Tú eres mi destino 14.

Alysa y Alberto permanecieron el resto del día en la habitación de Alysa, ella en la cama y él en el sofá cama, pero ninguno de los dos durmió nada. Cuando llegó la noche ambos estaban agotados y finalmente cayeron rendidos en un sueño profundo.

Sobre las cuatro de la mañana, cuatro horas después de quedarse dormida, Alysa empezó a tener sus habituales pesadillas. Desde que mataron a sus padres, tenía pesadillas todas las noches y por eso no solía dormir más de cuatro horas diarias. Soñaba que se despertaba en un charco de sangre y con cientos de cadáveres a su alrededor y se despertaba empapada en sudor y muy alterada.

Alberto se despertó al escuchar a Alysa hablar en sueños y, aunque no entendió lo que ella decía, supo que estaba teniendo una pesadilla cuando Alysa gritó y se incorporó súbitamente. Alysa tenía la cara empapada en lágrimas y respiraba con dificultad, casi hiperventilaba. Alberto se levantó y se acercó hacia a ella despacio para no asustarla al mismo tiempo que le susurraba:

—Eh, tranquila. Solo ha sido una pesadilla —se sentó en el borde de la cama, la abrazó con ternura y añadió—: Estoy aquí contigo y no dejaré que nada malo te ocurra.

Alysa se dejó abrazar, le gustaba estar entre los brazos de Alberto porque la hacía sentir segura y en esos momentos lo necesitaba, estaba demasiado cansada como para fingir que no era así.

—Quédate conmigo —le pidió Alysa a con un hilo de voz.

—No pienso irme a ninguna parte —le aseguró Alberto mientras se metía en la cama con Alysa y la rodeaba con sus brazos.

Entre los brazos de Alberto, Alysa volvió a quedarse dormida y pocos minutos después Alberto también se durmió.

A las once de la mañana, preocupados por no saber nada de Alberto ni Alysa, el maestro Lee y Diego decidieron asomarse a la habitación de Alysa para comprobar que ambos estaban bien y les encontraron abrazados el uno al otro, completamente dormidos. El maestro Lee sonrió, le hizo una señal a Diego para que retrocediera y cerró la puerta de la habitación para que tuvieran más intimidad, pese a que tan solo estaban durmiendo.

Cuando Alysa se despertó una hora más tarde, Alberto la seguía manteniendo entre sus brazos y la miraba con una sonrisa en los labios.

—Buenos días, bella durmiente —le dijo Alberto besándola en la frente—. ¿Has dormido bien?

—Sí, gracias a ti. Necesito darme un baño de agua caliente y espuma.

— ¿Es una invitación? —Bromeó Alberto. La ayudó a incorporarse y a sentarse en la cama y añadió—: Iré a buscar a Soledad para que te ayude, no te muevas, solo será un minuto.

Alberto bajó al salón y buscó a Soledad para que ayudara a Alysa a darse un baño y después regresó a su habitación para darse una ducha. Cuando salió de la ducha, Marcos le esperaba sentado a los pies de la cama y le miraba sonriendo divertido.

— ¿A qué viene esa sonrisa? —Quiso saber Alberto.

—Dímelo tú, he oído que tú y Alysa habéis dormido en la misma cama y abrazados —le respondió Marcos burlonamente.

—No es nada de lo que te imaginas —le respondió Alberto mientras se vestía—. Lo único que me interesa es que Alysa esté bien.

—Creo que te interesa algo más que su bienestar —opinó Marcos—. Pero únicamente deberías centrarte en eso hasta que ella se recupere.

Alberto y Marcos bajaron a la cocina y se reunieron de nuevo con Diego y el maestro Lee, que llevaba una bandeja con zumo, tortitas y fruta que había preparado para Alysa desayunara.

El maestro Lee le llevó el desayuno a Alysa a su habitación, donde se la encontró con Soledad.

—Te traigo el desayuno, ¿qué tal has dormido? —La saludó el maestro Lee.

—No demasiado bien —le respondió Alysa. Soledad la besó en la mejilla, se marchó para dejarles a solas y Alysa continuó hablando—: Me desperté gritando a las cuatro de la mañana porque tuve una de mis pesadillas.

—Pero después volviste a dormirte, ¿no? —Le dijo el maestro Lee sonriendo.

—Sí, gracias a Alberto —le confesó Alysa—. La otra noche dormí con Alberto y no tuve ninguna pesadilla, creo que dormí casi diez horas seguidas. Puede que solo haya sido casualidad pero, ¿qué probabilidades hay de que no tenga pesadillas cuando él está durmiendo a mi lado?

—Quizás no se trate de casualidades ni de probabilidades —comentó el maestro Lee—. A lo mejor simplemente ocurre porque te sientes segura y en paz cuando estás con él.

— ¿Qué se supone que debo hacer? —Preguntó Alysa—. No entraba en mis planes enamorarme de él, pero tampoco tengo voluntad para alejarlo.

— ¿Por qué crees que deberías alejarlo? —Le preguntó el maestro Lee—. Ese chico ha estado pendiente de ti en todo momento, desde que llegó no ha querido moverse de tu lado pese a que estaba agotado y necesitaba descansar. Ese chico te quiere, no entiendo por qué quieres alejarlo.

—Yo no puedo darle una vida normal, legalmente ni siquiera estoy viva —se lamentó Alysa—. Por no mencionar que mi principal prioridad es la venganza.

—Las prioridades cambian —comentó el maestro Lee—. Y, por lo que he podido comprobar, creo que Alberto está más que dispuesto a unirse a tu causa.

Dave entró en la habitación de Alysa y le preguntó:

— ¿Cómo está mi enferma favorita?

—No estoy enferma, estoy bien  —le replicó Alysa—. ¿Cuándo voy a poder salir de aquí?

—Deja que te examine y, según cómo tengas esa herida, puede que te levante el castigo de reposo absoluto en cama para castigarte solo con reposo —bromeó Dave.

Dave le quitó el vendaje a Alysa del hombro, limpió y examinó la herida y los puntos de sutura. Cuando comprobó que todo estaba bien, volvió a ponerle un vendaje en el hombro y le dijo:

—Todo está perfecto, la herida no está infectada y está cicatrizando muy rápido. Pero tu cuerpo aún se está recuperando de la anemia producida por la pérdida de sangre, así que aunque te levante el castigo de guardar reposo en cama, no quiero que te muevas mucho y por supuesto no hagas ningún esfuerzo si no quieres que se te salten los puntos —le advirtió Dave—. Voy a buscar a Alberto, me pidió que lo avisara después de examinarte y que le informara de tu estado.

Dave salió de la habitación y bajó a la cocina en busca de Alberto, a quien encontró con Marcos desayunando. Le confirmó que Alysa estaba bien y que la herida estaba cicatrizando muy bien y muy rápido, pero también le advirtió que Alysa no podía hacer esfuerzos.

—Alysa es muy testaruda y siempre termina saliéndose con la suya, no dejes que te líe —le puso Dave sobre aviso a Alberto—. Sospecha si empieza a ponerte ojitos y cara de niña buena.

Alberto y Marcos rieron al escuchar las palabras de Dave. Habían conocido muy bien a Alysa desde que se instaló en la villa y sabían que lo que decía Dave era cierto.

Tras recibir algunos consejos por parte de Dave, Alberto se dirigió a la habitación de Alysa y allí la encontró hablando con el maestro Lee.

—Alberto, pasa —le invitó a entrar el maestro Lee cuando Alberto llamó a la puerta—. Le estaba explicando a Alysa que cincuenta de mis chicos se están ocupando de limpiar y vigilar vuestra villa y todas sus pertenencias.

—No deberías preocuparte por eso ahora —le replicó Alberto a Alysa—. Dave me ha dicho que te ha dado luz verde para que no te quedes todo el día en la cama, pero me ha advertido que no puedes hacer el más mínimo esfuerzo.

El maestro Lee les dejó a solas y Alberto ayudó a Alysa a ponerse en pie y la acompañó hasta el salón caminando despacio según las recomendaciones de Dave para que ella no se mareara.

Pasaron lo que quedaba de mañana en el salón, sentado en el sofá uno al lado del otro, mientras charlaban con Marcos, Dave, Diego y el maestro Lee sobre cómo actuar con Ronald Red y cómo enfocar el siguiente paso en la investigación.

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