Tu hada de la suerte 10

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Retraso todo lo que puedo el viaje a casa de Mike y cuando salimos a la calle Joe está apoyado en el todoterreno aparcado en doble fila frente al portal. Joe me saluda amablemente y veo en sus ojos que lo hace con sinceridad, ya no me mira con esa desagradable desconfianza. Llegamos a su casa a la hora de cenar y, mientras Mike me acompaña a la habitación de invitados para que me instale, Carmen nos prepara la cena.

–  Mike me ha dicho que te gustan mucho las berenjenas rellenas de carne y gratinadas con queso, espero que me hayan quedado bien. – Me dice Carmen con una amable sonrisa cuando entramos en el comedor.

–  Gracias Carmen, estoy segura de que estarán riquísimas. – Le agradezco. Me vuelvo hacia a Mike para darle las gracias también a él y me guiña un ojo con complicidad. – Gracias.

–  No me las des, es mi obligación mantener a mi hada de la suerte contenta. – Me responde divertido.

Carmen nos mira con alegría y cariño, sin duda alguna se alegra de la complicidad que existe entre Mike y yo. Joe también sonríe al mirarnos, aunque no logro adivinar si es una sonrisa sincera o irónica, supongo que es sincera porque Mike le devuelve la sonrisa. Por algún motivo, hoy todos parecen estar contentos.

Cuando terminamos de cenar y Carmen entra en el comedor para retirar los platos vacíos, le digo:

–  Estaban buenísimas, Carmen.

–  Gracias, mi niña. – Me contesta tímidamente. – Me alegro de que te hayan gustado.

–  Ahora podré utilizar las dotes culinarias de Carmen para hacerte chantaje y que vengas a cenar a casa cuando te lo pida. – Bromea Mike. Su teléfono empieza a sonar y al ver quién es el interlocutor exclama: – Mierda, me he olvidado de la cena en casa de mis padres. – Suspira profundamente antes de descolgar y dice: – Hola mamá. – Una larga pausa y añade: – Lo sé, se me ha ido el santo al cielo y… – Se interrumpe y, una breve pausa después, añade: – ¿Qué? No, no es mi… – Le vuelven a interrumpir y dice antes de colgar: – Vale, está bien. Lo intentaré pero no te prometo nada.

Mike se pasa las manos por la cabeza y me mira incómodo. Estoy segura de que va a decirme algo que no me va a gustar pero como no abre la boca decido preguntar:

–  ¿Va todo bien? No quiero causarte ningún problema y…

–  Tengo que pedirte un favor. – Me interrumpe Mike.

–  No me va a gustar, ¿verdad? – Me arriesgo a preguntar.

–  Me temo que no. – Me responde apesadumbrado. – ¿Salimos al jardín y te lo cuento?

Asiento con la cabeza y ambos nos levantamos y salimos del comedor dejando a Carmen y Joe tratando de ocultar una sonrisa sin éxito. Tan malo no puede ser si ellos se están riendo, ¿no?

Mike me guía por el pasillo, atravesamos el salón y salimos al jardín trasero de la casa. Caminamos unos metros hasta llegar a una especie de zona chill-out que se ha montado en el jardín, donde nos sentamos en uno de los sofás.

–  Será mejor que empieces a hablar, estoy empezando a asustarme. – Le ruego al ver que continúa callado. – ¿Tan malo es lo que me vas a pedir?

–  Mi hermana le ha dicho a mi madre que nos vio muy juntos en el pub y mi madre, aprovechando el despiste que he tenido al olvidarme de la cena familiar de los domingos,  quiere que vayamos juntos mañana a comer a su casa. – Mi cara debe ser un poema porque rápidamente añade: – Sé que no tengo ningún derecho a pedirte esto, pero me facilitará las cosas con mi madre.

–  ¿Me estás pidiendo que vaya a comer a casa de tus padres y me haga pasar por tu novia? – Le pregunto para asegurarme de haberlo entendido bien.

–  No, te estoy pidiendo que me acompañes a comer a casa de mis padres en calidad de amiga, no quiero mentir. – Me aclara.

–  Estoy segura de que me voy a arrepentir, pero no puedo decir que no ya que esto ha sido en parte culpa mía. – Le digo tras lanzar un gran suspiro. – Pero quiero que le digas la verdad a tu madre, no quiero que me utilices para mentirle.

–  ¿La verdad? ¿Y cuál es la verdad?

–  La verdad es que trabajo para ti. – Le respondo, pero al ver su cara de desconcierto y desaprobación añado dudosa: – Y ¿somos amigos?

–  Sí, somos amigos. – Me confirma con su sonrisa perfecta. – Pero no trabajas para mí, trabajas para Luxe. Te estoy pidiendo un favor como amiga, no como empleada de Luxe.

Nos miramos fijamente a los ojos durante unos segundos y tengo que contener mis ganas de besarle que es lo que más deseo en este mismo momento.

–  Milena, no quiero que hagas nada que tú no quieras. – Me dice sin dejar de mirarme a los ojos, pero sin rastro de su sonrisa. Me coge de las manos y continúa hablando: – Sé que todo esto es una locura, pero lo entenderás cuando conozcas a mi madre.

–  Iré contigo, pero te advierto que esto servirá como compensación por la estancia en casa de mi abuelo. – Le advierto y añado con sorna: – Lo entenderás cuando conozcas a mi abuelo.

–  Eres mi hada de la suerte, supongo que te pondrás de mi parte frente a tu abuelo. – Me susurra al oído acercándose más a mí. Me tenso al sentir su aliento en mi cuello y Mike se percata, se aleja de mí y dice con voz ronca al mismo tiempo que se pasa las manos por la cabeza: – Será mejor que entremos en casa, es tarde, mañana es lunes y tenemos que trabajar.

Asiento con la cabeza y me levanto del sofá. Cruzamos el jardín, entramos en la casa y Mike me acompaña hasta la puerta de la habitación de invitados, mi habitación esta noche.

–  Mi habitación es la última puerta de la derecha, avísame si necesitas algo. – Me dice Mike evitando mirarme a los ojos. – Buenas noches, Milena.

–  Buenas noches. – Logro balbucear antes de entrar en la habitación.

Me meto en la cama y me paso la noche dándole vueltas a lo que ha pasado en el jardín. Juraría que Mike ha estado a punto de lanzarse, pero finalmente no lo ha hecho. Y cuando me ha dado las buenas noches, ¿me estaba invitando sutilmente a su habitación o solo pretendía ser amable y hacer de anfitrión?

Estoy tan nerviosa que no puedo dormir y a las seis de la mañana decido levantarme y darme una ducha antes de bajar a desayunar.

Cuando entro en la cocina me encuentro con Carmen que está preparando el desayuno y me saluda alegremente cuando me ve:

–  Buenos días, mi niña. ¿Tú tampoco has dormido bien?

–  ¿Tanto se me nota? – Le pregunto confirmando su observación.

–  Se te ve cansada. – Me confiesa Carmen. – Siéntate que te voy a preparar un buen desayuno para reponer energías.

Obedezco a Carmen y me siento a la mesa de la cocina mientras ella me sirve un café con leche, un vaso de zumo, tostadas con mermelada y tortitas. Mike y Joe entran en la cocina y nos dan los buenos días. Joe parece de buen humor, sonríe con alegría y se sirve un café solo, pero Mike no sonríe y parece estar tan cansado como yo. Evita mirarme y, por precaución, decido seguir devorando mi desayuno sin decir nada. Una vez acabamos de desayunar, Joe nos lleva al Luxe en el todoterreno y permanecemos en el más absoluto de los silencios durante todo el trayecto.

Cuando entro en mi despacho veo un ramo de rosas rojas sobre el escritorio. Cojo la tarjeta que cuelga del ramo y la leo: “Te echo de menos, nena. D.”

Me siento en la silla porque me estoy empezando a marear. Leo de nuevo la tarjeta, aunque sé perfectamente de quién es. No sé cómo me ha encontrado Daniel, pero es obvio que me ha encontrado si me ha enviado las rosas al despacho.

Daniel es mi ex novio y el motivo por el cual me fui de Beach Ville. Llevábamos tres años saliendo juntos y seis meses prometidos hasta que hace dos meses descubrí que me ponía los cuernos con Patty, mi mejor amiga desde que íbamos a primaria. Debido a mi trabajo tenía que viajar constantemente y últimamente apenas nos veíamos, pero tampoco me esperaba que me fuera a traicionar con Patty. No los he vuelto a ver ni a hablar con ellos desde que los pillé infraganti un día que regresé temprano del trabajo. Cuando llamé a Tom y le conté lo sucedido me dijo que me fuera con él a la gran ciudad una temporada y, como ya nada me ataba a Beach Ville, dejé mi trabajo y me trasladé. Cambié mi número de teléfono y también de vida. Patty no ha intentado ponerse en contacto conmigo ni una sola vez, pero Daniel no ha dejado de enviarme e-mails que borro sin leer.

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