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Mi desconocido.

Mi desconocido

Decido ponerme un vestido vaporoso de color azul y mangas caídas al hombro y mis botas altas de tacón de aguja. Dejo suelta mi larga y rubia melena, me maquillo con naturalidad y me dirijo al pub con Álex y Tony, mis vecinos gays del 3ºA.

Entramos en el pub y nos acomodamos en los taburetes de la barra de bar para pedir unas copas. Es temprano y no hay mucha gente, pero poco tiempo después empieza a llegar mucha gente y el pub está a rebosar.

–          Cielo no te vuelvas, pero a tu izquierda hay un bombón que no te quita el ojo de encima. – Me dice Tony. – Si lo que buscabas es una noche de pasión y desenfreno, ese puede ser tu hombre.

Me vuelvo hacia a mi izquierda para ver al tipo del que me habla Tony y mi mirada se encuentra con la intensa y penetrante mirada de mi desconocido. El mismo desconocido que la otra noche me cogió al vuelo para evitar que me cayera mientras bailaba con los ojos cerrados, el mismo desconocido que me rescató de las garras de un cretino que me asaltó a la salida del baño del pub, el mismo desconocido que cada noche se cuela en mis sueños y me colma de placer.

–          Tony y yo vamos a bailar, envíanos un mensaje si decides largarte con el bombón que, por cierto, está viniendo hacia aquí. – Me dice Álex guiñándome un ojo para después dar media vuelta y desaparecer con Tony entre la muchedumbre que hay en la pista de baile.

Mi desconocido se acerca con semblante serio y sin dejar de mirarme, se acomoda en la barra de bar justo a mi lado y, dedicándome una perfecta sonrisa que me derrite, me saluda burlonamente:

–          Buenas noches, señorita. ¿Se ha metido en algún lío ya?

–          Todavía no, estaba esperando a que llegaras. – Bromeo devolviéndole la sonrisa.

–          En ese caso, supongo que hoy no me pondrás ninguna excusa para que dejes que te invite a una copa. – Me dice sosteniéndome la mirada, sometiéndome a su voluntad. – La semana pasada nos interrumpieron y nos quedó algo pendiente.

–          ¿Algo pendiente? – Le pregunto confundida.

Mi desconocido me sonríe, acerca su boca a la mía y me besa. Sus labios acarician los míos, excitándome con tan solo percibir el contacto. Se me escapa un leve suspiro y él aprovecha para investigar la profundidad de mi boca con su lengua, que se topa con la mía fundiéndose una maraña de lenguas, saliva y deseo. Sus manos me agarran por la cintura y me estrecha contra su cuerpo, haciéndome notar la enorme erección que esconde bajo los pantalones.

–          ¿Te apetece que vayamos a un lugar más tranquilo? – Me propone susurrándome al oído.

–          Hay un hotel cerca de aquí. – Me oigo decir.

Él me mira, me sonríe y, agarrándome de la mano, salimos del pub. Caminamos unos metros hasta llegar a su coche, un todoterreno negro. Me ayuda a subir al asiento del copiloto y acto seguido él toma asiento detrás del volante. Observo que en los asientos traseros hay una sillita de seguridad de color rosa, seguramente de su hija, pero me abstengo de hacer preguntas. No quiero saber nada de él, solo quiero una noche de placer con un desconocido.

Llegamos hasta la puerta principal del hotel Ciudad del Sol, uno de los mejores de la ciudad y situado un poco más lejos de dónde yo le había propuesto que fuéramos, pero no me quejo. Bajamos del coche y él vuelve a tomarme de la mano para cruzar la puerta de entrada del hotel y dirigirnos a la recepción. Una joven y guapa recepcionista nos atiende con una amplia sonrisa y sin dejar de ponerle ojitos a mi desconocido, aunque él parece no darse cuenta y, con tono seco y distante, le dice entregándole una tarjeta de crédito:

–          Denos una de las suites, por favor.

–          Solo nos queda disponible la Suite Presidencial. – Le informa la recepcionista coqueteando descaradamente con él.

–          Nos quedamos con esa habitación por una noche. – Sentencia.

La recepcionista coge la tarjeta de crédito y la pasa por la máquina para cobrar el importe de la habitación al mismo tiempo que, con voz dulce y melosa, le va diciendo a mi desconocido:

–          La Suite Presidencial se encuentra en la plante veinticinco, la última planta. Si lo desean, pueden llamar al servicio de habitaciones las veinticuatro horas del día. Y, si puedo serle de utilidad, estaré encantada de estar a su disposición para lo que usted indique.

La última frase ha sido tan descarada que me quedo de piedra. ¿Cómo puede ser tan estúpida de ligar con un cliente frente a la chica que va a pasar la noche con él? Por suerte, mi desconocido parece percatarse y, agarrándome por la cintura para estrecharme contra él, le dice con tono gélido a la descarada recepcionista:

–          Ya tengo todo lo que deseo, gracias. – Se vuelve hacia a mí y, suavizando su tono de voz, me pregunta – Nena, ¿quieres que nos tomemos una última copa en el bar del hotel o prefieres que nos la tomemos en la suite?

–          En la suite estaremos más cómodos. – Opino mirándole y sonriendo con picardía.

Él me devuelve la sonrisa y, sin despedirnos de la recepcionista, nos dirigimos hacia el ascensor. Las puertas del ascensor se abren en la última planta y tengo que reconocer que todo me resulta extremadamente lujoso. Es como, si en lugar de estar en un hotel, estuviéramos en un palacio de la realeza, con alfombra roja incluida. Entramos en la suite y me quedo sin palabras para describirla. Es sencillamente perfecta. Decorada con muebles y ropa de hogar en tonos blancos y negros, la convierten en una suite elegante y soberbia.

–          ¿Qué te apetece tomar? – Me pregunta mi desconocido devolviéndome a la realidad.

–          Lo mismo que tú estará bien. – Le respondo.

Me acerco a la ventana para contemplar las maravillosas vistas de la ciudad por la noche mientras él se encarga de servir un par de copas y decido enviarle un mensaje a Álex y Tony: “Pasaré la noche fuera, mañana os llevo el desayuno y os cuento. Buenas noches. A.” No lo oigo acercarse cuando noto que sus manos me rodean por la cintura y su pecho se pega a mi espalda. Me besa en el hombro derecho y asciende creando un camino de besos por mi clavícula hasta llegar a mi cuello. Cuando llega al lóbulo de mi oreja derecha, lo lame y me susurra al oído con voz ronca:

–          Nena, ¿no vas a decirme tu nombre?

–          Nena está bien. – Le respondo con la respiración agitada debido a la anticipación. – Es mejor que no sepamos nuestros nombres ni nos hagamos preguntas. Ambos estamos aquí por una única razón.

–          Nada de nombres y nada de preguntas, me gusta. – Acepta mi desconocido. Coge las dos copas que había dejado sobre la mesa auxiliar y me entrega una de las copas al mismo tiempo que añade: – Brindemos por nosotros y por esta noche, nena.

–          Por nosotros y por esta noche. – Brindo chocando suavemente su copa con la mía.

Ambos le damos un trago a nuestra copa y la dejamos de nuevo en la mesa auxiliar, nuestras manos tienen otros planes y no es sostener una copa. Él me agarra por la cintura, atrayéndome hacia él en un instante mientras mis manos se colocan alrededor de su cuello, quedando nuestros cuerpos pegados el uno al otro. Sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo, abrasándolo por donde quiera que vaya dejando sus caricias en mi piel. Un gemido sale de mi garganta y él, lanzando un gruñido gutural, me alza en brazos agarrándome por los muslos y me deja sentada sobre la mesa de escritorio que tenemos justo al lado. Coloca sus manos en mis rodillas y me abre un poco de piernas mientras sus dedos ascienden por la cara interna de mis muslos. Estoy tan excitada que todo me da vueltas a mi alrededor, el hombre que tengo delante apenas me ha tocado y yo estoy a punto de correrme.

–          Me encanta tu vestido, nena. – Me susurra al oído con la voz ronca. – Pero creo que vamos a tener que deshacernos de él.

Acto seguido, me saca el vestido por la cabeza y lo lanza sobre el sofá que hay a un par o tres de metros, dejándome en ropa interior. Da un paso atrás para observarme detenidamente mientras en sus labios se dibuja una seductora sonrisa.

–          Eres preciosa. – Susurra antes de besarme.

Nos besamos y mientras tanto le voy desabrochando los botones de la camisa, yo también quiero desnudarlo. Mi desconocido se impacienta y se deshace de su camisa y sus pantalones con urgencia, quedándose él también en ropa interior.

–          Vas a volverme loco. – Murmura tratando de calmarse e ir más despacio. Me coge de las manos y tira de mí para que mis pies toquen el suelo y quede de pie frente a él. – Quiero verte desnuda.

Mi desconocido coloca sus manos en mi espalda y en un segundo logra desabrocharme el sujetador. No me lo quita de inmediato, se demora en dedicarme una tórrida sonrisa y en bajar primero un tirante y después el otro antes de lanzar el sujetador al sofá junto a mi vestido. Inmediatamente, sus manos abarcan mis pechos, los acaricia con suavidad y pellizca mis pezones con sus dedos, haciéndome estremecer. Me arqueo dándole un mejor acceso a mis pechos y gimo cuando se agacha y se lleva uno de mis pezones a la boca al mismo tiempo que gruñe excitado. Se apresura en quitarse el bóxer y en quitarme las braguitas, haciendo que resbalen por mis piernas hasta caer al suelo. Nos enredamos en una maraña de besos, caricias y deseo desenfrenado. Me agarra de los muslos para alzarme entre sus brazos, haciendo que le rodee la cintura con mis piernas, uniendo nuestros cuerpos, piel con piel. Puedo notar su erección rozándose con mi entrepierna y empiezo a sentir los primeros espasmos del grandioso orgasmo que se avecina. Conmigo en brazos, mi desconocido camina un par de pasos para coger un preservativo del bolsillo de su chaqueta, que descansa sobre el respaldo de una de las sillas. Me deja un momento sentada sobre la mesa para colocarse el preservativo y, cuando se lo coloca, vuelve a cogerme en brazos y yo le rodeo la cintura con mis piernas de nuevo. Camina conmigo en brazos y apoya mi espalda contra el frío cristal de la ventana para ayudarse a sostenerme. El frío del cristal contrasta con el calor de nuestros cuerpos y ese contraste genera un placer que nunca antes había experimentado. Mi desconocido no se hace esperar, coloca su miembro en la entrada de mi vagina y, de una sola estocada, me penetra profundamente haciéndome gemir al mismo tiempo que de su garganta se escapa un gruñido gutural. Entra y sale de mí una y otra vez. Sus estocadas son rápidas y certeras, tanto que poco después todos mis músculos se contraen y soy sacudida por los fuertes espasmos del orgasmo que invade todo mi cuerpo y me hace explotar de placer. Tras dos estocadas más, mi desconocido se deja llevar y, lanzando un erótico gruñido que hace que me sacuda de nuevo, alcanza el clímax.

Nos quedamos abrazados hasta que nuestras respiraciones se normalizan. Cuando sale de mí se retira el preservativo y lo anuda para comprobar que no se haya roto antes de tirarlo a la basura. Trato de recoger mi ropa para vestirme y huir, pero mi desconocido me detiene agarrándome por la cintura y atrayéndome hacia a él.

–          Aún no he acabado contigo, nena. – Me susurra al mismo tiempo que me guía hacia la enorme cama de la suite. – No tengas prisa, tenemos toda la noche por delante.

A mi desconocido no le hace falta insistir para convencerme. Instantes después volvemos a fundirnos el uno con el otro y hacemos el amor salvajemente hasta que, en algún momento, nos quedamos dormidos.

Cuando me despierto ya ha amanecido. Sin hacer ruido, me levanto de la cama, recojo toda mi ropa y entro en el baño para vestirme y arreglarme un poco. Con mucho cuidado para no despertar a mi desconocido que duerme plácidamente, me acerco y lo miro por última vez antes de marcharme.