Tú eres mi destino 23.

Tras dos largas horas de vuelo, el jet privado en el que viajaban Alysa y Alberto aterrizó en la isla del maestro Lee. Se había librado de la ira y de su sed de venganza, había entendido lo que tantas veces el maestro Lee le había dicho: “Tu sed de venganza se desvanecerá en cuanto algo más importante aparezca en tu vida.”  No se había dado cuenta de cuánto le importaba Alberto hasta que se había encontrado con mucho tiempo en que pensar mientras esperaba la llegada de Ricardo Peláez y el Lobo y tuvo un fuerte pinchazo en el corazón al imaginar que algo le podía pasar a Alberto. Entonces se dio cuenta que todo aquello resultaba estúpido si una de las personas a las que más quería en el mundo perdía la vida.

Alberto se había pasado las dos horas de vuelo observando cómo Alysa miraba por la ventanilla del avión sin decir nada, totalmente ausente. Parecía mucho más vulnerable y delicada de lo que jamás se lo había parecido y temió que, una vez completada su misión, Alysa saliera de su vida de la misma manera que entró, en un abrir y cerrar de ojos.

Al bajar del avión, se encontraron con Diego, Marcos, Dave, el maestro Lee, los dos hombres de seguridad de Diego y algunos discípulos del maestro Lee dándoles la bienvenida. Alysa sonrió con timidez, disfrutando de aquella sensación de sentirse en casa con su familia. Habían cambiado muchas cosas desde la última vez que estuvo allí, a pesar de que apenas habían transcurrido unos días, ella ya no era la misma.

Alberto y Alysa se vieron envueltos en un maremoto de abrazos y Alberto tuvo que hacer un esfuerzo para no llevarse a Alysa a la fuerza a su habitación y tener “esa conversación” que a punto estaba de volverlo loco. Alberto no quería ni imaginarse el motivo por el que Alysa estaba tan ausente, temía que la única mujer de la que se había enamorado se alejara de él.

—Dejad a los chicos que vayan a sus habitaciones, necesitarán descansar —sentenció el maestro Lee tras cenar y tener una breve charla en el salón—. Mañana ya nos terminarán de contar los detalles.

—Con vuestro permiso, yo me retiro ya —les dijo Alysa con la cabeza en otra parte—. Buenas noches.

—Te acompaño —le dijo Alberto levantándose del sillón—. Hasta mañana.

—Hasta mañana —les despidieron todos los presentes.

Alysa y Alberto subieron por las escaleras a la planta superior y se detuvieron en mitad del pasillo frente a la puerta de sus respectivas habitaciones. Alberto le dijo a Alysa con un ligero titubeo en la voz:

—Bueno, será mejor que descanses —le dio un beso en la mejilla y añadió—: Mañana, cuando ambos estemos más tranquilos, ya hablaremos.

Aquello no le gustó nada a Alysa, que se oyó decir:

— ¿De qué quieres que hablemos mañana? ¿Y por qué mañana y no ahora?

—Mejor mañana porque ahora parece que tu cabeza está en cualquier otro lugar excepto aquí, donde quiero que esté cuando hablemos —le contestó Alberto forzando una pequeña sonrisa.

—Supongo que tienes razón, he estado un poco distraída toda la tarde y también durante la cena —le confirmó Alysa—. Pero, si tienes algo que decirme, prefiero que me lo digas ahora.

—Es tarde y ha sido un día duro, podemos esperar a mañana —insistió Alberto.

— ¿Piensas dormir en tu habitación? —Le preguntó Alysa enfurruñada.

— ¿Quieres que duerma contigo? —Le preguntó Alberto sorprendido.

— ¿De verdad necesitas preguntarlo? —Le reprochó Alysa—. Alberto, ¿qué es lo que ocurre?

Alberto la abrazó, la estrechó entre sus brazos y le susurró al oído:

—Cariño, quiero dormir contigo todas las noches del resto de mi vida.

Alysa le sonrió, le besó en los labios apasionadamente y lo arrastró a su habitación donde cerró la puerta con llave nada más entrar.

—No se me dan muy bien estas cosas, así que trataré de hacerlo lo mejor que pueda —le adelantó Alysa—. Hasta esta mañana he creído que mi prioridad más absoluta era vengar la muerte de mis padres, pero cuando estaba en casa de Ronald esperando a que el Lobo y Ricardo Peláez aparecieran de un momento a otro, me he dado cuenta que mi prioridad absoluta había cambiado y eso ha hecho que me plantee muchas cosas, por eso mi cabeza ha estado en otra parte todo el día. No me importaba en absoluto lo que les ocurriera a cualquiera de los tres, lo único que me importaba era que todo aquello acabara cuanto antes y asegurarme de que no te pasaba nada —hizo una pausa en la que ambos intercambiaron una mirada cargada de intensidad y añadió—: Cuando estoy contigo me siento feliz, segura y cómoda, me gusta poder hablar contigo de cualquier cosa y me encanta compartir mi cama contigo.

—Pero… —La animó Alberto a continuar temiéndose lo peor.

—Pero hay muchas que aún no te he contado y quizás las necesites saber para entenderme mejor —le dijo Alysa con un hilo de voz—. Desde que mis padres murieron he tenido pesadillas todas las noches, excepto las noches en las que he dormido contigo. El maestro Lee dice que es porque contigo me siento segura y puedo relajarme sin temor alguno.

— ¿Y crees que el maestro Lee tiene razón? —Le preguntó Alberto sin saber a dónde iría a parar aquella conversación—. Por cierto, ¿hablas con él sobre nuestros encuentros nocturnos?

—El maestro Lee es un hombre muy sabio, me gustaría que le conocieras mejor —le contestó Alysa tratando de contener la risa—. Y sí, creo que tiene razón en eso y en muchas otras cosas más. El caso es que ahora tú te has convertido en mi prioridad.

Alberto se acercó a Alysa y le dijo con una sonrisa divertida:

—Cariño, quiero oírtelo decir.

—Te quiero —le complació Alysa.

Alberto le devoró la boca con urgencia, escucharla decir aquellas dos palabras le había convertido en el hombre más feliz de la tierra y, cuando logró separar sus labios de los de ella, le susurró antes de hacerle el amor más apasionadamente que nunca:

—Tú eres mi destino.

 

FIN

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