Tú, yo y las estrellas 4.

Tú, yo y las estrellas

Thor y yo corremos juntos por el parque cuando tropiezo, me tuerzo el tobillo y me caigo. Thor se detiene a mi lado y me mira con reproche, como si me hubiera caído a propósito. Me masajeo un poco el pie y trato de moverlo, me duele un poco pero por suerte no está roto.

–  ¿Estás bien? – Oigo una voz masculina detrás de mí que se acerca hasta quedar frente a mí y se agacha para examinar mi pie. – ¿Te has torcido el tobillo?

El traidor de Thor, en vez de ladrarle y gruñirle como debería hacer y como acostumbra a hacer con todo el mundo, a este tipo lo rodea meneando la cola. ¡Maldito perro!

–  Sí, pero estoy bien, gracias.

–  Tienes el tobillo hinchado, creo que deberías ir al hospital. – Me sugiere el tipo. – Deja al menos que te ayude a levantarte.

El tipo me tiende una mano para ayudarme y yo se la estrecho pero, en cuanto el pie malo apoya el suelo veo las estrellas del dolor y me dejo caer, aunque él es más rápido y me coge al vuelo, sosteniéndome entre sus brazos antes de que yo llegue a tocar el suelo otra vez.

–  Vale, voy a llevarte a un hospital. – Sentencia cogiéndome en brazos y poniéndole la correa a Thor, que le obedece como si fuera su dueño.

–  Espera, no podemos ir a un hospital con Thor, tengo que dejarlo en casa. – Me oigo decir. ¿Acabo de pedirle a un completo desconocido que me lleve a casa a dejar a mi perro antes de ir al hospital? – Si me dejas cerca de la carretera, cogeré un taxi.

–  Tengo el coche aquí, te llevaré. – Me dice sin inmutarse.

–  ¿Vienes a correr en coche? – Le pregunto al ver su atuendo deportivo.

–  Más o menos. – Me contesta. – Me gusta correr en el parque y, como vengo con el coche desde la oficina, paro antes de ir a casa y corro unos kilómetros. Por cierto, me llamo Álex.

–  Yo soy Eli. – Le contesto. – Vivo aquí cerca, no es necesario que te molestes…

–  No es ninguna molestia, no te preocupes. – Me contesta.

Álex camina conmigo en brazos y conforme nos acercamos a la calle donde tiene aparcado el coche, la luz de las farolas empiezan a dejarme ver mejor sus facciones hasta que su rostro queda totalmente iluminado. Es un hombre muy atractivo, de unos veinticinco o treinta años. Moreno y de ojos castaño oscuro, todo lo contrario de Norbert. Además, se nota que está fuerte y en plena forma, pues a pesar de que yo peso unos cincuenta kilos, ha caminado conmigo en brazos casi un kilómetro.

Llegamos a su coche, un Audi Q7 de color negro, me ayuda a acomodarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad, mete a Thor en la parte trasera del coche y después se sienta en el asiento del conductor. Le doy mi dirección a Álex y en cuanto arranca saco mi móvil y llamo a Jaime, el guarda de seguridad de mi edificio:

–  Hola Jaime, soy Eli. ¿Te importaría salir un momento a la puerta del edificio y recoger a Thor para subirlo a casa? – Le pregunto. – Me he torcido el tobillo y voy a ir a que me lo miren.

–  ¿Está bien, señorita Eliana? ¿Quiere que llame a su padre para avisarle?

–  No, no es necesario que avises a nadie. – Le contesto rápidamente. Si mis padres se enteran serían capaces de ponerme una enfermera en casa las veinticuatro horas del día hasta que me recupere. – Solo necesito que subas a Thor a casa.

–  De acuerdo, la espero en la puerta. – Me contesta antes de colgar.

Cuando dos minutos después llegamos a mi edificio, Jaime ya está en la puerta esperándome. Álex sale del coche, saca a Thor atado con la correa y se acerca a Jaime para entregarle a Thor. Intercambian un par de frases de las que no puedo oír nada y Jaime me mira para asegurarse de que todo va bien. Le hago un gesto con la mano para indicarle que todo está bien y él asiente con la cabeza a modo de despedida, llevándose a Thor con él. Álex regresa al coche y, mientras lo arranca, me pregunta:

–  ¿A qué hospital vamos?

–  Mi mejor amiga trabaja en el hospital General, si no te importa, me gustaría ir allí. – Le respondo tímidamente.

–  Pues vamos al hospital General, entonces. – Me contesta sonriendo pícaramente y me pregunta alzando una ceja: – ¿No quieres avisar a alguien de que vas al hospital?

¿Está intentando preguntarme de manera sutil si tengo novio? Le miro y su mirada está fija en la carretera, no sonríe, pero sigue estando igual de atractivo que cuando lo hace.

–  Es mejor que no avise a nadie, créeme. – Le respondo. – Mis padres se empeñarían en que pasara unos días en su casa y, aunque los adoro, no pienso volver a vivir con ellos.

–  ¿Hace mucho que vives sola? – Me sondea con discreción.

–  Desde los dieciocho años. – Le contesto. – Pero regresé hace unos días a la ciudad y, mientras organizaba mi apartamento he vivido una semana en casa de mis padres. Fue como volver a tener quince años, como si el tiempo no hubiera pasado.

–  Y, ¿dónde has estado viviendo?

–  Hasta los veinte viví en un apartamento compartido con dos compañeras de la universidad. Después me fui un año a Múnich con una beca Erasmus y allí me quedé hasta hace unos diez días, más o menos.

–  ¿En Alemania? ¿Qué se te perdió allí?

–  La sensatez. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Aunque no me arrepiento, sería hipócrita por mi parte arrepentirme de algo que hice cuando realmente lo deseaba, a pesar de que hoy me he dado cuenta que lo que hice no sirvió de nada.

Álex me mira desconcertado y me sonríe divertido, probablemente estará pensando que soy la tía más rara con la que se ha encontrado y no le quito la razón. Aparca el coche en la entrada de urgencias del hospital y rápidamente se baja del coche y busca a un enfermero, le cuenta la situación (o al menos eso supongo yo) y el enfermero coge una silla de ruedas y lo acompaña al coche, desde donde yo los observo.

–  ¿Qué le ha pasado? – Me pregunta el enfermero.

–  Salí a correr con mi perro, me tropecé y me torcí un tobillo. – Le explico sin entrar en detalles.

El tipo nos mira de arriba abajo y finalmente, con la ayuda de Álex, me coloca en la silla de ruedas para entrar en urgencias.

–  Voy a dejar el coche en el parking, aquí no lo puedo dejar. – Me susurra Álex al oído y me pone la piel de gallina, pero no de miedo. – Volveré antes de que te hayas dado cuenta.

–  Álex no es necesario, de verdad. – Insisto de nuevo. – Ya has hecho bastante trayéndome al hospital y no quiero molestarte más.

–  Ya te he dicho que no es ninguna molestia, no se hable más. – Me dice sonriendo. – En dos minutos estoy aquí. – Se vuelve hacia el enfermero y le pregunta: – ¿A dónde la vas a llevar?

–  A urgencias de trauma. – Le contesta secamente.

–  Perdona, ¿podrías avisar a Helena Medina que Eli está aquí? – Le pregunto.

–  ¿Conoce a la doctora Medina? – Me pregunta confundido.

–  Es obvio, de lo contrario no preguntaría por ella. – Le contesto empezando a hartarme de su arrogancia. – Déjelo, mejor la aviso yo. – Le espeto sacando mi móvil del bolsillo y llamo a Helena. – Hola Helena, ¿estás en el hospital?

–  ¿Dónde iba a estar sino? – Me responde aburrida. – Y tú, ¿qué haces?

–  Pues he venido a verte. – Miento a medias.

–  Oh, Dios. ¿Qué te ha pasado? – Exclama Helena dejándome sorda. – ¿Dónde estás? ¿Estás en urgencias?

–  Tranquila, solo me he torcido un pie. – Trato de calmarla. – ¿Puedes venir a buscarme a la puerta de urgencias?

–  Estaré ahí en dos minutos, no te muevas. – Me dice Helena antes de colgar.

–  Helena estará aquí en dos minutos y me ha pedido que no me mueva. – Informo a Álex haciendo caso omiso del impertinente enfermero.

–  Aprovecho para aparcar el coche, espérame. – Me dice antes de subirse al coche e ir a aparcarlo.

Tal y cómo me había prometido, Álex regresa de inmediato, antes de que llegue Helena. Revisa mi tobillo con absoluta delicadeza para no hacerme daño y, tras examinarlo, me dice:

–  No soy médico, pero hasta yo puedo ver que tienes el tobillo inflamado. ¿Te duele mucho?

–  Al principio me dolía, pero lo podía soportar. – Le digo con total sinceridad. – Pero ahora se me está enfriando y me está empezando a doler más.

–  ¡Eli! ¿Qué coño ha pasado? – Me pregunta Helena asustándome. Mira de arriba a abajo a Álex y con tono amenazador le espeta: – Si le has hecho algo, te mato.

–  ¡Helena, basta! – La regaño. – ¿Es que te has vuelto loca?

–  El enfermero me ha dicho que estabas con un tío al que parecías no conocer de nada y ha sospechado que quizás estabas en apuros. – Se defiende Helena.

–  Álex, te presento a la loca de mi amiga Helena. – Le digo rodando los ojos y le pregunto con sorna: – ¿Entiendes ahora por qué te decía que no era buena idea avisar a nadie?

–  Te entiendo perfectamente. – Susurra en mi oído.

–  ¿Vas a contarme lo que ha pasado? – Me dice Helena impaciente.

–  Salí a correr con Thor, me tropecé y me torcí el tobillo. Álex me vio y vino a ayudarme y, además me ha traído al hospital. – Le recalco a Helena.

–  Si eso es cierto, ¿por qué Thor no se lo ha comido? – Me rebate Helena.

–  Últimamente se está volviendo un blandengue. – Le respondo encogiéndome de hombros.

Helena me lleva en la silla de ruedas hasta la sala de rayos x y Álex nos sigue. Se muestra paciente y encantador, me ayuda a subir a la camilla para que Helena me haga la radiografía y después me deposita de nuevo en la silla de ruedas. Helena me lleva a la sala de curas y, después de decirme que me he hecho un pequeño esguince en el tobillo, me recomienda que guarde reposo absoluto durante tres o cuatro días y estaré como nueva.

Con el pie vendado, con la ayuda de una muleta y del fuerte brazo de Álex, que sostiene casi todo mi peso, salgo del hospital tras despedirme de Helena, que me susurra al oído, sin que la oiga Álex, que tenemos una conversación pendiente. La muy pervertida se cree que me lo quiero tirar.

Como un perfecto caballero, Álex me ayuda a subir a su coche y me lleva a casa, sin dejarme opinar al respecto.

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