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Enamórame 11.

Mientras fregaba los platos del desayuno, Ruth sintió la mirada de David recorriendo su cuerpo. Por, suerte, ella estaba de espaldas y pudo disimular todo aquello que él le hacía sentir. Cuando terminó su tarea, dio media vuelta y lo encaró. Estaba guapísimo con esa camisa blanca y esos vaqueros desgastados, parecía un modelo salido de una de las mejores pasarelas.

David recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada. Ardía en deseos y ni siquiera se molestó en disimularlo, sabía que resultaría inútil, ella le conocía demasiado bien para intuir cuando estaba excitado. Ruth le dedicó una sonrisa traviesa y se acercó a él con fingida inocencia.

—Gracias por el desayuno, ha sido todo un detalle.

—Si de verdad quieres agradecérmelo, pasa el día conmigo —Ruth le miró alzando una ceja y él añadió—: Haremos lo que tú quieras, podemos salir a pasear, ir al cine, al teatro, lo que a ti te apetezca.

— ¿Lo que yo quiera?

—Sí, lo que tú quieras —confirmó divertido.

—La verdad es que hoy no tengo muchas ganas de salir, estoy cansada y apenas he dormido por tu culpa.

— ¿Por mi culpa?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí. No puedes dejar a una mujer con un calentón como el de anoche y fingir que no lo recuerdas.

—Solo tienes que pedirme lo que desees, pelirroja.

Aquella sonrisa traviesa y su seductora mirada la atravesaron hasta llegar a su alma. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en casa. Y no se trataba del lugar, sino de la compañía. Ruth tenía muy claro qué deseaba, lo deseaba a él. Pero, tras lo que ocurrió la noche anterior, estaba dispuesta a pedírselo, prefería llevarlo al límite y que fuera él quien lo suplicara. Seguía sin entender cómo se había podido contener de esa manera y dejarla allí, completamente excitada, para regresar a su hotel y volver a la mañana siguiente.

—Tengo que salir a hacer unos recados, si quieres puedes acompañarme —le ofreció Ruth.

—Estoy a tu disposición —afirmó el de buen humor.

Ruth frunció el ceño, estaba segura de que si le hubiera dicho que tenía que ir al matadero él habría puesto la misma cara de aprobación. Cualquier otro hombre la habría intentado disuadir para quedarse en la intimidad del apartamento, pero él no. David estaba feliz de poder pasar el día con Ruth y, ya que tendría que luchar contra sus instintos más básicos, prefería hacerlo en un lugar público donde la tentación no fuera tan grande.

Media hora más tarde, Ruth subía al coche de David. Se había cambiado de ropa y David respiró aliviado al comprobar que se había puesto sujetador.

—Tú dirás, ¿a dónde me dirijo?

—Es domingo, así que solo estará abierto el centro comercial —meditó Ruth—. Sí, creo que allí conseguiré todo lo que necesito.

David sonrió y arrancó el motor del coche. Pocos minutos después, aparcaba en el sótano del centro comercial. Como era el único lugar que estaba abierto en festivo, el centro comercial estaba lleno de gente, pero a ninguno de los dos le importó.

Ruth le había propuesto ir allí pensando que él protestaría e incluso se negaría, pero el muy sinvergüenza se había limitado a asentir y sonreír. Ahora estaba allí y no tenía ni idea de qué hacer.

— ¿Qué hacemos ahora?

Buena pregunta, pensó Ruth. Lo meditó durante un segundo y, ya que estaba allí, aprovecharía para hacer la compra y llenar la nevera.

—La compra, mi nevera está vacía y, ahora que tengo unos días libres, estaré más tiempo en casa.

David no protestó, volvió a asentir y sonreír. Ruth estaba a punto de arrancarse lo pelos, ¿es que a ese hombre nada le hacía cambiar de humor?

Pasaron la mañana de compras en el centro comercial y decidieron sentarse a comer una hamburguesa en una terraza. David aguantó estoicamente y sin protestar, algo que Ruth seguía sin llegar a entender.

—Bueno, ¿y ahora qué? —Preguntó David con su eterno buen humor cuando terminaron de comer.

—Es domingo por la tarde, ¿qué tal una de sofá y peli? —Propuso Ruth, agotada tras la mañana de compras.

— ¿No prefieres ir al cine?

—No, quiero ir a casa. Contigo —matizó Ruth, cansada de demorar más su deseo para castigar a David y que él pareciera inmune—. Creo que anoche dejamos una conversación pendiente.

Él no dijo nada, asintió con gesto serio y condujo en silencio hasta el apartamento de Ruth. Cargó con todas las bolsas de la compra, no la dejó coger ni una sola bolsa pese a que ella insistió en ayudarle. La tensión sexual que les invadió mientras subían en el ascensor fue más que palpable, pero ambos se contuvieron, aunque no sin esfuerzo. Una vez entraron en el apartamento, David se ofreció a guardar la comida en la cocina y Ruth, tras intentar ayudarle y desistir, decidió ponerse cómoda. De nuevo, se vistió con sus diminutos shorts de algodón y su camiseta de tirantes. Por supuesto, no se puso sujetador.

Cuando se cambió de ropa, David ya había terminado su tarea y la esperaba apoyado en la barra de la cocina. Él recorrió el cuerpo de ella con la mirada y Ruth se tambaleó.

—Por favor, no me mires así —casi le rogó ella con un hilo de voz.

—Créeme si te digo que lo intento —fue lo único capaz de decir antes de abalanzarse sobre ella y devorarle la boca.

La besó apasionadamente, con verdadera urgencia y necesidad. Él tomó sus labios y ella no opuso resistencia pero, aunque hubiera querido, tampoco hubiese podido. Él era el único hombre que la hacía sentirse así, el único hombre del que realmente se había enamorado.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pelirroja —le susurró cuando separó sus labios de los de ella—. Tenemos que hablar, Ruth.

—Sht. Ahora no, después —le calló con un beso.

—Pelirroja…

Pero no le dio tiempo a decir nada más, Ruth se quitó la camiseta y él ya no fue capaz de razonar, no pudo más que rendirse al deseo. La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó de nuevo con la misma pasión. Cuando quedó saciado de su boca, dejó un reguero de besos por su cuello hasta llegar a sus pechos, donde se entretuvo un largo rato acariciándolos, besándolos y jugando con ellos, excitándola aún más de lo que ya estaba.

—David…

—No seas impaciente, he esperado demasiado tiempo para que esto ahora dure tan poco.

—Tenemos toda la tarde para recrearnos, pero ahora lo necesito rápido —argumentó Ruth.

— ¿Rápido?

—Rápido y salvaje —le confirmó ella con una pícara sonrisa en los labios.

David no se lo pensó dos veces. Se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, reclamó su boca y, tras arrancarle los diminutos shorts de algodón, la penetró de una sola estocada haciéndola gemir con fuerza. Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.

—Demasiado rápido —opinó David cuando su respiración se normalizó.

—Ha sido genial —opinó Ruth—, justo lo que necesitaba.

—Todavía no he acabado contigo —le advirtió David poniéndose en pie para cogerla en brazos y llevarla al cuarto de baño—. ¿Te apetece un baño relajante conmigo?

Ruth sonrió. Si alguna vez contestaba con una negativa a esa pregunta, deberían ingresarla en un centro psiquiátrico.

Pasaron la tarde haciendo el amor en cada rincón del apartamento, explorando sus cuerpos mediante las caricias y los besos que se propagaban. A la hora de cenar, David se ofreció para preparar la comida. Ruth quiso echarle una mano pero, una vez más, David rechazó su ayuda con una sonrisa en los labios alegando que ella solo conseguiría distraerle y la cena terminaría quemada.

David preparó una ensalada y un par de filetes de ternera a la plancha, algo fácil y rápido, ya que ambos estaban hambrientos después del desgaste de energía. Ruth esperó con paciencia que retomara la conversación pendiente, pero David no lo hizo y Ruth tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera, al menos no esa noche.

—Es tarde y mañana tengo turno de mañana en el hospital —comenzó a decir poniéndose en pie después de cenar y de haber recogido la cocina.

—Me debes una tarde de peli, manta y sofá —bromeó Ruth para disimular su incomodidad.

—No hagas planes para esta tarde, pasaré a recogerte en cuanto acabe mi turno y, después de terminar esa conversación pendiente, pasaremos la tarde en el sofá viendo todas las películas que quieras.

Ruth asintió, sabía que era una locura y que caería de nuevo en sus redes, pero tampoco tenía la fuerza de voluntad suficiente como para rechazarle.

Enamórame 10.

David condujo en silencio durante todo el tiempo que duró el camino de regreso al apartamento de Ruth. No la culpaba, pero no podía evitar sentirse frustrado. Maldijo entre dientes varias veces, disimulando para que ella no se diera cuenta. Estaba seguro de que aquel repentino cambio en ella se debía al efecto de la comida afrodisíaca y las copas de champagne. Mike tenía buena intención, pero no había pensado en la posibilidad de que Ruth se asustara al sentirse allí y saliera huyendo. Por lo menos no ha huido de mí y me ha pedido que la acompañe a casa, podría haber sido peor, pensó David mientras aparcaba frente al portal del edificio donde vivía Ruth.

Se bajó del coche y lo rodeó rápidamente para ayudar a salir a Ruth. Ella tropezó y él tuvo que sostenerla para que no se diera de bruces contra el suelo. Ruth se agarró con fuerza a él y le miró con auténtico deseo.

—Pelirroja, deja de mirarme así —le advirtió con la voz ronca.

—Me gusta que me llames pelirroja —ronroneó ella—. ¿Te apetece subir a tomar una copa?

— ¿Estás segura?

Ruth rodó los ojos y tiró de él para que la siguiera. Entraron en el portal del edificio y, tras saludar al portero, subieron en el ascensor hasta el ático. Ruth abrió la puerta y, colgando su chaqueta en el perchero, le preguntó:

— ¿Qué quieres beber?

—Agua —contestó él siguiéndola a la cocina—. Y tú también deberías, creo que hoy ya has bebido suficiente.

David se acercó lentamente hacia a ella, la agarró por la cintura y la miró a los ojos con un deseo intenso que la hechizó. Ruth cerró los ojos, tanta intensidad la extasiaba.

—Pero no puedo seguir, pelirroja. Por mucho que lo desee, te hice una promesa y voy a cumplirla —le susurró al oído. Dejó un reguero de pequeños besos sobre su cuello y, apartándose de ella, le confesó—: Ahora mismo, mi único deseo es hacerte el amor toda la noche, pero Mike me ha dicho que el catering de la inauguración era afrodisíaco y no quiero que eso influya en tu decisión.

—Si de verdad me deseas, rompe esa estúpida promesa y hazme el amor —le retó Ruth, estaba demasiado excitada para quedarse allí—. Necesito sentir tus manos recorriendo mi cuerpo desnudo, tus besos erizando cada centímetro de tú piel y a ti dentro de mí.

—Lo deseo tanto o más que tú, pero no quiero que me odies mañana —le dijo David haciendo un esfuerzo para separarse de ella.

—No te odiaré —murmuró con un hilo de voz.

—Por si acaso, no me arriesgaré —sentenció David—. Creo que será mejor que me vaya, pero mañana vendré a traerte el desayuno y ver cómo estás, ¿de acuerdo?

—Puedes quedarte aquí, hay dos habitaciones vacías.

—Es una oferta muy tentadora, pero quiero hacer bien las cosas contigo, pelirroja. No hagas planes para mañana y, por favor, no bebas.

—Está bien —accedió Ruth con resignación—. Te veo mañana.

—Buenas noches, pelirroja —se despidió de ella cuando la acompañó a la puerta.

—Buenas noches —murmuró Ruth visiblemente frustrada.

David no pudo más que sonreír ante la reacción de ella. No quería hacerle el amor estando ella achispada y después de haberse hinchado a comer canapés afrodisíacos. Por mucho que ella lo deseara, no podía arriesgarse a hacer nada mal y perderla. Ruth era demasiado importante para él, ella era su prioridad.

Ruth tuvo ganas de gritar cuando David se marchó y la dejó sola en el apartamento. ¿Qué clase de hombre deja a una mujer sola y excitada en su apartamento un sábado por la noche? Uno que no está bien de la cabeza o al que no le intereso lo más mínimo, pensó disgustada.

Se metió en su cama e intentó dormir, pero solo consiguió dar vueltas y ponerse más nerviosa. David, en su habitación de hotel, tampoco pudo dormir. El deseo que sentía por Ruth le quitaba el sueño y su abultada entrepierna no hacía más que recordárselo.

Esperó a que amaneciera, se dio una ducha (de agua fría, por supuesto) y salió del hotel en busca de una panadería donde poder comprar el mejor desayuno de toda la ciudad. Sabía que ella se había sentido decepcionada ante su decisión de marcharse, pero pretendía compensarla pasando el día con ella.

Ruth se despertó con el sonido de su teléfono móvil, le había llegado un mensaje. Pese a que apenas había dormido, se levantó de la cama dando un salto, con la esperanza de que fuera un mensaje de David. Y así era: “Buenos días, pelirroja. Espero que estés despierta, en diez minutos estaré en tu apartamento con un rico desayuno. No me dejes esperando, no quiero que los vecinos me tomen por un acosador.” Ruth sonrió, además de guapo, amable y detallista, también era divertido. Se dirigió al cuarto de baño sin dejar de sonreír y se dio una larga ducha de agua caliente para relajarse. Justo cuando salía de la ducha, oyó el timbre de la puerta. Se estremeció al imaginar que sería David y que, cansado de esperar en la calle, se las había ingeniado para entrar en el edificio y llamar a su puerta. Se colocó la diminuta toalla lo mejor que pudo y abrió la puerta.

— ¡Joder! —Exclamó David al verla. Ella le miró enarcando sus cejas y añadió a modo de disculpa—: Lo siento, pero no esperaba encontrarte así.

—Oh —se ruborizó Ruth al darse cuenta de que aquella toalla apenas dejaba nada a la imaginación—: Lo siento, iré a cambiarme.

—Tampoco es que me moleste, pero es lo más sensato si no quieres que te arranque esa maldita toalla —murmuró David entre dientes.

Ruth sonrió para sus adentros mientras se dirigía a su habitación a vestirse. A ella le hubiera encantado que le arrancase la toalla y le hiciera el amor allí mismo, pero él tenía razón y lo mejor era actuar con sensatez. Además, después del calentón con el que la dejó la noche anterior, Ruth no iba a ponérselo fácil, estaba dispuesta a ejecutar una dulce venganza.

Se colocó una fina camiseta de tirantes (sin sujetador, por supuesto) y unos diminutos shorts de algodón que dejaban al descubierto sus largas piernas. Cuando regresó al salón, observó cómo David la miraba de arriba abajo y pronunció algo entre dientes que ella no fue capaz de entender, aunque tampoco le hacía falta. Ella sonrió con inocencia, consciente del bulto que crecía en los pantalones de él, y se sentó a la mesa de la cocina, donde David había servido el desayuno que había comprado para ambos.

— ¡Caramba, has traído de todo! —Exclamó Ruth hambrienta mientras se llevaba un donut de chocolate a la boca.

— ¿Qué bebes para desayunar? ¿Café o zumo?

—Café, siempre café —sonrió como si fuera una niña pequeña en una tienda de caramelos.

Desayunaron en silencio, pero no fue uno de esos silencios incómodos, sino más bien un silencio cómplice. Ambos se sentían a gusto en compañía del otro, pese a que habían pasado casi tres años, seguía existiendo esa fuerte conexión entre los dos.

— ¿Qué tal has dormido? —Preguntó David con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Bien, aunque te aseguro que podría haber dormido mejor —gruñó Ruth fulminándole con la mirada.

— ¿Debo suponer que la causa de no haber dormido mejor soy yo? —Se mofó él, divertido con la situación.

— ¿Qué me dices de ti? ¿Dormiste bien? —Le replicó Ruth molesta. Él tenía el aspecto de un dios, ni siquiera parecía afectado por el calentón de anoche.

—Apenas he pegado ojo —le confesó con naturalidad—. Llegué al hotel y me metí en la ducha, necesité más de una hora bajo el agua fría para serenarme. Intenté dormir un poco y, cuando amaneció, me levanté y volvía a ducharme con agua fría. Después compré el desayuno y aquí estoy. ¿Te sientes mejor, pelirroja?

No, Ruth no se sentía mejor. Pero optó por no decir nada. Terminó de desayunar en silencio y después se apresuró en recoger las sobras y fregar los platos que habían ensuciado. David estuvo tentado de abrazarla desde de atrás y llevarla a la habitación, pero se recordó que debía ser prudente con ella, no podía asustarla y que ella saliera huyendo.

Enamórame 9.

Ruth se puso nerviosa cuando vio a Mike hablando con David, pero los nervios pasaron al histerismo cuando vio que lo guía hasta a dónde se encontraban sus fotografías. Intentó zafarse de los del catering, de los músicos y de su propia ayudante para rescatar a David, a saber qué le estaría diciendo Mike. Pero uno de los accionistas de la galería de arte la interceptó a medio camino y no pudo más que sonreír y atenderle con amabilidad. Cuando por fin pudo librarse de él, buscó a David con la mirada y lo encontró charlando con Mike y su acompañante, la exuberante rubia de su vecina. Se dirigió hacia a ellos y los tres la recibieron con una amplia sonrisa, algo que a Ruth le hizo sospechar. Sin embargo, no dijo nada, no era momento ni lugar para reproches.

—Perdona por dejarte solo tanto tiempo —se disculpó Ruth con David.

—No te preocupes, sé que estás trabajando —le restó importancia él—. Tu amigo Mike me ha hecho compañía, es un tipo bastante peculiar.

—Oh, no. ¿Qué te ha dicho ese sin vergüenza?

—Tranquila, ha sido muy amable conmigo, me cae bien —le dijo riendo—. Estoy deseando ver sus fotografías.

Ruth se tensó, sabía que Mike era capaz de haberle dicho que ella aparecía en tres de esas fotografías, ella misma los había visto frente a las fotografías, aunque estuvieran tapadas por la suave cortina de seda roja. Eliminó aquellos pensamientos de su mente, al fin y al cabo, tarde o temprano David las vería. Se quitó el abrigo y David, como el caballero que era, rápidamente la ayudó y, una vez más, tuvo que hacer un esfuerzo para contener al ser primitivo que llevaba dentro.

—Joder, me vas a matar —le susurró con la voz ronca.

Ruth sonrió, satisfecha con los efectos que su vestido había causado en David. Él no dejaba de mirarla, era imposible resistirse a contemplar lo sexy y seductora que estaba Ruth con ese vestido rojo a juego con su pelo. Su entrepierna dio un brinco bajo sus pantalones al comprobar que el vestido dejaba completamente desnuda su espalda y además tenía un pronunciado y arriesgado escote. Colocó su brazo alrededor de la cintura de ella y la pegó a él con posesión, iba a ser una noche larga.

Los invitados comenzaron a llegar, entre ellos Ana, Nahuel, Eva y Derek. Ruth los saludó a todos con naturalidad, pero sus amigas notaron que estaba nerviosa, la conocían demasiado bien. También saludaron a David, ellas ya conocían la historia y estaban encantadas de que estuviera allí con Ruth. Nahuel y Derek, que no sabían que David hubiese vuelto a la ciudad, le saludaron educadamente, pero con la precaución de estar cruzando un campo de minas. Con esas chicas, uno nunca sabía cómo debía actuar.

Ruth no se separó de David más de lo necesario: cuando dio la bienvenida oficial a los invitados, presentó al autor de la exposición e informó de cómo comprar las fotografías (tan solo debían dirigirse al mostrador de administración, rellenar la documentación y firmarla para hacer efectiva la compra). David le agradeció que estuviera tan pendiente de él en una noche como aquella.

Ruth cogió un par de copas de champagne de la bandeja de uno de los camareros que pasaba por allí y le entregó una a David al mismo tiempo que le preguntaba:

— ¿Te apetece una visita guiada?

—Por supuesto —aceptó él encantado.

Las cortinas de seda roja habían sido retiradas, dejando la belleza y el erotismo de las fotografías al descubierto. Ruth le mostró todas y cada una de las fotografías y dejó las joyas de la corona para el final. David observó las tres fotografías de Ruth mientras ella observaba su reacción y esperaba su opinión.

—Sin duda alguna, son lo mejor de la exposición —aseguró él con la voz ronca.

— ¿Te gustan?

—Pelirroja, me encanta todo lo que tiene que ver contigo —le confesó excitado—. Pero esas fotos me matan, será mejor que deje de mirarlas o terminaré rompiendo mi promesa de ser un buen chico.

Ruth reprimió un gemido de excitación, hacía mucho tiempo que esperaba volver a oír aquella palabra con la que él se refería a ella cuando estaba juguetón. Suspiró con resignación, ahora no podía permitirse pensar en ello. Decidió llevar a David hasta las mesas donde se servían los canapés y comer un poco, le vendría bien para calmar su otro apetito. Mike sonrió al ver cómo su amiga y el médico saboreaban los deliciosos canapés afrodisíacos que él mismo se había encargado de incluir en el menú del catering, había sido un acierto.

El calor se apoderó del cuerpo de Ruth y trató de calmarlo con otra copa de champagne. Mala idea teniendo en cuenta que todavía estaba un poco achispada a causa del vino de la comida con Mike.

El director de la galería de arte y jefe de Ruth, al confirmar el éxito de Ruth, se acercó a ella para felicitarla y, cuando su jefe se quedó mirando al tipo que la rodeaba con posesión por la cintura, se vio obligada a hacer las presentaciones oportunas:

—Pablo, te presento a David Garrido —se volvió hacia a su acompañante y añadió—: David, te presento a Pablo Urrutia, mi jefe.

Ambos hombres se estrecharon la mano con cortesía, pero ninguno de los dos quedó satisfecho con aquella presentación. Su jefe quería saber quién era su acompañante, solo por curiosidad quería saber si Ruth había sentado al fin la cabeza; David se moría de ganas por gritar que Ruth estaba con él, que no eran dos simples amigos y que sería la madre de sus hijos, pero se contuvo.

Ella, cada vez más acalorada por la situación y por el brazo de David que le ardía alrededor de la cintura, decidió excusarse para ir al servicio.

— ¿Estás bien? —Quiso saber David.

—Sí, solo estoy un poco… acalorada —alegó Ruth y añadió antes de dar media vuelta y caminar hacia los aseos—: En seguida regreso.

David la vio alejarse y sus ojos se perdieron en la piel de su espalda desnuda. Sacudió la cabeza, si seguía así le dolerían los testículos más de una semana. Mike, al ver que David se quedaba de nuevo a solas, se acercó a él y le preguntó:

— ¿Qué le pasa a Ruth?

—Ha ido a refrescarse, está acalorada —murmuró David con la voz ronca.

—Me parece que no es la única por aquí que está acalorada, supongo que es el efecto que causa un catering afrodisíaco —comentó Mike mirando a su alrededor y sonriendo al comprobar que todos los invitados se mostraban más cariñosos de lo que hubiera sido normal.

David recordó cómo Ruth devoraba los exquisitos canapés y no tuvo dudas, ella no tenía ni idea de lo que Mike había tramado.

—Ella no lo sabe, ¿verdad?

—No hace falta que me lo agradezcas —le respondió Mike guiñándole un ojo antes de marcharse.

Tras refrescarse la nuca con agua, Ruth salió del baño encontrándose mejor, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de David desnudo sobre ella.

— ¡Joder, parezco una maldita quinceañera llena de feromonas! —Se reprendió mirándose en el espejo.

Tenía que acabar con aquello, tantos días sin sexo y con David tan cerca la estaban matando. Ambos querían lo mismo y tarde o temprano iba a suceder, a Ruth le pareció que cuanto antes pasara mejor, no estaba dispuesta a torturarse más. Cogió otra copa de champagne y se la bebió de un trago, tenía la boca seca y necesitaba infundirse valor. Se despidió de su jefe y se dirigió en busca de David antes de despedirse de Mike y del resto de sus amigos.

— ¿Estás bien?

—Sí, pero estoy cansada y un poco agobiada, ¿te importaría llevarme a casa?

—Eh, claro. Te llevo —afirmó David confuso, no esperaba que la noche terminara así.

Ruth se apresuró en despedirse de todos, que intuyeron rápidamente cuáles eran sus intenciones excepto David, que en aquel momento ya asimilaba que la noche había acabado para él. Ruth se sintió culpable al notar la chispa de decepción en los ojos de David cuando salían de la galería de arte pero se mantuvo fuerte y no se lo puso fácil, pese a que volvía a estar bastante achispada.

Enamórame 8.

Ruth miró el reloj y soltó un gritito histérico. Si no se daba prisa, David llegaría antes de que ella hubiera terminado de arreglarse. Rebuscó en las profundidades de su armario hasta que encontró el conjunto de lencería rojo que semanas atrás había comprado para la ocasión. Se vistió y se echó un rápido vistazo en el espejo para asegurarse de que su atuendo al completo estuviera perfecto. Tras confirmar que así era, se echó un poco de perfume en las muñecas, en el cuello y en el canalillo. Solo tenía que calzarse los zapatos, coger el bolso y ponerse la chaqueta cuando su teléfono móvil la avisó que tenía un mensaje. Sonrió, solo podía tratarse de una persona. Sin borrar la sonrisa de sus labios, Ruth leyó el mensaje: “Acabo de llegar y ya estoy impaciente por verte, no me hagas esperar, te lo ruego.” A Ruth le entraron ganas de ser juguetona y contestarle ¿o qué? ¿Subirás a buscarme para darme unos azotes?, pero se contuvo y se limitó a contestar: “No seas impaciente, tendrás toda la noche para verme.” Pulsó la tecla de envío y se arrepintió en ese mismo momento. Su mensaje no había sonado en absoluto como ella había pretendido, lo supo cuando leyó el siguiente mensaje de David mientras bajaba en el ascensor: “Ruth, si no quieres acabar conmigo, te ruego que hagas un esfuerzo en escoger palabras que no tengan un doble sentido, no querrás que me confunda.”

Él tenía la razón, pero la idea de jugar con David la tentaba demasiado. Tenía claro que si no era esa noche sería cualquier otra, pero terminaría en la cama con David. Entonces, ¿qué problema había en divertirse un poco y pasarlo bien? Hacía mucho tiempo que no se sentía así, tan llena de vida y feliz, aunque esto último jamás lo reconocería en voz alta.

Abrió la puerta del edificio para salir a la calle y se encontró frente a David. Estaba guapísimo con su traje negro y su camisa gris oscuro combinada con una corbata negra.

—Estás… preciosa —logró decir David tomándola de la mano.

Se fijó en ella mientras la acompañaba al coche y la ayudaba a acomodarse en el asiento del copiloto. Estaba espectacular, su piel resplandecía, sus ojos brillaban y en sus labios se dibujaba una sonrisa traviesa a la que su cuerpo reaccionó de forma natural. Agradeció en silencio que llevara puesta la chaqueta y no dejara ver la parte superior de su vestido rojo, pues no creía tener suficiente voluntad para contenerse y le habría hecho el amor allí mismo. De camino a la galería, David intuyó que Ruth estaba más animada de lo normal, jugueteaba con un mechón de pelo que salía estratégicamente de su moño, cambió la emisora de radio hasta que encontró una canción que le gustó y comenzó a bailar sin darse cuenta. David tuvo que recolocarse el pantalón en la zona de su entrepierna.

—No me has dicho sobre qué va la exposición —comentó por sacar un tema de conversación que le distrajera de la tentación que estaba sentada a su lado.

—Oh, se trata de una exposición de fotografía erótica —murmuró ella ruborizándose—. ¿No te lo había comentado antes?

La madre que la parió, pensó David.

—Pues no, no me lo habías comentado —respondió apretando los dientes.

Ruth, que todavía seguía achispada por las copas de más que había tomado comiendo con Mike, le aseguró que Mike era el mejor fotógrafo que había conocido, que captaba la esencia de cada persona, su belleza y su lado más pícaro y salvaje.

—Estás muy animada —tanteó David, tratando de adivinar qué diablos le pasaba a la pelirroja para que estuviera tan sonriente y desinhibida, aunque el cambio le gustaba.

—Eso es culpa de Mike, me invitó a comer y ya sabes, al final una cosa llevó a la otra y terminamos… ¡El semáforo! —Gritó Ruth cuando él se saltó un semáforo.

— ¡Joder! —Bramó David.

Dio un volantazo y esquivó los coches que venían por la izquierda y la derecha. Masculló algo entre dientes que Ruth no fue capaz de entender. Se quedaron en silencio los cinco minutos que tardaron en llegar a la galería de arte, David concentrado en conducir para llegar ilesos y Ruth pensaba en lo guapo que estaba su médico.

David la ayudó a bajar del coche cuando llegaron, pero ella dio un traspié y él tuvo que sostenerla agarrándola con fuerza y pegándola a su cuerpo.

—Joder —masculló David.

—Lo siento —se disculpó Ruth poniendo morritos.

David no pudo más que sonreír al ver esa carita de ángel, aunque comenzaba a sospechar que se había tomado un par de copas y estaba achispada.

—Ruth, ¿has bebido?

—Un poquito mientras comía con Mike, ya te lo he dicho.

David suspiró, solo a aquella loca se le ocurría beber justo antes de la inauguración de la exposición que había organizado. Pero no pudo reprochárselo, estaba encantado de disfrutar de la Ruth que recordaba.

—Está bien, te lo perdono solo porque estás muy graciosa —se mofó él.

Entraron en la galería y todas las miradas de los allí presentes se centraron en ellos. Ruth saludó a sus compañeros de trabajo y les presentó a su acompañante como “un viejo amigo”, algo que a David no le hizo ninguna gracia pero tampoco protestó. Mike se acercó con una rubia del brazo y Ruth intuyó que se trataba de su vecina, la mujer por la que se estaba volviendo loco según sus propias palabras.

—Ruth, ¿qué tal estás? —Le preguntó Mike burlonamente.

—Te odio, por tu culpa estoy hecha un harapo y sigo afectada por tu dichoso vino.

—Veo que sigues de un humor de perros —bufó Mike. Se volvió hacia David y añadió antes de largarse con su acompañante—: Quizás tú puedas hacer algo con esa fiera.

— ¡Mike!

Pero Mike no le hizo ni caso, se marchó riéndose divertido y dejando a su amiga hecha una furia.

—Imagino que ese es tu amigo Mike —murmuró David sin disimular lo molesto que se sentía.

—Sí, perdona, ni siquiera te lo he presentado.

—Bueno, estabais muy concentrados hablando de vuestra cita de este mediodía.

— ¿Cita? ¿Con Mike? —Ruth se echó a reír como si fuera la tontería más grande que hubiese escuchado jamás—. ¿Acaso estás celoso de él?

— ¿Debería?

—Pues no, no deberías estar celoso de Mike.

— ¿Por qué no? Os entendéis con una simple mirada, es evidente que tenéis una gran confianza y no puedo negar que le envidio por ello.

—Mike y yo solo somos amigos, nunca hemos… En fin, ya me entiendes.

Una chica se acercó a Ruth y le hizo algunas preguntas, tenía algunas dudas sobre pequeños detalles de la organización y Ruth se disculpó antes de irse con la chica y supervisar que todo estuviera en orden. David aprovechó que estaba a solas para dar una vuelta por la sala, pero no pudo ver ninguna fotografía, todas estaban tapadas con una cortinilla de seda roja.

—Supongo que tú debes ser el médico, ¿no? —Le preguntó Mike a su espalda—. Yo soy Mike, un buen amigo de Ruth.

—Sí, eso he oído.

—No creas todo lo que dice, últimamente está de un humor de perros y no suelta nada coherente por esa boquita que tiene —bromeó Mike imaginando la tortura por la que su amiga estaría haciendo pasar a aquel pobre hombre—. Ven, quiero enseñarte algo que te gustará.

David le siguió, no tenía nada mejor que hacer y sentía curiosidad por lo que Mike quería mostrar. Además, con un poco de suerte incluso podría sacarle alguna información sobre Ruth que le fuera de utilidad.

Mike paró frente a las tres fotografías sorpresa de la exposición y, con una sonrisa maliciosa en los labios, añadió:

—Imaginaba que querrías ser el primero en verlas.

— ¡Joder! —Exclamó David excitado al ver las fotos de Ruth—. ¿Sabe ella que…?

—Por supuesto, aprecio demasiado mi vida como para hacer algo así y no decírselo —le respondió Mike con una sonrisa maliciosa en los labios—. Lo cierto es que reaccionó bastante mejor de lo que esperaba, aunque le traumatiza que un viejo verde compre sus fotografías para masturbarse como un poseso mientras la mira.

—Te compro las tres fotografías, pero no le digas nada a Ruth —decidió David en un arrebato, de ninguna manera iba a consentir que esas fotografías de la pelirroja fueran a parar a otro lugar que no fuera su casa.

—Creo que antes deberías mirar el precio, son la joya de la exposición —le advirtió Mike.

—El dinero no es un problema, me llevo las tres —sentenció—. Asegúrate de que todo el mundo sepa que están vendidas y que Ruth no tenga ni idea de que yo soy el comprador.

— ¿Sabes? A Ruth le hacía falta un tipo como tú en su vida, me caes bien doctor y, a partir de ahora, tienes un aliado en mí.

—Me alegra oírte decir eso —le confesó David satisfecho.

Desde luego, aquella conversación con Mike había resultado mucho más beneficiosa de lo que esperaba. Había confirmado que entre Mike y Ruth no había más que una buena amistad y, lo que es mejor, había encontrado un aliado que estaba dispuesto a echarle una mano para enamorar a Ruth.

David se quedó un rato más con Mike, escuchándole hablar de la exposición, de lo eficaz que había sido Ruth en la organización de la inauguración e incluso le dio un consejo:

—Ruth necesita tiempo, no ha llevado bien tu ausencia y ahora tiene que asimilar que estás aquí para quedarte. Dale un poco de espacio, hasta ahora lo estás haciendo muy bien, Ruth ya no se pone pálida cuando le pregunto por ti.

— ¿Te habla de mí?

—Es mi mejor amiga, me lo cuenta todo —le aseguró alzando una ceja divertido—. Y, créeme si te digo que, aunque a veces pueda parecerlo, Ruth no es ninguna bruja, tiene su corazoncito oculto bajo toda esa coraza.

David lo quería saber todo de Ruth y continuó haciéndole a Mike muchas preguntas que él le respondió encantado. Mike estaba cansado de ver a su amiga Ruth fingiendo que era feliz, odiaba ver cómo ocultaba lo que sentía por David pero, ahora que él había vuelto, no estaba dispuesto a ver cómo ella echaba a perder aquella oportunidad. Además, David parecía un buen tipo y le caía bien, se sentía obligado a echarle una mano ya que su amiga seguro que no se lo estaba poniendo fácil.

Enamórame 7.

Ruth aprovechó la mañana del viernes para limpiar su apartamento y así mantenerse ocupada. Por la tarde recibió la llamada de Ana y, tras comentarle que Nahuel tenía que ir a la oficina para asistir a una reunión importante, decidió hacerle una visita. Necesitaba hablar con alguien y Mike había apagado su teléfono móvil para que nadie le molestara antes de la exposición. A Eva no había manera de verle el pelo, entre el trabajo y los preparativos de la boda apenas tenía tiempo para dedicarles un par de mensajes y un par de llamadas a la semana.

— ¿Cómo está mi precioso sobrino?

—Acaba de dormirse —le respondió Ana señalando la cuna que había en el salón—. Pero imagino que no habrás venido hasta aquí para ver dormir a un bebé.

Con Ana todo resultaba más fácil, ella era muy intuitiva y no hacía falta decirle nada para que ella adivinara lo que pasaba por su cabeza.

—Estás coladita por él —afirmó Ana tras escudriñarla con la mirada.

—Casi tres años hace que no le veo y vuelve a tenerme comiendo de su mano —se lamentó Ruth.

—Quién no arriesga no gana —le recordó su amiga—. Sí, han pasado casi tres años, pero durante todo este tiempo no has encontrado a ningún hombre que te haya hecho sentir como él lo hace, y no será porque no te hayas empeñado en buscarlo.

— ¿Y qué hago? ¿Me acuesto con él y dejo que piense que puede hacer conmigo lo que le dé la gana?

—Hace tres años la situación era diferente, ahora tiene una plaza fija en el hospital de la ciudad y lo primero que ha hecho es ir a buscarte —le dijo Ana cansada de que su amiga quisiera complicarlo todo con su desconfianza—. Se interesa por ti y te respeta, él mismo te ha dejado claro que no dará el primer paso porque no quiere presionarte, pero espera que tú lo hagas. Nadie puede decirte lo que debes hacer, pero será mejor que te decidas pronto porque dudo que él esté dispuesto a esperar eternamente. Y no te estoy hablando de sexo, tan solo de que él necesita que le des alguna señal para que sepa que va por buen camino y que no está perdiendo el tiempo contigo.

—Vale, darle alguna señal positiva —repitió el consejo de su amiga tomando nota mental.

Pasaron un par de horas hablado de lo bueno que era el pequeño Nahuel, de lo liada que estaba Eva con los preparativos de la boda y, cómo no, también de la exposición de Mike.

—Estoy deseando ver la cara de David cuando vea tus fotografías en la exposición, se volverá loco —comentó Ana riendo divertida.

— ¿Crees que le gustarán?

—Cielo, a cualquier hombre le gustarán, puede que incluso a bastantes mujeres.

Ambas se echaron a reír divertidas y en ese momento llegó Nahuel, el marido de Ana. Saludó a su esposa con un breve pero apasionado beso en los labios y le susurró:

—Estás preciosa.

—Por favor, qué estoy a dos velas desde hace demasiado tiempo —protestó Ruth—. A menos que penséis en hacerme partícipe, os agradecería que dejarais de magrearos.

—Lo siento, pero no comparto a Ana con nadie, ni siquiera contigo —bromeó Nahuel.

Los tres se rieron, entre ellos existía la suficiente confianza como para bromear sobre ciertos temas.

Ana y Nahuel la invitaron a quedarse a cenar con ellos y Ruth aceptó, no tenía un plan mejor y distraerse con sus amigos le vendría bien. A las once de la noche llegó a casa, justo cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Sonrió al ver que se trataba de David.

—Hola —lo saludó nada más descolgar.

—Hola, Ruth. Lamento llamarte tan tarde, ha habido una explosión en una fábrica y he tenido que doblar turno en el hospital, acabo de llegar al hotel.

—Oh.

—Estaba deseando oír tu voz, ¿cómo te ha ido el día?

—Yo también acabo de llegar a casa, he cenado en casa de Ana y Nahuel. Mañana por la mañana iré a la galería para asegurarme de que todo está donde debe estar para la inauguración de la exposición. He organizado cientos de exposiciones, pero organizar la exposición de Mike me tiene histérica, jamás me perdonaría que algo saliera mal.

—Ese Mike es muy importante para ti —resopló David sin poder evitarlo.

—Mike es un buen amigo, te caerá bien cuando le conozcas.

—Mañana lo averiguaremos —dijo cambiando de tema—. ¿A qué hora paso a buscarte?

—La inauguración empieza a las ocho, pero tengo que estar allí a las siete y media.

—De acuerdo, llegaré a las siete —sentenció David. Suspiró y añadió suavizando su tono de voz—: Buenas noches, Ruth.

—Buenas noches —logró susurrar Ruth antes de colgar.

El sábado por la mañana se levantó temprano y se dirigió a la galería de arte. Allí se encontró con Mike, que estaba más tranquilo que ella y trató de calmarla diciéndole que todo saldría bien. Supervisaron que cada fotografía estuviera en su lugar exacto, con su correspondiente etiqueta con su precio.

—Todo está controlado, pero imagino que esto no es lo único que te preocupa —adivinó Mike—. ¿Todavía no te lo has tirado?

— ¡Mike!

—Oh, vamos. ¿Desde cuándo te has vuelto una mojigata? —Ruth lo fulminó con la mirada y Mike añadió en son de paz—: Está bien, pero al menos dime que lo veré contigo esta noche.

—Sí, llegaré con él. Y tú, ¿traerás a tu vecina?

—Pues sí, la he invitado —anunció orgulloso—. No sé qué tiene esa chica pero me vuelve loco, y no hablo solo de sexo.

—La vecinita te tiene loco, ¡quién lo diría! —Se mofó Ruth—. Estoy deseando conocer a la mujer que ha hecho que tu corazón lata de nuevo.

—Sé buena, te recuerdo que esta noche yo también conoceré a tu médico —le advirtió Mike.

—Touchée.

—Venga, te invito a comer —sentenció Mike.

Se dirigieron al mismo restaurante de siempre y el camarero les atendió amablemente, con una amplia sonrisa en la cara. Ambos amigos estaban nerviosos y emocionados por la inauguración de la exposición, hablaban atropelladamente y, sin darse cuenta, se bebieron la botella de vino.

—Creo que nos hemos pasado bebiendo, en menos de tres horas tenemos que estar en la galería y creo que he estoy bastante achispada —opinó Ruth.

—Sí, será mejor que cojamos un taxi —concluyó Mike.

Mike había bebido lo mismo que su amiga, pero indiscutible que a ella le había afectado más que a él. Paró un taxi y metió a Ruth antes de meterse él. La acompañó a casa, se aseguró que llegaba sana y salva hasta el portal y se dirigió a su apartamento, él también tenía que arreglarse para la inauguración.

Ruth entró en su apartamento y se dio una ducha, ni siquiera se paró a preparar la ropa, sabía que lo primero que tenía que hacer era espabilarse y una ducha, además de necesaria, era la mejor opción. Se duchó, se secó el pelo, se peinó y se maquilló antes de vestirse. No paró ni un segundo, la hora se le echaba encima y David no tardaría en llegar.