Tú eres mi destino 17.

Tras un par de horas de vuelo y habiendo comido en el avión, llegaron al pequeño aeropuerto de Sunville y nada más bajarse del avión se subieron en el coche de Alysa, el cual había dejado allí tres semanas atrás.

Junto a los dos discípulos del maestro Lee que les habían obligado a llevar con ellos, Alysa y Alberto se dirigieron al laboratorio principal de los Morales situado en la ciudad de Termes, dónde tenían planeado usar la tarjeta médica de Ronald Red. Tanto Alberto como Alysa sabían que aquello no les reportaría gran información sobre Ronald, pero estaban dispuestos a averiguarlo todo sobre él, les llevara el tiempo que les llevara.

Aparcaron el coche en la plaza de garaje privada de Alberto y accedieron al laboratorio desde el ascensor del garaje en vez de hacerlo por la entrada principal.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Alberto a Alysa al notarla nerviosa cuando salieron del ascensor y entraron en el hall del laboratorio. La cogió de la cintura y le susurró al oído—: Tendré que hacer una presentación oficial de mi futura esposa ante los empleados.

—Alberto, ¡menos mal que has venido! —Exclamó una chica pelirroja de grandes pechos que se acercó a saludar a Alberto con un abrazo demasiado cariñoso para el gusto de Alysa—. Esto sin ti es un caos y hace semanas que no vienes.

—Claudia —la saludó Alberto un poco incómodo al mismo tiempo que colocaba de nuevo su brazo alrededor de la cintura de Alysa acercándola y añadió—: Te presento a la señorita Sofía López, mi prometida y pronto mi esposa.

—Oh, felicidades —les dijo Claudia visiblemente sorprendida por la noticia y tratando de sonreír sin demasiado éxito.

—Gracias, Claudia —le respondió Alberto educadamente—. Si nos disculpas, me gustaría enseñarle el laboratorio a Sofía.

Alberto dibujó una sonrisa en su rostro y guió a Alysa por los pasillos hasta llegar a una sala de investigación sin empleados y donde tenían una máquina para poder leer la tarjeta de Ronald Red.

—Me temo que a tu recepcionista no le ha hecho gracia que su jefe se haya prometido —comentó Alysa divertida—. Aunque a ti parece haberte venido muy bien aparecer con tu supuesta prometida.

—No se te escapa una —afirmó Alberto con una sonrisa traviesa en los labios.

Alysa encendió su portátil y lo conectó a la máquina para instalar un programa que hiciera de espejo y les mostrara la información que querían saber sin que enviara los datos de la lectura de la tarjeta al gobierno.

— ¿Estás segura de que va a funcionar? —Le preguntó Alberto nervioso.

— ¿Confías en mí? —Le preguntó Alysa.

Ambos se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos y no hicieron falta las palabras para entenderse, así que Alysa continuó con lo que estaba haciendo.

—Esto ya está, dame la tarjeta —le dijo Alysa cuando hubo acabado.

Alberto le entregó la tarjeta y Alysa la colocó en el lector. Un segundo más tarde, todo el historial médico de Ronald Red apareció ante sus ojos en la pantalla del portátil de Alysa. Rápidamente, Alysa descargó toda la información y la guardó en un pendrive, retiró la tarjeta del lector y desinstaló el programa para hacer de espejo que había instalado.

— ¿No quieres ver lo que hay dentro? —Le preguntó Alberto extrañado por la reacción de ella.

—Aquí no, se supone que me estás enseñando el laboratorio —le recordó Alysa.

—Podemos fingir que nos ha dado un arrebato de amor y pasión y refugiarnos en mi despacho —le propuso Alberto.

—Prefiero que termines de ensañarme el laboratorio y nos marchemos después para ver en casa qué clase de información hemos descargado —le contestó Alysa.

Ella hubiera preferido que le propusiera que fueran a su despacho para hacer lo que todos hubieran pensado que estarían haciendo, pero trató de apartar aquello de su mente hasta que llegara la noche y pudiera llevar a cabo su otro plan que nada tenía que ver con la venganza.

A Alberto no le gustó aquella respuesta de Alysa, parecía molesta y no entendía por qué. Por si acaso, decidió no tentar a la suerte y la complació, le enseñó el laboratorio, les presentó a algunos empleados y la llevó a la villa junto a los dos discípulos que les escoltaban.

Alberto quería darse una ducha y cenar tranquilamente antes de empezar a revisar toda la información que habían conseguido descargar de la tarjeta de Ronald Red, pero Alysa se empeñó en revisar la información antes para poder cenar después tranquilamente.

—Cómo quieras —la complació Alberto y añadió: – Vamos al salón, estaremos más cómodos que en el despacho.

Pasaron más de tres horas revisando toda la información relacionada con la salud de Ronald Red y lo único que les llamó la atención fue descubrir que Ronald Red era alérgico a las nueces.

—Mira el lado positivo, tenemos otra forma de matarlo —bromeó Alberto.

—Tendremos que inventarnos algo para hacerle una visita o hacer que sea él quien venga visitarnos a nosotros —comentó Alysa pensando en cómo fingir un encuentro casual.

—Deja de pensar en eso ahora, me doy una ducha rápida y pedimos algo para cenar —le contestó Alberto molesto por haber pasado la tarde trabajando en vez de divertirse con Alysa—. ¿Te apetece que pidamos comida china? Dave me dijo que te gustaba.

— ¡Me encanta! —Dijo Alysa de buen humor—. Yo también voy a darme una ducha rápida, no tardo más de media hora.

— ¿Para ti una ducha rápida es una ducha de treinta minutos? —Se mofó Alberto—. Me temo que tenemos conceptos distintos respecto a lo de darse una ducha rápida.

Alysa le lanzó una mirada coqueta y le deleitó con una amplia sonrisa que hizo que Alberto se derritiera y le cambió el humor.

—Si tardas más de media hora vendré a por ti —le dijo Alberto sonriendo con picardía.

—Entonces, quizás decida retrasarme un poco —bromeó Alysa.

—No me tientes, cariño —le respondió Alberto. Contuvo las ganas de besarla, cogerla en brazos y llevarla a su habitación y añadió—: Treinta minutos, ni uno más.

Tras decir aquellas palabras, Alberto se encaminó a su habitación y se dio una ducha de agua fría para calmarse. Ya era bastante difícil mantener las distancias con Alysa, pero si encima ella le decía aquellas insinuaciones aunque fuera bromeando, mantener las distancias se volvía toda una tortura.

Con cualquier otra chica, Alberto hubiera ido directo al grano, pero con Alysa quería ir despacio para hacer las cosas bien, conquistarla y pasar el resto de su vida juntos.

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