se mofa. Me mira más seriamente y me pregunta: – ¿Cómo tienes el tobillo?

–  Mejor, la verdad es que ha vuelto a su tamaño normal y ya no me duele. – Le contesto. – Mi hermana y mi cuñado se alternaban para sacar a pasear a Thor, así que he podido guardar reposo absoluto.

–  El tipo con quien vi a Thor el jueves, ¿era tu cuñado?

–  Sí, es mi cuñado Jorge, el marido de mi hermana y el padre del pequeño demonio y del enano, un bebé de seis meses que solo come y duerme, nada que ver con Nerea.

–  Tía Eli, tengo hambre. – Me dice mi sobrina que vuelve con Thor. – ¿Vamos a comernos ya la hamburguesa?

–  Sí, cielo. – Le contesto. – Dejamos a Thor en casa y nos vamos, ¿vale?

Mi sobrina asiente contenta y se distrae de nuevo jugando con Thor.

–  Te dejo que te vayas, no querrás hacer enfadar a tu pequeño demonio. – Me dice bromeando. – Te llamo el lunes cuando salga del trabajo, aunque puedes llamarme antes si así lo deseas.

Álex me sonríe pícaramente y yo le devuelvo la sonrisa y me despido de él con un par de besos en la mejilla, como hacemos los españoles.

Acto seguido, cojo a mi sobrina de la mano, le pongo la correa a Thor y camino entre nubes hasta llegar a casa, donde dejamos a Thor para ir a comernos una hamburguesa.

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