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Siempre sale el sol 6.

Luna entró en casa de Mike y se quedó asombrada. Era una majestuosa casa con suelo de parquet y paredes con paneles de madera que le daban un toque rústico y hogareño a la vez que elegante con la preciosa chimenea de mármol.

Mike observaba todas y cada una de las expresiones de Luna mientras contemplaba la casa y le gustó lo que su rostro reflejaba. Se había tenido que esforzar para poder conseguir los permisos de construcción y el terreno le había dado problemas, pero finalmente lo había conseguido y estaba orgulloso de su casa, a pesar de que nunca había llevado a ninguna mujer a allí, a excepción de Helen y Amy.

—Has hecho un gran trabajo, tienes una casa preciosa —le dijo Luna con sinceridad tras echar una ojeada a la planta baja, una estancia completamente abierta que albergaba la cocina, el comedor y el salón—. Me gusta que hayas construido una casa rústica en vez de una de esas horribles casas modernas.

—Soy un chico de pueblo, tú eres la princesita de la ciudad a quien debería gustarle una de esas horribles casas modernas —bromeó Mike.

—Eres tú quien se ha empeñado en creer y en juzgarme como a una princesita de ciudad, pero no sabes nada de mí. Y no me mal intérpretes, no es ningún reproche.

—No me has permitido saber nada de ti, Luna —se lamentó Mike—. Huiste antes de que me despertara y desde entonces me has estado evitando y, cuando por fin conseguía coincidir contigo tú tratabas por todos los medios de no quedarte a solas conmigo. ¿Cómo pretendes que sepa algo de ti?

—Ya te he dicho que no te estaba reprochando nada, simplemente te digo que das por hecho cosas de mí que desconoces —le aclaró Luna—. Crees que soy una persona fría y superficial que odia este pueblo y que prefiere vivir en la gran ciudad antes que quedarse con su familia.

—Yo no creo nada de eso, Luna —le susurró Mike—. Te he traído aquí para que podamos hablar sin reproches, no pretendo juzgarte —le dedicó una sonrisa y, con su tono de voz normal, le dijo abriendo un armario de la cocina para coger dos copas—: ¿Qué te apetece beber?

—Lo que quieras, ¿qué vas a beber tú?

—Mañana tengo que trabajar y no me conviene tener resaca, además quiero estar sereno cuando hablemos —contestó Mike—. ¿Te apetece una cerveza?

—Una cerveza estará bien —le contestó Luna sonriendo tímidamente—. Pero no hace falta que pongas copa, me gusta beber directamente del botellín.

Mike sonrío, cogió un par de cervezas de la nevera y dejó las copas sobre la encimera de la cocina antes de regresar junto a Luna y guiarla hasta el sofá. Esperó a que se sentara para ofrecerle una de las cervezas y acto seguido se sentó a su lado.

— ¿Qué te pasó para que dejaras de montar a caballo? ¿Te caíste? —Preguntó Mike por sacar un tema de conversación.

—No te lo tomes a mal, pero no quiero hablar de eso —le contestó Luna con una tristeza en la voz que le partió el alma a Mike.

—Lo siento, no pretendía…

—Lo sé, no te preocupes —le contestó Luna forzando una sonrisa—. Pero querías hablar de otro tema, ¿no es así?

—Sí, aunque no sé por dónde empezar —Mike suspiró y añadió—: Supongo que lo mejor será empezar por el principio. ¿Por qué te fuiste de mi casa sin siquiera despedirte? Sigo sin entender qué hice para que te fueras así.

—Tú no hiciste nada, Mike —le disculpó Luna—. Me asusté. Tú eras el mejor amigo del marido de Helen, casi como un hermano para él y yo casi como una hermana para Helen, todo era muy raro y me sentí incómoda, perdida. Si mi abuela o Helen se hubieran enterado hubieran empezado a organizar otra boda, créeme. Supongo que el camino más fácil era salir de allí sin que me vieras para evitar esta conversación, que ya ni siquiera tiene sentido —sonrió al pensar que ya no le incomodaba estar con Mike.

—Y después seguiste evitándome —confirmó Mike—. Ryan nos vio entrando en mi casa cuando se iba en el coche nupcial con Helen tras el banquete, ¿sabes cuántas veces me ha preguntado qué te hice para que no quisieras volver a verme? ¡Joder, hasta me acusó de haberme propasado contigo! Incluso yo mismo llegué a dudarlo…

— ¿Ryan lo sabe? —Preguntó Luna.

—Tranquila, le hice prometer que no se lo diría a Helen —la tranquilizó Mike—. Aunque confiaba en que tú hablaras con Helen y ella echara un poco de luz a mis dudas, pero nunca me ha dicho nada y ahora sé que es porque tú no se lo dijiste.

—Siento los malentendidos que te haya podido ocasionar, te aseguro que mi intención no era causarte problemas —se disculpó Luna—. No voy a decirte que he cambiado y que soy una persona completamente distinta porque te mentiría, pero sí que he madurado un poco desde entonces y te prometo que no volveré a huir, me comportaré como una persona normal en tu presencia. Al fin y al cabo, tampoco es tan malo pasar el rato contigo —añadió bromeando.

Me alegra que por fin hayamos hablado —comentó Mike—. Pero esta tarde me has dicho que no te conocía en absoluto y quiero que me cuentes algo sobre ti, a cambio prometo no volver a mencionar lo que ocurrió hace cinco años.

—De acuerdo, dime qué quieres saber —aceptó Luna.

— ¿Responderás a cualquier cosa que te pregunte? —Quiso asegurarse Mike.

—Sí, te lo prometo —confirmó Luna.

—En ese caso, quiero saber qué es eso de que te ibas a casar —fue lo primero que preguntó Mike habiendo allanado el terreno previamente.

—No me iba a casar —le aclaró—. Llevaba unos meses saliendo de vez en cuando con Erik, me sentía a gusto con él y nos divertíamos, pero yo le aclaré desde el primer momento que no quería nada serio… El caso es que hace un par de semanas me invitó a cenar y el resto te lo puedes imaginar…

— ¿Te pidió que te casarás con él? —Quiso confirmar Mike. Luna asintió y Mike prosiguió con sus preguntas—: ¿Qué le respondiste exactamente?

—No dije nada, le bastó ver mi cara para saber cuál era mi respuesta —reconoció Luna apenada con todo aquello, Erik le caía bien—. Después de eso, decidimos que lo mejor era no seguir viéndonos así que… —Luna se encogió de hombros y añadió—: No acabó bien, cómo puedes imaginar.

—No acabó bien para él pero, ¿qué me dices de ti?

—Para mí tampoco, teníamos un acuerdo y que me pidiera matrimonio no formaba parte de ese acuerdo —se lamentó Luna—. Pero supongo que tarde o temprano tenía que pasar y la verdad es que tampoco lo echo de menos, al menos no por los motivos que debería —Luna miró a los ojos a Mike y le dijo confusa—: No sé por qué estoy hablando de esto contigo.

—Todo lo que hablemos quedará entre nosotros —le confió Mike—. Puedes hablar de lo que quieras, seré una tumba.

—Creo que es justo que ahora me cuentes algo de ti —le propuso Luna—. ¿Qué has estado haciendo estos últimos cinco años?

—Básicamente, trabajar —respondió Mike.

— ¿No has tenido ninguna relación seria?

—No tengo tiempo para tener relaciones serias, estoy mejor solo.

— ¿Qué me dices de Brenda? —Insistió Luna.

—Por ese tono deduzco que no te cae bien, además de por el hecho de que la llames por su nombre de pila y no la hayas saludado a pesar de haberte cruzado con ella esta tarde en el colegio de Amy —comentó Mike divertido—. ¿Hay algo que deba saber?

—Está loca y además me odia, prefiero no tenerla cerca.

— ¿Por qué te odia?

—Buf, eso se remonta al instituto —sonrió Luna—. Según ella, le robé al amor de su vida para después dejarlo tirado.

—Y según tú, ¿qué fue lo que pasó? —Preguntó Mike tratando de no reír.

—Empecé a salir con un compañero de clase durante el último año de instituto y Brenda estaba enamorada de ese chico —le explicó Luna—. Cuando el instituto acabó, tomamos caminos distintos y nos separamos, tan solo éramos dos críos.

—Las mujeres tenéis demasiado resentimiento acumulado —bromeó Mike.

—Será porque no lo resolvemos pegándonos como los hombres —replicó Luna.

Justo en ese momento, ambos miraron el reloj que había sobre la chimenea y Luna decidió que ya era hora de regresar a casa de su abuela. Mike insistió en llevarla en coche, pese a que ella le había dicho que podía ir paseando, pero él quería aprovechar hasta el último minuto de su compañía.

Mike aparcó frente a la casa de Clare y, sin salir del coche, se volvió hacia a Luna para despedirse:

—Buenas noches, Luna.

—Buenas noches, Mike —respondió Luna sonriendo—. Si tienes tiempo, pásate a ver a Amy, le hará ilusión ver a su tito.

—Dalo por hecho —le aseguró Mike. Le dio un beso en la mejilla a Luna y, con una grata sonrisa en los labios, le susurró—: Pasaré después del trabajo, hazme un hueco en tu apretada agenda.

Luna le sacó la lengua antes de bajarse del coche y entrar en casa de su abuela y Mike se quedó embobado mirando cómo se alejaba hasta que la perdía de vista. Había algo en ella que le volvía loco y no podía evitarlo. Ahora que Luna estaba en Armony, Mike pensaba aprovechar todas y cada una de las oportunidades que le permitieran estar cerca de ella y conocerla un poco más.

Siempre sale el sol 5.

A las nueve de la noche, Luna, Mike, Clare y Amy se sentaron a cenar. A Clare le encantaba tener invitados en casa, sobre todo si se trataba de gente joven que llenaba de vida su hogar.

La conversación era bastante amena hasta que Amy soltó de pronto:

—Bisa, ¿tú también piensas que la tita es sexy?

Clare cruzó una mirada con su nieta y con Mike y, con una sonrisa maliciosa en los labios, se volvió hacia su bisnieta y le contestó:

— ¿Quién más cree que la tita es sexy?

—El tito Mike y el papá de un niño de mi cole —respondió Amy con inocencia.

Clare le dedicó una amplia sonrisa a su bisnieta, la besó en la sien y les preguntó a su nieta y a Mike con tono de guasa:

— ¿Se puede saber de qué habláis delante de la niña?

—Abuela, será mejor que no preguntes —bromeó Luna.

Los tres adultos se echaron a reír a carcajadas mientras Amy, ajena a todo lo que a su alrededor ocurría, continuaba comiendo de su plato.

Cuando terminaron de cenar, Luna se levantó y se puso a recoger la mesa, pero Clare se levantó detrás de ella y le dijo con una de sus cariñosas sonrisas y su dulce voz:

—Cielo, quédate con Mike en el salón mientras yo termino de recoger la mesa.

—Deja que te ayude, abuela —insistió Luna—. Además, le he prometido a Mike que saldríamos a tomar un par de copas después de cenar.

— ¿Se lo has prometido? —Preguntó Clare interesada por lo que su nieta decía. Se volvió hacia a Mike y le dijo—: La única manera de asegurar que Luna haga lo que dice es que lo prometa y no suele hacer promesas. Así que supongo que has tenido que insistir bastante para que prometa salir contigo, Mike.

—No lo sabes bien, Clare —se mofó Mike—. Nos conocemos desde hace cinco años y es la primera vez que accede a salir conmigo.

— ¿Ya lo habías intentado antes? —Quiso saber Clare, divertida con aquella situación.

— ¿Queréis dejar de hablar como si yo no estuviera delante? —Les reprochó Luna un tanto molesta—. Voy a acostar a Amy, que está que se cae de sueño.

Luna cogió a Amy en brazos y subió las escaleras hacia la habitación que su abuela había decorado para su bisnieta. Luna metió a su ahijada en la cama y la arropó con la fina sábana. La besó en la frente y le susurró a la niña ya casi dormida:

—Dulces sueños, princesa.

Luna apagó la luz de la habitación, cerró la puerta y bajó las escaleras de regreso a la cocina, donde su abuela Clare y Mike reían por algo que ella desconocía.

—Amy es un trasto, pero te aseguro que Luna de pequeña aún era más traviesa que ella —oyó decir a su abuela cuando entraba en la cocina—. Un día planeamos ir a pasar el día al río, pero a sus padres les surgió un imprevisto y al final cancelamos la excursión. Luna se enfadó y decidió ir sola. La estuvimos buscando por todas partes hasta que un vecino la encontró a lomos de su caballo llegando al río, ¡menudo susto nos dio!

—Quería ir al río, así que me monté en mi caballo y me fui —dijo Luna encogiéndose de hombros con una sonrisa en los labios.

—Tenía entendido que no montabas a caballo —comento Mike con curiosidad.

—Y no monto a caballo, al menos no desde hace muchos años —respondió Luna sin rastro de la sonrisa que tenía hacía un momento y añadió cortando con aquella conversación—: Mike, ¿nos vamos ya?

—Eh… Sí, claro —contestó Mike confuso con aquel cambio de humor de Luna. Se volvió hacia a Clare, la besó en la mejilla como si de su propia abuela se tratara y se despidió—: Gracias por la cena, Clare. Estaba todo delicioso.

—Pues ven a cenar mañana también, sabes que yo siempre estoy encantada de tenerte por aquí y a Amy le gustaría mucho —propuso Clare para conseguir su propósito.

—Abuela, tenemos un acuerdo —le recordó Luna.

—Solo estoy siendo amable con Mike —se defendió Clare.

Luna puso los ojos en blanco y tiró del brazo de Mike para que empezara a moverse hacia a la puerta. Se volvió hacia a su abuela y se despidió:

—Buenas noches, abuela.

— ¿Vendrás a dormir? —Preguntó Clare con fingida inocencia.

— ¡Abuela! —La regañó Luna—. ¡Por supuesto que vendré a dormir!

Mike sonrió ante la conversación de la abuela y la nieta, aquella familia, a pesar de todas las desgracias por las que habían pasado, seguían conservando la alegría y el buen humor y se llevaban a las mil maravillas.

Mike y Luna salieron de la casa de Clare, Mike riendo divertido y Luna totalmente sonrojada y avergonzada.

—Lo siento, mi abuela tiene un carácter un tanto especial —se disculpó Luna ligeramente abochornada.

—Tu abuela es una mujer fantástica, aunque reconozco que sí es bastante especial —bromeó Mike haciendo desaparecer la tensión del ambiente—. ¿Hace a menudo de celestina?

—Más de lo que me gustaría —confesó Luna—. Mi abuela siempre ha dicho que tiene que vernos formar una familia antes de irse al otro mundo, al menos Helen ha cumplido con eso.

—Casi todas las mujeres sueñan con casarse y formar una familia —opinó Mike.

—Ya te he dicho que yo no soy como todas las demás —le recordó Luna, hablando como si ser distinta fuera un defecto.

— ¿Acaso no te has enamorado nunca? —Le preguntó Mike allanando el terreno.

—No quiero a nadie más en vida, no tengo tiempo ni ganas —le respondió Luna volviéndose a poner seria.

Mike pensó que la princesita de la ciudad era más bien la reina de hielo. Luna no estaba dispuesta a dejar entrar a nadie en su vida y él se había propuesto hacerla cambiar de opinión.

—Si vamos al pub, nos encontraremos con medio pueblo —le dijo Mike a Luna —. Si queremos hablar tendremos que buscar un sitio más tranquilo y menos concurrido.

— ¿A dónde vamos? —Le preguntó Luna sin andarse con rodeos.

—Vamos a mi casa —respondió Mike cogiéndola de la mano y guiándola hacia su coche—. Allí podremos hablar tranquilamente —. Luna le miró levantando una ceja y Mike añadió—: Solo pretendo hablar y aclarar algunas cosas contigo.

—De acuerdo, vayamos a tu casa —aceptó—. No me apetece nada tener que saludar a medio pueblo y contestar sus estúpidas preguntas.

Mike ya lo sabía y por eso se lo había propuesto. Ambos se montaron en el elegante Audi A5 de color negro de Mike y se dirigieron a su casa. Vivía en una casa unifamiliar construida a las afueras de Armony, muy cerca de dónde estaba situada la hípica, el club de campo y el criadero. Luna había visto la casa de Mike por fuera la última vez que visitó Armony, pues pasó justo por delante con Helen y Amy cuando iban hacia el club de campo a buscar a Ryan, pero no la había visto por dentro y sentía curiosidad.

Mike aparcó el coche frente a su casa y observó cómo Luna miraba con detalle la fachada delantera de la casa y parecía gratamente sorprendida.

—Tan solo hace unos meses que terminaron de construir la casa —informó Mike—. Aún tengo que decorar y amueblar algunas estancias, pero ya está terminada.

Luna se acordó de la noche que pasaron juntos en la antigua casa de Mike y sintió la necesidad de saber qué había sido de ella:

— ¿Qué has hecho con la otra casa? ¿La has vendido?

—La mitad de mis cosas aún siguen allí y me gusta demasiado esa casa como para venderla, pero tampoco estoy seguro de querer alquilarla —le confesó Mike.

Por alguna extraña razón, Luna se alegró de que todavía conservara aquella casa. Mike le puso la mano sobre la espalda y ambos entraron en la casa.

Siempre sale el sol 4.

Luna estaba saludando a una vecina de su abuela mientras esperaba con Mike a que Amy saliera del colegio, cuando vio a una pelirroja dirigirse hacia a ellos y maldijo entre dientes. Aquella era Brenda Roswell, su enemiga de la adolescencia. Brenda llegó hasta a ellos y primero saludó a Mike dándole un beso en la comisura de los labios al mismo tiempo que le susurraba al oído lo suficiente alto como para que Luna la escuchara:

—Hola Mike, me alegro de volver a verte.

No fue lo que dijo sino cómo lo dijo, lo que hizo que Luna se crispara, aunque logró disimularlo a la perfección. Mike se apartó bruscamente de Brenda y ladeó la cabeza a modo de saludo, manteniendo las distancias. Por suerte para ambos, en ese momento salió Amy y Luna aprovechó la ocasión para ir a buscarla y Mike la siguió sin volver a mirar a Brenda.

—¡Tita Luna, tito Mike! —Gritó Amy al ver a sus tíos—. ¡Habéis venido!

—Pues claro, princesa —le contestó Luna mientras la cogía en brazos y la abrazaba—. La tita siempre cumple sus promesas.

—Tita Luna, ¿qué significa sexy? —Preguntó de repente Amy.

Luna y Mike intercambiaron una mirada e intentaron contener la risa sin demasiado éxito hasta que Luna le preguntó a su ahijada:

—Cariño, ¿dónde has escuchado eso?

—El padre de un compañero de clase le ha dicho a otro hombre que tú eras una mujer muy sexy, pero no sé lo que significa —contestó la niña encogiéndose de hombros.

—Significa que ese tío es un maldito salido —musitó Mike entre dientes, visiblemente molesto.

Como si de un acto reflejo se tratara, Luna le sonrió para que dejara de fruncir el ceño y funcionó, Mike le devolvió la sonrisa, le colocó una mano sobre la espalda y la guió para salir de entre la muchedumbre de padres y niños que se había formado.

Brenda les observó marcharse como si de una familia se tratara y maldijo para sus adentros. Hacía siete años Luna le robó el amor de su vida y después lo plantó para irse a la universidad de Ciudad Capital. Ahora no iba a consentir que la historia volviera a repetirse con Mike. Él le había dejado claro que solo se trataba de sexo, pero Brenda estaba dispuesta a ser paciente y conquistarlo poco a poco, siempre que Luna no apareciera y lo echara todo a perder como estaba haciendo.

Luna se sorprendió al notar la mano de Mike en su espalda pero, lejos de incomodarla, ese gesto le gustó.

—Tito Mike, ¿tú crees que la tita Luna es sexy? —Preguntó de nuevo Amy ruborizando a Luna y haciendo reír a Mike.

—Por supuesto, princesa —le respondió Mike a Amy—. La tita Luna es muy sexy.

—La hermana mayor de mi amiga Mery dice que sexy significa que te gusta alguien —dijo pensativa Amy—. Tito Mike, ¿la tita es tu novia?

—Cielo, mira lo que te he comprado —le dijo Luna sacando del bolso el mp3 que le había comprado con toda la música de los dibujos animados que le gustaban y de las películas de Disney que tanto le gustaban a su ahijada—. ¿Quieres abrirlo ahora?

—¡Sí! —Contestó Amy olvidándose de todo lo demás. Luna le dio el regalo y Amy se puso a saltar y aplaudir en cuanto vio el mp3 que su tita le había comprado—. ¿Puedo probarlo ahora, tita?

—Claro cariño, para eso te lo he comprado —le respondió Luna mientras le ponía los auriculares a Amy y le daba al play. Cuando la niña empezó a cantar, Luna le dijo a Mike—: ¿En qué estabas pensando? Te he dicho que esta niña es una grabadora que repite todo lo que oye y ahora va a ir diciendo por ahí que su tito Mike piensa que su tita Luna es sexy.

—Bueno, al menos no iría diciendo mentiras —bromeó Mike.

—Hablo en serio, Mike —le reprochó Luna—. No te hará tanta gracia cuando Amy se lo suelte a mi abuela.

—Cualquier otra mujer, simplemente daría las gracias por el cumplido —se burló Mike.

—Yo no soy como cualquier otra mujer, ya deberías de haberte dado cuenta —le respondió Luna con una de esas sonrisas maliciosas pero encantadoras y sexys.

—Claro que me he dado cuenta, eres la única que ha salido de mi habitación a hurtadillas después de haber pasado juntos una gran noche de sexo —le replicó Mike en un susurro.

Luna se paró en seco, estaban empezando a mantener la conversación que llevaba cinco años evitando y además tenía a su ahijada en los brazos.

—No pienso hablar de esto delante de Amy —le respondió Luna furiosa.

—Tampoco piensas hacerlo cuando Amy no esté —le desafió Mike—. Tenemos una conversación pendiente y estoy cansado de que me evites. Te fuiste sin decirme nada, traté de hablar contigo pero huiste. Desde entonces, solo vienes a Armony cuando sabes que yo no estoy y evitas quedarte a solas conmigo las pocas veces que nos hemos visto. Mira tú agenda y dime cuándo podemos hablar, princesita de la ciudad.

—Está bien —cedió Luna—. Esta noche, después de cenar. Podemos ir a tomar una copa, no nos vendrá mal a ninguno de los dos.

—De acuerdo, luego hablaremos si tengo la suerte de que no encuentres ninguna excusa para salir huyendo —le reprochó Mike.

—Te prometo que no buscaré ninguna excusa.

—¿Se supone que tengo que confiar en que cumplas tu promesa? —Se mofó Mike.

Amy se quitó los auriculares y le dijo a Mike con el ceño fruncido:

—La tita Luna siempre cumple sus promesas.

—Esperemos que así sea, de lo contrario el tito se enfadará mucho —le contestó Mike a Amy pero dirigió su mirada a Luna, que le dedicó una tímida sonrisa—. ¿Has visto eso, Amy? La tita Luna sabe sonreír.

—Muy gracioso —dijo Luna con sarcasmo.

Al cruzar por la plaza Mayor, Amy vio a varias de sus amigas del colegio que se quedaban a jugar y Mike, al verla tan emocionada por quedarse con sus amigas, le dijo a la pequeña:

—Ve a jugar con tus amigas, la tita y yo estaremos sentados en esta mesa, ¿de acuerdo?

—Vale —contestó la niña sonriendo antes de salir corriendo para reunirse con sus amigas.

Mike y Luna se sentaron en una de las mesas de la terraza del bar de la plaza Mayor y pidieron un par de cervezas mientras no le quitaban los ojos de encima a Amy, que jugaba con sus amigas.

—Menudo bicho está hecha la niña —bromeó Luna.

—Clare y Helen dicen que es igualita que tú cuando eras pequeña —se mofó Mike—. Me hubiera gustado verte cuando eras una niña, estoy seguro de que eras todo un personaje.

—No creas todo lo que digan, la gente tiende a exagerar —concluyó Luna sonriendo—. Mejor, cuéntame cómo eras tú de pequeño.

—Siempre he sido un buen chico, he sacado buenas notas y no me metí en líos hasta que entré en la universidad —empezó a decir Mike—. No puedo decir que haya sido un santo, pero sigo siendo un buen chico.

—Eso mismo le he oído decir a mi abuela —comentó Luna—. No sé cómo lo has conseguido, pero mi abuela te adora.

—Y tú también me adorarías si no salieras huyendo cada vez que me ves y dejaras de evitar que nos encontremos —le reprochó Mike—. Casi todas las veces que has venido a Armony ha coincidido que yo estaba de viaje de negocios o de vacaciones. – Mike se percató de que Luna se tensaba y añadió para relajarla—: Le prometí a Amy que el sábado la llevaría al río con los caballos, ¿te apetecería venir con nosotros? El campo te sentará bien, princesita de la ciudad.

—No hago planes más allá del día siguiente, pero si llegado el día continuo estando en Armony, estaré encantada de ir con vosotros —le contestó Luna sorprendiéndole.

Mike estaba encantado, había conseguido dos citas con ella más fácilmente de lo que había pensado y además Luna parecía estar dispuesta a quedarse unos días.

Pasaron la tarde en la plaza Mayor, hablando sobre travesuras que habían hecho de pequeños y contemplando como la pequeña Amy se divertía jugando con sus amigas del colegio.

A las siete de la tarde regresaron a casa de Clare y Luna bañó a Amy mientras Clare preparaba la cena y Mike le ayudaba. Clare adoraba a Mike y tenía la esperanza de que él y su nieta se dejaran llevar por la intensa atracción que había entre ambos y parecía que eso era lo que estaba empezando a ocurrir.

Siempre sale el sol 3.

A Luna le encantaba estar con Amy, la adoraba y siempre que venía a Armony le traía miles de regalos, pero esta vez había salido con tanta prisa que no le había traído nada. Se levantó a las siete y media de la mañana y ayudó a su abuela a vestir a Amy y darle el desayuno. Acompañó a su abuela a llevar al colegio a Amy y después se marcharon al mercado, una especie de centro comercial que consistía en un edificio con varias tiendas de todo tipo, pero que no tenía mucho más que ver con un centro comercial, aunque era el único lugar de la zona donde se podía comprar de todo.

Como a Amy le gustaba tanto la música, Luna le compró un mp3 que pensaba llenar de horas de música para que su ahijada dejara de escuchar conversaciones ajenas. Compró ropa para Amy y ropa para ella. Helen y Ryan estarían fuera una semana y ella había decidido quedarse hasta que su prima y su marido regresaran.

—Cariño, ¿cuánto tiempo piensas quedarte? —Le preguntó Clare al ver la cantidad de ropa y cosas que su nieta estaba comprando.

—Pensaba quedarme a echarte una mano con Amy hasta que Helen y Ryan regresaran —le contestó Luna con naturalidad.

— ¿Qué opinas de Mike? —Le preguntó Clare de repente.

—Abuela, ¿a qué viene esa pregunta? —Preguntó Luna sabiendo de antemano lo que su querida abuela pretendía.

—Mike es un gran chico y muy guapo —opinó Clare—. Además, es un chico inteligente, amable y con los pies sobre la tierra, un chico que te conviene.

—Abuela, Mike y yo apenas nos soportamos —le replicó Luna, consciente de que no se soportaban pero que también se atraían como dos imanes.

—No sé qué puede haber pasado entre vosotros para que estéis así, pero los dos tenéis ese brillo en los ojos cuando os miráis —insistió Clare—. Además, siempre te he dicho que hacéis muy buena pareja.

— ¡Abuela! —Protestó Luna.

—Cariño, solo estaba dando mi opinión —se hizo la inocente Clare.

Después de una mañana de compras, Luna y Clare comieron en el restaurante de la plaza Mayor de Armony antes de regresar a casa con las compras.

Mike llegó a la casa de Clare a las cuatro en punto, tal y cómo habían quedado. Luna sonrió al ver que llegaba puntual, odiaba que le hicieran esperar.

—Buenas tardes, Clare —le oyó saludar a Clare mientras ella terminaba de peinarse—. ¿Está lista ya la princesita de la ciudad?

Luna bajaba las escaleras cuando su móvil empezó a sonar y Mike y su abuela se volvieron hacia a ella. Luna miró su móvil y al ver que era su jefa quién la llamaba les dijo:

—Es mi jefa, tengo que contestar pero solo será un minuto —se disculpó antes de descolgar el teléfono y respondió—: ¿Qué hay, Samantha?

— ¡Maldita sea, Luna! ¡El imbécil de Bobby Suárez no quiere hablar con el director financiero de la revista si no estamos ambas presentes y ha cancelado la reunión! —Exclamó Samantha bastante alterada—. Estoy tratando de convencerle, pero me ha dicho que prefiere hablar contigo, que así llegaremos antes a un acuerdo.

—Eso no suena nada bien, Samantha —se mofó Luna—. No te preocupes, ahora llamo a ese imbécil y lo soluciono, pero me debes una.

— ¡Qué haría yo sin ti! —Exclamó aliviada Samantha y añadió antes de colgar—: Te mereces unas vacaciones cuando acabe todo esto, solo tienes que elegir destino y acompañante.

—Mm… ¿Destino y acompañante? ¿Cualquier destino y cualquier acompañante? —Quiso asegurarse Luna.

—Cualquier destino, pero el acompañante será cualquiera que tú puedas conseguir —se mofó Samantha y se despidió—: Te quiero, cuídate.

—Ciao, Samantha —se despidió Luna. Colgó el teléfono y se volvió hacia su abuela y le dijo con una sonrisa en los labios—: Acabo de ganarme unas vacaciones a gastos pagados para dos personas a cualquier destino que elija, ¿qué te parece?

—Y, ¿con quién vas a ir? —Le preguntó su abuela alzando una ceja.

— ¡Olvídalo, abuela! —La regañó Luna en cuanto adivinó su intención.

— ¡Pero si yo no he dicho nada! —Se excusó Clare.

—No hace falta, abuela —le contestó Luna a su abuela—. Te conozco demasiado bien.

—No trates de engañarla, no se le escapa una —le dijo Clare a Mike guiñándole un ojo con complicidad—. Os espero para cenar, así que no merendéis mucho.

Luna le dio un beso en la mejilla a su abuela antes de salir de la casa seguida por Mike, quién se entretuvo contemplando las impresionantes y magníficas vistas que Luna le ofrecía.

Empezaron a caminar despacio, uno al lado del otro, mientras Luna marcaba el teléfono de Bobby Suárez en su móvil y le decía a Mike:

—Tengo que hacer una llamada, será un minuto —Mike asintió con la cabeza y Luna esperó a que Bobby contestara para decirle con su encantadora sonrisa telefónica—: Hola Bobby, soy Luna Soler.

— ¡Señorita Soler, qué alegría escucharla! —Fue la entusiasta respuesta que Bobby Suárez le brindó a Luna—. Me han dicho que está fuera de la ciudad y yo no consigo entenderme con vuestro director financiero. No pienso firmar ningún contrato si usted no está presente, es la única de toda la empresa con la que puedo llegar a un acuerdo.

—Estoy fuera de la ciudad, pero podemos reunirnos el próximo lunes por la tarde en las oficinas de la revista—medió Luna yendo al grano—. Seguro que encontraremos una solución para que ambas partes salgamos satisfechas con el contrato. De todas formas, el director financiero y Samantha estarán presentes, te recuerdo que yo soy una simple redactora.

—Puede que en su contrato conste que es redactora, pero ambos sabemos que usted es el cerebro y el alma de la revista —coqueteó Bobby—. No sé lo que gana, pero debería pedir que le doblasen el sueldo. Y, si quiere cambiar de empleo, en mi empresa siempre habrá un puesto de dirección esperándola, como ya le he dicho en otras ocasiones.

—Te agradezco la oferta y la tendré en cuenta si alguna vez me quedo en paro, pero por el momento me gusta demasiado mi trabajo como para dejarlo —se excusó Luna lo más amablemente que pudo—. Te llamaré el lunes por la mañana y concretamos la hora de la reunión. Tengo que colgar, Bobby, pero puedes llamar a Samantha si necesitas algo.

—Esperaré su llamada —sentenció Bobby y añadió antes de colgar—: Nos vemos la próxima semana, señorita Soler.

Luna colgó y suspiró aliviada, puede que el tal Bobby la tuviera en alta estima, pero a ella le estaba empezando a cansar tratar con él todo el tiempo. Le envió un mensaje a su jefa y le puso: “Todo arreglado, el lunes por la tarde nos reuniremos. Me debes una y de las gordas. ¡Besos!”

—Ya está, disculpa pero era importante —se excusó Luna mientras continuaba caminando al lado de Mike.

—No tienes que disculparte —le respondió Mike con una sonrisa—, trabajas mucho y aun así tienes tiempo para convertirte en una novia a la fuga como Julia Roberts.

—No soy ninguna novia a la fuga y no pienso hablar contigo de esto —le advirtió Luna—. Será mejor que tengamos cuidado con lo que decimos delante de Amy, es una grabadora y repite todo lo que decimos.

Luna centraba la mirada en el camino, sin prestar atención a la gente con la que se cruzaba. Odiaba que todo el mundo le preguntara cuándo tenía pensado volver a Armony, o si se había casado y, la peor de todas, que debía hacer lo mismo que su prima Helen, buscarse un buen hombre y formar una preciosa familia.

Llegaron a la puerta del colegio de primaria de Armony y ambos esperaron junto a los padres y las madres de todos los niños del pueblo. A pesar de que ambos se quedaron un poco apartados, algunos vecinos la reconocían y se saludaban educadamente. Mike también saludaba a algunos conocidos y se divertía al ver lo aburrida que parecía Luna respondiendo a las preguntas de todos los que hasta a ella se acercaban para saludarla.

Siempre sale el sol 2.

Clare fue abrir la puerta y su bisnieta se le tiró a los brazos para saludarla. La estrechó entre sus brazos y la besó con ternura en la cabeza al mismo tiempo que le decía:

—Ve a lavarte las manos que vas a merendar. Ah, y cuando vuelvas te daré una sorpresa.

La niña obedeció de inmediato, se dirigió saltando hacia el baño para lavarse las manos y poder así recibir la sorpresa de su bisabuela. Mike observó la escena sonriendo y, cuando la pequeña se marchó a lavarse las manos, le dijo a Clare:

—Esa niña sabe demasiado, a veces se me olvida que es una niña y creo que estoy hablando con un adulto —bromeó Mike tras saludar a Clare con un beso en la mejilla y añadió— Espero que sea una gran sorpresa, Amy no se conformará con menos.

—Pasa, tú también tienes que ver cuál es la sorpresa —le dijo Clare a Mike, sabiendo que entre su nieta menor y aquél muchacho había algo especial aunque ambos se empeñaran en mirar hacia a otro lado cuando estaban en la misma estancia—. ¿Qué te apetece beber?

Un refresco estará bien —le contestó Mike mientras se sentaba en uno de los taburetes de la cocina.

Luna, ajena a la llegada de Mike y su ahijada, bajó a la cocina con el pelo aún húmedo, vestida con unos diminutos shorts y una camiseta ajustada de tirantes que realzaba sus pechos más de lo que a Mike le hubiera gustado.

—Abuela, el secador ha muerto. Mañana te compro uno —le dijo Luna a su abuela sin percatarse de la presencia de Mike—. ¿Por qué sonríes con malicia?

Luna se dio media vuelta y vio a Mike sentado en un taburete, observándola con su mirada penetrante e indescifrable.

—Buenas tardes, Luna —la saludó Mike poniéndose en pie para darle dos besos en la mejilla mientras ella continuaba paralizada—. Supongo que tú debes de ser la sorpresa.

—Hola Mike —le saludó Luna lo más educadamente que pudo—. ¿Dónde está ese diablillo de pelo rubio? Me muero de ganas por verla.

— ¡Tita Luna! —Exclamó la pequeña Amy arrojándose a los brazos de su tía—. El tito Mike me ha dicho que me voy a quedar con la bisa, ¿tú también te vas a quedar?

—Sí, princesa—respondió Luna a la pequeña—. Me voy a quedar unos días contigo y la bisa, si tú quieres, claro.

— ¡Pues claro que quiero! —Exclamó la pequeña emocionada—. ¿Y el tito Mike también se puede quedar con nosotras?

—Me encantaría quedarme, princesa —intervino Mike—, pero tengo que trabajar y no puedo.

—Jo, yo quiero que te quedes —protestó Amy—. Nunca estoy con la tita Luna y contigo juntos.

—Bueno, eso lo podemos arreglar —resolvió la situación Clare—. Mañana yo te llevo a la escuela y por la tarde los titos te van a buscar y te llevan a comer una hamburguesa.

— ¿Me lo prometes, tita?

—Eh, claro, cielo —balbuceó Luna.

— ¡Bien! —Se alegró Amy—. Y tú, tito, ¿me lo prometes?

—Claro que sí, pequeña.

—Vamos a merendar, cariño —sentenció Clare agarrando a su bisnieta de la mano para llevarla al salón a merendar—. Los titos tienen que ponerse de acuerdo para irte a buscar al cole mañana.

En cuanto Clare y Amy salieron por la puerta, Mike le preguntó a Luna:

— ¿Qué te trae por aquí?

—Mi familia, ¿te parece poco? —Le respondió Luna nada amigable.

—Baja el hacha de guerra, princesita de la ciudad —le aconsejó Mike—. Los pueblerinos no queremos hacerte daño.

Luna puso los ojos en blanco y no hizo ningún comentario, sabía que si lo hacía acabarían discutiendo y en casa de su abuela no podía discutir con él. Luna no entendía por qué su abuela se empeñaba en adorar a Mike, lo adoraba como si de un Dios griego se tratara. Por otra parte, Mike no entendía a Luna, quién tenía a su única familia en Armony y se empeñaba en vivir en Ciudad Capital. Él la llamaba la “princesita de la ciudad” despectivamente, aunque ella no era una “princesita”, pues tan solo con su esfuerzo había conseguido todo lo que tenía.

— ¿Has hablado con Helen? —Preguntó Mike.

—Sí, me despertó y me dijo que viniera a Armony porque tenía un problema y necesitaba mi ayuda, pero cuando llegué no la localicé y mi abuela me puso al corriente —Luna sonrió divertida y después añadió—: Solo Ryan es capaz de darle una sorpresa a su mujer y hacer que ella crea que le está siendo infiel.

—Helen estaba tan enfadada que ha tenido que desvelarle la sorpresa antes de tiempo —rio divertido Mike—. Por cierto, ¿cómo quedamos mañana? ¿Paso a buscarte a las cuatro?

—Amy sale a las cuatro y media y el colegio está a un par de manzanas de aquí, a las cuatro estará bien —le contestó Luna lo más amablemente que pudo.

No entendía a ese hombre, lo mismo la hacía tener sueños eróticos con él que la sacaba de quicio y le entraban ganas de matarle. Mike tampoco se sentía mejor de lo que se sentía Luna, por alguna extraña razón, esa “princesita de la ciudad” siempre estaba en su cabeza, recordaba con todo detalle la única noche que habían estado juntos y anhelaba tenerla entre sus brazos. De ella adoraba hasta sus discusiones, pero ese solo era un secreto que guardaba para él desde hacía cinco años, cuando la conoció el día antes de la boda de Ryan y Helen.

—Bien, estaré aquí a las cuatro en punto —dijo Mike levantándose del taburete para marcharse.

— ¿A dónde vas? ¿No te quedas a cenar? —Le preguntó Clare, que en ese momento entraba con Amy en la cocina.

—Me encantaría quedarme, Clare —le respondió Mike con una sonrisa pero añadió—: Pero ya tengo planes para cenar. Quizás mañana.

—Mañana cenas con nosotras, entonces —sentenció Clare.

Luna volvió a poner los ojos en blanco y Amy la vio y se echó a reír, así que Luna se puso seria de golpe antes de que su abuela se percatara del motivo de la risa de su bisnieta. Pero nada se le escapaba a Clare, quién regañó a su nieta con la mirada mientras Mike observaba divertido la escena.

—A veces, no sé cuál de las dos es la niña y cuál la adulta —se resignó Clare.

—Tita Luna, ¿por qué no has venido con tu novio? —Preguntó la niña dejando a su tía Luna completamente pálida—. Mamá dice que te ha pedido que te cases con él y le has dado calabazas.

—Mamá tiene la boca demasiado grande —atinó a decir Luna malhumorada.

— ¿De qué novio habla? —Quiso saber Clare— ¿Quién te ha pedido matrimonio?

—Abuela, no tengo novio y no me voy a casar —le aclaró molesta—. Y no quiero volver oír hablar del tema, ¿de acuerdo?

Luna estaba enfadada y Clare no quiso preguntar más, respetaba la decisión de su nieta y sabía que si no le había contado nada sobre eso era porque no merecía tal atención.

Pero lo que Mike acababa de averiguar le llenaba de curiosidad. ¿Por qué nadie le había dicho que esa loca tenía novio y que le había dado calabazas cuando le había pedido matrimonio? Era difícil entender a las mujeres, pero ésta en concreto se llevaba el premio gordo al misterio. Y a él los misterios le volvían loco.