Tú eres mi destino 1.

Alysa esperó a que la aguja del viejo reloj de la pensión donde se hospedaba marcara las doce en punto de la noche. Desde que tenía diez años, se había entrenado para vengarse del asesinato de sus padres, a quienes mataron frente a sus ojos mientras ella y su amiga Eva, la hija de una de las sirvientas de la familia, estaban escondidas bajo una mesa camilla. Recordaba que estaba jugando con Eva en el salón cuando un grupo de hombres irrumpió en su casa y empezó a disparar a todo el que allí se encontraba. Alysa y Eva se escondieron bajo una mesa camilla hasta que los disparos cesaron y todo se quedó en silencio. Eva estaba asustada, quería encontrar a su madre y salió de su escondite pese a que Alysa trató de detenerla sin éxito. Apenas un minuto después, Alysa oyó otro disparo y la voz de uno de esos hombres que dijo:

—La princesa de los de la Vega acaba de reunirse con sus padres, ya hemos hecho todo el trabajo que teníamos que hacer aquí.

Todo pasó muy rápido y Alysa tan solo tenía pequeños destellos de lo que ocurrió aquel día, pero todas las noches tenía pesadillas con aquel trágico día y juró vengarse.

Los hombres se marcharon y Alysa salió de su escondite. Todo lo que vio la horrorizó. Las personas a las que amaba, su familia, su amiga Eva, todos estaban muertos en el suelo cubiertos en charcos de sangre. Alysa hizo lo que su padre tantas veces le había repetido que tenía que hacer si algún día pasaba algo parecido: cogió una pequeña mochila, metió algo de ropa dentro y todo lo que había en la pequeña caja fuerte que había en su habitación, que contenía dinero, un par de joyas y una fotografía de ella con sus padres. Con los ojos hinchados e irritados de tanto llorar, se colocó la mochila sobre los hombros y salió de la casa para cruzar el frondoso bosque que la separaba de la casa del maestro Lee.

El maestro Lee era un buen amigo de la familia de la Vega y el único en el que el padre de Alysa podía confiar ciegamente. El maestro Lee se hizo cargo de la situación y salió del país con Alysa, a quién entrenó en todas las disciplinas de artes marciales y la enseñó a desenvolverse ante cualquier público y cualquier situación, convirtiéndola en una arma humana.

Desde aquel día, Alysa dejó de ser una de la Vega para sobrevivir en el anonimato. Los tipos que mataron a sus padres la confundieron con su amiga Eva, por lo que todo el mundo la daba por muerta y eso era lo mejor para ella.

Tras quince años de duro entrenamiento en los que el maestro Lee le ordenó algunos trabajos para comprobar que estaba capacitada para centrarse en su venganza, el maestro Lee había decidido que había llegado el momento de empezar con la venganza.

A las doce en punto de la noche, el maestro Lee entró en el pequeño hall de la pensión donde se alojaba Alysa y la saludó con un caluroso abrazo, pues la quería como si fuera su propia hija:

— ¿Qué tal estás, Alysa?

—Estoy impaciente, maestro Lee —le respondió Alysa sonriendo.

—Entonces, ven conmigo y haremos un largo viaje para empezar con el principio del fin —fue la respuesta del maestro Lee, que siempre hablaba con filosofía.

El maestro Lee caminó tras Alysa y ambos se montaron en los asientos traseros de un todoterreno de color negro. Alysa no sabía a dónde se dirigían, pero sabía que tampoco conseguiría averiguarlo si se lo preguntaba, por lo que prefirió guardar silencio y esperar a que el maestro Lee la sacara de dudas cuando él considerase que estaba preparada para hacerlo.

El todoterreno se detuvo frente a las instalaciones de un pequeño aeropuerto privado y allí se subieron a una  lujosa avioneta que les llevó a casa del maestro Lee, situada en una isla privada con extrema seguridad y cuyos habitantes eran él y sus hombres.

Alysa se instaló en la que había sido su habitación durante los últimos quince años, cogió la fotografía que tenía de sus padres sobre la mesita de noche y suspiró. Estaba cerca de descubrir la verdad de lo que ocurrió aquel día, el motivo por el cual dejó de ser una niña feliz para convertirse en una niña solitaria y triste y posteriormente en una chica fría, distante y calculadora.

El maestro Lee no le dijo a Alysa lo que quería oír hasta que se instaló en su habitación y bajó al salón, donde le ofreció una copa de vino que Alysa aceptó.

—Creo que ya estás preparada para empezar tu propósito, pero recuerda que tienes que hacer esto como si de otro trabajo más se tratara —empezó a decir el maestro Lee—. Si dejas que tus sentimientos interfieran en tus planes, estarás muerta. Por eso lo haremos a mi manera. Para empezar, necesitamos los informes de la policía sobre lo que sucedió aquel día y sacar las pruebas que recopilaron del almacén de la policía. Los informes y las pruebas del escenario están en el almacén de la comisaría de Ibory, aquí tienes los planos de la comisaría. El sistema de seguridad del edificio es bastante antiguo, por lo que no deberás tener gran problema en entrar y salir sin ser vista.

Alysa escuchó todo lo que el maestro Lee tenía que decirle respecto a la misión y almacenó mentalmente toda esa información.

Tres días después, Alysa viajó a Ibory. Esperó a que se hiciera de noche para entrar en las instalaciones de la policía por el conducto de ventilación, por donde llegó al almacén central. Según sus cálculos, el guarda de seguridad se tomaba un descanso a las doce en punto y regresaba quince minutos después, el tiempo del que disponía Alysa para entrar en el almacén, coger lo que había venido a buscar y salir de allí sin que nadie la viera. En cuanto el guarda de seguridad salió del almacén para tomarse su descanso, Alysa saltó del conducto de ventilación y empezó a buscar en las cajas de los archivos. Afortunadamente, los archivos estaban ordenados cronológicamente y pudo encontrar rápidamente los informes y las pruebas del caso del asesinato de sus padres. Segundos antes de que el guarda de seguridad regresara al almacén, Alysa entró en el conducto de ventilación y escapó.

Alysa regresó a la isla del maestro Lee donde ambos leyeron y estudiaron los informes y las pruebas del caso, tratando de encontrar algo que a la policía se le hubiera podido pasar por alto. La policía había archivado el caso sin haber sido resuelto tras cinco años siguiendo pistas que no les llevaron a ninguna parte, pero aquellas pistas podían aportar algún dato relevante para el maestro Lee y para Alysa.

Afortunadamente para ambos, encontraron lo que buscaban. El maestro cogió una de las balas que habían acabado con la vida de Alejandro de la Vega, el padre de Alysa, y descubrió que se trataba de una bala especial, entre sus manos tenía una bala de plata.

— ¿Una bala de plata? —Preguntó Alysa sorprendida—. ¿Tengo que buscar a un cazador de hombres lobo?

—Solo conozco a una persona que utiliza balas de plata, se hace llamar Lobo pero nadie conoce su verdadera identidad —respondió el maestro Lee—. Es un asesino a sueldo, si él mató a tus padres lo hizo por encargo.

— ¿Quién pudo encargar el asesinato de mi familia, maestro Lee? —Preguntó Alysa.

—Eso es lo que debemos descubrir y para eso primero tendremos que encontrar un móvil —dijo el maestro Lee—. Tus padres no tenían muchos enemigos, solo los que envidiaban su poder y su carisma pueden considerarse como tal, aunque eso no reduce demasiado la lista.

— ¿Qué proyecto tenía mi padre en sus manos en el momento que le mataron? Necesito saber con quién estaba negociando algún trato o si tenía algún proyecto en proceso —dijo Alysa perdiendo la poca paciencia que tenía—. Eras la única persona en la que mi padre confiaba, tienes que saber más de sus negocios y también de todo lo que ocurrió ese día.

—Si tu padre confiaba en mí era precisamente porque nunca quise saber nada de sus negocios ni de su dinero, a diferencia de todos los que le rodeaban —contestó el maestro mientras encendía incienso y velas aromáticas por toda la estancia—. Esto ayudará a que te relajes —le dijo sin mirarla y prosiguió—: Tu padre era un hombre cuidadoso y precavido, estoy seguro que debía tener en alguna parte su agenda o su libro de cuentas, solo tenemos que encontrarlo.

—La policía no debió encontrarlo, de lo contrario estaría aquí —comentó Alysa—. Si no se lo llevaron los tipos que los mataron, probablemente continúe en la casa. ¿Sabes si hay alguien viviendo allí?

—La casa estuvo cinco años precintada por la policía, hasta que archivaron el caso sin resolver —le respondió el maestro Lee—. Desde entonces, la casa está a la venta pero nadie quiere comprar una casa con semejante historial de asesinatos.

Alysa sonrió. Los trabajos que había estado realizando durante los últimos años como complemento de su entrenamiento habían sido muy bien remunerados y disponía de una buena cantidad de dinero como para retirarse y no trabajar en su vida, pero había decidido emplear parte de ese dinero para comprar la antigua casa de su familia. El maestro Lee supo qué pretendía en cuanto la vio sonreír y la apoyó en su decisión, aunque le advirtió que tendría que comprar la casa bajo una identidad falsa que no la comprometiera si en el futuro quería seguir conservándola.

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