Tú eres mi destino 21.

A la mañana siguiente, Alysa se despertó y, tras darle los buenos días y un beso en los labios a Alberto, se levantó de la cama y encendió su portátil para revisar todo el contenido del ordenador de Ronald que se habían descargado la noche anterior. Alberto la observó tumbado en la cama y rodó los ojos en cuanto adivinó lo que ella se proponía.

—No me lo puedo creer, ¿no puedes dejar eso para después de desayunar? —Le preguntó Alberto sabiendo cual iba a ser la respuesta.

—Déjame ver solo un poquito antes de bajar a desayunar —le rogó Alysa poniendo voz de niña buena que no ha roto un plato en su vida.

—Está bien, coge el portátil y ven aquí —le dijo dando unos golpecitos con la palma de mano sobre la cama—. Lo veremos juntos.

Alysa le sonrió saliéndose con la suya, cogió el portátil y se acurrucó con Alberto en la cama para ver los archivos del ordenador.

Solo querían echarle un vistazo antes de desayunar, pero lo que descubrieron no les permitió moverse de allí en horas.

—El idiota de Ronald Red ha guardado toda esta información durante más de quince años y ni siquiera le ha puesto una contraseña de seguridad a su ordenador —exclamó Alysa sorprendida—. Está claro que él es el verdugo, pero no el juez que estamos buscando. Si ha guardado todo esto es porque sabe que tarde o temprano el gobierno también se volverá en su contra, igual que se volvieron en contra de nuestras familias.

—Nos lo ha servido en bandeja, ha sido tan fácil que resulta sospechoso, ¿no crees? —Opinó Alberto no tan seguro de que aquello estuviera a punto de terminar—. ¿De verdad crees que, por muy idiota que sea, ni siquiera pondría una contraseña en su ordenador personal?

—No sé, la verdad es que lo encuentro bastante capaz —admitió Alysa—. Él siempre presume de que su casa es la más segura y la mejor protegida, ¿para qué iba a preocuparse en poner una contraseña en su ordenador si en su casa estaba a salvo? Es el mayor defecto de los arrogantes, creen saberlo todo y tenerlo todo bajo control mientras se dedican a presumir de ello en vez de asegurarse de que lo que dicen es cierto.

—Debemos ir con cuidado, no podemos descartar que todo esto se trate de una estrategia para cogernos —le recordó Alberto. La miró a los ojos y le dijo con severidad—: Tienes que prometerme que no tomarás decisiones por libre y sin contar conmigo.

—Te lo prometo —accedió Alysa—. Pero eso no significa que vayamos a hacer solo lo que tú digas.

Alberto la abrazó y la besó en los labios, le resultaba tan fácil llevarse bien con Alysa que hacía más fuerte la necesidad de sentirla suya. Sabía que tarde o temprano tendrían que hablar de su relación, no podían continuar así siempre, pero había decidido esperar a llevar a cabo aquella venganza para que ambos pudieran pensar con claridad sin tener otra cosa en mente.

Decidieron hacer una pausa para ducharse y desayunar antes de seguir revisando los archivos de Ronald y tomar una decisión sobre cuál iba a ser su siguiente paso.

Apenas un hora más tarde, se encerraron en el despacho y continuaron revisando archivos. Tenían toda la información necesaria como para hundir legalmente al gobierno lateral que ordenó aquel experimento.

—Con todo lo que hay aquí, la justicia no puede mirar hacia a otro lado —comentó Alberto.

—La justicia lo encerrará, pero en cinco o diez años estará de nuevo en la calle y con sed de venganza, la justicia a veces es demasiado floja —le contestó Alysa.

—Si la justicia actúa, podrás salir a la calle sin tener que ocultar quién eres de verdad —le recordó Alberto tratando de hacerla cambiar de opinión.

—No estoy aquí para hacer justicia, estoy aquí para vengarme —le contestó Alysa—. No pretendo obligarte a hacer nada que no quieras y, si es así, creo que este sería un buen momento para que lo mencionaras.

—No quiero que te pase nada, Alysa —le susurró Alberto mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos—. Tan solo prométeme que acabaremos esto como un equipo, juntos.

—Te lo prometo —le prometió Alysa con sinceridad. Le dio un beso en los labios, le miró directamente a los ojos y añadió—: Te propongo un trato. Deja que me ocupe de Ronald Red y de quién le daba las órdenes y el resto se lo dejamos a la justicia.

—Según veo aquí, Ricardo Peláez y el “Lobo” son el cerebro y el brazo ejecutor —apuntó Alberto revisando los informes—. ¿Qué tienes pensado hacer?

—Aún no lo tengo claro, pero supongo que tendremos que ir subiendo escalón a escalón y el nivel más bajo es Ronald, que nos llevará hasta el nivel más alto.

Durante el resto del día, Alysa y Alberto estuvieron debatiendo qué era lo mejor para llegar hasta a ellos de una manera más segura hasta que finalmente a Alysa se le ocurrió una idea:

—Acorralamos a Ronald en su propia casa y le obligamos a llamar a Ricardo Peláez para que le diga que nos ha capturado, Ricardo Peláez querrá comprobarlo con sus propios ojos y vendrá, probablemente con el Lobo, y podremos acabar con todo esto.

— ¿Pretendes usarnos como cebo? —Le replicó Alberto—. Es demasiado peligroso, te dije que no quiero que nada te ocurra y no lo pienso permitir.

—Los cincuenta hombres que tenemos se quedarán en casa y puedo llamar al maestro Lee y pedirle que nos envíe a un centenar de sus discípulos para que nos cubran si así te sientes más seguro, pero necesito que confíes en mí y que entiendas que necesito hacer esto para pasar página —le contestó Alysa rogándole que confiara en ella.

—Tú y yo tenemos pendiente una larga conversación, pero que aplazaremos hasta que todo este asunto se acabe —le dijo Alberto abrazándola con ternura—. El único motivo por el que no tenemos esa conversación ahora es porque tienes la cabeza en otra parte.

—En cuanto todo esto acabe, me tendrás por completo a tu disposición —bromeó Alysa queriendo restarle seriedad a lo que aquello se refería.

Alberto notó como Alysa se tensó al escuchar sus palabras, pero simuló no darse cuenta de nada y le dio un beso en los labios.

Se pusieron manos a la obra, Alysa llamó por teléfono al maestro Lee y le puso al corriente de la situación para después pedirle que le enviara a otros cincuenta de sus discípulos para que les cubrieran mientras llevaban a cabo su plan. Mientras tanto, Alberto estudiaba los planos de la casa de Ronald y la situación de sus hombres en la casa. Alberto seguía pensando que aquello era demasiado fácil, sabían hasta los horarios del equipo de seguridad de Ronald, pero Alysa insistía en que Ronald era así de simple e idiota.

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