Tú eres mi destino 3.

Alysa regresó a su casa de Ibory y se pasó el resto de la noche revisando todos y cada uno de los documentos que encontró en el despacho secreto de su padre. No encontró los documentos que buscaba cuando decidió retirarse a su habitación a descansar. Se llevó a la cama el libro que su padre le leía de pequeña y entre las páginas descubrió una nota de su padre: “Princesa, si estás leyendo esto es porque ya no estoy contigo. Puede que digan muchas cosas de mí y puede que alguna no sea buena, pero tienes que saber que tu madre y yo siempre te hemos querido y siempre te querremos. Abre tu corazón para encontrar las respuestas que estás buscando, solo tú tienes la llave. La cerradura está en el jardín del castillo de la princesa.”

—Solo tú tienes la llave —repitió Alysa tratando de encontrar sentido a lo que leía en esa nota—. Se supone que yo tengo la llave… ¡Eso es, la llave!

Alysa saltó de la cama y cogió el joyero con todas las joyas que se llevó de la caja fuerte de su habitación quince años atrás. Una de las joyas era un colgante de oro blanco y zafiros con forma de corazón que, si se desplegaba, se convertía en una llave.

—La cerradura está en el jardín del castillo de la princesa —volvió a repetir Alysa al releer la nota que le había dejado su padre.

Alysa recordó que sus padres la llevaban al jardín del castillo de Ibory y jugaban a que ella era una princesa que vivía allí. La cerradura que se abría con la llave del corazón de oro estaba en el jardín del castillo de Ibory, pero ese jardín era inmenso y dudaba de poder encontrar allí una cerradura. No obstante, Alysa decidió hacer una visita al castillo en cuanto se hizo de día. Alysa tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse y no derrumbarse cuando entró en el jardín del castillo y todos los recuerdos invadieron su mente. Recorrió los jardines hasta que se topó con un pequeño porche redondo donde ella solía jugar de niña. Por una corazonada supo que la cerradura que estaba buscando debía estar en algún sitio de aquel porche y comenzó a buscar sin encontrar nada. Estaba cansada y se sentó en uno de los escalones del porche cuando una de las baldosas del suelo se movió. Hizo un poco de fuerza y arrancó la baldosa del escalón, donde había un pequeño cofre de madera oculto. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la observaba antes de sacar el cofre y comprobar que la llave de corazón de oro encajaba perfectamente en la cerradura del cofre. Envolvió el cofre con su pañuelo y regresó a casa donde lo abrió y descubrió que allí estaban todos los documentos relacionados con el proyecto Alpha y también tres cintas de vídeo. Alysa decidió leer todos los documentos antes de ver las cintas de vídeo, quería estar preparada para asimilar cualquier cosa que hubiera en aquellas cintas de vídeo. Los documentos mostraban al completo el experimento del proyecto Alpha, los nombres de los soldados a quienes les habían implantado el chip y el seguimiento de todos y cada uno de ellos. Tenía en sus manos toda la información que su padre robó para evitar que continuaran adelante con el proyecto y probablemente el motivo por el cual mataron a su familia. Pero, cómo bien le había dicho Diego, el proyecto Alpha había sido ordenado por alguien a quien ni siquiera él o su padre conocían.

Después de leer todos aquellos documentos, decidió ver las cintas de vídeo. La primera cinta de vídeo se trataba de una grabación casera. En las imágenes aparecía la familia de la Vega con un bebé recién nacido en sus brazos, que Alysa dedujo que era ella, y un joven Diego Morales que abrazaba a su esposa y a un pequeño niño de unos cinco años. Ambas familias sonreían y dirigían palabras a la cámara bromeando y de buen humor. En la segunda cinta de vídeo, aparecían Diego y Alejandro trabajando en el laboratorio, programando los chips que posteriormente aparecían implantándolos a los soldados. En la tercera cinta de vídeo aparecía Alejandro de la Vega grabándose a sí mismo mientras decía:

Princesa, si estás viendo esto es porque estás viva y me alegro. Le ordené al maestro Lee que si nos pasaba algo a tu madre y a mí y tú sobrevivías te sacara del país y no te dejara regresar a Ibory hasta que estuvieras preparada para saber la verdad. Si me estás viendo ahora significa que ya sabes de qué va el proyecto Alpha. Diego Morales y yo hemos descubierto que el chip deja de funcionar a los seis meses de ser implantado y los soldados se vuelven rebeldes y agresivos. Tanto Diego como yo nos hemos negado a continuar implantando los chips y vamos a intentar eliminar a todos los soldados que tienen el chip implantado, pero el gobierno nos está amenazando y probablemente acabe con nosotros. Si eso pasa, solo confía en dos personas: el maestro Lee y Diego Morales. Te quiero, princesa.

Alysa no pudo evitar que una lágrima se escapara de su ojo y rodara por su mejilla, pero la secó rápidamente con la manga de su jersey, respiró profundamente para recomponerse y cogió su móvil para llamar a Diego Morales.

—Soy Alysa, necesito verte —le dijo Alysa a Diego en cuanto descolgó.

—¿Dónde quieres que nos veamos?

—En tu despacho, dentro de dos horas —respondió Alysa mirando su reloj.

—Esta vez utiliza la puerta para entrar, eres y siempre serás bien recibida en mi casa —le respondió Diego con ternura.

—En dos horas estaré allí —le contestó Alysa y añadió antes de colgar—: Si tratas de jugármela lo sabré y tendrás un enemigo más.

Alysa se montó en su coche y se dirigió a casa de Diego Morales. Su padre le había dicho que podía confiar en Diego Morales, pero ese vídeo tenía quince años y en quince años las personas pueden cambiar mucho, ella misma era un ejemplo de ello. Conectó el navegador a bordo y entró en el sistema de seguridad de la villa de Diego, todo parecía normal. En las imágenes por satélite tampoco se observaba nada que llamara la atención, pero igualmente optó por ser precavida y se guardó dos pistolas, una el tobillo y otra en la cintura. Entró en la villa y aparcó frente a la casa de Diego sin que nadie la interceptara por el camino, aunque se cruzó con un par de tipos de seguridad que la miraron y probablemente anotaron su matrícula. Cogió el maletín donde había guardado todos los documentos y las tres cintas de vídeo y salió del coche con paso firme y seguro. Mientras subía las escaleras del porche de la casa que conducían a la puerta principal, la puerta se abrió y salió un hombre de unos treinta años y Alysa dedujo que se trataba del hijo de Diego.

—¿Puedo ayudarte, guapa? —Le preguntó a Alysa observándola con desconfianza.

—Estoy buscando a Diego Morales —le respondió Alysa con sequedad.

El hombre volvió a mirarla de arriba a abajo y se detuvo a la altura de su cintura, justo donde Alysa tenía guardada su pistola. Alysa supo inmediatamente lo que ese tipo se proponía en cuanto trató de introducir su mano bajo la chaqueta y, defendiéndose pero sin querer herir al probable hijo de Diego, le dio una patada en el estómago, le barrió los tobillos y lo tiró al suelo. Sacó su pistola del tobillo y le apuntó al mismo tiempo que le dijo con voz pausada y calmada:

—No quiero hacerte daño, solo estoy buscando a Diego Morales.

—¿Qué cojones está pasando aquí? —Les preguntó otro hombre, también de unos treinta años, que acababa de salir por la puerta de la casa.

Alysa no se lo pensó dos veces, sacó su otra pistola de la cintura y apuntó al tipo que acababa de aparecer en escena. Estaba segura de que a Diego no le gustaría que alguno de sus hombres y menos su propio hijo resultara herido, así que trató de hacer las cosas con tacto:

—Diego Morales me está esperando, si le dices que salga, él lo aclarará todo —le dijo al tipo que seguía de pie—. Mientras tanto, tu amigo me hará compañía.

No hizo falta que fuera a ninguna parte porque justo en ese momento apareció Diego, alertado por el guarda de seguridad que vigilaba las imágenes, observó la escena sonriendo divertido y acto seguido dijo:

—Chicos, Alysa ha venido a verme, no hay nada de qué preocuparos.

—Se te ha pasado por alto que nos está apuntando con sus pistolas, dos pistolas —apuntó el hombre que estaba junto a Diego.

—Alysa, ¿te importa? —Le pidió Diego.

—En absoluto —contestó Alysa guardando ambas pistolas.

Diego saludó a Alysa con un par de besos en la mejilla y la guió hasta su despacho bajo la atenta y sorprendida mirada de los otros dos hombres.

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