Tú, yo y las estrellas 13.

Tú, yo y las estrellas

A la mañana siguiente, Álex aparece temprano con churros y chocolate. Llevamos a Nerea al colegio y después vamos a trabajar.

El resto de la semana transcurre casi igual: me levanto, llevo a Nerea al colegio, voy a trabajar, vuelvo a buscar a Nerea del colegio, salimos al parque a pasear a Thor (dónde se nos une Álex), regresamos a casa a cenar y, muertas de cansancio, caemos rendidas en la cama.

El sábado por la mañana, tal y cómo Álex había prometido, nos pasa a recoger en su coche y nos lleva a la hípica de su amigo. Mi sobrina está eufórica, pero yo estoy histérica. Cuando éramos pequeños, mi madre se empeñó en apuntarnos a mi hermana y a mí a clases de equitación, pero me empeñé en subirme al caballo blanco y el puñetero era de lo más indomable. Mi hermana Rocío siempre bromea diciendo que no entiende como no me quedé medio lela con todas las veces que el caballo me lanzó por los aires. Como era igual de testaruda, seguí intentándolo una y otra vez hasta que el caballo se hartó de mí y me lanzó con tanta fuerza por los aires que me rompí dos costillas al caer y mi madre no permitió que volviéramos a montarnos a un caballo. De hecho, estoy segura de que si se enterara de que estoy a punto de subir a Nerea a uno me mataría con sus propias manos.

–  Relájate, estás más nerviosa tú que la niña. – Me susurra Álex al bajar del coche. Se vuelve hacia a mi sobrina y le pregunta divertido: – ¿Estás preparada, pequeña guerrera?

–  ¡Sí! ¡Quiero montar a caballo y quiero una foto como la foto que tiene la tita con Rayo! – Grita mi pequeño demonio emocionada.

–  ¿Con Rayo? – Me pregunta Álex con curiosidad.

–  Rayo era el caballo de la tita, pero le hizo pupa y la abuela no la dejó montar más a Rayo porque decía que era un caballo malo, pero la tita dice que no era malo, solo un poco rebelde y testarudo. – Le explica Nerea repitiendo lo que tantas veces ha oído.

Álex sonríe, coge a mi sobrina de la mano, me rodea la cintura con su brazo libre y caminamos al interior del recinto, donde nos recibe un hombre de mediana edad:

–  Buenos días señor García, señora. – Se agacha para ponerse a la altura de mi sobrina y, con gran don para los niños, le pregunta ganándose a mi sobrina: – ¿Quieres dar un paseo a caballo?

–  ¡Sí!

–  ¡Genial! – Le responde el tipo. Se vuelve hacia a mí y me dice: – Soy Alfredo Miranda, el director de la Hípica Miranda. Álex es un gran amigo y queremos que os sintáis como en casa.

–  Muchas gracias, es muy amable. – Le respondo observando a un jinete que me resulta familiar como galopa y se prepara para los saltos. – Disculpe, ese jinete de allí, ¿es Juan Acosta?

–  Asombroso, ¿cómo ha podido saberlo a tanta distancia? – Me pregunta Alfredo asombrado.

–  A un jinete se le identifica por su forma de montar, nunca por su figura o su rostro. – Le respondo lo que a mí siempre me decía mi profesor.

–  Veo que no es ninguna novata, ¿conoce a Juan Acosta?

–  Dimos clases de equitación juntos cuando éramos pequeños. – Le contesto.

Alfredo le hace un gesto a Juan para que se acerque y éste le obedece sin demasiadas ganas pero, en cuanto me ve, sonríe y dice:

–  Eliana Robles, la mujer más testaruda que he conocido nunca. – Baja de su caballo de un salto y me abraza como cuando éramos pequeños y yo me enfurecía porque Rayo no me dejaba montarlo. – La única lo suficientemente loca como para querer montar a Rayo.

–  Un momento, ¿ella es el jinete de Rayo? ¿El caballo loco? – Pregunta Alfredo estupefacto.

–  La misma. – Responde Juan. Se percata de la presencia de mi sobrina y, tras echarle un rápido vistazo a Álex, me pregunta: – ¿Es tu hija?

–  No, es mi sobrina Nerea. – Le respondo. – Es la hija de mi hermana Rocío.

–  Pues es igual que tú cuando tenías su edad, aunque espero que sea más responsable y tranquila que tú a esa edad. – Se mofa.

–  Mi padre dice que Nerea parece hija mía porque tiene mi carácter, así que puedes echarte a temblar,  Juan. – Le contesto divertida. Álex me aprieta suavemente contra su cuerpo para recordarme que sigue ahí y yo hago las presentaciones pertinentes: – Álex, te presento a Juan, éramos compañeros de equitación cuando éramos pequeños y nos pasábamos el día haciendo trastadas.

–  Encantado de conocerte. – Le dice Juan a Álex al estrecharle la mano y añade bromeando: – Por tu bien espero que no siga siendo tan testaruda, de pequeña ya tenía mucho carácter.

–  Y creo que lo sigue teniendo. – Bromea Álex.

–  Aún no he sacado mi carácter contigo. – Le susurro al oído y él levanta las manos en señal de inocencia y poniendo cara de no haber roto un plato.

Acompañamos a Nerea al taller de hípica para niños donde les enseñarán a preparar a un poni, a cuidarlo y, por la tarde, saldrán a pasear con ellos. Tenemos toda la mañana libre mientras Nerea está ocupada en el taller y Álex, sonriente como siempre, me dice:

–  Vamos a montar a caballo, pequeña amazona. Y de paso me cuentas qué pasó con Rayo y por qué eres una leyenda en el mundo de la hípica.

Nos dirigimos al establo y uno de los mozos de la cuadra ya tiene preparado un caballo negro con una mancha blanca en la cara. Me quedo mirando a los mozos esperando que preparen otro caballo y Álex me susurra al oído:

–  No sabía que sabías montar, así que solo pedí que nos preparan un caballo. – Me ayuda a subir al hermoso caballo y después sube detrás de mí. Agarra las riendas rodeando mi cintura con sus brazos y me estrecha contra su cuerpo para sujetarme con firmeza. – A unos quince kilómetros de aquí hay un pequeño pueblo donde se encuentra el mejor restaurante de la zona.

Le miro sonriendo agradecida y me recuesto sobre su pecho, dejando escasamente expuesto mi cuello que Álex se encarga de terminar de exponerlo apartándome el pelo para poder besarlo con libertad.

–  Será mejor que no empiece lo que no va a acabar, señor García. – Le digo con un hilo de voz.

–  ¿Señor García? ¿Desde cuándo soy el señor García? – Me pregunta divertido.

–  Desde que has decidido torturarme. – Le respondo. – Te aseguro que no pienso volver a darme una ducha de agua fría.

–  Mmm. Ahora eres tú la que me tortura. – Me susurra con la voz ronca.

Ambos nos echamos a reír como adolescentes. Tras un largo paseo a caballo, llegamos al restaurante del que me ha estado hablando y comemos mientras charlamos y bebemos un par de copas de vino. Le cuento a Álex lo que pasó con Rayo y cómo ninguno de los jinetes profesionales quería montarlo, nadie excepto yo, una niña de quince años. Él escucha las anécdotas que le cuento y se ríe divertido, disfrutando tanto como yo de este momento.

Regresamos al recinto temprano, pues quiero estar junto a Nerea cuando se suba a ese poni, le he prometido a mi hermana que la vigilaría.

Permanezco al lado de Nerea constantemente y el único motivo por el que Alfredo me permite quedarme junto a Nerea es porque Juan le ha asegurado que sé lo que me hago. Álex nos mira divertido desde el otro lado del vallado y mi sobrina lo saluda con devoción cada vez que pasamos por su lado mientras él le devuelve el saludo. Estoy segura de que será un auténtico padrazo.

De regreso a casa, mi sobrina está tan cansada que se queda dormida, pero se despierta nada más llegar y me pregunta medio dormida:

–  ¿Vamos al parque a pasear a Thor?

–  Sí, pero después irás directa a la ducha, cenarás y a dormir, ¿de acuerdo? – Le digo cogiéndola en brazos.

–  Tita Eli, mi cumple es el mes que viene y ya sé qué quiero que me regales. – Me abraza con fuerza y me susurra al oído: – Quiero que Álex sea tu novio y así será mi tito.

A pesar de que Nerea ha susurrado, Álex lo ha escuchado todo y me dedica una amplia sonrisa, mostrándose encantado con lo que mi sobrina acaba de decir.

Salimos a pasear a Thor, regresamos a casa y mientras Álex pide pizza a domicilio yo le doy un baño a Nerea y le pongo el pijama, dejándola lista para cenar e irse a dormir.

Cuando consigo que por fin mi sobrina se duerma, Álex y yo nos sentamos en el sofá, encendemos la televisión y vemos una película de las que a mí me gustan: Transporter 3. Además, el protagonista está buenísimo. A mitad de la película, me empieza a entrar sueño y me acomodo junto a Álex, que me abraza estrechándome contra su cuerpo sin dejar de mirar la película.

Pocos minutos después, escucho a Álex susurrarme:

–  Será mejor que me vaya, es muy tarde.

–  No. – Le contradigo.

–  ¿No?

–  No. – Corroboro abrazándole con más fuerza. – Quédate esta noche.

–  Eli, nada me gustaría más que pasar la noche contigo. – Me dice suspirando. – Pero quiero hacer las cosas bien y no creo que quedarme estando tu sobrina aquí sea una buena idea.

–  Tienes razón. – Contesto sin dejar de abrazarle.

Álex me retira un poco de su lado y, mirándome pícaramente a los ojos, susurra:

–  Aunque por un beso de buenas noches tampoco pasa nada, ¿verdad?

Sonrío y Álex me besa apasionadamente. Nuestras manos cobran vida propia y empiezan a explorar nuestros cuerpos hasta que él recobra la sensatez y sujetándome las manos con suavidad pero con firmeza, me dice con la voz ronca:

–  Te lo compensaré, pequeña amazona.

–  Eso espero, de lo contrario acabarás conmigo. – Bromeo.

Álex me da un casto beso en los labios a modo de despedida y se marcha a su casa mientras yo me meto en mi cama, completamente sola y añorando la compañía de un solo hombre, Álex.

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