Tú eres mi destino 20.

A las nueve en punto de la noche, Alberto y Alysa llegaban a casa de Ronald Red. Alberto había aceptado ir porque Alysa era muy testaruda y cuando se le metía algo en la cabeza no había quién se lo quitara, así que prefirió acompañarla antes que arriesgarse a que saliera a hurtadillas de casa y fuera sola en busca de Ronald Red, pues la consideraba muy capaz de hacerlo.

—No te separes de mí en ningún momento —le dijo Alberto mientras aparcaba frente a la puerta de la casa de Ronald.

—Si no me separo de ti, no podré acceder a su ordenador —le replicó Alysa enfurruñada—. Después de cenar, me excusaré para ir al baño e intentaré acceder a su ordenador con mi móvil. Puede que me lleve varios minutos entrar en su sistema y descargar toda la información del disco duro de su ordenador, por lo que tendrás que entretenerlo para que no use su ordenador mientras yo estoy fuera o podría darse cuenta

— ¿Lo harás desde el baño? —Preguntó Alberto.

—Mientras más cerca esté del ordenador, más rápido se descargarán los datos, menos tiempo tardaré en regresar y Ronald no sospechará —le repitió Alysa empezando a impacientarse—. He revisado los planos de la casa de Ronald y tiene un aseo en la planta baja que está justo debajo de su despacho. La distancia que puede haber en vertical será de unos cinco metros, por lo que entrar en su sistema no me llevará más que uno o dos minutos, lo que tarde en descargarse los datos depende del peso de los mismos y eso no puedo saberlo con exactitud, pero calculo que puede oscilar entre cinco y quince minutos.

—Eso es mucho tiempo, ¿qué excusa pondrás cuando te pregunte por qué has tardado casi veinte minutos en salir del baño? —Le preguntó Alberto para nada convencido del plan que Alysa había diseñado, tenía muchas lagunas y posibles nada agradables.

—Soy una chica, no se sorprenderá si me paso quince minutos en el baño —le respondió Alysa sonriendo y le dio un beso en los labios antes de añadir—: Recuerda que después te lo compensaré.

Alberto la cogió por la cintura y la estrechó contra su cuerpo antes de devorarle la boca con su lengua, le dio una palmada en el trasero y deslizó la mano por debajo de la tela del vestido y, mientras rozaba su clítoris con el dedo a través de la fina y suave tela de su tanga, le susurró al oído:

—Quiero que recuerdes lo que te esperará cuando salgamos de aquí, pequeña —la besó de nuevo en los labios y añadió para dejarlo claro—: Te meteré mi polla de una sola embestida y la sacaré lentamente para volverte a embestir, así hasta que me ruegues que acelere el ritmo para que puedas llegar al punto de no retorno y, si has sido buena, te obedeceré y te correrás gritando mi nombre entre gemidos.

—No estás jugando limpio —murmuró Alysa sin moverse un solo centímetro, con la respiración acelerada solo de pensar en lo que le esperaba después.

—Cariño, solo quería darte un adelanto de lo que te espera —le dijo Alberto retirando su mano con discreción de entre las piernas de Alysa—. Vamos a llamar al timbre antes de que salgan a buscarnos.

—Esto no ha sido un adelanto, ha sido un castigo —protestó Alysa.

Alberto sonrió, la abrazó y la volvió a besar al mismo tiempo que la puerta principal se abría y aparecía Ronald Red que desde allí les observaba.

—Es adorable ver a dos jóvenes tan enamorados —les saludó Ronald mientras les estrechaba la mano y les invitaba a pasar—. ¿Tenéis ya la fecha de boda?

—Todavía no tenemos fecha, acabamos de comprometernos y, con todo lo del robo, hemos decidido aplazarlo hasta que todo haya vuelto a la normalidad, no tenemos prisa —le contestó Alysa.

—Pasad al comedor, en breve nos servirán la cena —apuntó Ronald.

Minutos más tarde, los tres estaban sentados a la mesa mientras una de las asistentas de Ronald les servía la cena. Ronald abrió una botella de vino y sirvió las tres copas.

Cenaron mientras charlaban de cosas banales hasta que Ronald volvió a mencionar el tema:

— ¿Habéis podido averiguar algo sobre el robo mirando los vídeos de las cámaras de vigilancia?

—No hemos podido ver nada, esos tipos las desconectaron —le contestó Alberto—. Supongo que nos vieron salir y no contaron con los hombres de seguridad que impidieron el robo a cambio de su propia vida.

— ¿Estáis convencidos de que era un robo? —Insistió Ronald.

—Si hubieran pretendido otra cosa no hubieran entrado cuando no estábamos en casa —le confirmó Alberto metido en su papel—. De cualquier modo, estamos preparados para que eso no vuelva a ocurrir.

—Me alegro de que así sea y, si necesitáis alguna cosa, me tenéis a vuestra entera disposición les repitió Ronald.

—Muchas gracias, Ronald —le dijo Alysa fingiendo estar agradecida—. Me gusta saber que mi futura familia tiene tan buenos amigos como usted.

—Oh Sofía, trátame de tú —le dijo Ronald riendo al mismo tiempo que se relajaba—. La verdad es que para mí es un honor contar con la familia Morales entre mis amistades.

—Con permiso, necesito ir a retocarme —dijo Alysa aprovechando el momento para levantarse y hacer lo que había venido a hacer—. Ronald, ¿puedes decirme dónde está el aseo?

—Sí, claro —contestó Ronald poniéndose en pie y acompañándola al pasillo—. La segunda puerta a la izquierda, no tiene pérdida.

—Gracias, Ronald —le contestó Alysa y sonrió al ver que un tipo de seguridad tenía controlado todo el pasillo.

Si ese tipo la vigilaba para que no fisgara en el resto de la casa, le venía como anillo al dedo. Mientras la tuvieran vigilada no sospecharían, por lo que tenía vía libre para acceder al ordenador de Ronald sin ser descubierta.

Por suerte para Alysa, los datos tardaron tan solo unos seis minutos, tiempo que Alysa invirtió en retocarse el maquillaje, cepillarse el pelo y lavarse las manos, y regresó al comedor junto a Ronald y Alberto casi diez minutos después de haberse marchado.

Se tomaron una copa con Ronald después de cenar y a las once y media de la noche se despidieron de él alegando que estaban muy cansados y al día siguiente tenían que descansar.

Alberto y Alysa regresaron a casa antes de medianoche y Alberto estaba dispuesto a recibir su compensación, convenciendo a Alysa para que dejara la investigación sobre los datos del ordenador de Ronald para el día siguiente. La cogió en brazos, la llevó a su habitación y cumplió todas y cada una de las promesas que le había anticipado al principio de la noche al mismo tiempo que se tomaba la compensación que Alysa le había prometido.

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