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Enamórame 20.

Seis meses después…

Ruth llegó al apartamento cansada del trabajo, era temporada de visitas de estudiantes de todas las edades y la galería se parecía más un colegio que a una galería de arte. Además, estaba un poco triste por dejar el apartamento en el que había vivido los últimos cuatro años, aunque estuviera emocionada por mudarse con David a su nueva casa con jardín.

— ¿Cómo ha ido el día, pelirroja? —La saludó David con un beso en los labios nada más entrar por la puerta.

—Horrible, deseando llegar a casa para acurrucarme contigo en el sofá.

—Pues hoy no va a poder ser, pelirroja —le advirtió tratando de ocultar su sonrisa, pero sin conseguirlo—. Tenemos planes, ve a ducharte que salimos en una hora.

— ¿A dónde vamos? No quiero salir, estoy cansada y solo quiero meterme en la cama contigo, abrazarme a ti y dormir hasta mañana.

—Y lo haremos, pequeña, pero antes tenemos que hacer algo. Ve a ducharte y no tardes.

Ruth resopló, pero le obedeció para no iniciar una discusión, él siempre acababa saliéndose con la suya.

Una hora más tarde, ambos salían del apartamento y se dirigían en coche hacia a su nueva casa. Ruth frunció el ceño cuando llegaron, no tenían previsto trasladarse hasta dentro de un par de semanas, cuando les llegaran los muebles.

— ¿Qué estamos haciendo aquí?

—No seas impaciente, es una sorpresa —le respondió David divertido—. Ven, deja que te ponga una venda en los ojos.

— ¿Una venda? ¿Para qué?

—Ya te lo he dicho, es una sorpresa —le susurró él con paciencia.

Ruth se dejó hacer, ya que la había arrastrado hasta allí, lo mínimo que podía hacer era dejar que le mostrara la sorpresa, pese a que ella odiaba las sorpresas.

David le vendó los ojos nada más salir del coche y la guio por el jardín hasta entrar en su nueva casa. Ya habían llegado los muebles y estaban colocados, Ana y Eva le habían echado una mano para que todo estuviera listo para esa noche.

David había planeado estrenar su nueva casa con una velada romántica. Le había preparado una cena en el jardín, con velas y flores; también tenía previsto llenar el jacuzzi de agua caliente y tirar algunos pétalos de rosas, como había visto en las películas; y, lo más importe, cada cinco segundos se tocaba el bolsillo interior de su chaqueta para comprobar que la cajita con el anillo de compromiso que había comprado para Ruth seguía estando en su sitio.

—Voy a quitarte la venda, preciosa.

Ruth tuvo que parpadear un par de veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz de la casa y se quedó sin respiración cuando comprobó que estaban todos los muebles y que toda la decoración exactamente igual a como ella la quería. Riendo a carcajadas y llorando emocionada, recorrió todas y cada una de las estancias de la casa, seguida de cerca por David, que disfrutaba viéndola reír.

—Eres tan perfecto que creo que no eres real, no te merezco —le dijo Ruth antes de abrazarle y besarle.

—Todavía no has visto lo mejor, ¿me acompañas al jardín?

Ruth asintió con curiosidad, embelesada por los detalles que David siempre tenía con ella para enamorarla aún más si era posible. Le siguió al jardín y los ojos se le llenaron de lágrimas cuando vio una mesa preparada para dos comensales, iluminada con un precioso y antiguo candelabro y con un jarrón repleto de orquídeas blancas.

—Pelirroja, ¿no dices nada?

—No sé qué decir.

—Solo di que sí.

— ¿Sí a qué?

David sacó la pequeña caja de su bolsillo y la abrió para enseñársela a Ruth antes de decir:

—Cásate conmigo, pelirroja.

Ruth se quedó sin palabras, pero se arrojó a sus brazos a modo de respuesta. Se abalanzó sobre él con tanta fuerza que le hizo perder el equilibrio y acabaron revolcándose sobre el mullido césped del jardín. Entre besos y risas, David consiguió ponerle el anillo a Ruth en el dedo.

—Te quiero, pequeña pelirroja.

—Yo a ti también, grandullón —le susurró Ruth antes de besarle en los labios y desnudarse en el jardín de su nueva casa.

 

FIN

Enamórame 19.

Tras pasar aquel fin de semana en la mansión de los Garrido con la familia de David, ambos regresaron a la ciudad. David se instaló en el apartamento de Ruth hasta que encontrara una casa dónde vivir, aunque ninguno de los dos le quiso dar ninguna prioridad al tema.

Disfrutaron el uno del otro durante los pocos días de vacaciones que tuvieron y, pese a que habían planeado visitar un montón de monumentos y lugares emblemáticos de la ciudad, terminaron encerrados en el apartamento dando rienda suelta a su amor.

Cuando los días de vacaciones terminaron y regresaron a la rutina del trabajo, Ruth se sorprendió al comprobar lo fácil que le resultaba la convivencia con David y, cuando él le pedía que la acompañara a visitar alguna casa para trasladarse, ella le acompañaba pero solo para encontrar y mencionar todos y cada uno de los defectos de la casa en cuestión y evitar que David se trasladara. Estaba demasiado a gusto con él, no quería que se fuera.

—Hola cariño, ¿qué tal el día? —Le preguntó David en cuanto Ruth entró en el apartamento.

—Agotador —suspiró refugiándose en sus brazos, le encantaba que David la abrazara con aquella firmeza—. Me ha llamado Ana, nos ha invitado a todos a cenar en su casa. ¿Te apetece ir?

—Claro que sí, pelirroja. Además, nos vendrá bien socializar un poco, últimamente no salimos del apartamento.

—Creía que te gustaba —le replicó Ruth.

—Y me encanta, pero no debes dejar de lado a tus amigas.

David tenía razón y Ruth lo sabía, por mucho que disfrutaran de la intimidad, no podían dejar a sus amigos a un lado. Además, le apetecía ver a sus amigas y pasar el rato con ellas, las echaba de menos.

A las ocho en punto de la tarde, David y Ruth llegaban a casa de Ana y Nahuel. Derek y Eva ya estaban allí así que, tras saludar a todos, pasaron al salón. Con la excusa de enseñarles lo mucho que había crecido el pequeño Nahuel en tan solo unos días, Ana llevó a las chicas a la planta superior para hablar con ellas.

—Se os ve muy bien juntos —comentó Ana.

—Hacéis buena pareja y me gusta verte tan feliz, hacía tiempo que no te veía sonreír con tantas ganas —opinó Eva—. Por cierto, si vas a ir acompañada a mi boda, te agradecería que me lo hicieras saber lo antes posible, todavía tengo que organizar las mesas.

—Me gustaría que David me acompañara, pero no sé cómo preguntárselo, llevamos poco tiempo y asistir juntos a una boda significa hacer oficial nuestra relación.

—Ruth, vives con él y has pasado un fin de semana en casa de sus padres, siento decirte que esa relación ya es oficial —se mofó Ana.

—Si a ti te da corte, puedo preguntárselo yo —se ofreció Eva dándole una alternativa.

—Ni se te ocurra, ya hablaré yo con él.

—Cuéntanos qué tal te va, últimamente no hay quien te vea el pelo —pidió Ana deseosa de saber sobre la vida de su amiga.

Ruth les contó que estaba feliz, que David era un hombre encantador, que su familia había sido muy amable con ella y también les confesó que le ponía pegas a todas las casas que iban a ver porque no quería que se marchara del apartamento, quería que siguiera viviendo con ella.

— ¿No crees que sería más fácil si se lo dijeras directamente en lugar de criticar todas las casas que a él le gustan? —La regañó Eva.

—Tal vez, pero prefiero no arriesgarme.

—Ruth, no puedes ponerte la venda antes de tener la herida —trató de armarse de paciencia Ana para hacer entrar en razón a su amiga—. Déjate llevar, disfruta de la relación que tenéis y luego ya verás qué haces cuando llegue el momento.

Ruth lo meditó durante un momento, sabía que muy probablemente sus amigas tenían razón, pero a ella no le resultaba tan fácil dejarse llevar, al menos no con David. Él era su criptonita, su punto débil. Era el único hombre con el que había planeado un futuro y el único que le había destrozado el corazón en mil pedazos. Se sintió tan abandonada sin él que se juró a sí misma no volver a enamorarse. Envolvió su corazón en un caparazón de hielo y se convirtió en una persona muy distinta a la que era. Ella soñaba con ser la protagonista de un cuento de hadas y, pese a que ya no era una niña, todavía estaba a tiempo de crear su propio cuento.

—Hablaré con él y que sea lo que tenga que ser —sentenció Ruth con decisión.

Las chicas regresaron junto a Nahuel, Derek y David que charlaban animadamente. Ellos sonrieron al verlas, totalmente hechizados por el amor de aquellas tres peculiares amigas que un día les robaron el corazón y quedaron prendados de ellas.

—Ruth, David nos estaba contado que está buscando casa, pero parece que tú le pones pegas a cualquier casa que a él le guste —comentó Derek sonriendo burlonamente.

—No tiene buen gusto a la hora de escoger casa —murmuró Ruth ruborizada.

David sonrió. No eran imaginaciones suyas, Ruth trataba de impedir, o al menos aplazar, la compra de la casa. Él había dejado el hotel y vivía con ella en su apartamento, así que quiso creer que Ruth quería que viviese con él.

—Quizás debas plantearte el hecho de ir solo a ver casas, así Ruth no interferirá en tus decisiones y en pocos días tendrás una nueva casa —bromeó Nahuel solo para fastidiar a Ruth.

—Supongo que tenemos una conversación pendiente —concluyó David mirando a Ruth.

Los seis amigos cenaron mientras charlaban y bromeaban. Ruth agradeció que no volvieran a sacar el tema de la casa. Tenía claro que tendría que hablar con David del tema y que, probablemente, aquella conversación se produciría en cuanto regresaran al apartamento. Y no se equivocó.

En cuanto entró en el apartamento, se dirigió al dormitorio para ponerse cómoda, pero David la interceptó en mitad del pasillo y, cogiéndola en brazos, la llevó hasta el salón y se sentó en el sofá con ella en su regazo.

—Pelirroja, esta conversación no puede esperar más. ¿Quieres contarme por qué no quieres que me compre una casa en la ciudad?

—No quiero que te vayas, me gusta tenerte aquí —le confesó Ruth con un hilo de voz.

— ¿Quieres que vivamos juntos?

—Solo si tú quieres.

—Me encanta vivir contigo pero, si te soy sincero, preferiría que viviésemos en una casa más grande —le dijo David y, mirándola a los ojos, le preguntó—: Ruth, ¿te gustaría que buscásemos una casa para vivir juntos?

—Creo que es un poco pronto para comprar una casa, quizás podríamos quedarnos aquí una temporada y ver qué tal van las cosas —le propuso—. Si es que quieres seguir viviendo conmigo…

—Pelirroja, vivir contigo es lo único que deseo —le susurró David antes de estrecharla entre sus brazos y besarla.

—Por cierto, Eva quiere saber si vendrás conmigo a su boda —le dejó caer Ruth sin apenas separar sus labios de los de él.

—Iré donde tú quieras —murmuró David antes de comenzar a devorarla.

Enamórame 18.

Cuando Ruth se despertó, David seguía dormido a su lado. Con cuidado para no despertarle, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Después se vistió e incluso se secó el pelo, pero David seguía dormido. Lo observó durante unos minutos y, viéndose incapaz de perturbar su sueño, decidió ir a la cocina y dejarle durmiendo.

Entró en la cocina y allí se encontró con Marisa, Tomás, Aitor y Alba; Ruth sonrió al comprender que el resto de la familia debía seguir durmiendo.

—Buenos días, tita Ruth —la saludó Aitor, que fue el primero en verla.

—Buenos días —saludó Ruth tímidamente.

—Buenos días, Ruth. Pasa y siéntate a desayunar con nosotros —la invitó Marisa—. ¿Dónde está David?

—Sigue durmiendo y no he querido despertarle, tengo la sensación de que no duerme tanto como debería —les confesó Ruth.

— ¿Te apetece café? —Le ofreció Tomás.

Ruth asintió y Tomás le sirvió una taza de café con leche mientras Marisa le servía un par de tostadas con mantequilla. Ruth lo agradeció con una amplia sonrisa, estaba hambrienta. Los padres de David la observaron desayunar y jugar con sus nietos y sonrieron felices.

— ¿Dónde está? —Se escuchó a David vociferar mientras bajaba las escaleras—. Si le habéis dicho algo…

—Buenos días, hijo —lo saludó Tomás cuando su hijo apareció en la cocina con cara de pocos amigos y añadió con tono de mofa—: Tranquilo, está aquí y solo la hemos invitado a desayunar.

—Ruth, ¿estás bien? —Exigió saber David.

—Sí, o al menos lo estaba hasta hace un momento —le regañó ella.

—Me he despertado y no te he visto y he pensado…

— ¿Has pensado que sería una maleducada y me iría sin decir nada?

—Lo siento, me he asustado —se disculpó David besándola en los labios.

—Tito David, ¿te vas a casar con la tita Ruth? —Preguntó Aitor y Ruth se puso pálida.

—Por supuesto, pequeño, pero antes tengo que convencerla —resolvió David con naturalidad, sin incomodarse lo más mínimo.

Los hermanos de David y su cuñado no se levantaron hasta la hora de la comida, por lo que David aprovechó para pasar la mañana a solas con Ruth. La llevó a la hípica de los vecinos y allí decidieron dar un paseo a caballo por los prados teñidos de verde y rojo debido a la hierba y a las amapolas que florecían en aquella época.

—Este lugar es increíble —pensó Ruth en voz alta.

—Me alegra oírlo, me temo que tendrás que venir a menudo —bromeó David haciendo referencia a las visitas que harían juntos a su familia.

—Tienes una familia maravillosa, un poco peculiar, pero maravillosa.

Entre risas, besos y caricias, regresaron a la mansión de los Garrido, donde se encontraron a toda la familia al completo, incluso los más perezosos ya se habían levantado.

—Buenos días, cuñada —la saludó Iván guiñándole un ojo con complicidad solo para fastidiar a su hermano.

— ¿Cuándo regresáis a la ciudad? —Quiso saber Marta.

—Regresaremos mañana después de comer, tengo que ocuparme de algunos asuntos antes de incorporarme de nuevo al hospital.

— ¿Has encontrado ya una casa o sigues en el hotel? —Preguntó Marisa.

—Todavía no he encontrado casa, pero estoy en ello —sentenció David y, volviéndose hacia Ruth, le preguntó para cambiar de tema—: ¿Te gustaría que después de comer diéramos un paseo por la montaña?

—Oh, claro —respondió Ruth algo confusa con el intercambio de miradas que hubo entre los progenitores de su amante.

Ruth no tenía ni idea de qué tenía planeado David, pero tampoco le importaba. Pese a le hubiera gustado pasar más tiempo a solas con él, tenía que reconocer que estar en compañía de su familia le gustaba, incluso lo pasaba bien con todos ellos. A pesar de ello, David no la dejaba ni un momento a solas, al menos no voluntariamente, y cuando lo hacía era a regañadientes, mirando primero a Ruth para confirmar que a ella le parecía bien.

Ruth se sentía feliz, una más de aquella inmensa y peculiar familiar. La amabilidad, generosidad y humildad de Marisa y Tomás la sorprendieron gratamente; la sinceridad y socarronería de Iván la hacían reír a carcajadas; admiraba la diplomacia y serenidad de Inés; y se sentía muy compenetrada con Marta, quizás por el amor al arte que ambas tenían. Sí, eran una familia peculiar, pero también una familia cariñosa y bien avenida donde la sinceridad era la clave para la armonía.

Después de comer, David fue con Ruth a dar un paseo, pero no sin antes lanzar una mirada de advertencia a cada uno de los miembros de su familia, por nada el mundo iba a permitir que le interrumpiesen en lo que pretendía hacer.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth al ver que cada vez se adentraban más en el bosque.

—Ahora lo verás, es una sorpresa —fue lo único que respondió él, con una amplia sonrisa en los labios.

Ruth odiaba las sorpresas, pero no fue capaz de decírselo al verle tan contento. Cerró la boca y continuó caminando de la mano de David mientras esquivaba piedras y raíces de árboles con las que de vez en cuando tropezaba.

Media hora después, estaban en un precioso claro en el bosque cubierto de amapolas y en el centro del claro yacía una pequeña cabaña de madera.

—Ya hemos llegado —anunció David con orgullo—. ¿Qué te parece?

—Es precioso. ¿La cabaña es de tu familia?

—Más o menos —. Ruth le miró enarcando las cejas y él, sabiendo que no se conformaría solo con esa respuesta, le explicó—: El terreno es de mi familia, pero la cabaña es mía. Yo mismo la construí hace algunos años. Cómo has podido comprobar, en casa de mis padres no hay mucha intimidad, así que la construí para poder escaparme de ellos y relajarme a solas de vez en cuando.

— ¿De verdad la has construido tú?

—Con mis propias manos —le confirmó—. Ven, te la enseñaré.

Era una cabaña sencilla, cuatro paredes de madera, un tejado, cinco ventanas y una puerta, pero a Ruth le pareció la cabaña más bonita del mundo. El interior tampoco era una gran cosa, tan solo un sofá cama, un pequeño cuarto de baño sin agua caliente (no había electricidad y el agua provenía de un pozo cercano a la casa), una mesa y un par de sillas.

—Aquí no hay lujos, pero la cabaña tiene su encanto.

—Y, ¿nunca has traído aquí a ninguna chica? —Quiso saber Ruth, sonriendo con picardía.

—No, solo a ti.

—Mm.

— ¿Qué pasa? ¿No te lo crees?

—Claro que me lo creo, no tienes por qué mentirme —le contestó Ruth frunciendo el ceño ante la idea de pensar que la mentía—. Estaba pensando que, si no has estado aquí con ninguna chica, eso significa que no has estrenado aún la cabaña, ¿no?

—Define estrenar —le pidió David divertido.

— ¿Has practicado sexo en esta cabaña?

—No, de hecho, creo que ni siquiera me he masturbado en ella —sonrió con descaro.

—Pues creo que tendremos que buscarle una solución a eso —sentenció Ruth antes de comenzar a desnudarse bajo la atenta mirada de David.

Tras hacer el amor dos veces en la cabaña, David y Ruth regresaron a la mansión y pasaron el resto del día con la familia de él. Jugaron a las cartas, charlaron de trabajo, hicieron planes para las vacaciones de verano que se aproximaban, etc., y Ruth se sintió una más de aquella familia pese a que apenas hacía un par de días que les conocía.

Enamórame 17.

Ruth descansaba boca abajo en la cama mientras David acariciaba lentamente la curva de su espalda. Ambos seguían desnudos después de una inmejorable sesión de sexo durante la hora de la siesta y, aunque ambos estaban satisfechos, ninguno de los dos se había saciado. Ruth ronroneó pegando su trasero contra la entrepierna de David, incitándolo a entrar en ella. Por supuesto, él no se hizo de rogar y volvieron a empezar.

Cuando por fin consiguieron que sus respiraciones se normalizaran, se dieron una ducha rápida y bajaron al salón para merendar con el resto de la familia.

—Hermanito, tienes cara de haber disfrutado de una buena siesta —se mofó Iván cuando les vio aparecer.

—La mejor siesta de mi vida —le confirmó David con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo.

Ruth recordó la advertencia de David sobre su hermano Iván y sonrió al comprender que todo formaba parte de su juego.

—Por favor, no me habléis de sexo que cada vez que Martín y yo nos ponemos a ello aparece uno de los dos monstruos para interrumpirnos, es como si tuvieran un radar y cada vez que nos acercamos…

—Nos hacemos una idea, Inés —la cortó Marisa pidiéndole prudencia con la mirada.

—Tranquila, en esta familia se habla tanto de sexo que al final se convierte en una conversación como cualquier otra —le dijo Tomás a Ruth meneando la cabeza de un lado a otro con desaprobación—. Yo prefiero vivir con la información justa, no necesito saber los detalles íntimos de mi familia, pero mi esposa insiste en que se hable de sexo y sentimientos abiertamente.

—Más que insistir, nos obliga —matizó David.

—No te quejes, gracias a eso tienes a dos hermanas dispuestas a darte consejo —le replicó Marta.

—Chicos, vais a asustar a Ruth y no querrá volver —les regañó Marisa.

—No te preocupes —le dijo David a Ruth bromeando—, no volveremos jamás.

—Estáis dramatizando, ¿os tengo que recordar qué me hicisteis a mí el primer día que llegué aquí con Inés? —Protestó Martín.

—No fue para tanto —dijeron todos al unísono haciendo reír a Ruth.

Aquella noche después de cenar, los cuatro hermanos, Martín y Ruth salieron a tomar una copa y dejaron a los niños con los abuelos en casa. Tras discutirlo durante un rato, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron ir al pub del hotel, ya que el otro pub al que consideraron ir estaba a más de veinte kilómetros, demasiado lejos para tomar una o dos copas.

—Tienes una familia fantástica —le dijo Ruth a David cuando entraron en el pub.

—Son bastante peculiares, no lo puedo negar, pero no los cambiaría por nada —la besó en los labios y le susurró al oído con la voz ronca—: Y a ti tampoco, pelirroja.

—Dejad algo para cuando lleguéis a casa, no se come delante de los pobres —se quejó Inés.

—Si seguís así me pondréis cachondo —se burló Iván.

—Yo también estoy a dos velas —se lamentó Marta.

—Por ese mismo motivo deberíais alegraros de que vuestro querido hermano goce de una extraordinaria vida sexual y no sea capaz de reprimirse ni en público —les dijo David abrazando a Ruth con orgullo.

—Supongo que prefiero tener un hermano salido que un hermano lloriqueando por los rincones —opinó Iván como quien pide la hora.

— ¿Llorando por los rincones? —Quiso saber Ruth.

—No les hagas caso —le dijo David quitándole importancia y, distrayéndola cambiando de tema, le preguntó—: ¿Quieres bailar?

Ruth aceptó, aunque solo fuera por la necesidad de sentir su cuerpo pegado al de ella. Rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó con fuerza contra su cuerpo. Apoyó la cabeza sobre su hombro, cerró los ojos y dejó que él marcara el ritmo mientras bailaban. Tan absorta estaba entre sus brazos que no se dio cuenta que Iván estaba junto a ellos hasta que le escuchó preguntar:

— ¿Me permites bailar con mi cuñada?

David suspiró, la idea de alejarse de Ruth no le hacía ninguna gracia, pero si encima era para dejarla en brazos de su hermano…

—Solo una canción —le advirtió a Iván. Besó a Ruth en los labios y le susurró al oído antes de dejarla con su hermano—: Si quieres que le estrangule solo tienes que decírmelo.

Iván sonrió, pero ignoró las palabras de su hermano y agarró a su cuñada por la cintura pegándola a su cuerpo, solo para escuchar cómo David refunfuñaba y maldecía entre dientes mientras se alejaba de ellos.

—No te preocupes por él, lo superará —se burló Iván al ver cómo Ruth fruncía el ceño, preocupada por David.

— ¿Siempre estáis igual?

—Supongo que sí, nos gusta fastidiarnos —respondió Iván divertido—. David es como una roca, el hombre de hielo, como dice mi madre. Pero tú eres su punto débil, así que ahora todos nos aprovechamos de eso.

—Genial —dijo Ruth con sarcasmo.

—No te enfades, solo quiero hablar contigo a solas, estoy segura de que mi hermanito no te ha dicho muchas cosas que deberías saber —le dijo Iván atrayendo toda su atención—. David nos habló de ti el mismo día que te conoció en el restaurante del área de servicio. Ni te imaginas lo mucho que nos reímos de él cuando nos dijo que se había hecho pasar por camarero solo para poder escuchar tu voz.

—Puedo hacerme una idea —rio Ruth divertida.

—Nos llamaba desde la costa cada día solo para decirnos que era feliz y que había encontrado su alma gemela, pero su felicidad se esfumó cuando averiguó que le habían concedido una plaza de trabajo en el otro extremo del país —continuó hablado Iván—. Nunca lo había visto tan hundido y desolado, ninguno de nosotros sabíamos qué hacer. Decidió que lo mejor era cortar por lo sano y no volver a saber de ti, creía que todo sería más fácil si no hablaba contigo, pero se equivocó. No voy a negarte que, durante todo este tiempo, todos hemos intentado que se olvidara de ti, pero no lo conseguimos. Por eso, cuando hace tres semanas nos llamó para anunciarnos que había conseguido plaza en el hospital de la ciudad y que quería recuperarte, todos hablamos con él para hacerle entender que en tres años tu vida había podido cambiar y mucho. Sin embargo, él no se dio por vencido y nos prometió que volvería a enamorarte. Y, según hemos podido comprobar, no va por mal camino.

—No voy a hacerle daño, Iván. Al menos no intencionadamente.

—Lo sé, pero creía que debías conocer la otra versión de la historia antes de tomar una decisión. Espero que mi hermano no meta la pata.

—Hasta ahora, no podía ser más perfecto —le confesó Ruth suspirando al mirar a David, que no les quitaba los ojos de encima.

—Será mejor que regreses junto a él, aunque no lo reconozca, no puede estar más de cinco minutos separado de ti.

Entre risas y bromas, Iván se abrió paso entre la multitud y llevó a Ruth junto a David y al resto de sus hermanos. David la escudriñó con la mirada tratando de adivinar si el sinvergüenza de su hermano le había dicho algo que la incomodara, pero ella parecía divertida y fue testigo de la mirada de complicidad que se dedicaron los dos cuñados.

—Hermanito, si la cagas con Ruth, te advierto que yo no la dejaré escapar —bromeó Iván.

—No pienso dejarla escapar.

Inés instó a los hombres para que fueran a pedir unas copas y las dejaran a solas con Ruth, las hermanas también querían tener una pequeña charla con ella.

—Me quito el sombrero contigo, nunca había visto a David enamorado y contigo ha roto todas las expectativas —comentó Inés una vez se quedaron a solas.

— ¿A qué te refieres? —Preguntó Ruth con curiosidad.

— ¿Acaso no has visto cómo te mira? —Le preguntó Marta riendo—. Por no mencionar la charla que tuvo con cada uno de nosotros cuando decidió venir contigo a casa, ¡incluso nos amenazó con no volver a dirigirnos la palabra si hacíamos o decíamos algo que pudiera ofenderte!

—No se lo tengas en cuenta, solo está enamorado —le dijo Inés a Ruth quitándole importancia a aquella amenaza—. David se ha tomado su tiempo, pero creo que no podía haber escogido mejor.

—La verdad es que todo habíamos apostado cuánto tardabas en decir que no nos aguantabas más y te largabas, pero lo has hecho bien —comentó Marta.

— ¿Alguien apostó a mi favor?

—Mi madre y Martín, pero estoy segura de que David también hubiera apostado por ti si hubiera sabido lo de las apuestas —la animó Marta.

—Si se hubiera enterado se hubiera puesto hecho un basilisco y no nos habría dejado apostar, es demasiado susceptible con todo lo que tiene que ver contigo —la informó Inés.

—Entonces, ¿he pasado la prueba? —Quiso saber Ruth.

—La has superado con un sobresaliente, mis padres ya te consideran una hija más y nosotras una hermana —le aseguró Inés y añadió bromeando—: Y, antes de que digas nada, recuerda que a la familia no se la escoge, te toca la que te toca, así que es mejor que no te resistas y empieces a cogernos cariño.

Los chicos regresaron junto a ellas cargando con varias copas que dejaron sobre una mesa alta, donde las chicas habían dejado sus chaquetas y sus bolsos sobre los altos taburetes.

— ¿Todo bien por aquí? —Le susurró David a Ruth lanzando una mirada severa a sus hermanas.

—Todo perfecto —le confirmó Ruth tras darle un beso en los labios.

—Pelirroja, deja de provocarme.

Ruth se echó a reír y le abrazó, dejando que aquellos brazos fuertes la estrecharan con fuerza y la hicieran sentir al lugar al que pertenecía.

Se tomaron un par de copas mientras charlaban, bailaban y se divertían. Ruth encajó a la perfección con aquella familia tan peculiar y David sonrió satisfecho. La observó bailar junto a sus hermanas, reír ante las pullas de Iván y aceptar los consejos de Martín sin perder la sonrisa. De vez en cuando le tiraba un beso cuando sus miradas se encontraban y él tuvo que contener el deseo que sentía en más de una ocasión.

Regresaron a la mansión de los Garrido pasadas las cuatro de la madrugada, entre risas y tropezones, más achispados de lo que en realidad pensaban. Marisa y Tomás, tumbados en la cama de su habitación, cruzaron una mirada y se sonrieron. Ambos estaban convencidos que Ruth era la mujer perfecta para su hijo David.

Enamórame 16.

A la mañana siguiente Ruth se levantó de un salto al comprobar que eran más de las diez y seguían en la cama. Avergonzada porque sus anfitriones pensaran que era una marmota perezosa, trató de despertar a David para que se levantara. Él se despertó mientras Ruth le zarandeaba y vio el pánico en sus ojos.

—Cariño, ¿qué te pasa? —Le preguntó preocupado.

— ¡Mira qué hora es! Tus padres van a pensar que soy una holgazana.

Con los nervios que sentía en ese momento, a Ruth le había pasado por alto el apelativo con el que David la había llamado, y no era la primera vez.

—Pelirroja, ¿te he dicho alguna vez que estás muy sexy cuando te preocupas por tonterías?

—Ni lo sueñes —le advirtió al adivinar sus intenciones.

—Necesitas una sesión de relax, llenaré la bañera —sentenció David.

Y Ruth no pudo ni quiso contrariarle. Estaba nerviosa y David sabía cómo relajarla, el sexo con él en la bañera era uno de los mejores placeres de la vida.

Tras una sesión de relax en la bañera y desayunar en su apartamento independiente, David y Ruth se reunieron con los padres de él en el salón, que esperaban ansiosos la llegada del resto de sus hijos.

Ruth le había preguntado a David por sus hermanos y él, queriendo que ella supiera a lo que se enfrentaba desde el principio, fue sincero con ella. Primero le habló de Inés, la mayor de los cuatro hermanos. Inés estaba casada con Martín, un abogado que trabajaba en un bufete muy prestigioso, y tenían dos hijos: Aitor, de cinco años; y Alba, de tres.

—Inés es muy prudente y madura, siempre hemos bromeado diciendo que nació con cincuenta años —le había dicho David.

Después le habló de Iván, el tercero de los hermanos. Él y David se llevaban muy bien, pero se pasaban la vida chinchándose el uno al otro, era su forma de demostrar que se querían.

—Probablemente intente ponernos en alguna situación incómoda para nosotros y divertida para él, pero intenta no darle importancia o se divertirá todavía más —le advirtió David.

Y por último, le habló de Marta, la pequeña de los cuatro hermanos. David no se lo dijo, pero Ruth dedujo que Marta era su favorita por la manera en que hablaba de ella. Al parecer, Marta era una enamorada del arte, una cabeza loca y la persona más dulce e inocente que existía sobre la faz de la Tierra.

Ruth guardó toda la información que David le había facilitado sobre su familia para poder sacar algún tema de conversación con ellos y no meter la pata.

—Vamos a dar un paseo, quiero llevar a Ruth al área de servicio —informó David a sus padres.

—Pero tus hermanos llegan hoy —le dijo Marisa poniendo cara de perrito abandonado.

—No te preocupes, mamá —la tranquilizó David—. Estaremos aquí a la hora de comer.

Marisa sonrió complacida, estaba deseando ver la reacción de su hijo frente a las bromas de sus hermanos.

Media hora más tarde, David y Ruth bajaban del coche aparcado en el área de servicio dónde se conocieron. David le enseñó todo el complejo, incluido el hotel y las cocinas del restaurante. A Ruth le sorprendió saber que David conocía los nombres de todos los empleados y que además todos parecían adorarle como a un Dios.

—Ven, te voy a enseñar mi lugar secreto —le dijo David guiándola al interior del edificio de oficinas de más de diez plantas.

Ruth le siguió hasta el ascensor y subieron a la última planta. Accedieron a un estrecho pasillo con unas escaleras que daban acceso a la azotea. Ruth abrió la boca asombrada, desde allí se podía contemplar casi todo el valle y también el trazado de la autopista. Todo se veía tan diminuto desde allí arriba que Ruth se sintió grande pese a tener una estatura media.

—Aquí solía venir cuando necesitaba pensar a solas, eres la primera persona a la que traigo a este lugar —le susurró David.

—Si alguna vez nos enfadamos y te marchas, ¿será aquí donde te encuentre?

—Nunca me voy a marchar de tu lado, Ruth —le prometió—. Vivir sin ti fue una tortura, no pasaré una segunda vez por eso.

Ruth le abrazó y cerró los ojos, lo entendía perfectamente porque ella se sentía igual. No se veía capaz de volver a vivir sin él y, cómo le dijo Eva, lo mejor era asumirlo.

—Tenemos que regresar o llegaremos tarde a comer —le susurró David abrazándola desde atrás—. Estoy deseando que llegue la noche para tenerte solo para mí.

Cuando llegaron a la mansión de los Garrido, los hermanos de David ya estaban allí y Ruth se encontró con seis pares de ojos que la miraban con curiosidad. Tras echarles un rápido vistazo, supo quién era cada uno antes de que David se los presentara.

—Familia, ella es Ruth —anunció dedicándoles una mirada de advertencia, no estaba dispuesto a que ninguno de ellos se lo hiciera pasar mal a su chica. Se volvió hacia ella y, señalando a cada uno de ellos los fue nombrando—: Mi cuñado, Martín; mi hermana mayor, Inés; mi sobrino, Aitor; mi sobrina, Alba; mi hermano pequeño, Iván; y mi hermana pequeña, Marta.

—Encantada de conoceros —saludó Ruth con timidez.

Marisa les hizo pasar al comedor y sentarse a la mesa con la intención de darle unos minutos a Ruth para que se acostumbrara antes de que sus hijos comenzaran con el interrogatorio. Adoraba a sus hijos, pero a veces le daban ganas de darles una buena colleja cuando trataban de divertirse a costa del otro.

—David me ha dicho que eres relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad, debe de ser alucinante trabajar en algo así —comentó Marta mientras cenaban.

—No puedo quejarme, me gusta mi trabajo —le dijo Ruth encogiéndose de hombros—. David me ha dicho que te encanta el arte, si alguna vez estás por la ciudad y te apetece una visita privada por la galería solo tienes que avisarme, te prometo que no te defraudará.

—Ahora que lo mencionas, creo recordar que David comentó que este fin de semana has organizado la inauguración de una exposición de fotografía, ¿verdad? —La sonrisa maliciosa delató las intenciones de Iván, sin duda alguna sabía más de lo que decía.

—Así es, el autor es un buen amigo.

—Imagino que sí, si te ofreció posar para él —apuntilló Iván tratando sin éxito de ocultar la risa.

— ¡Qué envidia, siempre he querido hacer algo así! —Exclamó Marta fascinada.

— ¿Alguien quiere café? —Intervino Marisa incómoda bajo la atenta mirada de diversión de su marido.

Ruth miró a David alzando una ceja, sin poder creerse que le hubiera contado aquello a su hermano y que Iván lo soltase así como así en mitad de una comida familiar, la primera comida familiar de los Garrido a la que ella asistía. Tenía ganas de estrangularle allí mismo.

—Te dije que no había secretos entre nosotros —se defendió David alzando las manos en alto en señal de rendición.

—En esta familia no es posible tener secretos, pero tranquila que ya te acostumbrarás —le dijo Martín con resignación.

—No les hagas ni caso, siempre están igual —Marisa excusó a sus hijos al mismo tiempo que les fulminaba con la mirada.

—Si de verdad está dispuesta a pasar el resto de su vida con mi hermano, lo mejor es que sepa dónde se mete desde el principio —concluyó Inés mientras intentaba que Alba comiera un poco más.

—Si Ruth no quiere saber nada de mí por vuestra culpa, os arrojaré a los cocodrilos —bromeó David.

—A mí me gusta, ¿puedo llamarla tita Ruth? —Le preguntó Aitor a su tío David.

—Bueno, supongo que eso debes preguntárselo a ella.

El niño se volvió hacia a Ruth y, con una cara que era para comérselo, le preguntó a Ruth:

— ¿Puedo llamarte tita Ruth?

Ruth miró a David buscando la respuesta en sus ojos, sin saber muy bien qué responder. Si le decía que sí, quizás David se molestaba. Pero, decirle que no, no era una opción, se negaba a ser la bruja malvada de la película.

—Sí, supongo que sí —le respondió forzando una sonrisa ya que el muy sinvergüenza de David no la había ayudado.

— ¡Bien! —Exclamó el pequeño arrojándose a los brazos de su recién nombrada tía.

Después de comer, todos se retiraron a descansar. David también convenció a Ruth para echar la siesta, necesitaba estar con ella a solas y comprobar que estuviera bien. Como era de esperar, Ruth le reprochó que le hubiera contado a su familia que aparecía en las fotografías de una exposición erótica, pero no comentó nada sobre la petición de su sobrino para llamarla tita y eso le sorprendió.

—Genial, ahora todos saben que por ahí habrá un viejo verde masturbándose mientras mira mis fotografías —ironizó Ruth.

—Tranquila, ningún viejo verde se masturbará con tus fotografías —le aseguró David.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque las compré antes de que se inaugurara la exposición —le confesó—. No podía permitir que otra persona las tuviera en su poder y, aunque sé que probablemente te enfadarás, supongo que también debo decirte que he llegado a un acuerdo con Mike para sacarlas de la exposición. Y sí, puede que sea un hombre de cromañón como dice Marta, pero he comprado esas fotografías y puedo hacer con ellas lo que me dé la gana.

Ruth no supo qué decir, todavía estaba asimilando que David se hubiera gastado tres mil euros en cada una de sus fotografías solo para impedir que acabaran en manos de otra persona.

—Estás loco —le dijo sonriendo.

—Loco por ti, pelirroja.

David la besó apasionadamente y, sin darse apenas cuenta, estaban desnudos sobre la cama y haciendo el amor.