Tú eres mi destino 4.

Diego y Alysa se reunieron a solas en el despacho. Alysa le enseñó los documentos y las tres cintas de vídeo y vio como los ojos de Diego se anegaban de lágrimas. Su padre tenía razón, podía confiar en Diego porque era un hombre bueno y humilde.

Durante más de cuatro horas permanecieron en el despacho revisando todos y cada uno de los documentos hasta que Diego le dijo:

—Alysa, lo que sabemos tan solo es la punta del iceberg, no sabemos quién está detrás de todo realmente ni hasta donde alcanzan sus hilos.

—Voy a seguir adelante con esto, Diego —le contestó Alysa—. Lo único que me ha mantenido viva estos últimos quince años ha sido saber que algún día me vengaría.

—Si estás decidida a hacerlo, te ayudaré —le dijo Diego—. Es hora de acabar lo que tu padre y yo empezamos hace quince años —unos golpes de alguien llamando a la puerta le silenció, cogió aire para serenarse y dijo mirando hacia a la puerta—: Adelante.

Los dos tipos con los que Alysa se había encontrado en el porche entraron en el despacho y el chico moreno de ojos verdes y mirada intensa le dijo a Diego:

—Papá, ¿qué está pasando aquí? Lleváis aquí metidos más de cuatro horas y tu amiga nos ha apuntado con sus dos pistolas, creo que al menos nos merecemos una explicación.

Diego miró a Alysa y le dijo:

—Necesitaremos ayuda y mi hijo y mi sobrino son las únicas personas en las que confiaría con los ojos cerrados, tendremos que informarles.

Alysa miró al hijo y al sobrino de Diego, lo meditó durante un segundo y le dijo a Diego:

—De acuerdo, pero lo haremos a mi manera.

—Bien, será mejor que empecemos cuanto antes. Chicos, tomad asiento —sentenció Diego y le dijo a Alysa—: Ellos son Alberto y Marcos, mi hijo y mi sobrino, respectivamente—. Alysa observó a aquellos dos chicos sin pronunciar palabra y Diego decidió hablar por ellas—: Chicos, ella es Alysa de la Vega, la hija de Alejandro y Thalía de la Vega.

Tanto Alberto como Marcos sabían perfectamente quién era Alysa de la Vega, pero ninguno esperaba verla sentada con Diego en su despacho porque creían que había muerto junto a sus padres.

—No puede ser —dijo Alberto mirando a Alysa con perplejidad—. Alysa de la Vega fue asesinada el mismo día que asesinaron a sus padres —miró a su padre y le dijo—: Todos los años vamos a visitar la tumba de los de la Vega, ¿cómo es posible que alguien que se supone que murió hace quince años ahora esté sentada en tu despacho? —Se volvió hacia Alysa y le preguntó—: Si eres quien dices ser, ¿qué has venido a hacer aquí?

—Si dejas que hable, a lo mejor despeja nuestras dudas —le dijo Marcos a su primo.

Alysa miró a Diego y él asintió con la cabeza haciéndole saber que podía confiar en aquellos dos, así que tomó aire y les dijo dejando a un lado los sentimientos como le había enseñado el maestro Lee:

—Los que mataron a mi familia confundieron a la hija de la asistenta conmigo. Hui a casa del maestro Lee y él me sacó del país.

— ¿Qué te trae aquí después de quince años? —Le preguntó Alberto con desconfianza.

Alysa se levantó del sillón, tomó aire para tratar de serenarse y le dijo a Diego:

—No debería haber venido, pero gracias por todo Diego.

—Alysa espera, por favor —le rogó Diego al mismo tiempo que dirigía una mirada reprobadora a su hijo—. Todos queremos lo mismo y juntos podemos conseguirlo, danos una oportunidad y podrás comprobarlo. ¿Qué me dices?

—No sé, Diego —le contestó Alysa—. Yo estoy acostumbrada a trabajar sola, a mi manera. No se puede trabajar con alguien en quien no se confía y no tengo tiempo como para ganarme la confianza de tu hijo.

—No puedes enfrentarte a ellos tú sola, aunque el maestro Lee te haya entrenado son demasiados para que una persona sola pueda acabar con ellos y cuentan con armas y tecnología de la que nosotros no disponemos —trató de convencerla Diego. Dirigió una mirada de advertencia a su hijo y a su sobrino y añadió—: Eres bienvenida en esta casa y en esta familia, deja que podamos demostrártelo.

—Te pido disculpas por la bienvenida que te he dado, vi que ibas armada y… —Se disculpó Marcos.

—Yo también siento haberte tirado al suelo y haberte apuntado con una pistola —se disculpó Alysa con Marcos. Se volvió hacia Alberto y le preguntó—: ¿Empezamos de nuevo o prefieres que me vaya?

—Empezamos de nuevo —le contestó Alberto con una media sonrisa—. Pero antes de seguir con lo que sea que estéis tramando, vamos a cenar un poco.

Todos estuvieron de acuerdo en cenar antes de continuar con la conversación sobre el proyecto Alpha. Diego le había contado a su hijo la verdad sobre el proyecto Alpha cuando mataron a su esposa, ya que Alberto tenía quince años por aquel entonces. Un año más tarde, los padres de Marcos murieron en un accidente de tráfico y Marcos se mudó con su tío Diego, ya que solo tenía dieciséis años y era menor de edad. Alberto siempre quiso plantar cara al gobierno que acabó con la vida de su madre, pero Diego siempre le quitaba la idea de la cabeza alegando que eran demasiado débiles para luchar contra toda una división secreta del gobierno. Pero gracias a la aparición de Alysa su padre parecía haber cambiado de opinión y él estaba dispuesto a trabajar con Alysa o con quien hiciera falta para llevar a cabo su propia venganza contra el gobierno que le había arrebatado a su madre.

Después de cenar, Diego insistió en que Alysa se instalara con ellos en lugar de en la vieja casa de su familia que estaba a dos horas de distancia y Alysa se sorprendió a sí misma aceptando la invitación.

Alysa estaba acostumbrada a llevar en el coche una bolsa de deporte con todo lo que podría necesitar en caso de tener que salir huyendo a toda prisa, por lo que no hizo falta que regresara a Ibory para recoger sus cosas, aunque tendría que pensar en ir a comprarse ropa en unos días.

Los Morales le asignaron a Alysa una de las habitaciones de invitados que tenía baño propio para que se sintiera más cómoda y tuviera mayor intimidad. En cuanto se instaló y se dio una ducha, se reunió con los tres hombres en el salón y les dijo:

—Creo que lo primero que tenemos que hacer es dotar esta casa de un sistema de seguridad en condiciones, el que tenéis no sirve para nada.

— ¿Qué le pasa a nuestro sistema de seguridad? —Preguntó Marcos sorprendido.

— ¿Bromeas? Hace dos semanas entré y salí por la ventana y hoy, si hubiera querido, no hubiera tenido ningún problema en mataros a los tres y eso que he entrado por la puerta principal y solo me ha faltado tocar el claxon para anunciar mi llegada —se mofó Alysa—. Déjame a mí lo del sistema de seguridad, yo me encargo. Y deberías contratar más personal de seguridad y mejor cualificado.

Estuvieron hablando de la seguridad de la casa hasta pasada la medianoche, cuando decidieron retirarse a sus habitaciones para descansar.

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