Tú eres mi destino 8.

Alberto y Alysa fueron esa misma tarde de compras y se pasearon por las calles del centro de Termes como si de una verdadera pareja se tratara. Iban cogidos de la mano, charlaban, bromeaban y se reían mientras caminaban entre la muchedumbre y entraron en varias tiendas de ropa donde Alysa se probó decenas de vestidos mientras Alberto esperaba junto a la puerta del probador y disfrutaba viendo como Alysa entraba y salía del probador con un vestido distinto. Con cualquier otra mujer Alberto se habría desesperado, pero con Alysa todo era divertido, hasta ir de compras.

— ¿Qué vestido te ha gustado más? —Le preguntó Alysa cuando salió del probador tras haberse probado casi todos los vestidos de la tienda.

—No sabría qué decirte. El rojo es espectacular, pero no quiero pasarme la noche quitándote a los hombres de encima —le dijo Alberto divertido—. El negro es muy elegante, pero demasiado serio para mi gusto. Y el rosa, el rosa te sienta de maravilla, creo que es perfecto.

—Me quedo con el vestido rosa, entonces —sentenció Alysa.

Mientras Alysa volvía a entrar en el probador para ponerse su ropa y marcharse, Alberto le dio su tarjeta de crédito a la dependienta para que le cobrara el vestido. Cuando Alysa salió del probador, Alberto la esperaba con la bolsa que contenía su vestido nuevo. Nada más salir de la tienda se encaminaron hacia a donde tenían aparcado el coche y Alysa se agarró del brazo de Alberto mientras caminaban. Se subieron al coche y Alysa le dijo cuándo se aseguró que nadie podía oírles:

—Cuando lleguemos a casa te pago el vestido.

—De eso nada, ¿qué clase de hombre sería si dejo que mi prometida pague un vestido que va a llevar a una fiesta conmigo? —Bromeó Alberto—. Y eso me recuerda que no puedes ir por ahí sin un anillo de compromiso.

—El maestro Lee me regaló un anillo precioso cuando cumplí los dieciocho años —le dijo Alysa con voz melancólica—. Siempre lo llevo conmigo y creo que nos hará el apaño como anillo de compromiso.

—La verdad es que me apetecía tener un detalle contigo por la paciencia que has tenido y por lo fácil que nos haces la vida a todos pese a la situación en la que nos encontramos y te he comprado esto —le dijo Alberto colocando una pequeña caja de terciopelo entre sus manos—. Me comporté como un idiota cuando llegaste y ni siquiera me disculpé cómo te merecías.

—No tienes por qué hacerlo…

—Sé que lo has olvidado y me has perdonado, pero quiero hacerlo —la interrumpió Alberto—. Acéptalo por favor.

Alysa le dedicó una sonrisa y abrió la pequeña caja de terciopelo azul para descubrir un precioso anillo de oro blanco combinado con diamantes, rubíes y zafiros. Alysa se sorprendió, aquel anillo le debía de haber costado una fortuna y no podía aceptarlo como regalo.

—Es precioso Alberto, pero no puedo aceptarlo, es demasiado —le dijo Alysa.

—No puedes rechazar un regalo y mucho menos el anillo de compromiso de tu prometido —le dijo Alberto sonriendo ampliamente y añadió divertido—: Y, si te sigue pareciendo demasiado, siempre puedes invitarme a cenar o a tomar una copa.

—Cuando quieras, pero tendrás que encargarte tú de escoger el restaurante porque yo no conozco ninguno por la zona —le dijo Alysa sonriendo.

Mientras regresaban a casa, siguieron hablando sobre esa cena pero no llegaron a concretar ningún día. Los días fueron pasando y llegó el día de la fiesta de Ronald Red.

Alysa se puso su vestido nuevo de color rosa, atado al cuello y con un escote que le llegaba casi hasta el ombligo. Se dejó su larga y rubia melena suelta, formando perfectos tirabuzones sobre sus hombros y espalda y Alberto se quedó sin respiración al verla.

— ¡Joder, si no estuvieras prometida no te me escapabas! —Bromeó Marcos al verla.

—Estás preciosa, Alysa —la halagó Diego.

Al ver que Alberto la observaba con admiración pero no decía nada, Alysa se acercó a él, giró sobre sí misma y le preguntó:

— ¿Qué te parece el aspecto de tu prometida?

—Me parece que me voy a pasar la noche espantando a todos los hombres que se te acerquen esta noche, cariño —le respondió Alberto con la voz ronca.

Diego alquiló una limusina para que les llevara a los cuatro a casa de Ronald. Diego era el único que estaba preocupado por aquel evento, pues podían estar metiéndose en la boca del lobo. Sin embargo, Marcos parecía divertirse al ver a su primo y Alysa fingiendo estar prometidos, Alberto estaba encantado de poder fingir se el prometido de Alysa y Alysa solo pensaba en averiguar todo lo posible de Ronald Red porque quería vengarse de lo que le hicieron a sus padres.

Llegaron a la enorme mansión de Ronald Red apenas veinte minutos después de salir de la villa y los cuatro se bajaron de la limusina frente a la puerta principal, donde el anfitrión recibía a todos sus invitados.

Nada más bajar de la limusina, Alberto rodeó la cintura de Alysa con su brazo y le susurró al oído:

—Recuerda lo que me prometiste, no te separarás de mí.

—No imaginaba que fueras tan celoso y posesivo —bromeó Alysa y, al ver que Ronald Red les estaba mirando, le besó levemente en los labios y después le susurró al oído—: Cariño, yo siempre cumplo mis promesas.

Alberto fue consciente que Alysa solo le había besado porque Ronald les estaba mirando en ese preciso momento, pero aun así disfrutó de aquel beso. Diego y Marcos caminaban un par de metros por delante de ellos y ninguno vio el beso que Alysa le dio a Alberto, pero tampoco les hubiera importado que les hubieran visto. Alberto cogió a Alysa de la mano y la guió hasta la puerta de la casa de Ronald, donde el anfitrión les saludó, les agradeció que acudieran a su fiesta y les invitó a pasar.

Los cuatro cruzaron el umbral de la puerta y entraron en el hall, donde uno de los camareros del catering contratado por Ronald les hizo pasar al gran comedor, donde unas cincuenta personas ya estaban sentadas a la mesa en sus sitios designados.

Diego, Alberto y Marcos saludaban a todos los conocidos que se les acercaban y Alberto aprovechó la ocasión para presentar a Alysa como Sofía López, su prometida. Alysa se mantuvo en su papel y saludó educadamente a todas las personas que Alberto, Diego y Marcos le presentaban.

Justo cuando estaban a punto de sentarse, una chica de piel bronceada con una larga melena rizada y morena de ojos color miel se acercó a Alberto y, con tono de reproche, le dijo:

—No puedo creer que te hayas prometido, si no recuerdo mal, me dijiste que nunca te atarías a ninguna mujer.

Alysa escuchó perfectamente lo que aquella arpía acababa de decir, pero optó por fingir que no había escuchado nada porque no quería entrometerse en la vida privada de Alberto. Pero, para su sorpresa, Alberto la agarró por la cintura, la besó en los labios y le dijo a la arpía morena:

—Eso fue antes de conocer a Sofía.

La arpía morena les fulminó a ambos con la mirada, dio media vuelta y se marchó. Alysa se alegró de la respuesta que Alberto le había dado, pero se cuidó mucho de que se le notara.

—Se me olvidó mencionarte la posibilidad de encontrarnos con Amaya, mi ex le susurró Alberto al oído—. Puede que parezca inofensiva, pero es una verdadera bruja.

— ¿Eso significa que también debo preocuparme de ella? —Le preguntó Alysa con sarcasmo.

—No deberás preocuparte de nada en absoluto si permaneces a mi lado toda la noche —le respondió Alberto algo molesto.

Alysa decidió no volver a mencionar a bruja de larga y oscura melena rizada ya que a Alberto parecía no gustarle demasiado hablar de ella.

Se sentaron en su mesa, cada uno en el sitio que tenía su nombre grabado en la silla, y se tomaron una copa de vino mientras esperaban a que el resto de invitados llegara.

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