Tú eres mi destino 16.

Alberto se dedicó a observar con detalle la habitación de Alysa, esa misteriosa mujer que había puesto su mundo patas arribas en cuanto la conoció. Las paredes estaban pintadas de color magenta y los muebles eran de un blanco inmaculado que contrastabas con aquellas paredes. Era una estancia espaciosa a pesar de que la cama era de king size y estaba acompañada de una cómoda, un tocador, un escritorio, una estantería enorme y un sofá de dos plazas. Todo el mobiliario era del mismo tono blanco que la cama, decorado con cojines, cortinas y demás objetos que pasaban por una amplia gama de tonalidades de color rosa. Por suerte no tenía armario, pues una pequeña habitación paralela hacía de vestidor.

Aburrido e impaciente de tanto esperar, Alberto suspiró y le dijo a Alysa con tono de advertencia desde el otro lado de la puerta:

—Si no sales en un minuto, entro a buscarte.

Alysa abrió la puerta y le dijo a Alberto:

—Necesito tu ayuda dio media vuelta y, dándole la espalda a Alberto, añadió—: – Por favor, abróchame el sujetador.

Alberto cogió aire y tuvo que respirar profundamente para calmarse antes de hacer lo que Alysa le pedía, pero lo hizo. Y cuando le abrochó el sujetador no pudo evitar acariciar la suave piel de su espalda. Alysa no se apartó ni se incomodó ante aquel contacto, por lo que Alberto siguió acariciándola y acabó abrazándola desde la espalda y estrechándola entre sus brazos.

—Será mejor que te metas en la cama y descanses mientras siga siendo capaz de contener el deseo que siento por ti —le susurró Alberto.

—Yo no te he pedido que lo contengas —susurró Alysa en respuesta.

—No juegues con fuego, cariño —le contestó Alberto divertido al mismo tiempo que la cogía en brazos y la llevaba a la cama—. Primero tienes que descansar, mañana seguiremos con esta conversación —la arropó como si de una niña pequeña se tratara y añadió—: Me quedaré a dormir en tu sofá, avísame si necesitas algo, ¿de acuerdo?

—Mi cama es grande, hay sitio para los dos —comentó Alysa con cara de no haber roto un plato en su vida—. No podré descansar si pienso que por mi culpa tienes que dormir en ese sofá, me sentiré culpable.

—Alysa… —Le dijo Alberto con la voz ronca—. Necesitas descansar y conmigo al lado no lo harás.

—Por favor, quédate conmigo —le rogó Alysa.

Alberto no tuvo fuerzas ni ganas para decirle que no y se metió con ella en la cama, la abrazó con cuidado de no hacerle daño y la besó en la mejilla antes de desearle buenas noches.

A la mañana siguiente, Alysa se despertó entre los brazos de Alberto, que ya estaba despierto y la miraba con una sonrisa divertida en los labios.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días, mentiroso —le contestó Alysa devolviéndole la sonrisa.

— ¿Mentiroso?

—Debo estar horrible, despeinada y con la cara hinchada de tanto dormir —le respondió Alysa escondiendo su rostro entre el cuello de Alberto y la almohada—. Pero me gusta dormir contigo, duermo un montón de horas del tirón.

—Si eso era un cumplido, lamento decirte que no te ha salido demasiado bien —le respondió Alberto divertido—. Pero me alegro de que al menos te guste dormir conmigo y hayas dormido bien.

—Era un cumplido —le confirmó Alysa—. Desde que mataron a mis padres no he conseguido dormir ni una sola noche más de cuatro horas, excepto cuando duermo contigo.

—Entonces, tendré que dormir contigo todas las noches —le respondió Alberto estrechándola contra su cuerpo—. ¿Cómo te encuentras? Dave está preocupado y ya se ha asomado un par de veces. Por cierto, a él también le ha sorprendido que durmieras tanto.

—Dave solo ha venido a cotillear, nada más —concluyó Alysa.

Ambos se levantaron, se dieron una ducha por separado y bajaron a la cocina a desayunar.

Durante los días siguientes, Alysa tuvo que volver a empezar con todo el proceso de recuperación y en un par de semanas más volvió a estar como nueva.

Alberto hizo un gran esfuerzo durante esas dos semanas y, a pesar que dormía junto a Alysa todas las noches, se había limitado a abrazarla y nada más. Alysa estaba a punto de volverse loca, sabía que Alberto la deseaba tanto como ella lo deseaba a él, pero no entendía por qué seguía manteniendo las distancias.

Pero Alysa estaba cansada de esperar que Alberto diera el primer paso y tenía un plan al que él no se iba a poder resistir.

Esa mañana Alysa se despertó y sonrió al ver que Alberto seguía dormido. No quiso despertarlo, así que se levantó sin hacer ruido y entró en el baño para darse una ducha. Cuando salió del cuarto de baño, Alberto ya estaba levantado y la observó de arriba a abajo al verla totalmente desnuda cubierta tan solo con una diminuta toalla.

—Buenos días, dormilón —le saludó Alysa con una sonrisa coqueta en los labios—. Voy a hacer la maleta, avísame cuando bajes a desayunar y voy contigo.

—Buenos días, preciosa —le dijo Alberto y la besó en la mejilla antes de añadir—: Voy a darme una ducha y vengo a buscarte.

Un par de horas más tarde, ambos estaban sentados en los sillones del jet privado del maestro Lee junto a dos de sus discípulos y se dirigían al pequeño aeropuerto privado de Sunville para regresar a Termes.

Alysa tenía metida entre ceja y ceja aquella venganza y Alberto había decidido apoyarla en su afán de vengarse y sobre todo después del ataque que habían sufrido, pero a Diego no le pareció tan buena idea. Por suerte, el maestro Lee también les apoyó en aquella decisión y a Diego no le quedó más remedio que aceptar la decisión de ambos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.