Tú eres mi destino 10.

Alberto y Alysa hicieron el amor apasionadamente y minutos después Alysa se quedó dormida entre los brazos de Alberto. Alberto la observó mientras ella dormía y se sintió feliz teniéndola en su cama y entre sus brazos. Se había enamorado de Alysa y no podía remediarlo.

A las seis de la mañana, Alysa se despertó y, pese a estar feliz por la noche que había pasado con Alberto y de la que no se arrepentía, sintió miedo a que él se despertase y no recordara nada o, lo que es peor, que lo recordara todo y se arrepintiese. Por el momento no quería enfrentarse a aquella realidad, así que se incorporó en la cama y trató de levantarse sin hacer ruido para no despertarle.

—Quédate durmiendo un rato más, es muy temprano todavía —le dijo Alberto al darse cuenta de lo que Alysa se proponía. Se sentó en la cama detrás de Alysa y la abrazó para después susurrarle al oído—: No te vayas, quédate conmigo.

Alysa no pudo seguir manteniendo sus murallas arriba y se derritió con las caricias que Alberto le estaba dando. En cuanto Alberto notó que Alysa se relajaba, la atrajo hacia a él y volvieron a tumbarse en la cama. No quería asustarla ni tampoco que creyera que únicamente la quería en su cama por el sexo, así que se limitó a abrazarla y a acariciarle los brazos y los hombros hasta que ella se quedó dormida de nuevo. Alysa volvió a despertarse a las diez de la mañana y nada más abrir los ojos se encontró con la amplia sonrisa de Alberto que seguía estrechándola entre sus brazos.

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en la frente y le preguntó—: ¿Has dormido bien?

—Eh… Sí, he dormido bien.

—Alysa, lo que quiero preguntarte es si…

—Será mejor que lo dejemos así —. Le interrumpió Alysa que no quería mantener aquella conversación en aquel momento.

—De eso nada —sentenció Alberto sujetándola del brazo—. No podemos dejar esto así, Alysa. Lo que ocurrió anoche pasó y yo no me arrepiento en absoluto.

—Ni yo tampoco, pero no estoy aquí para esto —le replicó Alysa—. Es mejor que no vuelva a ocurrir y que nos centremos en lo que de verdad importa.

—Está bien, si no quieres hablar de ello ahora, hablaremos más adelante —le dijo Alberto sin querer presionarla, quizás Alysa solo necesitaba algo de tiempo.

Alysa regresó a su habitación, sin que nadie la viese salir de la habitación de Alberto, y se dio un baño de espuma mientras su cabeza no dejaba de darle vueltas a la noche anterior. Por primera vez en quince años había dormido sin tener pesadillas y daba la casualidad de que había dormido entre los brazos de Alberto. Entre sus brazos se había sentido segura, confiaba plenamente en él y durante la cena de la fiesta de Ronald se había dado cuenta de que se había enamorado de él. Se suponía que había regresado para llevar a cabo una venganza y no para enamorarse del hijo del amigo y compañero de proyecto de su padre.

Cuando Alysa bajó a la cocina a desayunar se encontró con los tres hombres con las caras largas.

— ¿Ocurre algo? —Se aventuró a preguntar Alysa temiéndose que Diego hubiera descubierto dónde había dormido hasta hacía una hora escasa.

—Ha surgido un inconveniente en uno de nuestros laboratorios del sur y alguno de nosotros debe ir a resolverlo, no nos ponemos de acuerdo en quién debe ir —le contestó Diego de malhumor—. Si van Alberto y Marcos lo solucionarán antes y podrán estar de vuelta antes de que anochezca, pero el cabezón de mi hijo se niega a salir de la villa si no vamos con él.

—Eso es una tontería, estaremos más seguros en la villa que de viaje en un coche —le respondió Alysa evitando mirar a Alberto—. Podéis ir con un par de hombres y Diego y yo nos quedaremos en la villa con los cuatro hombres de seguridad restantes. El nuevo sistema de seguridad está instalado y en el caso de vernos acorralados podemos escapar por el túnel secreto, que para eso lo hemos construido.

—Estaremos de vuelta antes de que anochezca —dijo Alberto de mala gana. Se volvió hacia a Alysa y añadió—: No salgáis de la villa y, si ocurre lo más mínimo, me llamas y me avisas, ¿de acuerdo?

Alysa asintió con la cabeza y miró hacia otro lado, tratando de evitar el contacto directo con la mirada de Alberto. Tanto Diego como Marcos se percataron de que entre aquellos dos pasaba algo, pero ninguno de los dos se atrevió a abrir la boca dadas las circunstancias.

Diez minutos más tarde, Alberto y Marcos salían de la villa con dos de los hombres de seguridad y Alysa se quedaba a solas con Diego y los cuatro hombres de seguridad restantes. A Alysa no le había gustado aquella repentina emergencia en el laboratorio más alejado de los Morales, por lo que ordenó a dos de los hombres que se encargaran de las cámaras de vigilancia y a los otros dos que vigilaran los alrededores de la casa.

Diego se dio cuenta de que Alysa estaba más seria y distante de lo normal y se sentó con ella en el salón mientras seguía revisando los documentos del proyecto Alpha.

— ¿Va todo bien, Alysa? —Le preguntó Diego—. Esta mañana mi hijo y tú os habéis comportado de un modo extraño, ¿habéis discutido?

—No hemos discutido —fue la respuesta de Alysa.

—Mi hijo es muy cabezón y en ocasiones demasiado intenso, pero es un buen chico y me consta que te ha cogido cariño —continuó Diego.

—Yo no he dicho lo contrario, Diego —le respondió Alysa mirando a Diego a los ojos—. ¿Hay algo que deba saber y que no me hayas dicho?

—Nada que tú no sepas, me temo —le respondió Diego con una sonrisa cómplice.

—Oh, no.

—Dejaste la puerta de tu habitación abierta anoche, me asomé para ver si estabas bien pero la habitación estaba vacía —le confesó Diego—. No tengo intención de meterme en vuestra vida privada, pero no me gustaría que eso afectara negativamente a la relación que tenemos ahora. Te considero de mi familia Alysa y me gustaría que, pase lo que pase, sepas que aquí tienes una familia que siempre te recibirá con los brazos abiertos.

—Muchas gracias, Diego —le agradeció Alysa con ternura—. Me alegro de haberte conocido y me alegro de tenerte como aliado, pero sobre todo me alegro de que me consideres parte de tu familia.

—Jefe, tenemos un problema —dijo uno de los cuatro hombres de seguridad que acababa de irrumpir en el salón con gesto fatigado—. Se dirigen hacia aquí dos coches de los sicarios de Ronald Red, como mucho pueden ser una docena de hombres, pero nosotros solo somos seis.

—Llévate a Diego al túnel secreto con uno de tus compañeros —le ordenó Alysa poniéndose en pie dando un salto del sofá—. Salid de la villa e id directamente al laboratorio, no os buscarán en un sitio tan evidente.

—No pienso salir de esta villa y mucho menos sin ti —le replicó Diego molesto.

No dio tiempo a nada más, siete hombres irrumpieron en el salón armados hasta los dientes, los sicarios de Ronald Red. Alysa, que desde que Alberto y Marcos habían tenido que marcharse tan repentinamente se había guardado su pistola en la cintura, sacó su arma y, sin pensarlo dos veces, disparó a matar a dos de los sicarios y acertó.

—Saca a Diego de aquí, yo os cubro —le ordenó Alysa al guarda de seguridad.

Carlos, el guarda de seguridad, intentó llevarse de allí a Diego tal y cómo Alysa le había ordenado, pero le fue imposible debido a la insistencia de Diego en quedarse.

Alysa se había cargado a dos de los sicarios, pero todavía le quedaban cinco y puede que otros tres más les esperaran en cualquier parte. No podía arriesgarse a dejar a Diego en manos de Carlos, no estaba preparado para una situación como aquella y Diego tampoco colaboraba demasiado.

Alysa cubrió a Diego y Carlos hasta la puerta que daba acceso al sótano, desde dónde se accedía al túnel secreto. Se volvió un instante hacia Diego y Carlos y les ordenó sin opción a réplicas:

—Entrad en el puto túnel ya.

Esta vez, ambos acataron su orden y Alysa les cubrió mientras ellos bajaban por las escaleras del sótano cerrando la puerta tras ellos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.