Tú eres mi destino 9.

El resto de los invitados llegó y, tras un breve discurso del anfitrión, todos empezaron a cenar. Alberto apenas le había dirigido la palabra a Alysa desde que se encontraron con Amaya, pero Alysa fingió no darse cuenta ya que ni siquiera sabía cómo se sentía. Alberto no era su prometido de verdad, pero solo pensar en él junto aquella arpía le hacía sentirse mal, demasiado mal. A Alysa se le escapó un pequeño suspiro cuando asimiló lo que le estaba pasando, se estaba enamorando de Alberto Morales, un tipo que al parecer no se comprometía con nadie, ni quería casarse ni formar una familia. Ella ni siquiera se había parado a pensar en casarse o en tener una familia hasta ese mismo momento y lo irónico de la situación es que solo lo había pensado imaginando que sería con Alberto.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Alberto al escuchar el segundo suspiro salir de la boca de Alysa. Aunque había sido imperceptible para todos los demás, no lo había sido para él.

— ¿Qué? —Preguntó Alysa distraída.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —Le repitió Alberto.

—Eh, sí. Creo que sí —murmuró Alysa.

— ¿Crees que sí? —Preguntó Alberto sin quedar satisfecho con la respuesta—. Vamos, saldremos al jardín para que te dé el aire.

Alysa no tenía voluntad para discutir, estaba demasiado preocupada y concentrada pensando en lo que acababa de descubrir, así que se levantó de su asiento, cogió la mano que Alberto le ofrecía y se dejó llevar hasta el jardín trasero de la casa de Ronald, donde pasearon en silencio hasta que Alberto volvió a preguntar:

— ¿Quieres contarme lo que te ocurre?

—No me pasa nada, estoy bien —insistió Alysa.

—Mientes fatal, cielo —bromeó Alberto—. Dime qué te preocupa, estamos juntos en esto, lo recuerdas, ¿verdad?

—Estoy bien, es solo que me he distraído un poco —le respondió Alysa sin decirle toda la verdad—. No sé si hemos hecho bien en venir aquí, no podemos encontrar nada con todos esos tipos de seguridad bloqueando todos los accesos a la planta superior.

—Llevamos dos meses y medio trabajando día y noche sin descanso, ¿qué te parece si esta noche nos la tomamos libre y disfrutamos de la fiesta? —Le propuso Alberto—. Ya sé que no es el mejor lugar ni la mejor situación, pero nos merecemos un descanso, ¿no crees?

Alberto la cogió en brazos y la llevó de vuelta al interior de la casa, donde dejó que los pies de Alysa tocaran el suelo pero sus brazos no se despegaron de su cintura. Los invitados habían abandonado el comedor y habían pasado al salón, donde bailaban al ritmo de la música. Sin que Alysa se lo esperara, Alberto la arrastró hasta llegar a la improvisada pista de baile, la agarró por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y empezó a moverse al ritmo de la música mientras le susurraba a Alysa en el oído:

—Necesitaré que me ayudes un poco, no soy un buen bailarín.

Alysa colocó sus manos alrededor del cuello de Alberto, le dedicó una tímida sonrisa y siguió el ritmo que Alberto le iba marcando al mismo tiempo que le dijo:

—Bailas muy bien.

Alysa bailó con Alberto un par de canciones, hasta que Diego apareció reclamando un baile con ella y ella aceptó. Mientras bailaba con Diego, Ronald se acercó hasta ellos y también reclamó un baile con Alysa que, bajo el asombro de los Morales, ella también aceptó.

—Es difícil hablar contigo sin que Alberto Morales esté pegado a ti —comentó Ronald mientras bailaban—. Debe estar muy enamorado.

—Supongo que por eso soy su prometida —le contestó Alysa con una sonrisa falsa en el rostro.

—Nunca le he caído demasiado bien a tu prometido, aunque te aseguro que no tiene ningún motivo para ello, espero que eso no afecte a tu valoración sobre mí.

—Tengo mis propias opiniones, señor Red —le desafió Alysa—. Aunque debo confesarle que una de las razones por la que estoy prometida con Alberto es porque prácticamente tenemos la misma opinión en casi todo, así que dudo que mi opinión diste mucho de la suya.

Alberto se acercó a ellos y, lo más educado que pudo, le dijo a Ronald:

—Si no te importa, me gustaría bailar con mi prometida.

—Adelante, cómo no —le respondió Ronald con una fingida sonrisa y se apartó de Alysa—. Te has buscado una mujer con carácter.

—No lo sabes tú bien, procura no enfadarla —murmuró Alberto. Se aferró de nuevo a la cintura de Alysa y le susurró—: No dejaré que ese idiota se te vuelva a acercar.

—Eso espero, porque ya tengo todo lo que quería de él.

— ¿A qué te refieres?

—Vamos a casa y te lo cuento allí mientras nos tomamos una copa, ¿te parece bien? —Le propuso Alysa.

—Me parece perfecto.

Se reunieron con Diego y Marcos y los cuatro regresaron a la villa de los Morales en la limusina que habían alquilado. Una vez entraron en el salón, Alberto le preguntó a Alysa delante de su padre y de su primo:

— ¿Puedes decirme ya qué es lo que tienes de Ronald Red?

Diego y Marcos miraron a Alysa, que sonreía con alegría mientras sacaba una pequeña tarjeta de su bolso de mano y les dijo al mismo tiempo que le entregaba la tarjeta a Alberto:

—Le he robado la tarjeta médica a Ronald, de aquí podemos sacar muchos datos interesantes.

— ¿Cómo se la has robado? —Preguntó Marcos sorprendido.

—Mientras bailaba con él —contestó Alysa encogiéndose de hombros—. En vuestro laboratorio tenéis que tener máquinas de esas que leen las tarjetas médicas, ¿no?

—Sí, pero esas máquinas envían un registro de búsqueda al gobierno —le advirtió Alberto sabiendo que aquello no funcionaría—. Leerlas desde nuestro laboratorio sería un suicidio.

—No si jaqueo el sistema de seguridad y de lectura de la máquina —matizó Alysa—. Podemos crear una especie de barrera-espejo para descargar todos los datos de la tarjeta médica de Ronald y la lectura no se enviaría al gobierno.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando, pero si me aseguras que el gobierno no podrá saber que hemos leído la tarjeta médica de Ronald Red, tienes luz verde —le aseguró Diego satisfecho—. Mañana iremos al laboratorio y yo ahora me voy a dormir. Buenas noches.

—Yo también me voy a descansar, mañana nos vemos pareja —se despidió Marcos guiñándole un ojo con complicidad a Alberto.

— ¿Tú también vas a irte a dormir o vas a tener compasión y te vas a tomar una copa conmigo para hacerme compañía? —Le preguntó Alysa con una sonrisa que resultó ser más seductora de lo que pretendía.

—No hay otra cosa que me apetezca más que tomarme una copa contigo —le respondió Alberto totalmente hechizado por la sonrisa de Alysa.

Ya estaban lo bastante achispados por las copas que habían tomado en la fiesta de Ronald, pero eso no les detuvo para tomarse otra copa más. Bromeaban y reían mientras bebían alegremente y, cuando en la televisión pusieron el concierto de una famosa cantante de baladas, Alberto se levantó del sofá donde estaba sentado y le tendió la mano a Alysa para que bailara con él. Alysa aceptó aquella invitación y rodeó el cuello de Alberto con sus manos. Ambos empezaron a moverse al ritmo de la lenta melodía que sonaba y Alysa se dejó llevar, posó su cabeza sobre el hombro de él y cerró los ojos. Alberto se sentía feliz teniendo a Alysa entre sus brazos, tan frágil y vulnerable como parecía en ese momento no pudo controlar las ganas que tenía de besarla y lo hizo, la besó en los labios. Alysa le correspondió a aquel beso y se lo devolvió con pasión y urgencia mientras Alberto deslizaba sus manos por los muslos de ella, alzándola entre sus brazos al mismo tiempo que ella le rodeaba la cintura con sus piernas.

—No hay nada que desee más en este momento, pero tengo que preguntártelo —le dijo Alberto con la voz ronca de excitación—. ¿Estás segura de lo que vamos a hacer?

—Totalmente segura.

Alberto no volvió a preguntar, subió las escaleras llevando a Alysa entre sus brazos hasta su habitación, donde la tendió sobre la cama y empezó a besarla de nuevo.

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