Tú eres mi destino 5.

Alysa se levantó a las cinco de la mañana, se puso unos leggins negros, una camiseta negra de tirantes y una sudadera con capucho también de color negro y salió de su habitación sin hacer ruido. Bajó a la cocina y se bebió un vaso de zumo de naranja antes de salir a correr por la villa de los Morales. Corrió por la villa durante casi dos horas y en todo ese tiempo tan solo se topó una vez con un guarda de seguridad, lo que le recordó que tenía que empezar a trabajar y dotar de un sistema de seguridad decente la villa de Diego.

Eran las siete de la mañana cuando regresó a la casa, entró en la cocina para beber agua y se encontró con los tres hombres que desayunaban alegremente e incluso bromeaban.

—Buenos días —la saludó Diego y acto seguido Marcos y Alberto—. Eres muy madrugadora y deportista, uno de mis hombres te vio corriendo a las seis de la mañana.

—No acostumbro a dormir mucho y me gusta salir a correr temprano por la mañana —le dijo Alysa encogiéndose de hombros—. He estado pensando en el sistema de seguridad que deberías instalar y creo que, además de cámaras térmicas con sensores de movimiento, deberías construir un búnker donde poder refugiarte en el caso de no poder salir de tu casa. Aunque lo suyo sería crear una salida secreta de emergencia, he visto que los límites de la villa al norte dan a una carretera secundaria, sería una buena vía de escape.

— ¿Tienes idea del tiempo y el dinero que supone hacer lo que dices? —Le preguntó Alberto con tono de mofa—. Es demasiado caro, no podemos permitírnoslo.

—El dinero no será problema, yo puedo pagarlo —le contestó Alysa con indiferencia—. El tiempo tampoco me preocupa, siempre se puede contratar más mano de obra para que las obras vayan más rápido y calculo que, una vez tengamos los planos, pueden acabarlo todo en menos de un mes —Alysa se volvió hacia a Diego y le dijo—: Tengo un buen amigo que es arquitecto y podrá diseñar los planos, tiene sus propios profesionales de confianza que harán la obra. Lo que me preocupan son tus hombres, Diego.

— ¿A qué te refieres? ¿Hay algún problema con ellos? —Le preguntó Alberto a la defensiva.

— ¿Hasta qué punto confiáis en ellos? ¿Os habéis detenido a investigar el pasado y la vida de esos hombres a los que confiáis vuestras vidas? —Les preguntó Alysa. Los tres hombres se miraron entre ellos y agacharon la cabeza, no se habían tomado la molestia de averiguar nada de ellos. Alysa no daba crédito a lo que acababa de descubrir, pero cogió aire y les dijo con calma—: Son vuestros hombres y vuestras vidas, debéis ser vosotros quienes decidáis quienes están capacitados para protegeros.

—Algunos de esos hombres trabajan para nosotros desde hace más de cinco años, ¿quieres que empecemos ahora a preguntar por su pasado? —Le dijo Alberto con sarcasmo.

—No he dicho que les preguntéis, he dicho que les investiguéis —le aclaró Alysa.

—No te ofendas pero, ¿qué sabes tú de todo esto? —Le preguntó Alberto—. Sé que el maestro Lee es una leyenda en todo el mundo, probablemente la única persona capaz de dominar todas las disciplinas de las artes marciales, y que ha estado entrenándote desde pequeña pero, además de saber defenderte con las artes marciales y de empuñar dos armas, ¿qué sabes sobre cómo hacer nuestra villa más segura?

—Puedo jaquear cualquier sistema informático de seguridad, puedo acceder a cualquier tipo de información confidencial del gobierno solo utilizando un ordenador y puedo hacer otras muchas cosas que a ti ni siquiera se te pasarían por la cabeza —le contestó Alysa desafiándole con la mirada—. Las artes marciales no solo se aprenden luchando, sino utilizando la cabeza. Tienes que conocer muy bien a tu enemigo para saber por dónde atacarle, pero sobretodo tienes que conocer a tus aliados porque son los que se pueden convertir en tus mayores enemigos.

— ¿Qué nos propones? —Le preguntó Diego—. ¿Cómo les investigamos?

— ¿Cuántos hombres tienes en la villa? —Quiso saber Alysa.

—Seis —contestó Diego—. Se dividen por parejas en tres turnos de ocho horas.

—Mientras dos trabajan, ¿qué hacen los otros cuatro? —Preguntó Alysa.

—No sé, viven en la casa de invitados —contestó Diego encogiéndose de hombros—. Pueden salir y entrar de la villa cuando quieran cuando están en su tiempo libre.

—Tenéis seis hombres y sois tres, coged dos de ellos cada uno e investigar sus relaciones familiares y sociales y a cualquier persona con la que hayan tenido contacto —les indicó Alysa—. Os daré acceso a la base de datos del gobierno para que podáis buscar la información que necesitéis y estoy dispuesta a echaros una mano si así lo queréis —Alysa miró a los ojos a Alberto y le dijo—: No pretendo llegar y poner patas arriba vuestras vidas, tan solo pretendo que estéis protegidos porque lo vais a necesitar si os metéis en esto.

—Ya estamos de mierda hasta el cuello, no tenemos nada que perder —sentenció Diego.

—No es que no me fíe de ella, simplemente quiero estar seguro de que sabe lo que hace —se defendió Alberto frente a su padre—. ¿Soy al único al que le importa que puedan matarnos?

—Alysa está intentando protegernos y tú tratas de boicotearla —le reprochó Marcos a su primo—. Nos pudo patear el culo en nuestra propia casa y, francamente, si el maestro Lee la ha entrenado durante años, yo prefiero no enfrentarme a ella.

—Alberto, creo que te estás pasando y… —Diego se interrumpió al notar la mano de Alysa cogiéndole del brazo.

—Tu hijo tiene razón, Diego —le dijo Alysa—. Soy una completa desconocida que aparece en su casa y pone patas arriba su rutina —Alysa miró a Alberto y le dijo—: Quiero que veas un vídeo y quizás entiendas por qué estoy haciendo esto.

—No hace falta, Alysa —le dijo Diego confiando ciegamente en ella.

—Sí hace falta, Diego —le replicó Alysa—. Si fuese él quien trajera a una completa desconocida a tu casa, ¿confiarías ciegamente en ella pese a no conocerla de nada y solo porque tu hijo te dijera que puedes fiarte de ella? Las palabras no valen nada, los hechos que puedan demostrarlo es lo que cuenta y yo no tengo tiempo para demostrárselo con hechos, llevo quince años de retraso —se volvió hacia a Alberto y le dijo—: Encontré otro vídeo que no te hemos enseñado ni a ti ni a Marcos, se trata de un vídeo que grabó mi padre para mí pocos días antes de que le mataran. Es un vídeo personal, por eso no os lo enseñé cuando revisamos la documentación. Iré a buscarlo para que lo veas cuando tengas un momento y, si una vez lo hayas visto sigues sin confiar en mí, me marcharé y no os molestaré más.

Alysa fue a su habitación para entregarle el vídeo a Alberto. Ese vídeo grabado por su padre era el único recuerdo que tenía de él, además de una foto familiar que siempre llevaba junto a ella.

Diego fulminó a su hijo con la mirada, no le gustaba que desconfiara tanto de su palabra y su juicio respecto a Alysa y estaba muy molesto. Alysa regresó un par de minutos más tarde y le entregó el vídeo a Alberto al mismo tiempo que les dijo a los tres:

—Voy a darme una ducha, bajaré en media hora.

Alysa dejó a solas a los tres miembros de la familia Morales, subió de nuevo las escaleras para dirigirse a su habitación y se dio un baño de espuma con la intención de relajarse durante al menos unos minutos.

Entendía perfectamente a Alberto, el hijo de Diego, pero no entendía porque insistía en ponerse en su contra si ella solo quería ayudar a que estuvieran más seguros en su propia casa. Al fin y al cabo, ella no les había obligado a unirse a ella en su venganza, más bien todo lo contrario.

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