Tú eres mi destino 13.

Alberto revisó una a una todas las imágenes de todas las cámaras de seguridad de la villa porque quería saber todo lo que había pasado. El maestro Lee le observaba sin decir nada al mismo tiempo que también veía aquellas imágenes, pero el maestro Lee confiaba plenamente en las facultades de Alysa para salir de esa clase de situaciones porque él mismo la había entrenado y preparado para ello, pero Alberto maldecía entre dientes una y otra vez hasta que el maestro Lee le dijo con la voz calmada:

—No te tortures más, Alysa se pondrá bien y nada de lo que ha ocurrido es culpa de nadie.

—No debimos separarnos, los guardas de seguridad debieron cumplir con las órdenes que Alysa les había dado y mi padre debería haberse ido por el maldito túnel cuando Alysa se lo dijo —analizó Alberto para rebatir lo que el maestro Lee le acababa de decir—. Arriesgó su vida para salvar la de mi padre y se lo agradezco, pero si esa bala hubiera impactado en su cabeza en vez de en su hombro no me lo hubiera perdonado nunca.

—Alysa es más fuerte y más inteligente que cualquiera de los discípulos que he entrenado desde niños bajo mi filosofía —comentó el maestro Lee—. Pero la mejor cualidad de Alysa no es que sea fuerte o inteligente, lo mejor de ella es que tiene el corazón noble.

Uno de los discípulos del maestro Lee llamó a la puerta del despacho y les informó que Dave ya le había hecho la transfusión de sangre a Alysa y que ella estaba bien.

Alberto y el maestro Lee regresaron al salón junto a los demás, donde Dave les esperaba para informar sobre la evolución y el estado de Alysa:

—Alysa está estable, pero ha perdido mucha sangre y está agotada —empezó a decir Dave—. Le he realizado una transfusión de sangre y en unas horas se recuperará. Ahora está dormida y permanecerá en observación en la sala médica hasta que le baje la fiebre.

— ¿Podemos verla? —Preguntó Alberto.

—Alysa necesita descansar, por lo que no podemos entrar todos a la vez a verla —les advirtió Dave cuando vio que todos le miraban—. Ahora está durmiendo, la veréis mañana cuando se despierte —se volvió hacia Alberto y le dijo—: Deberías descansar, pero si vas a pasarte la noche dando vueltas en la cama prefiero que te quedes con Alysa y me avises cuando se despierte, yo estaré justo en la sala de al lado haciendo un cultivo con su sangre.

—Me quedaré con Alysa —sentenció Alberto.

Dave y el maestro Lee acompañaron a Alberto a la sala médica donde Alysa se encontraba, le dieron las indicaciones oportunas y le dejaron a solas con Alysa, que estaba totalmente dormida.

—Alysa es una muchacha fuerte, en cuanto se despierte querrá saltar de la cama —dijo Soledad, una mujer que rondaba los sesenta años y que había sido lo más parecido a una madre que había conocido Alysa cuando sus padres murieron—. Soy Soledad, Alysa siempre dice que soy como su segunda madre y si estuviera despierta estoy segura que ella misma te lo diría —la mujer sonrió con melancolía y añadió mirando a Alysa con adoración—: Ella es tan bella por dentro como lo es por fuera, no la lastimes.

—Lastimar a Alysa es lo que menos desearía en este mundo —confesó Alberto.

Soledad le dedicó una sonrisa y se marchó igual que llegó, sin hacer ruido.

Alberto pasó toda la noche junto a Alysa pero a primera hora de la mañana el maestro Lee, Dave, Diego y Marcos le obligaron a retirarse a su habitación para que descansara. A Alberto no le quedó más remedio que obedecer, se retiró a su habitación y trató de dormir, pero pasadas un par de horas se cansó de dar vueltas en la cama, se dio una ducha rápida y bajó de nuevo a la sala médica donde Alysa se encontraba. En cuanto Diego le vio aparecer, se acercó a él y le dijo:

—Hijo, necesitas descansar.

—Estoy bien —le respondió Alberto—. ¿Cómo está Alysa? ¿Se ha despertado?

—Aún no se ha despertado, el maestro Lee está con ella —le respondió Dave.

El maestro Lee apareció como siempre sin hacer ruido y les anunció:

—Alysa se acaba de despertar. Dave, ve con ella —Alberto trató de seguir a Dave pero el maestro Lee le detuvo y le dijo—: – Mientras Dave se encarga de examinar a Alysa tú comerás algo y después podrás verla y estar con ella.

— ¿Está bien? —Preguntó Alberto preocupado.

—Todo lo bien que se puede estar después de haber recibido un disparo —le respondió el maestro Lee siendo realista—. Es muy testaruda y ya quería levantarse de la cama, así que imagínate.

—Me recuerda a alguien —comentó Diego refiriéndose a su hijo.

El maestro Lee sonrió, Diego tenía razón y esos dos se parecían mucho. Se dirigieron a la cocina y Soledad le preparó a Alberto un café bien cargado y unas tostadas con mantequilla y mermelada que Alberto devoró como si llevara días sin comer.

Media hora más tarde, cuando Alberto ya había calmado a su estómago, Dave irrumpió en la cocina hecho una furia y les dijo:

— ¡No la soporto más! Si me quedo un minuto más con ella, la mato, ¡no escucha nada de lo que le digo y pretende levantarse como si no hubiera pasado nada! —Se volvió hacia Alberto y le dijo—: A ver si tú eres capaz de tranquilizar a esa fiera.

Alberto asintió con la cabeza y se dirigió en busca de Alysa. Abrió la puerta de la sala médica y su mirada se cruzó con la de ella. Alberto sonrió al verla con el ceño fruncido y poniendo morritos como una niña pequeña, por fin se había despertado.

—Buenos días, bella durmiente —la saludó Alberto sin poder dejar de sonreír—. Tienes muy buen aspecto, por lo que he oído esperaba encontrarme a una fiera.

—No creas todo lo que oigas, la gente tiende a exagerar —le respondió Alysa devolviéndole la sonrisa y, al ver sus ojeras y sus ojos cansados, le preguntó preocupada—: ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —le respondió Alberto divertido—. Se supone que soy yo quién debería estar preocupado por ti.

—Espero que tú no me vayas también a dar un sermón —le dijo Alysa—. El maestro Lee me ha dicho que no has descansado nada desde que llegaste, yo he estado durmiendo desde que llegué.

—A ti te han disparado, yo simplemente estaba demasiado preocupado para dormir —se defendió Alberto sonriendo divertido—. Te propongo un trato, tú me prometes que no te vas a mover de la cama y yo prometo hacerte compañía y trataré de descansar lo que pueda en ese sofá —añadió señalando el pequeño sofá donde había pasado la noche junto a ella.

—En ese sofá no serás capaz de dormir ni aunque te seden —bromeó Alysa—. Y no quiero quedarme aquí, quiero estar en mi habitación.

—De acuerdo, a ver cómo me las apaño para convencerlos —le respondió Alberto.

El maestro Lee y Diego entraron en la sala para visitar a Alysa y Alberto aprovechó para exponer lo que ambos habían decidido. Al maestro Lee le pareció una muy buena idea y mandó instalar un sofá-cama en la habitación de Alysa para que Alberto pudiera descansar. A Diego no le pareció tan buena idea, pues sospechaba que aquellos dos descansarían poco si se les dejaba a solas en una habitación, pero decidió mantenerse al margen y callarse su opinión.

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