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Infiel (3/3).

Infiel

Nada más aterrizar en Madrid, Sonia fue a su apartamento, el que compartía con Carlos, y dejó allí su maleta aprovechando que a esa hora él todavía estaría en el trabajo. Estaba nerviosa y necesitaba hablar con alguien, así que llamó a su madre y quedó con ella para ir a su casa a almorzar.

–          Cielo, ¿vas a contarme qué te ocurre? – Le preguntó al mismo tiempo que servía un par de copas de vino. – Y no me digas que nada porque es obvio que algo te pasa y estoy segura de que tiene que ver con Carlos.

–          Mamá, me voy a divorciar de Carlos. – Le contestó Sonia. Su madre la miró, le dedicó una tierna sonrisa y la besó en la frente. – ¿No vas a decir nada?

–          Cielo, siempre he respetado y apoyado tus decisiones, pero sabes que siempre he pensado que Carlos no era el adecuado para ti. – Le empezó a decir su madre con un tono de voz suave. – Puedes quedarte a su lado y llevar una vida cómoda con él, o también puedes divorciarte e intentar vivir feliz en lugar de cómodamente.

–          Le pedí el divorcio antes de marcharme a Múnich y quedamos en hablar cuando regresara, pero yo lo tengo claro, mamá. – Le dijo Sonia y confesó: – He conocido a otro hombre, mamá. Un hombre que me hace sentir querida, deseada y amada. Me adora y se preocupa por mí. Por él siento cosas que jamás he sentido por nadie, ni siquiera por Carlos.

–          ¿Desde cuándo estás con ese hombre, Sonia?

La madre de Sonia no era ninguna mojigata, era una mujer moderna que había educado sin tabús a su única hija. Además de una relación madre-hija, también tenían una relación de amistad. Sonia suspiró, sabía que su madre la apoyaría fuese cual fuese su decisión, pero necesitaba que la comprendiera.

–          Desde hace seis meses. Lo conocí durante la reunión de Bruselas, es el nuevo director de la delegación de Múnich.

–          Debe de gustarte mucho para haberte fijado en él teniendo en cuenta que trabajáis para la misma empresa. – Comentó la madre de Sonia. – Y él, ¿siente lo mismo?

–          Dice que no quiere presionarme, pero tampoco puede seguir soportando más esta situación. Me han ofrecido un puesto de dirección en Múnich, trabajaría con él y podría verle cada vez que lo deseara, que es a cada momento, pero también supondría alejarme de Madrid, de mi familia y de mis amigos. – Le confesó Sonia. – Tengo claro que no quiero seguir con Carlos, pero tengo miedo de dejar toda mi vida para ir a Múnich y que todo salga mal.

–          Cielo, si decides irte tu padre y yo te echaremos muchísimo de menos, pero nos lo compensará todo si te vemos feliz. – Le recordó su madre. – Con Carlos no eres feliz, puede que con… ¿Cómo se llama? No me has dicho su nombre.

–          Se llama Bjorn, Bjorn Fischer. – Le contestó Sonia sin poder evitar sonreír al pronunciar su nombre.

–          Puede que con Bjorn encuentres la felicidad, si no te arriesgas nunca lo sabrás.

Tras una larga charla con su madre, Sonia lo tuvo todo más claro. El siguiente paso era hablar con Carlos, así que cuando regresó al apartamento y se lo encontró vacío decidió enviarle un mensaje para reunirse con él: “Estoy en casa. Tenemos que hablar. ¿Vendrás a cenar?” Le dio a la tecla de enviar y, cuando releyó el mensaje se dio cuenta de que era un mensaje frío, muy diferente de los mensajes que se enviaba con Bjorn. Se acordó de Bjorn y sus ojos se humedecieron. Bjorn le había dicho que no la presionaría y esperaría hasta que ella diera la respuesta a la oferta en el puesto de Múnich, pero mientras tanto habían acordado poner un poco de distancia. Sonia necesitaba pensar antes de tomar una decisión y él también necesitaba tiempo para asimilar la decisión que Sonia tomase. Bjorn sabía que existía una gran probabilidad de que Sonia rechazase el puesto en Múnich, su familia y sus amigos estaban en Madrid, por no mencionar a su marido. Habían decidido tomarse un tiempo para aclarar sus ideas y, aunque no habían pasado ni doce horas desde que se despidió de Bjorn, Sonia ya lo echaba de menos.

No tardó en obtener respuesta de Carlos: “Estoy saliendo de la oficina, en media hora estoy en casa.” El mensaje de Carlos también había sido frío y Sonia no pudo evitar pensar en que quizás él también había podido conocer a alguien durante los últimos meses. Desde su pelea antes de viajar a Bruselas, hacía ya seis meses, Carlos y Sonia apenas habían mantenido relaciones. Sonia ni siquiera recordaba la última vez que tuvo sexo con Carlos.

Media hora más tarde, llegó Carlos. El reencuentro fue bastante frío. Ninguno de los dos intentó besar al otro, hacía ya muchos meses que ni siquiera se saludaban con un beso.

–          ¿Cómo ha ido el viaje? – Preguntó Carlos.

–          Bien. ¿Cómo están tus padres?

–          Bien. Te envían recuerdos.

Ambos se sostuvieron la mirada durante unos segundos, había llegado el momento de hablar. Carlos tenía muy claro lo que quería y fue el primero en hablar:

–          Sonia, sé que has tenido una aventura y me da igual. No quiero saber quién es, ni cómo lo conociste, no quiero saber absolutamente nada. Lo único que quiero es que sepas que quiero luchar por nuestro matrimonio y estoy dispuesto a olvidar todo esto. Solo quiero que seamos felices.

–          Carlos, hace mucho tiempo que dejamos de ser felices y que nuestro matrimonio está roto. – Le respondió Sonia. – Esto ya no tiene ningún sentido, estamos juntos por costumbre y comodidad, no porque nos amemos.

–          ¿Es por él? ¿Lo amas? – Le espetó Carlos. – ¿Te has enamorado de tu aventura? ¡No puedes amar a alguien que solo está contigo para divertirse, Sonia! Vas a dejarme a mí, a romper nuestro matrimonio y nuestra futura familia para nada, él te dejará en cuanto te tenga, se cansará de ti y querrás volver.

–          Puede que sea así, pero no tengo nada que perder. – Le respondió Sonia con un hilo de voz, no quería pensar en esa posibilidad. – De cualquier modo, mi felicidad tampoco está contigo, Carlos.

–          ¿Desde cuándo lo ves?

–          ¿Qué más da? No tiene sentido hablar de esto ahora.

–          Si me dejas por otro, al menos quiero saber desde cuándo me estás engañando.

–          Desde hace seis meses, Carlos. – Le respondió Sonia, a esas alturas ya no le iba a mentir.

–          En Bruselas, volviste muy distinta de aquel viaje. – Confirmó Carlos. – ¿Sigues queriendo el divorcio?

–          Sí, quiero el divorcio. – Le confirmó Sonia. – De hecho, también quería hablar contigo para comentarte otro asunto. Me han ofrecido un puesto en Múnich y lo voy a aceptar.

–          ¿Te vas a mudar a Múnich?

–          Así es. – Le confirmó de nuevo. – Hasta que me traslade a Múnich me instalaré en casa de mis padres. Mientras tanto, tú puedes quedarte aquí, pero tendremos que buscarle una solución al apartamento, podemos venderlo o si lo prefieres puedes comprar mi parte.

–          Llamaré al gestor para que envíe a un tasador y compraré tu mitad del apartamento. – Le dijo Carlos.

–          Tengo que trasladarme a Múnich lo antes posible, sé que la situación es y va a ser difícil entre nosotros, pero cuanto antes acabemos con esto será mejor para los dos.

Carlos le aseguró que no pondría ningún impedimento, si aquella relación no se podía salvar a él no le interesaba seguir perdiendo más tiempo. Sonia recogió toda su ropa, algunos objetos personales y de higiene básica y esa misma noche se instaló en la que había sido su habitación cuando era pequeña en casa de sus padres. Le hubiera gustado llamar a Bjorn y contarle todo lo que había hecho respecto a su matrimonio, pero decidió mantener la tregua e irse a descansar, aunque echó de menos muchísimo su mensaje de buenas noches.

Los padres de Sonia la habían apoyado en su decisión desde el primer momento y Sonia lo agradecía, sin el apoyo de sus padres y ahora que tenía que mantener la distancia con Bjorn, no hubiera podido sobrellevarlo.

Durante la primera semana Sonia se esforzó en el trabajo para dejarlo todo listo para cuando su sustituto ocupara su lugar y cuando salía de la de oficina se dirigía al apartamento que había compartido con Carlos para empaquetar sus cosas. Sus padres le habían ofrecido trasladar todas las cajas con sus cosas al garaje para guardarlas mientras organizaba el traslado.

Así se mantuvo ocupada mientras pasaban los días. Ya solo quedaban cuatro semanas para volver a ver a Bjorn, para volver a sentirse entre sus brazos.

El lunes siguiente recibió la visita del presidente de la empresa, que había ido de visita por las oficinas de Madrid con la única intención de hablar con Sonia.

–          Señorita Fernández, ¿podría usted recibirme a pesar de que no he avisado de mi visita?

–          Por supuesto, señor Higgins. – Le respondió Sonia haciéndole un gesto para que pasara al despacho y se sentara. – ¿Desea algo de beber? ¿Un café, un té?

–          No, gracias. Tan solo he venido a hablar contigo, Sonia. ¿Te importa si te tuteo?

–          Claro que no, usted me dirá.

–          Gracias y, por favor, tutéame tú también, Sonia. – Le dijo el señor Higgins. – Todos estamos preocupados por la delegación de Múnich, Bjorn está haciendo un gran trabajo, pero no puede dedicarse a la empresa veinte horas al día de lunes a domingo porque no es humano. Tengo que decirte que cuando le planteamos una co-dirección no se lo tomó muy bien, a pesar de que el único motivo por el que lo ofrecimos era porque verdaderamente hay mucho trabajo que debe derivar, no hay persona humana que pueda soportar semejante carga de trabajo sin terminar quemándose o cayendo enfermo. El caso es que Bjorn se tranquilizó y aceptó de buen grado que tú fueras la candidata para ese puesto. Es un hombre inteligente y muy meticuloso, sé por experiencia que le gusta trabajar solo, sin embargo está abierto a trabajar contigo, lo cual me deja más tranquilo, pues conozco la labor de ambos y son impecables en su trabajo.

–          Ya he tomado una decisión, si es lo que ha venido a buscar. – Le interrumpió Sonia hablando con seguridad. – Quiero aceptar el puesto en Múnich, pero necesito tiempo para reorganizar mi vida antes de mudarme.

–          Tengo entendido que estás casada…

–          Me estoy divorciando, por eso necesito tiempo. – Volvió a interrumpir Sonia. – Necesito arreglar los papeles del divorcio y los papeles del apartamento antes de marcharme, creo que en un par de semanas podré dejarlo todo listo, ya está todo en manos de los abogados.

–          Lamento lo del divorcio y espero que este cambio te ayude a superarlo. – A Michel Higgins no se le había pasado por alto la complicidad que existía entre Bjorn y Sonia y suponía que el divorcio y la decisión de aceptar el puesto había sido probablemente a causa de Bjorn. – Sonia, ¿puedo hacerte una pregunta personal? – Sonia lo miró con desconfianza, temerosa de lo que le fuera a preguntar, pero asintió. – ¿Hay alguna relación entre Bjorn y tú que no sea laboral? – La cara de Sonia debía ser un poema porque Michel le dedicó una sonrisa tranquilizadora y añadió – No hay ningún problema y sé que no es asunto mío, a menos que dicha relación afecte a vuestro trabajo, pero me alegro de que sea así. Sé de buena tinta que a Bjorn le gustas y que durante estas últimas semanas lo está pasando mal. ¿Le has comunicado tu decisión?

–          Todavía no. Bjorn no quería presionarme y acordamos darnos un tiempo para poder pensar en nosotros, en nuestra relación y en el puesto de Múnich. – Le respondió Sonia con nostalgia, echando de menos a Bjorn. – Quiero decírselo personalmente, por eso me gustaría que, hasta entonces, la decisión quedara entre nosotros.

–          No hay ningún problema, pero deberás decírselo antes de la nueva reunión en Múnich, solo quedan tres semanas.

Sonia pasó toda la mañana encerrada en su despacho con Michel Higgins, entre ambos dejaron todo en orden para que su sustituto lo encontrara todo bien redactado y no tuviera ninguna duda sobre los informes. Acordaron que Sonia trabajaría esa semana en la delegación de Madrid y después se tomaría un par de semanas de vacaciones para organizar su traslado a Múnich, aunque no le dijeran a nadie que la decisión ya estaba tomada. Se verían de nuevo en la reunión de Múnich y allí lo harían oficial.

Para cuando Sonia estuvo de vacaciones, el tasador ya había valorado el piso y había firmado con Carlos el contrato de la compra-venta del apartamento, pues Carlos había decidido quedarse con el apartamento. Todo había sido tan rápido que incluso ya le habían hecho la transferencia del dinero a Sonia. Solo quedaba pendiente que le llegara el certificado del divorcio, ambos habían firmado de mutuo acuerdo y en un par de semanas lo recibiría.

Sonia echaba de menos a Bjorn y, tras hablar con sus padres, decidió ir unos días a Múnich para hablar con él y darle la noticia, aprovecharía sus días de vacaciones para estar con él y buscar un apartamento donde vivir cuando se trasladase.

Sonia aterrizó en el aeropuerto de Múnich a las seis de la tarde de un lunes. Sabía la dirección de Bjorn, pero no estaba segura de cómo se tomaría que acudiera allí sin avisarle, al fin y al cabo, era su casa. Decidió llamar a Claudia, la secretaria de Bjorn, y preguntarle si seguía en la oficina.

–          Lo siento, Sonia. – Le dijo Claudia. – El señor Fischer acaba de marcharse. No acostumbra a marcharse tan temprano, siempre es el primero en llegar y el último en irse, pero lleva unas semanas un poco triste.

–          ¿Triste? ¿Le ocurre algo? – Preguntó Sonia preocupada.

–          No lo sé, esta mañana le he preguntado y solo me ha dicho que se trata de un asunto personal que le va a volver loco, apuesto lo que quieras a que ese asunto tiene nombre de mujer. – Bromeó Claudia. – ¿Quieres que le deje algún recado?

–          No, no te preocupes. – Respondió Sonia. – Gracias Claudia, tengo que colgar.

Sonia no se lo pensó dos veces, cogió sus maletas de la cinta transportadora y se subió al primer taxi que vio. Le dio la dirección de casa de Bjorn al taxista y trató de relajarse en el asiento trasero del vehículo.

En ese momento, Bjorn se dirigía a abrir la puerta de casa, sus padres y su hermana habían ido a visitarle y Bjorn se había visto obligado a improvisar una cena para cuatro personas con lo poco que tenía en la nevera. Bjorn era consciente de que sus padres y su hermana estaban allí para apoyarlo y animarlo, pero él quería estar solo, si cerraba los ojos podía recordar todos y cada uno de los momentos que había pasado con Sonia y eso era lo único que le reconfortaba, al menos hasta que ella tomara una decisión. Estaba preocupado, sabía que Sonia le amaba tanto como él la amaba a ella, pero temía que se asustara y se echara atrás, dejándole a él con el corazón partido.

Sonia llegó a casa de Bjorn pasadas las ocho, cuando él y su familia se acababan de sentar a la mesa para cenar. Sonia tuvo la precaución de decirle al taxista que la esperara, por si Bjorn no estaba en casa o no quería recibirla. Llamó al timbre y esperó unos segundos hasta que la puerta se abrió y se encontró con una mujer de su edad, de pelo rubio, ojos azules, y muy atractiva. Sonia se quedó paralizada, no había barajado la posibilidad de que Bjorn tuviera compañía.

–          ¿Quién es, Hannah? – Le preguntó Bjorn a su hermana caminando hacia a la puerta.

Bjorn colocó su brazo alrededor de la cintura de su hermana y se asomó. Se sorprendió al ver a Sonia frente a él y sintió una felicidad que le invadió hasta que la miró a los ojos. Tenía una mirada triste y murmuró:

–          Lo siento, debí de llamar antes de venir…

–          No digas eso, aquí siempre eres y serás bien recibida. – Le dijo Bjorn sosteniéndola del brazo para que no se marchara. Le dio un beso en los labios y le susurró al oído: – Te he echado de menos, nena. – Se volvió hacia a su hermana e hizo las presentaciones oportunas. – Sonia, quiero presentarte a mi hermana Hannah.

–          Encantada de conocerte, Sonia. – La saludó Hannah estrechándole la mano. – Os dejo que habléis y, mientras tanto, iré a poner un plato más en la mesa.

A Sonia no le pasó por alto la mirada que Hannah le lanzó a Bjorn, era una mirada traviesa, pero Sonia no entendió nada.

–          Nena, que conste que no hay nada que desee más que tenerte conmigo pero, ¿qué estás haciendo aquí? – Le preguntó Bjorn.

–          Necesitaba hablar contigo, aunque quizás debería haber llamado antes. – Le respondió Sonia ruborizada. – El señor Higgins me ha dado un par de semanas de vacaciones, hasta que tengamos que reunirnos de nuevo en Múnich.

–          Sonia, mis padres están en casa, habíamos quedado para cenar. – La previno Bjorn. – Sé que te dije que no quería presionarte, pero me gustaría que te quedaras a cenar con nosotros.

Sonia le abrazó, le besó en los labios y le dijo:

–          Mis maletas están en el taxi, acabo de llegar de Madrid, ¿crees que podrás acogerme en tu casa unos días?

–          Mi casa es tu casa, nena.

Bjorn se encargó de sacar el equipaje de Sonia del taxi, dejó las maletas a un lado en el hall y agarró de la mano a Sonia para guiarla al comedor donde sus padres y su hermana les esperaban para cenar. Los tres su pusieron en pie y Bjorn le presento a sus padres. Sonia no necesitaba presentación, pues Bjorn les había hablado de ella y estaban al corriente de la situación y la relación entre ambos.

Bjorn sabía que tenían una conversación pendiente, por ese motivo se apresuró a servir la cena y a despedir a los invitados.

–          Esperamos volver a verte pronto, Sonia. – Le dijo la madre de Bjorn cuando se despedían. – Me gusta ver a mi hijo tan feliz como lo está cuando está contigo.

En cuanto se quedaron a solas, Bjorn cogió las maletas de Sonia para llevarlas a la habitación de invitados, pero Sonia lo detuvo al pasar por la puerta de la habitación de Bjorn y le dijo:

–          Ya he tenido suficiente espacio durante las últimas dos semanas.

Bjorn le dedicó una sonrisa y dejó que Sonia se instalara en la habitación mientras él preparaba la bañera para ambos. Cuando la bañera estuvo lista, Bjorn fue a buscar a Sonia al vestidor, donde se encontraba deshaciendo la maleta, la cogió en brazos y la llevó al baño. La dejó de pie sobre la alfombra y la desnudó antes de desnudarse él. La estrechó entre sus brazos antes de meterse con ella en la bañera, donde continuaron abrazándose hasta que Sonia le dijo:

–          He tomado una decisión.

–          Lo sé, por eso estás aquí. – Le dijo Bjorn poniéndose tenso. – Lo que todavía no tengo claro es si estás aquí para quedarte o para despedirte.

–          Le he pedido el divorcio a Carlos, en dos semanas seré una mujer libre. – Le dijo Sonia para sacarlo de dudas. – Ha comprado mi mitad del apartamento, así que desde que me fui de aquí he vuelto a vivir con mis padres. – Bjorn la estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó en la coronilla. – Y también he hablado con el señor Higgins, he aceptado el puesto en Múnich, aunque no será oficial hasta que regrese de vacaciones.

–          Entonces, ¿estás aquí para quedarte? – Quiso asegurarse Bjorn de haberla entendido bien.

–          Estoy aquí para quedarme, te echo demasiado de menos cuando no estás.

–          Te quiero, nena.

Se fundieron en un apasionado beso, se acariciaron cada recoveco de piel, buscando y dándose placer el uno al otro. Bjorn la colocó a horcajadas sobre él y, con una delicadeza y una ternura que no había mostrado antes, le hizo el amor a Sonia.

–          Cariño, no quiero volver a separarme de ti.

–          Me alegra que digas eso porque en dos semanas he de regresar a Madrid y mis padres quieren conocerte.

–          Me encantará acompañarte. – Le aseguró Bjorn cogiéndola en brazos para salir de la bañera. La envolvió en un albornoz mullido y él también se envolvió en otro albornoz antes de cogerla de nuevo en brazos y llevarla a la cama. Sonia se quitó el albornoz y se metió en la cama, Bjorn hizo lo mismo y la estrechó entre sus brazos. – Te quiero, Sonia.

–          Yo también te quiero, Bjorn.

Infiel (2/3).

Infiel

Habían pasado cinco meses desde aquella reunión en Bruselas donde conoció a Bjorn, cinco meses desde que Sonia pasó aquella primera noche con él.

Cuando regresó de Bruselas y se encontró a Carlos esperándola con un ramo de flores en el aeropuerto, Sonia se sintió la peor persona del mundo y sintió pánico solo de pensar en la posibilidad de perderle. Pero lo cierto era que ya habían pasado cinco largos meses y su matrimonio cada día se apagaba más.

Sonia tan solo tuvo unos pocos días de tregua desde que llegó de Bruselas hasta que Carlos le reprochó de nuevo que no quisiera tener hijos. Las discusiones eran constantes, por cualquier cosa se enfadaban y la relación entre ellos cada vez era más distante. Pero lo peor era que Sonia no dejaba de pensar en Bjorn, incluso se colaba en sus sueños.

Al mes siguiente acudió a la reunión mensual de la empresa, que esa vez le tocaba organizar a la delegación de Milán, en Italia.

Sonia estaba nerviosa, sabía que volver a ver a Bjorn significaba tener que ponerse a prueba frente a la tentación de sucumbir al deseo anhelado de volver a estar entre sus brazos. Y, tal y cómo había supuesto, volvió a caer en la tentación. Y, durante los siguientes tres meses, volvió a caer de nuevo en la tentación cuando viajó a las delegaciones de Ginebra, Londres y París.

Cuando regresaba a casa después de sus viajes, Sonia continuaba su vida de casada en Madrid, pero su matrimonio a esas alturas tan solo existía de cara a la galería. La relación con Carlos se había vuelto bastante tensa y, desde que Sonia regresó de Bruselas, podía contar con los dedos de una mano las veces que había mantenido relaciones sexuales con Carlos, y no era porque él no lo intentase.

Sin embargo, su relación con Bjorn se había convertido en algo más que una simple aventura mensual. Durante los últimos meses la había estado llamando con frecuencia hasta el punto que ahora la llamaba por teléfono todos los días al despacho y le enviaba un mensaje todas las noches. Con paciencia y sutileza, Bjorn trataba de hacerle ver a Sonia que ella ya no estaba enamorada de su marido y que su relación no era una simple aventura para romper la rutina. Poco a poco, Bjorn se había ido enamorando de Sonia y no estaba dispuesto a rendirse solo porque ella estuviera casada. Bjorn iba a poner todo de su parte para abrirle los ojos a Sonia y pensaba hacerlo durante los días que durase la reunión en su delegación. Múnich sería el escenario perfecto, allí jugaba en su terreno.

Sonia estaba haciendo la maleta en la habitación, al día siguiente tenía que viajar a Múnich y volvería a ver a Bjorn. Había estado contando los días que le quedaban para volver a estar con él, saber que volvería a estar entre sus brazos era el aliciente que necesitaba para levantarse todas las mañanas.

–          ¿Te vas otra vez? – Le preguntó Carlos cuando llegó a casa del trabajo y la vio haciendo la maleta.

–          Así es. – Le respondió Sonia sin siquiera mirarle.

–          Podrías haberme avisado. – Le reprochó Carlos.

Sonia se mordió la lengua para no contestarle que lo hubiera hecho si no hubiera llegado de madrugada los últimos días, pero no quería discutir. En unas horas estaría con Bjorn y eso era todo en lo que quería pensar.

–          ¿A dónde viajas esta vez? – Insistió Carlos.

–          A Múnich.

–          ¿Cuántos días estarás fuera?

–          Depende de lo que dure la reunión, un par de días mínimo y una semana como máximo. – Le respondió Sonia.

–          ¿Una semana? Nunca has estado tanto tiempo de viaje.

–          La empresa crece y los problemas a resolver también. – Fue la única respuesta de Sonia.

–          ¡Está claro que te preocupa más esa dichosa empresa que nuestro maldito matrimonio!

–          ¿Qué matrimonio, Carlos? – Le espetó Sonia cansada de morderse la lengua. – Hace meses que nuestra relación es un matrimonio solo por un papel firmado, pero nada más.

–          ¡¿Y me echas la culpa a mí?! – Le espetó Carlos. – La gente normal se casa, disfruta de su pareja, tiene hijos y son felices. Pero tú tienes otros planes, ¡a ti te da igual nuestro matrimonio! ¡Lo único que te importa es tu maldita carrera en esa empresa!

–          Puede que entonces lo mejor sea que nos divorciemos. – Le respondió Sonia con un tono de voz tan frío que a Carlos se le puso el vello de punta.

–          Creo que lo mejor será que nos tomemos estos días para relajarnos y pensar, ya hablaremos con más calma cuando regreses. – Convino Carlos. – Aprovecharé estos días para ir al pueblo a ver mis padres, regresaré el próximo domingo. – La miró a los ojos con ternura y añadió: – Avísame si regresas antes que yo y quieres que vuelva.

Sonia asintió con la cabeza desviando la mirada, no podía mirarle a los ojos. Carlos dio media vuelta y se encerró en la habitación de invitados, la habitación en la que dormía desde hacía un par de meses, cuando se cansó de que Sonia le rechazara una y otra vez.

Carlos sabía que Sonia le había sido infiel, podía verlo en sus ojos. Aunque aquella infidelidad le enfurecía, lo que más le preocupaba es que no se tratara de una simple aventura. Sonia se había distanciado de él muchísimo durante los últimos meses, corría el riesgo de que se enamorara de otro hombre y le dejara. Carlos no estaba enamorado de Sonia, de hecho, aunque jamás se lo confesaría, él también le había sido infiel en numerosas ocasiones, pero él quería que Sonia siguiera siendo su esposa y formar una familia, para eso se casó con ella.

Sonia se metió en la cama cuando terminó de preparar la maleta y cogió el móvil para activar la alarma-despertador cuando vio que tenía un mensaje de Bjorn: “Buenas noches, nena. Estoy deseando que llegue mañana para tenerte entre mis brazos. Te echo de menos. Besos. B.” Sonia suspiró, sin poder evitarlo se había enamorado de Bjorn. Respondió a su mensaje: “Buenas noches, nene. Yo también te echo de menos y estoy deseando estar entre tus brazos. Besos. S.”

A la mañana siguiente, Sonia se levantó a las cinco y media, se dio una ducha, se vistió y se dirigió a la cocina para desayunar, donde se encontró a Carlos preparando el desayuno.

–          Buenos días, cariño. – La saludó con una amplia sonrisa.

Sonia le devolvió el saludo haciendo un gesto con la cabeza. La noche anterior habían tenido una conversación bastante dura y ahora actuaba como si fueran un matrimonio feliz, dejando totalmente descolocada a Sonia.

–          Te he preparado el desayuno. – Le dijo Carlos sirviéndole una taza de café y una tortita de chocolate que acababa de hacer. – Me voy a la ducha o llegaré tarde al trabajo, espero que vaya bien el viaje.

–          Gracias. – Le contestó Sonia evitando su mirada.

–          Descansa estos días. – Le susurró Carlos al mismo tiempo que le daba un beso en la mejilla a modo de despedida.

Sonia desayunó, cogió su maleta y se marchó hacia el aeropuerto en un taxi antes de que Carlos saliera de la ducha, no quería volver a despedirse de él.

Nada más subirse al avión, antes de despegar, le envió un mensaje a Bjorn: “Apunto de despegar y deseando llegar para verte. Besos. S.” No tardó en obtener respuesta: “Estaré esperándote en el aeropuerto, muero de ganas por sentirte mía. Besos. B.”

Sonia suspiró y apagó el teléfono móvil para despegar. Durante las dos horas y media que duró el vuelo, Sonia trató de relajarse y olvidar todo lo que tuviera que ver con Carlos y su matrimonio, solo quería pensar en Bjorn y que le hiciera olvidarse de todo.

Cuando el avión aterrizó, Sonia se dirigió hacia la recogida de maletas y, cuando traspasó la puerta de llegadas y lo vio allí de pie, apoyado en una columna, con las manos en los bolsillos y una seductora sonrisa en los labios. Bjorn era realmente atractivo y en esa postura estaba muy sexy. Sonia tuvo que recordar cómo se respiraba para no desmayarse allí mismo. Bjorn se acercó a ella, la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos al mismo tiempo que la besaba en los labios apasionadamente.

–          Te he echado de menos, nena. – Le susurró al oído.

–          Y yo a ti también. – Le respondió Sonia.

Bjorn agarró con una mano la maleta de Sonia y con la otra mano agarró a Sonia por la cintura para dirigirse hacia el parquin. No quería mantenerse alejado de ella ni un solo instante ahora que podía tenerla junto a él.

Llegaron al parquin y se subieron al coche de Bjorn, que en lugar de llevarla a un hotel para que se instalara, la llevó a su casa.

–          ¿Dónde estamos? – Le preguntó Sonia cuando llegaron, aquello no tenía pinta de ser un hotel.

–          En mi casa, he pensado que aquí estarías más cómoda. – Le respondió Bjorn abrazándola desde atrás y besando su cuello. – Vamos, quiero enseñarte la casa.

Bjorn le hizo de guía mientras recorrían las tres plantas que tenía la casa. Le asignó la habitación de invitados que estaba al lado de la suya y le dijo con la voz ronca:

–          Solo dejo que te instales en esta habitación por si necesitas un poco de espacio e intimidad, pero tengo pensado meterte en mi cama todas las noches a menos que tú digas lo contrario.

Sonia se volvió hacia a él y lo besó en los labios apasionadamente. Anhelaba tenerlo cerca, anhelaba sus caricias, sus besos,…

–          Nena, si no paramos ahora llegaremos tarde a la reunión. – Le recordó Bjorn. Sonia hizo un mohín y Bjorn le dio un beso en la punta de la nariz antes de decir: – Reserva fuerzas para esta noche, voy a dejarte sin energía.

Con tan solo esas palabras, Sonia se humedeció. Aquel hombre la hacía sentir deseada y amada, ni siquiera recordaba haberse sentido así alguna vez por Carlos.

Subieron la maleta de Sonia a la habitación de invitados y, tras instalarse, se dirigieron hacia las oficinas de Múnich, de las cuales Bjorn era el director.

Sonia conocía bien las oficinas de Múnich, había pasado allí mucho tiempo cuando despidieron al anterior director de la delegación. Todos los directores, incluida Sonia, tuvieron que echar una mano con la dirección de la delegación de Múnich mientras contrataban un nuevo director, así que los viajes a Múnich fueron regulares durante algún tiempo. Sin embargo, desde que habían contratado a Bjorn como director, no había regresado a Alemania.

–          Ya hemos llegado. – Anunció Bjorn mientras aparcaba en su plaza. – ¿Estás bien? Estás muy callada.

–          Perdona, solo estaba distraída. – Le dijo Sonia dedicándole una sonrisa.

Se montaron en el ascensor y subieron hasta la última planta, donde se encontraba el despacho de Bjorn y la sala de reuniones de dirección.

Sonia se paró un minuto a saludar a Frida, la recepcionista de la última planta. Había congeniado mucho con ella y con Claudia, la secretaria de dirección.

–          ¡Sonia, qué alegría volver a verte! – La saludó Frida con un efusivo abrazo que Sonia le correspondió con cariño.

Ambas iniciaron una conversación en la que se pusieron al día rápidamente mientras Bjorn las observaba a escasos metros de distancia, sorprendido por ver cómo Frida, a la que tenía por una mujer fría y distante, se comportaba cariñosamente con Sonia. Cuando se adentraron por los pasillos y pasaron frente a la mesa de Claudia, Sonia también la saludó con cariño. Durante los meses que había estado viajando a Múnich se habían hecho amigas y se alegraba de volver a verlas, aunque solo fuera por unos días.

–          ¡Sonia, estás guapísima! – Le dijo Claudia. Acto seguido saludó a Bjorn. – Buenos días, señor Fischer. La sala de reuniones ya está lista para recibir a todos los directivos.

–          Gracias Claudia. – Le respondió Bjorn. – Estaré con la señorita Fernández en mi despacho, avísame cuando lleguen el resto de directivos.

Claudia asintió y Bjorn le hizo un gesto a Sonia para que pasara a su despacho. Sonia entró en el despacho seguida de Bjorn, que cerró la puerta con llave y se acercó a Sonia para abrazarla desde la espalda.

–          Echo de menos sentirte entre mis brazos, nena. – Le susurró al oído al mismo tiempo que comenzaba a depositar pequeños besos sobre la piel de su cuello. – Estás preciosa, ¿te lo he dicho ya?

–          Puedes repetirlo, no me cansaré de oírlo. – Bromeó Sonia estirando sus brazos para rodear el cuello de Bjorn y darle acceso a sus pechos.

–          Oh, nena. – Dijo Bjorn acariciando los pechos de Sonia. – No voy a poder parar si continuamos así, me vuelves loco.

–          Es temprano, todavía tenemos media hora hasta que lleguen todos. – Le propuso Sonia.

Bjorn no dijo nada, se limitó a continuar acariciando los pechos de Sonia y poco después deslizó su falda hacia arriba, enrollándola en la cintura. Se separó un momento de Sonia para contemplarla. Se había puesto un liguero para sujetar los pantys y llevaba un diminuto tanga que realzaba su perfecto trasero. Acarició sus nalgas y pegó su erección al trasero de Sonia para hacerla saber lo mucho que lo excitaba. Sonia gimió y se movió rozando la entrepierna de Bjorn, provocándolo. Bjorn deslizó su mano por el vientre de ella y descendió hasta perderse entre sus piernas. Ella abrió un poco las piernas para facilitarle el acceso y Bjorn buscó entre sus pliegues hasta encontrar su hinchado y húmedo clítoris. La acarició y la besó hasta que la tuvo al borde del orgasmo, momento en que la penetró de una sola estocada y, tras varias embestidas, ambos alcanzaron el clímax. Bjorn la abrazó hasta que sus respiraciones se normalizaron y le susurró al oído:

–          Esto solo ha sido un anticipo de lo que te espera esta noche. – La besó en la sien y la ayudó a acomodarse la ropa. – ¿Te apetece un café?

–          Sí, por favor. – Le respondió Sonia.

Sonia se retiró al baño privado de Bjorn para terminar de colocarse la ropa y repasar su maquillaje. Mientras tanto Bjorn le pidió a Claudia que le trajera un par de cafés al despacho.

Bjorn tenía que hablar con Sonia de la situación de la delegación, no quería que se enterara en la reunión, sobre todo teniendo en cuenta lo que Patrick tenía pensado proponerle.

Cuando Sonia salió del baño, Claudia ya había traído los cafés. Se dio cuenta de que Bjorn estaba nervioso y le preguntó:

–          ¿Qué ocurre?

–          Tenemos que hablar, Sonia.

A Sonia no le pasó por alto que Bjorn la llamó por su nombre en vez de llamarla nena, como acostumbraba a hacer cuando estaban a solas, pero no dijo nada. Se sentó en uno de los sillones frente a él y le escuchó hablar:

–          El trabajo en la delegación está creciendo mucho más rápido y queremos dividir la dirección, es decir, contratar un nuevo director y dividirnos las tareas. – Comenzó a decir Bjorn mientras Sonia le escuchaba con atención. – El caso es que queremos a alguien de confianza y el presidente ha mencionado tu nombre. Quiere que seas tú quien ocupe ese puesto y quiere ofrecértelo hoy durante la reunión de manera oficial.

–          ¿Se lo has pedido tú? – Le preguntó Sonia desconcertada.

–          Esto no tiene nada que ver conmigo, Sonia. – Le aseguró Bjorn. – Pero no te voy a negar que me gustaría que aceptaras el puesto y que por supuesto daré mi opinión cuando me pregunten.

–          ¿Quieres que acepte compartir contigo la dirección de la delegación de Múnich? Eso supondría mudarme, trasladarme de ciudad y también de país. – Le dijo Sonia sin descartar del todo esa opción.

–          Si aceptas el puesto, podríamos estar juntos, Sonia. Yo ya no puedo seguir así. No puedo conformarme con tenerte unos días al mes, sabiendo que después regresas con tu marido. Te quiero solo para mí. – Le dijo Bjorn mirándola a los ojos.

El teléfono del despacho empezó a sonar y Bjorn descolgó con el altavoz.

–          Señor Fischer, el señor Sannen acaba de llegar y me ha informado que el resto de directivos están subiendo en este momento. – Dijo la voz de Claudia.

–          Gracias Claudia, hágales pasar a la sala de reuniones. – Le contestó Bjorn antes de colgar. Se volvió hacia a Sonia y añadió: – Continuaremos con esta conversación cuando lleguemos a casa.

Era la primera vez que Bjorn hablaba de su matrimonio con Carlos y, de un modo sutil pero efectivo, también se lo reprochaba.

La besó en los labios y acto seguido ambos salieron del despacho y se dirigieron a la sala de reuniones, donde todos los directivos ya se estaban acomodando y tomando asiento en sus respectivos sillones.

La reunión se centró básicamente en el rápido crecimiento de la actividad en la delegación de Múnich, pues había triplicado la producción y un solo director no podía asumir semejante carga de trabajo. El presidente quiso dejar claro que Bjorn estaba haciendo un gran trabajo desde que se había incorporado en la empresa, pero era consciente de que necesitaban a alguien más que le ayudara a controlar la situación. Como Bjorn ya le había prevenido, el presidente le ofreció oficialmente el puesto de la nueva vacante a Sonia y, tanto Patrick como Bjorn, apoyaron aquella candidatura.

–          ¿Qué le parece la propuesta, señorita Fernández? – Le preguntó el presidente a Sonia.

–          Agradezco la confianza que depositan en mí, pero no es una decisión que pueda tomar a la ligera. – Le respondió Sonia. – Aceptar el puesto supone cambiar de ciudad y de país, alejarme de mi familia y de mis amigos. Necesito tiempo para pensarlo.

–          Y lo tendrá, señorita Fernández. Somos conscientes del cambio que supondría en su vida si aceptase el puesto, por eso quiero que lo piense detenidamente. – Le dijo el presidente.

La reunión continuó hasta que cayó la noche. Bjorn tenía pensado llevar a cenar a Sonia a un restaurante romántico, pero nada más salir de la oficina y subirse al coche, Sonia le dijo:

–          Estoy deseando llegar a casa y que continúes con lo que hemos dejado a medias esta mañana.

A Bjorn no le hizo falta más para cambiar de opinión y puso rumbo en dirección a su casa. Ni siquiera les dio tiempo a llegar a la habitación. Entraron por la puerta interior del garaje que daba a la cocina e hicieron el amor sobre la encimera. Después Bjorn cogió a Sonia en brazos y cargó con ella hasta su habitación, donde la dejó sentada sobre la encimera del baño para llenar la bañera y la desnudó por completo. Volvieron a hacer el amor en la bañera antes de bajar a cenar a la cocina y continuaron disfrutando del deseo y la pasión que a ambos sentían y ansiaban.

–          Nena, no quiero presionarte, pero necesito que tomes una decisión respecto a nosotros, no podemos seguir así. – Le dijo Bjorn cuando sus respiraciones se normalizaron. – Te deseo solo para mí, no quiero compartirte con nadie. Quiero disfrutar de ti y de los días que vamos a estar juntos, pero deberás pensar en ello cuando regreses a Madrid. Por cierto, ¿cuándo regresas a Madrid?

–          Puedo quedarme en Múnich hasta el domingo o el lunes.

–          ¿Una semana solo para mí? – Preguntó Bjorn gratamente sorprendido, no esperaba que Sonia se quedara tantos días en Múnich.

–          A menos que te canses antes de mí. – Bromeó Sonia.

–          Yo nunca me cansaré de ti, nena. – Le susurró Bjorn al oído, la abrazó y ambos se quedaron dormidos.

Los días fueron pasando y cuando llegó el lunes y Sonia tuvo que regresar a Madrid, se dio cuenta de que quería quedarse en Múnich con Bjorn. La idea de regresar a Madrid y encontrarse con Carlos la deprimía, pero al menos tenía clara una cosa: quería el divorcio.

Bjorn la acompañó al aeropuerto y se despidió de ella con un fuerte y largo abrazo. Sonia había estado muy callada las últimas veinticuatro horas y Bjorn se temía que ya hubiera tomado una decisión y que esa decisión fuera la de regresar con su marido.

–          Te echaré de menos, nena.

–          Y yo también. – Le aseguró Sonia antes de besarle en los labios.

Estuvieron abrazados hasta que anunciaron por megafonía el último aviso para embarcar en el vuelo hacia a Madrid y tuvieron que separarse.

Sonia tenía muchos asuntos que resolver en Madrid, así que trató de relajarse durante el vuelo y encontrar la fuerza que necesitaba para afrontar todo lo que se le venía encima. No iba a ser fácil, pero estaba dispuesta a hacerlo por amor.

Infiel (1/3).

Infiel

A Sonia nunca le habían gustado los viajes de trabajo, detestaba tener que levantarse un lunes a las cuatro de la mañana para coger un avión y viajar a cualquier lugar de Europa donde pasaría los siguientes dos días reunida con altos cargos directivos del resto de delegaciones de su empresa. A Sonia le gustaba su trabajo y mucho, pero odiaba salir de la tranquilidad y comodidad de su casa.

Para colmo, había discutido con Carlos, su marido. Llevaban cinco años casados y Carlos quería tener hijos, pero Sonia aún no se sentía preparada, a sus veintinueve años se sentía muy joven para tener hijos, algo que Carlos no llegaba a entender. Carlos era cinco años mayor que ella y, a sus treinta y cuatro años, quería ser padre cuanto antes. Su familia y amigos tampoco ayudaban mucho, todo el mundo les preguntaba “¿para cuándo los niños? Si seguís esperando, se os pasará el arroz.”

Sonia se acomodó en su asiento en el avión, se puso los auriculares, cerró los ojos y trató de relajarse escuchando música. Cuando abrió los ojos de nuevo, estaban a punto de aterrizar en Bruselas. Esta vez había tocado organizar la reunión mensual en la delegación de Bélgica. No era una de las delegaciones favoritas de Sonia, pero tampoco era de las que menos le gustaban, así que, cuando se bajó del avión y recogió su equipaje, se llenó de optimismo, se esforzó en esbozar una amplia sonrisa y se dirigió hacia un tipo trajeado y con gorra de chófer a quien reconoció de otras reuniones anteriores. El chófer también la reconoció y, cuando la vio acercarse, la saludó:

–          Buenos días, señorita Fernández. ¿Ha ido bien el viaje?

–          Buenos días, señor Peiten. – Le devolvió el saludo Sonia. – Todo bien, sin turbulencias, ni viajeros parlanchines. – Bromeó.

El señor Peiten debía tener unos sesenta años y era el chófer personal de Patrick Sannen, el director de la delegación de Bélgica de la multinacional en la que trabajaba Sonia. El señor Peiten llevó a Sonia al hotel en el que se iba a hospedar ella, se instaló en su habitación, deshizo el equipaje, se dio una ducha para refrescarse después del viaje y, acompañada de nuevo por el señor Peiten, se dirigió a las oficinas de Bruselas donde se iba a celebrar la primera reunión. Muchos de sus compañeros directivos habían preferido viajar la noche anterior para ahorrarse el madrugón, pero Sonia prefería dormir en casa pese a que al día siguiente tuviera que madrugar.

Cuando Sonia llegó a la oficina, la reunión estaba a punto de empezar, la estaban esperando y, como de costumbre, era la última en llegar. Saludó a todos sus compañeros y se detuvo al ver una cara nueva.

–          Sonia, te presento a Bjorn Fischer, el nuevo director de la delegación de Múnich. – Les presentó Patrick Sannen. – Bjorn, Sonia Fernández es la directora de la delegación española.

–          Encantado de conocerla, señorita Fernández. – La saludó Bjorn estrechándole la mano con delicadeza.

–          Lo mismo digo, señor Fischer.

La reunión comenzó y Sonia no pudo concentrarse demasiado al tener la intensa mirada de Bjorn clavada en ella durante todo el día. Sonia se limitó a anotar cifras, datos y demás conjeturas en su libreta para poder realizar un informe cuando llegara a Madrid, pero estaba distraída y Patrick se dio cuenta. Cuando la reunión finalizó, eran más de las seis de la tarde y Sonia tenía que contener los bostezos por no parecer irrespetuosa, pero lo cierto es que estaba medio dormida.

–          Sonia, ¿estás bien? – Le preguntó Patrick mientras se estaban despidiendo.

–          Sí, disculpa solo estoy un poco cansada. – Le respondió ruborizándose.

–          Bjorn se hospeda en el mismo hotel que tú, le pediré que te lleve y así no tendrás que hacer el rodeo con el señor Peiten. – Sentenció Patrick y, sin darle tiempo a Sonia de que le diera alguna excusa, alzó la voz hacia el grupo de directivos que se despedían en el hall de la oficina – ¡Bjorn! ¿Puedes venir un momento?

–          No es necesario, de verdad. – Fue lo único que se le ocurrió decir a Sonia.

–          ¿Qué no es necesario? – Preguntó Bjorn acercándose a ellos.

–          Sonia se hospeda en el mismo hotel que tú, ¿te importaría acercarla? – Le preguntó Patrick.

–          Claro que no, será un placer. – Le respondió Bjorn al mismo que le dedicaba una sonrisa de lo más seductora a Sonia.

Sonia no pudo negarse, así que aceptó ir con él. Bjorn había alquilado un coche para moverse por la ciudad, a pesar de que solo iba a estar en Bruselas un par de días. Sonia se subió al coche, se sentó en el asiento del copiloto y Bjorn se sentó tras el volante. Sonia se sentía atraída por él desde el mismo momento en que lo vio sentado en la mesa de juntas, esa mirada intensa y esa sonrisa seductora habían hecho mella en ella. Por eso, cuando llegaron al hotel y Bjorn le propuso que cenaran juntos en el restaurante, Sonia no pudo ni quiso rechazar esa invitación. Puede que estuviera furiosa con Carlos por las continuas discusiones, o porque todo el mundo le decía que ya había llegado el momento de ser madre, o quizás fuera porque necesitaba hacer algo estimulante antes de sentar la cabeza para ser madre, el caso es que aceptó a sabiendas de lo que aquella decisión supondría.

Se sentaron en una de las mesas del restaurante del hotel y Sonia decidió apagar su teléfono móvil. No quería pensar en nada ni en nadie, no quería pensar en Carlos.

–          ¿Qué te preocupa? – Le preguntó Bjorn mientras cenaban al verla tan distraída y con el ceño fruncido.

–          Perdona, ¿cómo dices? – Volvió a la tierra Sonia.

–          Estás distraída y tienes el ceño fruncido, así que deduzco que algo te preocupa.

–          Lo siento, tengo mil cosas en la cabeza. – Se disculpó Sonia avergonzada.

–          Te voy a hacer una propuesta. – Le anunció Bjorn dedicándole una seductora y pícara sonrisa. Sonia alzó una ceja con escepticismo y Bjorn añadió: – Olvida por una noche todas las preocupaciones, olvida tus obligaciones y las responsabilidades. Mañana ya tendrás tiempo de preocuparte y ocuparte de todo, pero esta noche no conseguirás nada dándole vueltas al asunto. Lo que sí podemos hacer esta noche es disfrutar de una magnífica velada juntos. ¿Qué me dices?

–          Supongo que no se acabará el mundo porque me relaje una noche. – Le respondió Sonia coqueteando.

El resto de la cena fue más amena y divertida. Bjorn le preguntó muchas cosas, pero evitó hablar de relaciones sentimentales y tampoco le hizo falta, dado que Patrick ya le había advertido que la directora de la delegación de España, además de ser una joven muy atractiva, también estaba casada.

Cuando acabaron de cenar, Sonia estaba bastante achispada por el vino y se sentía plenamente feliz, como hacía tiempo que no se sentía. Había guardado en un cajón secreto de su mente todas las preocupaciones y quería divertirse, olvidarse de todo por una noche. La complicidad entre ellos fue creciendo y, cuando llegó la medianoche, Bjorn miró su reloj y dijo:

–          Es tarde, deberíamos subir a la habitación.

Sonia no pudo evitar sentirse un poco decepcionada, había esperado que Bjorn le hiciera otra propuesta, pero se limitó a asentir con la cabeza y se puso en pie. Bjorn le ofreció su brazo y ella lo aceptó al mismo tiempo que caminaban hacia el hall para subir al ascensor.

–          ¿En qué habitación estás alojada? – Preguntó Bjorn mientras subían al ascensor.

–          En la habitación 505. – Respondió Sonia con un hilo de voz.

Bjorn pulsó el botón de la quinta planta y las puertas del ascensor se cerraron. Sonia lo observó y se sorprendió al ver la pícara sonrisa que le dedicaba, pero Bjorn la sacó de dudas al instante:

–          Yo estoy alojado en la habitación 504, justo al lado de la tuya.

Las puertas del ascensor se abrieron y Bjorn agarró a Sonia por la cintura, guiándola hacia la puerta de la habitación 504, la habitación de Bjorn.

–          ¿Te apetece que nos tomemos la última copa de vino?

Sonia sabía que eso no era lo correcto, pero estaba cansada de hacer siempre lo correcto. Por una noche, quería olvidarse de todo y hacer lo que realmente le apetecía sin pensar en nadie más que en ella. Y en esos momentos deseaba una sola cosa: deseaba a Bjorn.

–          Solo una copa, no quiero despertarme con resaca. – Le respondió Sonia guiñándole un ojo, provocándole con descaro.

Sonia entró en la suite de Bjorn, que era idéntica a la suite donde ella se hospedaba, y se acomodó en el sofá mientras él se dirigió al mueble bar dónde cogió un par de copas y una botella de vino. Le entregó una de las copas a Sonia, se acomodó junto a ella en el sofá y, con una sonrisa pícara en los labios, le susurró al oído:

–          El vino de tu tierra es delicioso, como sus mujeres.

Esa única frase encendió de nuevo el deseo en el cuerpo de Sonia. Estaba con el director de la delegación de Múnich, a quien había conocido ese mismo día, en la suite del hotel donde se hospedaba que, curiosamente, también era el hotel donde ella se alojaba. La estaba tratando de seducir y ella, además de permitírselo, también le estaba dando alas. Sonia sabía lo que pasaría a continuación y lo deseaba, así que no quiso pensar en nada más que en ese deseo. Cuando vio los labios de Bjorn acercándose a los suyos lentamente, ella recorrió la escasa distancia que les separaba y le besó apasionadamente. Bjorn no se esperaba aquella reacción, sabía que Sonia estaba casada y creyó que aquel intento acabaría con una bofetada en su mejilla, pero la deseaba con todas sus fuerzas desde el primer instante en que la vio y no pudo resistirse a intentarlo, aquellos labios eran demasiado tentadores como para renunciar a ellos sin intentar conquistarlos. Por eso se sorprendió cuando Sonia le besó con tanta pasión, pero se molestó en disimularlo. Bjorn deslizó sus manos por la cintura de Sonia, la agarró con urgencia y la colocó a horcajadas sobre él. En un abrir y cerrar de ojos, Bjorn se deshizo de la blusa de Sonia y ella se deshizo de la camisa de él. Bjorn la agarró por los muslos y se levantó cargando con ella en brazos para llevarla hacia a la cama. Apenas los pies de Sonia tocaron el suelo, Bjorn ya se estaba ocupando de desnudarla y de desnudarse a sí mismo. Una vez ambos se quedaron completamente desnudos, la estrechó entre sus brazos y la besó de nuevo en los labios al mismo tiempo que sus manos se deslizaban por el cuerpo de ella, acariciando cada centímetro de su piel. La tumbó en la cama y se dedicó a recorrer todo su cuerpo con la lengua, prestando especial atención en sus pezones para después descender hasta el centro de su placer y estimular su clítoris. Sonia gimió y se arqueó al sentir el contacto, excitada por lo que aquel casi absoluto desconocido le estaba haciendo sentir y dejándose llevar, disfrutando del momento. Bjorn introdujo un dedo en su vagina para comprobar su humedad y, tras verificar lo excitada que estaba, introdujo un segundo dedo sin dejar de lamer, presionar y mordisquear su clítoris.

Sonia volvió a arquearse al mismo tiempo que gemía, tratando de controlar el orgasmo que ya llegaba y Bjorn, percatándose de ello, decidió provocarla un poco más:

–          Dime, ¿qué es lo que quieres, preciosa?

–          Te quiero dentro. – Le respondió Sonia con rotundidad.

Bjorn no se hizo de rogar, se puso un preservativo, colocó su miembro en la entrada de ella y, de una sola embestida, la penetró con profundidad. Sonia pudo sentir lo excitado que estaba Bjorn, sus estocadas eran profundas y cada vez más rápidas. Él también quería contenerse, pero le pareció una tortura solo pensar en intentarlo, así que colocó su pulgar en el centro de placer de ella y lo estimuló con movimientos circulares hasta que notó que estaba a punto de alcanzar el orgasmo y le susurró:

–          Córrete conmigo, preciosa.

El cuerpo de Sonia obedeció aquella orden con sumo placer y juntos alcanzaron el orgasmo. Bjorn se dejó caer a un lado de la cama sin salir de ella y la arrastró consigo haciendo que quedara sobre él para no aplastarla.

–          ¿Todo bien, preciosa? – Quiso asegurarse Bjorn.

–          Todo bien. – Le confirmó Sonia extasiada.

Tras un par de minutos de descanso para recobrar la respiración con normalidad, los besos, las caricias y el sexo llenaron de nuevo la suite hasta que llegó el amanecer.

Cuando Sonia se despertó, seguía entre los brazos de Bjorn en la cama de su suite. Había pasado con él una de las mejores noches de su vida, pero tenía muy claro que aquello no podía volver a suceder. Aquello solo sería una aventura clandestina que jamás se repetiría y así de claro se lo hizo saber a Bjorn.

–          Avísame si cambias de opinión. – Le susurró Bjorn al oído cuando se despidieron en el pasillo de la quinta planta del hotel.

Sonia regresó a su habitación sintiéndose culpable, el efecto desinhibidor del alcohol ingerido la noche anterior había desaparecido y en su lugar había dejado una sensación de vacío en el pecho que hasta le costaba respirar. Se dio una ducha para borrar cualquier rastro de Bjorn y se repitió una y otra vez como si de un mantra se tratara: “Si no lo cuentas, nunca sucedió. Si no lo cuentas, nunca sucedió. Si no lo cuentas, nunca sucedió.”

Sonia tenía muy claro que quería a Carlos, pero las continuas discusiones con él la hacían dudar de si seguía estando enamorada de él. Se había acostado con otro hombre y, a pesar de la culpabilidad que sentía por haber engañado a Carlos, no se arrepentía de la noche de pasión que había pasado con Bjorn. Hacía tiempo que no se sentía así, tan deseada por un hombre. Con Carlos la pasión se había ido consumiendo, pero en su lugar había encontrado la estabilidad y el cariño marital. Él era bueno con ella, puede que últimamente hubieran discutido más de lo habitual, pero sabía que Carlos siempre estaría ahí, incondicionalmente. Suspiró abatida, aquella situación se le había ido de las manos. Se estremeció al pensar qué ocurriría si Carlos se llegara a enterar de lo que había ocurrido. Pero cerraba los ojos y volvía a sentir las caricias de Bjorn sobre su piel…

Sacudió la cabeza para olvidarse de aquella idea. ¿Estaba dispuesta a romper su matrimonio de cinco años con Carlos por un calentón de una sola noche con Bjorn? La respuesta era obvia para Sonia: No, no estaba dispuesta.

Así que regresó a España decidida a olvidar lo ocurrido y fingir que no había pasado nada, no iba a echar a perder su matrimonio con Carlos por una aventura de una noche. Y todavía lo tuvo más claro cuando, al bajar del avión, encontró a Carlos esperándola en la terminal del aeropuerto con un ramo de rosas rojas en la mano. Se acercó a él y, sin decir nada, se arrojó a sus brazos y le abrazó con fuerza.

–          Lo siento, cariño. No debí dejar que te marcharas enfadada, pero prometo que no volveremos a discutir sobre el tema. – Le susurró al oído mientras la mecía con ternura entre sus brazos. – Olvidemos lo ocurrido las últimas cuarenta y ocho horas, cariño.

Sonia le dedicó una tierna sonrisa y contuvo las ganas de llorar, lo último que hubiera deseado es perder a Carlos por una noche de sexo con un casi completo desconocido.