Tú eres mi destino 22.

A la mañana siguiente, Alberto y Alysa se dirigieron a casa de Ronald Red junto con los cincuenta discípulos que el maestro Lee les había enviado.

Tomar el control de la casa de Ronald fue incluso más fácil de lo que ambos imaginaban, por lo que no les costó convencerlo para que obedeciera e hiciera venir a Ricardo Peláez.

En todo momento, Alberto estaba pendiente de Alysa. Confiaba plenamente en ella, pero eso no hacía que dejara de preocuparse por ella.

Irrumpieron en casa de Ronald y se hicieron con el control en un abrir y cerrar de ojos. Ronald llamó por teléfono a Ricardo Peláez, tal y como lo habían planeado. Alberto dirigió la operación y Alysa le obedeció sin rechistar. De hecho, Alberto se había dado cuenta de que Alysa estaba muy callada y tenía el ceño fruncido. Algo además de aquella situación la preocupaba y no era el mejor momento para tener la cabeza en otro lugar.

—Alysa, ¿va todo bien? —Le susurró Alberto a Alysa al oído para que Ronald no le escuchara—. Estás muy callada y pareces distraída.

—Estoy bien, no tienes nada de lo que preocuparte —le contestó Alysa fingiendo una sonrisa antes de darle un beso en los labios para zanjar el tema.

Ronald no entendía nada de lo que estaba ocurriendo hasta que oyó a Alberto llamar a Alysa por su verdadero nombre y todas las piezas empezaron a encajar en su mente:

—No es posible, yo mismo te mate —empezó a gritar Ronald fuera de sí—. Es imposible que sobrevivieras a un disparo en la cabeza, ¡yo mismo te maté!

—Te equivocaste de princesita, Ronald —le dijo Alysa con el tono de voz más frívolo que nunca antes había utilizado—. Y pagarás por todo lo que hiciste.

Ronald se volvió loco literalmente y Alysa, con un simple gesto de cabeza, le pidió a uno de los discípulos del maestro Lee que se encargara de la situación y lo hizo presionando la nuca de Ronald con dos dedos y dejándolo inconsciente.

—Siéntalo en el sofá, no queremos que Ricardo Peláez note nada extraño si lleva en el coche una cámara térmica o de infrarrojos —le dijo Alberto al mismo discípulo. Se volvió hacia a Alysa y añadió—: ¿Tenemos los accesos controlados?

—Relájate, todo está bajo control y avanza según lo previsto —trató de tranquilizarlo Alysa. Miró su reloj para comprobar la hora y añadió mirando a través de la ventana—: Tardarán entre una o dos horas en llegar, pero todos están alerta por si deciden venir en helicóptero, hay un helipuerto detrás del jardín trasero de la casa, junto a la piscina.

—Si vienen en helicóptero, ¿cuándo estarán aquí? —Quiso saber Alberto.

—Si vienen en helicóptero, podrían llegar en cualquier momento —le confirmó Alysa.

Alberto se tensó, lo que ocurriera ese día, ya fuera para bien o para mal, marcaría el resto de su vida, ya fuera para bien o para mal. Pero lo único que realmente le importaba en esos momentos, era que no le ocurriera nada a Alysa. Le daba igual la venganza, Ronald Red, el Lobo y Ricardo Peláez, en lo único que podía pensar era en cómo mantener a salvo a Alysa.

Ricardo Peláez y el Lobo llegaron en coche una hora más tarde. Uno de los discípulos, fingiendo ser uno de los hombres de seguridad de Ronald Red, les hizo pasar al salón, donde Alysa, Alberto les esperaban junto a una docena de discípulos del maestro Lee y un Ronald Red inconsciente sentado en el sofá. Al ver aquella escena, tanto Ricardo como el Lobo trataron de llevarse la mano a la cintura para sacar su pistola, pero dos discípulos del maestro Lee se les acercaron por detrás y les desarmaron rápidamente.

—Pero, ¿qué significa todo esto? —Gruñó Ricardo Peláez al sentir el cañón de una Magnum en su nuca.

—Lo sabréis en cuanto vuestro amigo Ronald se despierte —les anunció Alberto.

Ricardo observó a Alysa de arriba a abajo, aquella chica le resultaba familiar pero no sabía descifrar por qué, así que acabó preguntando:

— ¿Nos conocemos de algo?

—Hace quince años enviaste a tus hombres a matar a mi familia, ¿eso te refresca la memoria? —Le contestó Alysa con frivolidad.

—No sé de qué me hablas —respondió Ricardo.

—Enviaste a matar a los de la Vega, pero tus hombres confundieron a la hija de la asistenta con la hija de los de la Vega —les informó Alysa con una sonrisa retorcida—. Disfrutad de vuestros últimos minutos de vida, ya os quedan pocos.

—Si en cinco minutos no hago una llamada, mis hombres sospecharán y vendrán a buscarme como si de un ejército enemigo se tratara —les amenazó Ricardo.

—Lamento comunicarte que el ejército que mencionas está siendo detenido en estos momentos, vuestro amigo Ronald tenía almacenado en su ordenador toda la información que necesitábamos para que todos los implicados en el proyecto Alpha paséis el resto de vuestras vidas en la cárcel pero, gracias a Alysa, vosotros os libraréis de ser encarcelados.

— ¿Qué pretendes hacer con nosotros, zorra? —Le espetó el Lobo a Alysa.

Nada más acabar de decir aquella frase, Alberto le dio un puñetazo en toda la cara que hizo que Ricardo cayera al suelo inconsciente.

—He cambiado de opinión, no quiero matarlos —dijo Alysa mirando a Alberto a los ojos.

—Y, ¿qué quieres que haga con ellos? —Le preguntó Alberto sorprendido—. ¿De verdad quieres dejar que la justicia de este país los mantenga diez años para que luego salgan a la calle cobrando el paro?

—Solo he dicho que no quiero matarlos, no que vaya a entregarlos a la justicia —le respondió Alysa con una sonrisa perversa que acongojó hasta a Alberto—. Creo que al maestro Lee le vendrían bien para que sus discípulos novatos practiquen algunas técnicas y estoy segura de haber encontrado el sitio perfecto para ellos, siempre y cuando al maestro Lee no le importe.

—Cómo desees, cariño —le contestó Alberto al mismo tiempo que se acercaba a ella y le daba un beso en los labios.

—Scott, encárgate de que los tres estén inconscientes mientras los trasladamos —le ordenó Alysa a uno de los discípulos del maestro Lee que obedeció de inmediato.

Acto seguido, Alberto se encargó de organizar el traslado mientras que Alysa llamaba por teléfono al maestro Lee y le ponía al corriente de la situación.

Una vez lo tuvieron todo controlado, Alberto, Alysa, los cien discípulos del maestro Lee y los tres hombres inconscientes se dirigieron en varios vehículos al aeropuerto de Sunville, donde se dividieron en diez jets privados pero solo uno aterrizó en la isla del maestro Lee.

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