Tú eres mi destino 12.

Alberto conducía a más de 150 km por hora, deseando llegar al maldito aeropuerto privado de Sunville para comprobar con sus propios ojos que su padre y Alysa estaban en perfecto estado y sin un solo rasguño. Su padre le había dicho por teléfono que ambos estaban bien, pero su tono de voz no le había tranquilizado en absoluto.

Diego vio llegar un coche y, cuando vio que le hacían luces, le dijo a Alysa:

—Ya están aquí, Alysa.

—El avión del maestro Lee no tardará en llegar —comentó Alysa haciendo un tremendo esfuerzo por mantenerse en pie.

Diego la ayudó a sostenerse y cuando Alberto bajó del coche de alquiler y llegó hasta a ellos corriendo, se detuvo con el gesto de horror frente a ambos.

—Alysa, ¿qué te ocurre? —Le preguntó con la voz rota mientras la abrazaba y la estrechaba entre sus brazos.

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero en ese mismo momento Alberto notó la humedad que emanaba del brazo de Alysa al abrazarla y se percató de tenía el jersey completamente empapado en sangre.

— ¿Pero qué cojones te ha pasado? —Preguntó Alberto con el rostro descompuesto y fulminó a su padre con la mirada—. ¿Pensabas decírmelo cuando se desangrara?

Diego agachó la cabeza y calló, se sentía responsable de lo que le había ocurrido a Alysa y no le había dicho nada a su hijo porque ella así se lo había pedido.

Marcos y los dos guardas de seguridad que habían viajado en el coche con Alberto llegaron hasta donde ellos estaban y Marcos, al ver que tan solo estaban Alysa y Diego, les preguntó:

— ¿Dónde están los cuatro guardas de seguridad que se quedaron con vosotros en casa?

—Los sicarios de Ronald les han matado, a todos —se lamentó Diego.

Todos guardaron silencio, estaban demasiado consternados para hablar. Alysa ya no tenía fuerzas para sostenerse y las piernas le empezaban a temblar, pero Alberto se dio cuenta y la cogió en brazos.

El avión del maestro Lee aterrizó y Alysa se alegró al ver aparecer a Dave, otro hijo adoptivo del maestro Lee al que quería como a un hermano y que además era médico, así que no moriría desangrada antes de llegar a la isla del maestro Lee.

— ¡Alysa! —Gritó Dave preocupado mientras se acercaba corriendo para llegar a su lado—. ¡Joder, debiste dejarme ir contigo!

Dave cogió a Alysa arrebatándosela a Alberto de los brazos y se encaminó hacia el avión tras hacerles un gesto con la cabeza a los cinco desconocidos que tenía delante para que subieran al avión con él. Subieron al avión y mientras Dave colocaba a Alysa sobre la cama del pequeño camarote, le dijo al piloto que despegara ya. Se volvió hacia los cinco hombres que le observaban en silencio y les dijo:

—Soy Dave y soy médico. Sentaos y abrochaos los cinturones mientras despegamos —miró a Alberto que parecía desafiarle con la mirada y le dijo—: Voy a tratar de parar la hemorragia de Alysa, ha perdido mucha sangre y nos quedan por delante tres horas de vuelo. Necesitaré a alguien que me eche una mano, ven conmigo al camarote.

Alberto le siguió sin abrir la boca, lo único que quería era estar con Alysa y asegurarse que se pondría bien, le daba igual quién fuera aquel tipo y la relación que tuviera con Alysa, en ese momento no le importaba.

Dave esperó a que el avión despegara y el piloto les indicara que ya podían levantarse si querían antes de quitarle el jersey a Alysa y observar detenidamente la herida que Alysa tenía en el hombro.

—La bala entró y salió, pero apenas he podido detener la hemorragia —le dijo Alysa a Dave con un hilo de voz.

— ¿Cuánto tiempo hace que te dispararon? —Quiso saber Dave.

—Un par de horas, más o menos —respondió Alysa.

—Lo bueno es que no tenemos que extraer la bala, lo malo es que has perdido mucha sangre y necesitas una transfusión —le dijo Dave. Puso su mano sobre la frente de Alysa y añadió—: Estás ardiendo —cogió un termómetro y se lo dio a Alberto mientras le dijo—: – Ponle el termómetro, si tiene más de 39ºC tenemos un problema.

Alberto palideció pero obedeció las órdenes de Dave sin rechistar. Alysa se percató de la preocupación de Alberto y quiso tratar de tranquilizarle, aunque sin demasiado éxito:

—No te preocupes, voy a estar bien.

—Eso mismo me dijisteis hace dos horas y mira dónde estamos —le respondió Alberto molesto.

—No te enfades, no queríamos preocuparte —se defendió Alysa.

—Ya hablaremos de eso cuando pueda enfadarme contigo —le contestó Alberto forzando una pequeña sonrisa—. Tenemos pendiente más de una conversación.

Dave sonrió y le dijo a Alysa bromeando:

—Debes de encontrarte realmente mal para no decir la última palabra.

—No lo suficiente mal para mandarte a paseo, Dave —le replicó Alysa.

Dave limpió y cosió la herida del hombro de Alysa bajo la atenta mirada de Alberto, que parecía estar pasándolo peor que la propia Alysa. Cuando Dave terminó de curar la herida, le hizo un vendaje que le cubrió el hombro y parte del brazo y les dijo a Alysa y Alberto antes de salir del camarote:

—En cuanto lleguemos haremos la transfusión de sangre, mientras tanto que esté tumbada. Estaré en la cabina con el piloto, avisadme si me necesitáis.

Alberto agradeció en silencio que Dave les dejara a solas y, aunque no estaba seguro de qué clase de relación mantenían, también se alegraba de que no se hubieran besado, aquella era una buena señal. Alysa solo llevaba puesto un sujetador de cintura para arriba, así que Alberto se quitó su jersey y se lo puso para que tratara de entrar en calor. Estaba agotada y apenas podía mantener los párpados abiertos, pero se sentía tranquila y segura sabiendo que Alberto estaba a su lado.

Cuando llegaron a la isla del maestro Lee, Alysa se había quedado inconsciente y Dave se apresuró en realizarle una transfusión de sangre, administrarle antibióticos para evitar la infección y antitérmicos para bajar la fiebre. Mientras tanto, el maestro Lee recibió a sus invitados y les asignó una habitación a cada uno para que se instalaran.

Alberto quería saber todo lo que había pasado y le pidió explicaciones a su padre:

— ¿Qué pasó, papá?

—Alysa empezó a sospechar en cuanto salisteis de la villa y ordenó a dos guardas que se quedaran en la sala de las cámaras de vigilancia y a los otros dos que custodiaran la entrada de la casa —empezó a explicar Diego mientras Alberto, el maestro Lee, Marcos y los dos guardas de seguridad le escuchaban—. Los chicos desobedecieron las órdenes de Alysa y se encontraban en la puerta de casa fumando cuando diez sicarios de Ronald se les echaron encima sin apenas tiempo para reaccionar. El único que pudo huir y alertarnos fue Carlos, que irrumpió en el salón donde Alysa y yo nos encontrábamos. Detrás de él aparecieron siete sicarios y Alysa nos ordenó que fuéramos al sótano y escapáramos por el túnel mientras ella nos cubría, pero yo me negué a entrar en el túnel sin ella. Uno de los sicarios nos encontró y mató a Carlos, yo pude escapar y me dirigí a la cocina, donde me encontré con Alysa. El sicario me perseguía y disparó, pero Alysa me apartó e hizo de escudo, recibiendo el disparo. Nos resguardamos detrás de la encimera de la cocina, Alysa distrajo al tipo y aprovechó el momento para eliminarlo. Con los diez sicarios de Ronald muertos, recogimos lo más importante, nos montamos en el coche y nos dirigimos al aeropuerto de Sunville, el resto ya la sabéis.

—Pusiste la vida de Alysa en peligro por desobedecerla, tenéis suerte de estar con vida —le regañó el maestro Lee a Diego—. No debiste subestimarla y te lo digo yo porque ella te aprecia demasiado como para hacerte sentir culpable. No me malinterpretéis, me alegra mucho que todos estéis aquí sanos y a salvo.

—Maestro Lee, le agradecemos sinceramente que nos haya acogido en su casa —le agradeció Alberto en nombre de todos—. Alysa instaló un sistema de seguridad en la villa y, si me deja un ordenador, podremos ver las imágenes de la cámara de vigilancia.

—Acompáñame a mi despacho, allí encontrarás todo lo que necesites —le respondió amablemente el maestro Lee mientras se levantaba del sillón. Se volvió hacia uno de sus discípulos y añadió—: Avísame en cuanto Dave traiga noticias de Alysa.

El maestro Lee se encaminó hacia su despacho y Alberto le siguió. Una vez en el despacho, Alberto conectó el ordenador al sistema de seguridad de la villa y vio con el maestro Lee todo lo que había ocurrido, incluso el momento en el que Alysa recibía el disparo que iba dirigido a Diego. Alberto maldecía entre dientes al ver aquellas imágenes mientras el maestro Lee observaba discretamente su reacción sin que nada se le pasara por alto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.