Tú, yo y las estrellas 15.

Tú, yo y las estrellas

El viernes, nada más salir del trabajo, me dirijo a casa a preparar las maletas y a arreglarme para la cena en casa de mi hermana. Tengo que reconocer que estoy nerviosa, estoy dejando a Álex entrar en mi vida y en la de mi familia y eso me asusta. Por el contrario, él parece encantado con la situación.

A las siete de la tarde, Álex viene a buscarme y, cargando con las maletas y con Thor, se empeña en llevarlo todo él solo hasta el parquing. Carga el maletero con mis maletas y sube a Thor en la parte trasera del coche para después abrirme la puerta como todo un caballero.

Llegamos a casa de mi hermana pocos minutos después y, en cuanto salimos del coche, mi sobrina corre a recibirnos dándonos un fuerte abrazo.

–  ¡Habéis venido con Thor! – Exclama encantada.

–  Pues claro que hemos venido, pequeña guerrera. – Le dice Álex revolviéndole el pelo. – Y te hemos traído a Thor para que cuides de él unos días, ¿qué te parece?

–  ¡Me encanta! – Grita mi sobrina eufórica.

Rocío y Jorge salen a recibirnos y, tras saludarme rápidamente, ambos se quedan mirando a Álex, esperando ser presentados.

–  Álex, ellos son mi hermana Rocío y mi cuñado Jorge. – Le digo y, dirigiéndome a mi hermana y mi cuñado, añado: – Él es Álex.

Los tres se saludan educadamente y mi hermana nos hace pasar a todos al salón, dónde charlamos tomando una cerveza hasta que mi sobrina se empeña en salir a pasear a Thor con Álex y Jorge. Ninguno de los dos sabe decirle que no a Nerea, así que los tres se van con Thor y mi hermana y yo nos quedamos a solas.

–  Es un auténtico bombón, Eli. – Me dice Rocío. – Es guapo, inteligente, trabajador, tiene dinero y te trata como a una reina, se ve que está loco por ti.

–  Se te olvida el pequeño detalle de que es mi jefe. – Me lamento. – Es como si la historia se repitiera y tengo miedo, Rocío.

–  Álex no es como Norbert, no tienes más que fijarte en cómo trata a Nerea. – Me dice mi hermana intentando animarme. – Relájate un poco, estás muy tensa.

Rocío y yo continuamos hablando hasta que, media hora más tarde, Álex, Jorge y Nerea regresan con Thor. Jorge manda a Nerea a lavarse las manos y, cuando se asegura de que la pequeña no puede oírle, nos dice acusándonos con el dedo pero sin poder ocultar una sonrisa:

–  La próxima vez que habléis de vuestras cosas, espero que os aseguréis de que Nerea no puede oíros.

–  ¿Por qué? ¿Qué ha dicho? – Pregunta mi hermana divertida mientras yo me temo lo peor.

–  Tu hija me ha dicho que tenga cuidado con su tita porque me va a tirar para que su mamá no deje de hablarle. – Nos dice Álex sonriendo. – ¿Me lo podéis explicar?

Fulmino a mi hermana con la mirada y ella, ni corta ni perezosa, me suelta:

–  Necesitas relajarte un poco y estoy segura que Álex sabrá cómo hacerlo, si no funciona a la vuelta puedes venir y sermonearme todo lo que quieras. Por cierto, ¿le has dicho algo a mamá de tu repentino viaje o quieres que me encargue de eso yo también?

–  Ya he hablado con ellos. – Contesto.

–  ¿Y qué les has dicho? – Pregunta mi hermana mofándose.

–  Espero que no les hayas dicho que te vas con tu jefe. – Se mofa Jorge.

–  ¿Tan malo sería? – Le pregunto.

–  ¿Qué les has dicho a tus padres, Eli? – Me pregunta Álex molesto.

–  No quería que me hicieran preguntas de las que ni siquiera yo tengo respuestas, así que les dije que era un viaje de trabajo y punto.

–  Genial. – Me dice Álex con ironía.

–  Tita Eli, ¿vas a tirar a Álex para que la mama no te deje de hablar?

–  No, cariño. – Le digo a mi sobrina y después murmuro: – Estoy pensando en matarla y así solucionar el problema de raíz.

Durante la cena, mi cuñado se empeña en tratar de relajar la tensión y lo consigue, aunque Álex sigue un poco molesto conmigo.

–  Nerea no deja de hablar de ti, te has convertido en su ídolo. – Le dice mi hermana a Álex. – Está tan encantada con su paseo en poni que hemos tenido que prometerle que la llevaremos de nuevo.

–  A mí también me hizo prometerle que la llevaríamos otra vez a la hípica, así que creo que va a ir unas cuantas veces. – Bromea Álex.

–  Estoy seguro de que mi hija será un pez gordo en el mundo de los negocios. – Se mofa Jorge. – Y también en el periodismo.

–  Tita Eli, toma las invitaciones de mi cumple para ti y para Álex. – Me dice mi sobrina. Se vuelve hacia a Álex y le pregunta: – Vendrás, ¿verdad? Me lo prometiste.

–  Claro que vendrá, cariño. – Le dice mi hermana a Nerea. – Si te lo prometió, estoy segura que cumplirá su promesa, ¿verdad?

Mi hermana es muy estricta en cuanto a las promesas. Para ella, una promesa es mayor que un juramento ante un tribunal y le ha inculcado esas ideas a mi sobrina. A mí no me parece mal, pero algún día mi sobrina aprenderá que la gente rompe sus promesas y preferiría que estuviera preparada.

–  Yo siempre cumplo mis promesas y aquí estaré el día de tu cumpleaños. – Le asegura Álex.

–  ¡Chachi! – Grita mi sobrina. – Ya verás cuando se lo cuente a la abuela Rosa y a la tía Lola, se pondrán muy contentas cuando lo sepan.

Fulmino a mi hermana con la mirada y ella, levantando las manos en señal de inocencia, se defiende:

–  Te prometo que yo no les he contado nada, ha sido tu adorada sobrina.

–  Por cierto, dudo mucho que tu madre se trague que te vas de viaje de trabajo un puente. – Me advierte mi cuñado divertido.

–  No quiero seguir hablando de esto, ¿podemos cambiar de tema? – Les sugiero.

Después de cenar y tomarnos un par de copas en casa de mi hermana, Álex nos excusa diciendo que mañana madrugamos para salir de viaje y nos despedimos de ellos.

Tras salir de casa de mi hermana, nos subimos al coche y Álex conduce en silencio hasta su casa, un ático en un lujoso edificio a dos o tres manzanas de mi edificio, y deja el coche en el parquing del sótano, desde dónde subimos en ascensor hasta su apartamento. Nada más entrar, Álex me acompaña a la habitación de invitados y me manda a dormir alegando que tengo que descansar porque mañana nos levantaremos a las seis de la mañana.

–  Si vas a estar así, no pienso ir a ninguna parte. – Le digo empezando a molestarme. – ¿Se puede saber qué te pasa?

Tras resoplar sonoramente, me contesta:

–  Cuando te pedí que pasáramos juntos el puente, ¿por qué aceptaste?

–  Simplemente porque me apetecía. – Le respondo. – Me siento cómoda y a gusto contigo y pensé que unos días lejos de la oficina, de mi sobrina y de mis amigas nos podrían sentar bien.

–  Entonces, ¿por qué le dijiste a tus padres que te ibas de viaje de trabajo? – Insiste. – ¿Por qué no les dijiste que te ibas de puente unos días a la montaña para desconectar?

–  Mi sobrina no deja de hablar de ti y todos me preguntan qué rollo me traigo contigo que, además de ser el hermano de Carol, también eres mi jefe y, sinceramente, yo no sé qué contestar. – Le digo mientras se apodera de mí una risita histérica. – Ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí. Tan solo sigo el consejo de mi hermana, hago lo que me apetece sin pensar en las consecuencias. Aunque creo que no se me está dando demasiado bien.

–  Creo que a ninguno de los dos se nos está dando demasiado bien todo esto. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me envuelve entre sus brazos. – Me alegra saber que estás aquí porque te apetece y no porque es tu jefe quién te lo ha pedido.

–  ¿Eso es lo que te ha molestado? ¿Qué querías que les dijera a mis padres? – Le pregunto retóricamente antes de continuar hablando con tono burlón: – Hola mamá, me voy de puente con mi jefe en plan amigos. No suena muy bien, la verdad. Además, Nerea no ha dejado de hablar de ti y mi madre ya está haciendo demasiadas preguntas.

–  ¿Tienes miedo de oír tus propias respuestas o de la reacción de tu madre al oírlo?

–  Tengo miedo de equivocarme, Álex. – Murmuro con un hilo de voz. – No me hace falta ponerle un nombre a nuestra relación, me basta con saber que eres mi jefe en la oficina y también un gran amigo fuera de ella. Me encanta ver cómo te diviertes con mi sobrina y cómo ella se ríe cuando está contigo. Me gusta estar contigo.

–  A mí también me gusta estar contigo. – Me responde sonriendo. – Y supongo que puedo esperar algún tiempo antes de ponerle un nombre a nuestra relación, pero te entiendo y no voy a presionarte. Iremos despacio. – Me dice dándome un beso en la frente y añade: – Ahora ve a dormir, mañana madrugamos.

No tengo ganas de discutir y le obedezco, aunque lo que en realidad desearía es meterme en su cama y no en la cama de la habitación de invitados como estoy haciendo. Ya pensaré un plan para cuando estemos en la cabaña, rodeados de montañas y naturaleza, sin nadie a nuestro alrededor y sin nada interesante qué hacer. Si no lo consigo allí, me daré por vencida.

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