Tu hada de la suerte 11.

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Trato de serenarme y pensar con claridad. Puede que Daniel ni siquiera esté en la ciudad, puede que haya encargado por internet el envío de las flores.

Decido llamar a Tom, aunque puede que siga enfadado conmigo… Lo llamo de todos modos.

–  Hola Tom. – Lo saludo cuando descuelga.

–  Milena, estoy entrando en el Luxe, venía a verte porque necesito contarte algo.

–  Creo que Daniel está en la ciudad.

–  Lo sé, Milena. – Me responde resignado. – Dame dos minutos y estoy en tu despacho.

Tom cuelga y dos minutos después aparece en mi despacho, tiempo suficiente como para que vaya atando cabos.

–  ¿Desde cuándo lo sabes? – Le pregunto furiosa.

–  Me pareció verlo el sábado en el pub, por eso estaba tan alterado cuando regresaste a casa acompañada de tu jefe. – Me explica Tom afligido. – Ayer salí a correr y me pareció volver a verlo, así que estuve buscándolo todo el día pero…

–  ¿Por qué no me has dicho nada? – Le espeto furiosa. – ¡Joder, creo que es él quien ha enviado las fotografías a Mike!

–  ¿De qué estás hablando?

–  Ayer por la mañana un motorista dejó un sobre con fotografías en el buzón de casa de Mike. – Le resumo rápidamente. – Todas las fotografías son del sábado y en todas aparecemos Mike y yo. Si Daniel está en la ciudad desde el sábado nadie lo habrá visto en el pueblo, ¿puedes llamar a tus padres para preguntarles?

–  Sí, ahora mismo los llamo. – Me responde Tom. Se percata del ramo de rosas y añade: – Tienes otro ramo igual en casa, ¿son de Daniel?

Asiento con la cabeza y Tom llama a sus padres para averiguar cualquier cosa sobre Daniel. Tras una breve charla, Tom cuelga y me dice preocupado:

–  Nadie lo ha visto desde hace cuatro días. Mi padre dice que desde que te fuiste las veces que ha visto a Daniel iba borracho y puede que drogado.

Alguien golpea suavemente la puerta de mi despacho y cuando se abre aparece Mike, que se sorprende al encontrarme con Tom.

–  Lo siento, no sabía que estabas ocupada… – Se disculpa Mike volviendo a cerrar la puerta.

–  No te vayas, Mike. – Le digo antes de que se marche. – Tengo que decirte algo.

–  ¿Va todo bien? – Me pregunta preocupado.

Espero a que se siente en el sillón de al lado donde Tom está sentado y le digo:

–  Creo que sé quién ha hecho las fotografías. – Mike me mira a mí y después mira a Tom, pero no dice nada y yo prosigo: – Creo que es mi ex.

Mike me mira inexpresivo, no sé lo que le está pasando por la cabeza y empiezo a ponerme nerviosa y Tom sigue con su cantinela:

–  Milena, Daniel no parará hasta que se encuentre contigo y es peligroso. Sabe dónde trabajas, sabe dónde estás viviendo y, por lo que me cuentas, parece que te tiene controlada. – Suspira profundamente y añade: – Tengo que ir a trabajar, pero prométeme que no irás sola a ninguna parte. Llámame cuando quieras regresar a casa y vendré a buscarte.

–  No es necesario, yo me encargo de todo. – Interviene Mike sin aceptar réplicas.

Tom y Mike se mantienen la mirada y finalmente Tom le dice a Mike:

–  Lo último que sé de él es que la mayor parte del tiempo está borracho y puede que drogado, es un tipo peligroso. – Se levanta de la silla y añade mirando a Mike: – Mañana me voy a New York por trabajo y no regresaré hasta el viernes por la noche, no quiero que se quede sola en ningún momento.

–  No te preocupes, Milena se quedará en mi casa. – Le asegura Mike poniéndose en pie. – No la dejaré sola ni un segundo.

–  Llámame si necesitas algo. – Añade Tom antes de abrazarme. Le estrecha la mano a Mike y se despide antes de marcharse: – Te llamaré esta noche.

Tom sale de mi despacho y Mike y yo nos quedamos a solas. Ambos nos miramos durante unos instantes hasta que Mike, con tono rotundo, me dice:

–  Te vienes a mi casa esta misma tarde quieras o no y, si no te importa, me gustaría saber por qué tu ex te persigue y nos hace fotos que después me envía.

–  Pillé a mi ex follándose a mi mejor amiga un día que salí antes del trabajo. Estábamos prometidos y en octubre nos íbamos a casar. Obviamente, lo dejé. Necesitaba un cambio de aires y lo único que me retenía en Beach Ville era mi trabajo, así que dimití y me mudé a Highland. No he vuelto a ver ni a hablar con él desde entonces, pese a que Daniel lo ha intentado. ¿Quieres saber algo más?

–  Sí, quiero que me des acceso a su expediente. – Me dice con tono de voz suave. – Si ese tipo nos está vigilando tendré que saber qué aspecto tiene.

–  Lo siento, estoy de mal humor y lo estoy pagando contigo. – Me disculpo al darme cuenta de lo borde que estoy siendo con él.

–  No tienes que disculparte por nada, Milena. – Me dice Mike con su sonrisa perfecta. – Llamaré a mi madre y anularé…

–  No, no lo anules. – Le interrumpo antes de que acabe la frase.

–  ¿Estás segura? Puedo llamarla y decirle que vamos otro día.

–  Estoy segura, así me distraigo. – Le confirmo.

–  De acuerdo. – Dice Mike no demasiado convencido. – ¿Y esas rosas? – Me pregunta mirando el ramo de rosas que me ha enviado Daniel.

–  Son de Daniel. – Le respondo con un hilo de voz. – Tres años con él y el muy idiota aún no se ha enterado que mis flores favoritas son los lirios blancos. – Cojo el ramo y lo tiro a la basura bajo la atenta mirada de Mike. – Será mejor que sigamos trabajando.

–  Estaré en mi despacho si necesitas algo. – Me dice Mike antes de marcharse.

Me paso la mañana creando el nuevo programa para archivar los informes y a media mañana Norma entra en mi despacho sonriendo, con un enorme ramo de lirios blancos y me dice:

–  Debe de ser un día especial para ti porque acabas de recibir este precioso ramo de lirios.

No necesito leer la tarjeta para saber quién me envía el ramo. Le dedico una sonrisa a Norma y le guiño un ojo con complicidad mientras ella deposita los lirios sobre el jarrón con agua donde estaban las rosas que ahora descansan en la papelera. Norma ve las rosas, pero actúa discretamente y no dice nada. ¿Le habrá pedido Mike que las encargue? Espero que no, de lo contrario no sé qué pensará Norma de mí…

Me acerco al ramo de lirios e inhalo el delicado olor de las flores que tanto me gustan. Cojo la tarjeta que acompaña el ramo de lirios y la leo: “Para mi Hada de la suerte.” Sonrío como una adolescente mientras miro embobada los preciosos lirios blancos.

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