Tú, yo y las estrellas 5.

Tú, yo y las estrellas

Durante todo el camino, Álex y yo permanecemos callados. Él conduce en dirección a mi casa y yo, con los sedantes y analgésicos que me ha dado Helena, me quedo dormida. Me despierto cuando Álex me coge en brazos para sacarme del coche y con la voz ronca me susurra al oído:

–  Bella durmiente, hemos llegado. – Me ruborizo al instante y Álex me sonríe triunfante.

Cuando entramos en el portal, Jaime me sonríe y aprieta el botón del ascensor, facilitándole a Álex la entrada al ascensor y en pocos minutos también la entrada a mi propia casa. Aunque yo tampoco estoy haciendo nada para evitarlo, estoy demasiado a gusto en sus brazos.

Las puertas del ascensor se abren, saco las llaves de mi bolsillo y Álex me deposita en el suelo con cuidado y sosteniendo parte de mi peso mientras yo consigo abrir la puerta. Vuelve a cogerme en brazos y me lleva hasta el sofá, sorteando al inquieto de Thor que no deja de revolotear a nuestro alrededor.

–  Creo que deberías cenar algo e irte a dormir y descansar. – Me dice Álex. Coge el bloc de notas que hay en la mesilla junto al teléfono y añade mientras escribe: – Te dejo mi número de teléfono, llámame si necesitas que saque a pasear a Thor o cualquier otra cosa.

–  Te agradezco todo lo que has hecho, pero ya ha sido bastante. – Le digo agradecida. – Aunque espero verte la semana que viene por el parque, a Thor le has caído bien y suele ser poco sociable, sobre todo con el sexo masculino.

–  Entonces, llámame si te apetece salir a cenar o a tomar algo. – Me propone Álex.

–  Si no tienes nada mejor que hacer, podemos pedir que nos traigan comida a domicilio y dejar que te invite a cenar. – Le sugiero.

–  No se me ocurre una idea mejor. – Me contesta alegremente. – ¿Qué te apetece pedir? ¿Comida china, pizza, kebab?

–  Comida china. – Le contesto sin pensarlo dos veces. – Me chifla la comida china.

–  Vale, comida china. – Me responde. – ¿Alguna sugerencia?

–  Menos la sopa de aleta de tiburón, me gusta todo. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Sopa de aleta de tiburón? – Me pregunta poniendo cara de asco. – Creo que tendrás que ayudarme, no suelo pedir comida china.

–  Creo que entonces deberías pedir algo más normal, arroz tres delicias, ternera con salsa de ostras, pollo con almendras o cerdo agridulce. – Le sugiero. – Deja que llame yo al restaurante, mientras tanto sírvete algo de beber de la nevera, aunque te advierto que no hay variedad, acabo de mudarme.

Llamo al restaurante chino donde llamé el primer día que llegué mientras desempaquetaba las cajas de la mudanza, hago el pedido y la china que me atiende al teléfono me dice que en media hora nos traerán la comida, estoy hambrienta. Álex regresa de la cocina con dos botellines de cerveza en las manos y una divertida sonrisa que me contagia.

–  Creo que es la primera vez que abro la nevera de una chica y solo me encuentro con cerveza, tequila y agua. – Me dice riendo. – Por un momento he tenido la sensación de estar abriendo la nevera de mi mejor amigo.

–  Espero que eso sea un cumplido, aunque le caigas bien a Thor estoy segura de que me obedecerá si le ordeno que te ataque. – Bromeo.

–  Por supuesto que es un cumplido. – Me dice con seriedad. – Admiro que seas una mujer normal y no una de esas Barbies superficiales que están huecas por dentro.

Álex me entrega uno de los botellines de cerveza y se sienta a mi lado en el sofá, vigilado muy de cerca por Thor que, aunque le caía bien, no termina de fiarse de un extraño. Por extraño que parezca, a veces pienso que Thor tiene más sentido común que yo.

Álex se comporta con naturalidad, pone la mesa mientras me obliga a no moverme del sofá y me encanta verlo tan animado, no tiene nada que ver con Norbert. Desde luego, ¡qué diferentes son los fríos alemanes de los españoles fogosos y temperamentales!

–  ¿En qué estás pensando? – Me pregunta Álex divertido, devolviéndome a la realidad.

–  No creo que te guste saberlo. – Le contesto burlonamente.

Llaman al timbre de la puerta y Santi, tras levantarse del sofá, me dice antes de ir a abrir:

–  Salvada por la campana, pero solo temporalmente. – Le acerco con la mano un billete de cincuenta euros y añade guiñándome un ojo: – Pago yo porque así me deberás una cena y me aseguro de que volvamos a vernos, aunque solo sea por compromiso.

–  De acuerdo, pero solo si a la próxima cena invito yo. – Le contesto antes de que abra la puerta.

Una hora más tarde, ambos estamos acomodados en el sofá del salón con el estómago lleno, cansados y muertos de sueño, pero ninguno de los dos inicia la conversación de despedida que amenaza con llegar en cualquier momento.

–  Aún tenemos una conversación pendiente, ¿en qué pensabas antes? – Me pregunta divertido.

–  Ya te he dicho que no lo quieres saber. – Le respondo mientras pienso a toda prisa qué inventarme para no tener que decirle que le estaba comparando con mi ex alemán.

–  Te estás quedando dormida, me voy a ir ya para dejarte descansar. – Me dice mirándome con tristeza. – Tienes mi número si necesitas cualquier cosa y, si no es molestia, me gustaría tener el tuyo para llamarte y poder preguntarte cómo te encuentras.

Cojo mi móvil, marco el número que Álex ha anotado en el bloc y hago una llamada perdida, colgando en cuanto su móvil empieza a sonar.

–  Ahí lo tienes, llámame si quieres que te invite a cenar, para agradecerte el favor, ya sabes. – Le contesto traviesa.

Álex me da un beso en la mejilla a modo de despedida y aprovecha el acercamiento para susurrarme al oído:

–  No suelo cobrarme los favores, pero ten por seguro que éste me lo pienso cobrar.

Tras dedicarme una pícara sonrisa que despierta el recuerdo del placer absoluto en mis entrañas, Álex acaricia a Thor y se marcha alegremente mientras yo me quedo estupefacta en el sofá, completamente inmóvil y pensando en lo guapo, simpático y dulce que es.

Al día siguiente, mi hermana viene a casa con Iker después de dejar a Nerea en el colegio para sacar a Thor mientras yo me quedo con el enano, que se pasa el día durmiendo. Antes de que Rocío regrese del paseo con Thor, Helena y Carol aparecen en casa, ambas han estado hablando y quieren saberlo todo del chico misterioso que me llevó al hospital y que después me trajo a casa. En cuanto mi hermana llega, se pone rápidamente de su lado y ella también insiste en que cuente todo lo que pasó con pelos y señales.

–  No pasó nada. – Les digo por cuarta vez. – Me vio en el parque, me trajo hasta la puerta del edificio donde le entregó a Thor a Jaime para que lo subiera a casa y me llevó al hospital. De allí me trajo a casa, pedimos comida china a domicilio, cenamos, se despidió y se fue a su casa, o a dónde quiera que se fuera.

–  Hija de verdad, qué fría te has vuelto. – Me recrimina mi hermana. – Podrías hacerte pasar por alemana con ese carácter que te gastas.

–  Rocío, acabo de conocer a ese tipo. – Le recuerdo molesta. – Podría ser un psicópata y yo lo he metido en mi casa y le he dado mi número de teléfono.

–  ¿Os habéis intercambiado los números de teléfono? – Me pregunta Helena. – ¡Genial, eso significa que tienes sexo con él garantizado! Si es que te decides a tenerlo, claro.

–  Acabo de salir de una relación, ahora mismo no quiero pensar en meterme en otra.

–  Nadie está hablando de relaciones, estamos hablando de sexo. – Me aclara Helena. – ¡Joder, que llevas dos meses sin mojar!

–  No creo que debamos presionarla, ella saldrá con otros chicos cuando esté preparada. – Sale en mi defensa Carol. – Eso sí, el tope máximo de lamentos y abstinencia son tres meses, así que aprovecha el último mes que te queda porque luego no te dejaremos ni respirar.

Las cuatro nos echamos a reír como hienas malvadas, a pesar de que solo somos cuatro chicas que le ponen buena cara a los tiempos difíciles.

Por la tarde, después de comer, mi hermana se despide para seguir con su vida de madre y mujer casada que es:

–  Chicas, tengo que ir a buscar a Nerea. Jorge se pasará antes de cenar para venir a sacar a Thor, aunque me ha dicho que como le muerda ya puedes ir buscándote a otro que lo saque por la tarde.

Nos da un beso en la mejilla a cada una y sale del apartamento conduciendo el cochecito donde mi sobrino Iker sigue durmiendo, ¡cómo no! En cuanto mi hermana sale por la puerta, Helena me dice:

–  Por cierto, no hagas planes para el sábado por la noche porque nos vamos de fiesta. Un compañero de trabajo da una fiesta en su casa a la que asistirá toda la gente guapa de la ciudad y, como no podía ser de otra manera, nosotras estamos incluidas en esa lista.

–  ¡Genial! – Exclama Carol encantada. – Ah, le he contado a mi abuela toda la verdad sobre Fabián y quiere conoceros. Os invita a comer el viernes para agradeceros lo que habéis hecho por mí y me ha dicho que os recalque que no aceptará un no por respuesta.

–  Dame mi agenda, con tanto lío luego no me acordaré de nada. – Le digo a Carol que es la que está más cerca de mi agenta. Me la entrega y musito mientras anoto mis citas: – Viernes: recoger coche del concesionarios e ir a comer con la abuela de Carol. Sábado: salir a pasear a Thor con mi sobrina, llevarla a la hamburguesería y fiesta en casa del compañero de trabajo de Helena. Domingo: probablemente pasar la mañana durmiendo y con resaca para después ir a comer o cenar (según la cantidad de alcohol ingerida la noche anterior) a casa de mis padres. Lunes: Empezar a trabajar.

–  Por curiosidad, si el buenorro del hospital te llama para invitarte a salir, ¿de dónde vas a sacar tiempo para estar con él? – Se mofa Helena. – Si necesitas que te supla cuando vayas a cenar con él, ya sabes que soy una buena amiga y puedes contar conmigo, ¿verdad?

–  ¡Eres una bruja! – Le espeto divertida y, de repente, me oigo decir: – ¡Es mío, julandrona!

–  ¡Lo sabía, ese tío te gusta! – Se carcajea Helena. – Lo cierto es que solo a un ciego no le podría gustar semejante monumento.

¡Mierda, ya me la ha vuelto a liar! Con Helena nunca se puede bajar la guardia, es como tener a un detective las veinticuatro horas del día vigilándote, solo que ella hace todo el trabajo tan solo con mirarte a los ojos y soltar cuatro frases oportunas.

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