Tú eres mi destino 15.

Durante toda una semana, Alberto fue capaz de retener a Alysa dentro de la casa del maestro Lee, pero no sin alguna que otra discusión para hacerla entrar en razón. Alberto ya no tenía ninguna excusa para dormir con ella y dormía todas las noches en la habitación de en frente.

Alysa continuaba teniendo pesadillas todas las noches, pero conseguía volver a dormirse al pensar que él estaba en la habitación de en frente. Le hubiera gustado que Alberto se quedara con ella en su habitación, pero no se atrevía a pedírselo. Desde que habían llegado a la isla del maestro Lee, Alberto había estado pendiente de ella en todo momento, pero siempre de una manera fraternal y protectora. Alysa había decidido darle tiempo creyendo que simplemente estaba siendo precavido porque Dave le había dicho que debía mantenerme relajada y no realizar ningún esfuerzo, pero había pasado una semana, ella ya estaba recuperada (con la excepción de que aún tenía los puntos de sutura en el hombro) y Alberto no había intentado ningún acercamiento.

Esa mañana, Alysa se levantó de muy mal humor. Ya le costaba bastante tratar de no pensar en Alberto cuando no lo tenía delante, pero era imposible centrarse con él pegado a ella todo el día y siendo tan atento y encantador.

— ¿Te ocurre algo? —Le preguntó Alberto después de desayunar y tras observar que Alysa no había abierto la boca en ningún momento—. Estás muy callada, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero aquella respuesta no le gustó nada a Alberto porque sabía que algo le pasaba a Alysa, así que se puso en pie y le dijo:

—Hoy hace un buen día, ¿te apetece salir a pasear?

Alysa aceptó aquella invitación pero no se hizo ilusiones, pues él seguía tratándola como si fuera una niña pequeña y la sobre protegía.

Caminaron hacia a la playa y se sentaron sobre unas rocas bajo el calor de los rayos del sol y frente a las cristalinas aguas del mar que bañaban la isla.

— ¿Sigues sin querer contarme qué te pasa? —Le preguntó Alberto.

—Estoy bien, quizás un poco agobiada por no poder hacer lo que me apetece —le contestó Alysa tratando de sonreír.

— ¿Qué te apetece hacer? —Quiso saber Alberto—. Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para complacerte.

—No prometas lo que no puedas cumplir —le aconsejó Alysa.

—Dime qué te gustaría hacer y yo veré qué puedo hacer —la animó Alberto—. Pero tiene que ser en la isla, dudo mucho que nos dejen salir de aquí.

—Cuando era pequeña, mis padres me llevaban de acampada en verano y por la noche nos tumbábamos sobre la hierba y contemplábamos las estrellas —le dijo Alysa con la mirada perdida—. Lo que más me gustaba de aquellos momentos era que, a pesar de estar en silencio, sabía que ellos estaban conmigo y me protegían, me hacían sentir segura. Contigo me pasa lo mismo, me gusta disfrutar de tu compañía aunque estemos en silencio, me haces sentir cómoda y segura.

Alberto la agarró de la cintura con ambas mano, la arrastró para colocarla sobre su regazo y la estrechó entre sus brazos al mismo tiempo que le susurró:

—No sabes cuánto me alegra oír eso —la besó en la mejilla y añadió—: Pero aún no me has dicho qué te apetece hacer.

—Ahora mismo, me apetece hacer lo que estoy haciendo —le respondió Alysa sonriendo.

Alberto y Alysa pasaron el resto de la mañana y la tarde en la playa, sentados sobre una roca y bajo los rayos del sol, con la increíble vista del cielo fundiéndose con el mar.

Aunque pasaron el día juntos, cuando llegó la noche cada uno se fue a dormir a su habitación y Alysa volvió a tener pesadillas. Se despertó a las tres y media de la madrugada gritando, como cada noche y notó que tenía el brazo empapado. Reconoció en seguida el olor tan peculiar de la sangre y se mareó. Alargó el brazo sano y encendió la luz para coger su móvil que estaba sobre la mesilla y llamó a Dave.

—No me lo digas, ¿una pesadilla? —Le dijo Dave nada más descolgar.

—Sí, pero no te llamo por eso —le respondió Alysa con un hilo de voz—. Creo que se me han saltado los puntos, estoy llena de sangre y me estoy mareando con el olor.

—No te muevas, voy para allí —le contestó Dave antes de colgar.

Dos minutos después, Dave entraba en la habitación de Alysa cargando con su maletín. Rápidamente, ayudó a Alysa a quitarse la camiseta y retiró el vendaje de su hombro que estaba completamente empapado en sangre. Dave limpió la sangre del hombro de Alysa con unas gasas y examinó la herida.

—No sé qué habrás hecho, pero se han soltado por lo menos una docena de puntos —le dijo Dave mientras continuaba limpiando la herida—. Tengo que volver a coser casi toda la herida, por suerte la parte de atrás parece estar bien. ¿Se puede saber qué has hecho para hacerte semejante carnicería?

—No lo sé, me he despertado así —le contestó Alysa con un hilo de voz.

Alberto dormía en la habitación de en frente cuando se despertó y oyó ruido procedente de la habitación de Alysa. Le pareció escuchar a Dave y se levantó de la cama de un salto temiendo que le hubiera podido ocurrir algo a Alysa y no se equivocó. La puerta de su habitación estaba abierta y vio a Dave depositando varias gasas ensangrentadas en una bolsa, así que entró sin llamar y, al ver a Alysa tumbada en la cama con la herida al descubierto y todo lleno de sangre, preguntó preocupado acercándose a Alysa:

— ¿Qué ha pasado? —Se volvió hacia a Dave y le preguntó molesto—: ¿Por qué no me has avisado?

—No me has dado tiempo, ni siquiera he terminado de ponerle el vendaje—. Le respondió Dave—. De hecho, me viene bien que estés aquí porque así terminas tú.

— ¿Cómo que termino yo? —Le preguntó Alberto sin entender nada—. Yo no soy médico.

—Solo tienes que ponerle el vendaje, ella te ayudará —le contestó Dave sonriendo. Le guiñó un ojo con complicidad y añadió—: Yo me voy a dormir, buenas noches.

—Muchas gracias por tu profesionalidad —le reprochó Alysa con sarcasmo.

— ¿De qué va todo esto? ¿Por qué no ha querido ponerte el vendaje? —Le preguntó Alberto confundido.

—Le ha parecido más divertido que lo hicieras tú —respondió Alysa molesta con Dave—. ¿Te importaría cerrar la puerta, por favor?

Alberto asintió y cerró la puerta como Alysa le había pedido. Regresó junto a Alysa segundos después y se sentó en el filo de la cama para revisar la herida de cerca.

—Ha tenido que coserte la herida de nuevo, ¿qué ha pasado? —Le preguntó.

—Me desperté y se me habían soltado los puntos —le respondió Alysa quitándole importancia al asunto—. Necesito ir al baño para asearme y cambiarme el sujetador antes de que me pongas el vendaje.

—Eh… Te preguntaría si necesitas ayudas pero me da miedo que me mal intérpretes —le respondió Alberto entendiendo ahora la diversión de Dave—. Te acompaño hasta la puerta del baño y haces lo que tengas que hacer sentada para que no te marees y te caigas, ¿de acuerdo? —Alysa trató de contener la risa pero no pudo—. ¿Se puede saber qué te parece tan gracioso?

—Me has visto desnuda, no entiendo a qué viene esa reacción —le contestó Alysa sonriendo—. No te preocupes, no me caeré al suelo ni nada por el estilo.

Alberto la acompañó hasta la puerta del baño, entrecerró la puerta y, mientras esperaba a que Alysa se aseara, cambió las sábanas de la cama manchadas de sangre y puso unas nuevas.

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