Tú eres mi destino 18.

Tal y cómo le había dicho, Alysa salió de la habitación duchada y vestida media hora más tarde. Se había puesto un conjunto de ropa interior nuevo de color fucsia muy sexy, una blusa de tirantes atados al cuello del mismo color fucsia y unos tejanos pitillo. A pesar de que estaban a mediados de abril, en Termes refrescaba mucho más que en la isla del maestro Lee, por lo que Alysa decidió ponerse una fina chaqueta de punto.

Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, donde se encontró a Alberto poniendo la mesa y preparándola para la cena.

—Treinta minutos, ni uno más ni uno menos —le dijo Alysa de buen humor.

—Estaba a punto de subir a buscarte —bromeó Alberto. Uno de los discípulos del maestro Lee les trajo la comida china que Alberto había pedido por teléfono y, mientras cogía la bolsa que el discípulo le entregaba y le daba las gracias haciendo un gesto con la cabeza, se volvió hacia Alysa y añadió con un tono de voz suave pero autoritario a la vez—: A partir de este momento, queda terminantemente prohibido hablar de cualquier cosa relacionada con Ronald Red, el gobierno y nuestra venganza. ¿De acuerdo?

—Totalmente de acuerdo —le contestó Alysa con una sonrisa traviesa.

Alysa había decidido que esa misma noche, si Alberto continuaba en el mismo plan de mantener las distancias, sería ella quién cogiera las riendas de la situación y diera el primer paso. En todas sus relaciones, siempre había dejado claro a la otra parte que únicamente buscaba una relación sexual sin compromiso y cortaba por lo sano en cuanto la otra parte insinuaba que quería algo más. Dave y el maestro Lee siempre bromeaban con ella diciendo que nunca pasaba de la quinta cita con sus pretendientes.

A ella nunca antes le había interesado mantener una relación estable, su prioridad era vengar la muerte de sus padres y tener novio significaba tener que dar ciertas explicaciones difíciles de entender para una persona normal y en su sano su sano juicio, por lo que siempre había optado por el camino fácil.

—Queda prohibido hablar y también pensar en trabajo —le recordó Alberto al que Alysa con la mirada perdida y totalmente distraída.

—Tendrás que esforzarte un poco si pretendes que deje de pensar en lo que llevo pensando más de quince años —le provocó Alysa sonriendo pícaramente.

Alberto le sostuvo la mirada, aquello estaba pasando de castaño a oscuro. Él pretendía comportarse como todo un caballero y respetarla, al menos hasta que hubieran llevado a cabo la venganza, pero Alysa había decidido ponérselo difícil. Dormir con ella teniendo que contenerse para no devorarla le estaba matando, pero tampoco quería dejar de dormir con ella, a pesar de que aquello le suponía tener que ducharse todas las mañanas con agua fría.

Alysa le aguantó la mirada hasta que Alberto desistió y le dedicó una sonrisa al mismo tiempo que meneaba la cabeza de un lado a otro divertido.

Se sentaron a cenar a la mesa de la cocina y cada uno se sirvió en su plato la comida china que habían encargado a domicilio. Tras comentar lo deliciosa que estaba la comida, a ambos solo se les ocurría dos temas de conversación: hablar de la sed de venganza o de la sed de sexo y pasión que ambos sentían.

— ¿De qué quieres hablar? —Le preguntó Alysa divertida.

—De ti —le contestó Alberto—. Dime qué tipo música te gusta, cuál es tu color favorito, qué película has visto millones de veces y volverás a ver otros millones de veces,… Quiero saberlo todo sobre ti.

—De acuerdo —respondió Alysa divertida—. Me gusta casi todo tipo de música, pop para bailar, baladas para relajarme. Me gusta el color rosa, aunque tampoco diría que es mi color favorito. He visto millones de veces la película “la cosa más dulce”, de Cameron Díaz, y no me canso de verla. Es una comedia romántica muy divertida, aunque totalmente surrealista.

—Continúa, lo estás haciendo muy bien —la animó Alberto.

—También me gusta leer, hacer ejercicio o tumbarme en el jardín por la noche para contemplar las estrellas —añadió Alysa encogiéndose de hombros—. De hecho, en verano se puede decir que duermo en el jardín.

— ¿Dormir en el jardín en verano? Puede que lo pruebe —bromeó Alberto. Continuaron hablando animadamente hasta que terminaron de cenar y le preguntó—: ¿Qué te apetece hacer ahora? ¿Quieres ver una película o prefieres que nos tumbemos en el jardín a contemplar las estrellas?

— ¿Tengo que escoger necesariamente entre esas dos opciones? —Quiso saber Alysa.

— ¿En qué estás pensando? —Le preguntó Alberto con picardía—. A mí también se me están ocurriendo muchas otras cosas que podemos hacer.

— ¿Cómo seguir torturándome? —Murmuró Alysa y Alberto la escuchó.

— ¿Cómo dices? —Le reprochó Alberto—. ¿A qué ha venido eso?

— ¡Oh, vamos! —Protestó Alysa—. Te metes en mi cama todas las noches, me abrazas y me acaricias pero te quedas ahí. Si eso no es una tortura, ya me dirás tú qué es.

— ¿Te resulta una tortura que duerma contigo, te abrace y te acaricie? —Le preguntó Alberto confundido.

—Me resulta una tortura tenerte tan cerca y no poder besarte —le confesó Alysa mirándole a los ojos al mismo tiempo que se acercaba a él lentamente.

Alberto ya no pudo contenerse más, la rodeó por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y la besó apasionadamente y con urgencia.

—Si tanto lo deseabas, sólo tenías que pedírmelo —le susurró Alberto con la voz ronca.

—Me temo que esta noche te voy a pedir muchas cosas.

—No esperaba menos de ti —le contestó Alberto con una sonrisa en los labios.

Alberto cogió a Alysa en brazos y la llevó a su habitación. Dejó que sus pies tocaran el suelo y cerró la puerta sin apenas dejar de abrazarla. Ninguno de los dos pudo contener la necesidad que sentían el uno por el otro y, en un abrir y cerrar de ojos, ambos estaban desnudos, tumbados en la cama y besándose apasionadamente. Alberto deslizó su mano por la entrepierna de Alysa y, cuando comprobó lo húmeda que estaba, le susurró al oído:

—Me encanta que estés tan mojada —introdujo un dedo en su vagina y después lo sacó para introducir dos dedos, provocando un gemido en la garganta de Alysa. Con la mano que le quedaba libre, empezó a acariciar los pechos de Alysa, pellizcando levemente los duros pezones—. Quiero probar tu sabor —le dijo antes de inclinar su cabeza entre las piernas de Alysa y perderse en el centro de su placer.

Alberto recorrió con su lengua cada recoveco y presionó con ella sobre el clítoris una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Alysa arqueó su cuerpo rindiéndose por completo al placer que Alberto le estaba dando y se dejó llevar cuando él le susurró con la voz ronca:

—Córrete cariño, córrete para mí.

Y aquellas palabras hicieron que Alysa se corriera. Con los espasmos del orgasmo todavía invadiendo su cuerpo y sin haber recuperado la respiración normal, sintió la dulce embestida de Alberto, provocándole otra ola de placer que la llevó de nuevo al orgasmo, esta vez acompañada de Alberto.

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