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Empezar de cero 21.

Empezar de cero

Cinco minutos después de irse el doctor, la puerta de mi habitación se vuelve a abrir y, creyendo que es Valeria, le digo sin abrir los ojos:

–  Lo sé, tengo que decírselo a Gonzalo ya, pero no me atrevo.

–  ¿Qué es lo que no te atreves a decirme? – Oigo la voz de Gonzalo.

–  Mierda. – Murmuro cuando abro los ojos y lo veo mirándome con su cara de pocos amigos.

–  ¿Qué es lo que me tienes que decir, Dayana? – Insiste.

–  No estoy preparada para tener esta conversación y mucho menos después de cómo te has comportado conmigo. – Le respondo furiosa. – ¿Tienes tú algo que decirme?

–  Pues sí, tengo algo que decirte. – Me responde sacando un sobre del bolsillo y arrojándolo sobre la cama. – ¿Puedes explicarme qué es eso?

Cojo el sobre y saco lo que hay dentro, unas fotografías de Sergio y mías del verano del año pasado. Miro las fotos una y otra vez y no recuerdo haberlas traído conmigo.

–  ¿De dónde las has sacado? – Le pregunto.

–  ¿Eso es todo lo que vas a decir?

–  No creo que tenga que decir nada más al ver unas fotos mías con mi ex. – Le contesto de malas maneras. – ¿Tu enfado viene por esas fotos?

–  ¿Te parece poco? Te pasas todo este tiempo viviendo conmigo en mi casa y descubro que te estás viendo con tu supuesto ex a escondidas y que además te importa poco que yo lo sepa.

–  Te estás equivocando, estas fotos son…

–  Estas fotos son la prueba de tu infidelidad. – Me espeta furioso.

–  ¿Qué? – Pregunto sorprendida de que crea que esas fotos son de este verano, son unas fotos de hace más de un año. – ¿Eso es lo que piensas de mí?

–  La única razón por la que aún sigues en mi casa es porque aún no estás recuperada, pero en cuanto lo hagas te marcharás. – Me dice mirándome fríamente.

–  No te preocupes, me iré de aquí ahora mismo. – Le espeto furiosa levantándome de la cama y empezando a vaciar el armario.

Gonzalo se marcha de la habitación dando un portazo y yo continuo recogiendo todas mis cosas al mismo tiempo que mis ojos se anegan de lágrimas.

Valeria entra corriendo en la habitación y me pregunta preocupada:

–  ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Le cuento todo lo que ha pasado entre sollozos y le enseño las fotos que Gonzalo me ha tirado con desprecio, unas fotos de hace más de un año.

–  El muy imbécil piensa que le he sido infiel. – Balbuceo entre sollozos. – Entró en la habitación y, creyendo que eras tú, le dije que ya sabía que le tenía que decir la verdad pero que no me atrevía y parece que él lo ha interpretado a su manera. Me arrojó las fotos a la cama y me ha echado.

–  ¿Qué? ¿Pero no le has aclarado la verdad? – Pregunta Valeria. – Y, ¿qué tienen que ver éstas fotos? Si son del año pasado.

Valeria me obliga a explicarle todo de nuevo, pues con los sollozos no ha entendido nada. Trato de calmarme durante unos minutos y después le cuento todos los detalles paso a paso y Valeria me dice que Gonzalo se ha ido de casa, que cuando ha salido de la habitación ha bajado las escaleras a toda prisa y ha cogido el coche para marcharse. Valeria coge mi ropa y algunos objetos personales y de higiene y me dice con voz dulce:

–  Hasta que todo esto se aclare, te vendrás a casa. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Mañana iremos juntas a esa clínica y te harás la prueba esa. Te prometo que no te dejaré sola ni un solo segundo.

–  No creo que tú estés para acompañarme en tu estado.

–  Voy a estar en la mejor clínica de ginecología, es el mejor sitio en el que puedo estar. – Me responde con una tierna sonrisa.

Valeria me lleva a su casa y me instala en la habitación que preparó para mí cuando yo vivía en la pensión y en la que nunca llegué a dormir. Me obliga a permanecer en la cama y estoy tan exhausta que me duermo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando me despierto, Valeria está a mi lado y me tiene cogida de la mano.

–  Por fin te despiertas, dormilona. – Me dice con una tímida sonrisa. – ¿Cómo estás?

–  Mal, todo esto me está superando.

–  Dayana, mientras dormías ha llamado Ismael, que estaba con Gonzalo, y le he explicado lo que ha ocurrido. – Me confiesa Valeria. – Han venido a casa y les he aclarado el tema de las fotos y Gonzalo se siente fatal por lo que te ha dicho, quiere hablar contigo, pero le he dicho que antes te lo consultaría, quería asegurarme de que quieres hablar con él en este momento.

–  ¿Le has dicho que estoy embarazada?

–  No, eso te lo he dejado a ti. – Me responde sonriendo con complicidad. – Aunque debes saber que no deja de preguntarme qué es lo que le tienes que decir y no te atreves.

–  Déjale que entre, necesito aclarar todo lo que ha pasado antes de que me vuelva loca. – Le respondo temblando por cómo vaya a reaccionar Gonzalo.

Valeria me da un beso en la mejilla y sale de la habitación. Dos minutos más tarde, Gonzalo aparece y mirándome con pesar, me pregunta:

–  ¿Tienes un minuto para escuchar como el mayor idiota te suplica que le perdones?

–  Supongo que sí. – Le respondo con un hilo de voz.

–  Perdóname, mi amor. – Me ruega cogiéndome ambas manos para llevárselas a sus labios y besarlas con adoración. – Soy un imbécil, lo sé. Pero es que me volví loco cuando vi esas fotos, alguien me las envió por correo y cuando las vi…

–  Pensaste que te estaba siendo infiel a pesar de que me he pasado todo el verano contigo, exceptuando las horas que he pasado en la oficina en compañía de tu prima Natalia. – Le apunto para que se dé cuenta de lo estúpido que ha sido su comportamiento.

–  Ya te he dicho que soy un idiota y un imbécil. – Me dice con tristeza. – Regresa a casa conmigo, pequeña. Te prometo que te voy a compensar por todo lo que te he hecho pasar.

–  Gonzalo, yo también tengo que contarte algo. – Le confieso. – La verdad es que no sé cómo decirte esto ni sé cómo te lo vas a tomar, pero ahí va: Estoy embarazada.

Gonzalo me mira directamente a los ojos buscando algún tipo de confirmación, después mira mi plano abdomen y dibuja una amplia sonrisa en su boca para después preguntarme alegremente:

–  ¿Vamos a ser papás?

–  Vaya, no esperaba que te lo tomaras tan bien. – Le respondo sorprendida.

–  Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo, cariño. – Me dice besándome en los labios. – No puedo creer que no me lo hayas dicho, ¿desde cuándo lo sabes?

–  Me enteré ayer, al parecer los antibióticos anulan el efecto de los anticonceptivos. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Mañana tengo que hacerme una prueba en la clínica de un amigo del doctor Maxwell que es una eminencia en ginecología.

–  ¿Una prueba? – Me pregunta preocupado. – ¿Qué clase de prueba?

–  Una amniocentesis. – Le respondo. – El doctor dice que sirve para verificar que el bebé esté bien y el embarazo llegue a término sin complicaciones.

–  Cariño, no me puedo creer que hayas estado pasando por todo esto tú sola y encima yo te haya dicho todo lo que te he dicho. – Me dice con los ojos brillantes. – Perdóname, mi amor. No volveré a dudar de ti nunca y te trataré como a una verdadera princesa, a ti y a nuestro bebé.

–  Creo que lo mejor es que nos olvidemos de todo lo que ha pasado. – Le respondo besándole en los labios. – Los dos hemos estado un poco nerviosos y nos hemos dicho cosas que no queríamos decir, prefiero quedarme con tu reacción al conocer la noticia. – Le respondo sonriendo. – Tenía miedo, no sabía cómo te lo ibas a tomar.

–  Dayana, te quiero. – Me dice mirándome a los ojos. – Saber que la mujer de mi vida me va a hacer padre es la mejor noticia que me podías dar, pequeña.

Al día siguiente, Gonzalo, Ismael y Valeria me acompañan a la clínica del amigo del doctor Maxwell y los tres esperan a que me hagan la prueba, que apenas dura unos minutos y no me hace daño.

Gonzalo no se separa de mi lado y ambos respiramos tranquilos cuando el doctor nos dice que el bebé está perfectamente y que estoy embaraza de unas siete semanas. Veinticuatro horas más tarde, me dan el alta y regresamos a casa.

Solo Ismael y Valeria conocen nuestro secreto, no queríamos decirle a nadie que estoy embarazada sin estar seguros de que todo iba bien pero, ahora que ya lo hemos confirmado, Gonzalo está loco de felicidad y quiere gritarlo a los cuatro vientos, así que hemos celebrado una cena en casa para darles la noticia a todos nuestros seres queridos juntos.

Todos están expectantes por conocer la noticia, excepto Ismael y Valeria que ya la conocen pero fingen muy bien y nadie se da cuenta.

–  Creo que ya sé la noticia que nos vais a dar. – Me comenta Sofía sonriendo con alegría. – No sabes lo feliz que me haces al hacer a mi hijo tan feliz, Dayana. Estoy de tu lado y, si tu futuro marido no cumple con sus obligaciones, puedo darle otra charla incómoda. – Bromea guiñándome un ojo con complicidad.

Gonzalo me abraza desde la espalda y me susurra al oído:

–  ¿Cómo estás, preciosa?

–  Estoy nerviosa, cariño. – Le confieso en susurros. – Y tu madre cree que vamos a anunciar que nos casamos.

–  Bueno, ya que estamos, podemos dar una doble noticia, ¿no? – Me propone sonriendo.

–  ¿Lo tenías planeado? – Le pregunto arqueando una ceja.

–  En realidad, pretendía decirlo sin que supieras nada, así no podrías negarte. – Me responde bromeando y encogiéndose de hombros. Se vuelve hacia el resto de invitados sin dejar de rodearme con sus brazos y les dice tras llamar la atención de todos: – Familia, Dayana y yo os hemos reunido a todos aquí porque queremos daros una buena noticia. – Me da un beso en la mejilla, me estrecha con fuerza entre sus brazos y añade: – La noticia que queremos daros es…

–  ¿Os vais a casar? – Pregunta Sofía sin poder esperar más para saberlo.

Todos nos echamos a reír, incluido Felipe que coge a su mujer por la cintura y trata de tranquilizarla. Rosalía me mira con complicidad y se pone las manos sobre el abdomen con disimulo, solo para que yo la vea. Le dedico una dulce sonrisa y le guiño el ojo con complicidad. No sé cómo lo ha hecho, pero Rosalía ha adivinado el motivo de la reunión.

–  Aún estoy tratando de convencer a Dayana para casarnos, pero creo que vas a tener que echarme una mano con eso, mamá. – Bromea Gonzalo. – En realidad, lo que queremos deciros es que pronto seremos uno más en la familia y el pequeño Derek tendrá un primito o una primita con quién jugar.

Todos se quedan con la boca abierta y Sofía empieza a reír y a saltar al mismo tiempo que llora mientras su marido trata de calmarla sin dejar de reírse él también. Rosalía y Federico se abrazan emocionados, Ismael y Valeria se besan, Joel le susurra algo al oído a Natalia que la hace sonrojarse pero que también le da un beso en los labios, Velasco me mira con los ojos llenos de lágrimas y me sonríe como sé que mi padre hubiese hecho si estuviera aquí con nosotros.

–  Estamos empezando de cero, pequeña. – Me susurra Gonzalo al oído. Me da un beso en los labios con ternura y añade: – Te quiero. Nunca dejaré de quererte. Bueno, de quereros. – Me dice sonriendo al mismo tiempo que coloca su mano sobre mi abdomen.

–  Yo también te quiero, mi general. – Le respondo burlonamente antes de besarle de nuevo.

 

FIN

Empezar de cero 20.

Empezar de cero

En cuanto el doctor se marcha y Valeria regresa a la habitación, le pido que vaya a la farmacia a comprar un test de embarazo, no puedo quedarme con esta duda hasta mañana. Valeria, tras protestar unos minutos diciendo que la farmacéutica alucinará cuando la vea a ella, una mujer embarazada de seis meses y medio, que quiere comprar un test de embarazo, pero finalmente accede.

Regresa veinte minutos después de haberse marchado y trae consigo el test de embarazo, aunque oculto en el bolso.

–  La farmacéutica piensa que soy un bicho raro. – Me dice entregándome el test. – ¿Quieres hacerlo ahora?

–  Creo que sí, ¿sabes cómo funciona? – Le respondo incorporándome para levantarme. – Quiero hacerlo antes de que llegue Gonzalo, pero antes tienes que prometerme que, pase lo que pase, no abrirás esa enorme bocaza.

–  Soy una tumba. – Me responde ayudándome a levantarme y me acompaña al baño. – Esto es muy sencillo, solo tienes que hacer pipí aquí. – Me dice señalando un extremo del aparato. – Después esperaremos un par de minutos y veremos qué pone en la pantalla digital. He comprado uno de esos test que te dicen desde cuándo estás embarazada.

–  ¿Te dice el día exacto de la fecundación? – Le pregunto alucinada.

–  No exactamente, te dice el tiempo aproximado de embarazo. – Me responde Valeria sacando el prospecto de la caja mientras yo hago pipí. – Aquí pone que si estás embarazada te saldrá en la pantalla si estás de una semana, de dos semanas o de más de tres semanas.

–  Teniendo en cuenta que hace un mes y medio que me dispararon, si estoy embarazada no será de más de un mes y medio. – Le respondo encogiéndome de hombros mientras le pongo el tapón al aparato y lo dejo sobre la encimera del baño para esperar el resultado.

–  Vamos a la cama, así si te vuelves a desmayar por lo menos no te caerás al suelo, eso sería difícil de explicárselo a Gonzalo. – Me dice Valeria cogiéndome de la cintura y acompañándome de nuevo a la cama para que me tumbe. – Voy a buscar el test, ahora mismo vuelvo. – Desaparece durante un par de segundos y regresa con el test en la mano. – Aún no ha salido nada.

–  No quiero ni mirarlo, ¿qué le voy  decir a Gonzalo si estoy embarazada?

–  No sé lo que le habrá pasado a Gonzalo para que esté tan enfadado, pero te aseguro que la noticia le encantará. – Me dice Valeria con una tranquilizadora sonrisa en los labios. – Él te quiere, no hay más que ver cómo te trata, pareces una princesa.

–  Sí, una princesa encerrada en la maldita torre. – Protesto. – ¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué se ha marchado sin decirme nada? Por cierto, ¿le has llamado?

–  Le he llamado cuando he bajado a acompañar al doctor, le he dicho que estabas bien pero que te habían hecho unos análisis para descartar que tuvieras alguna pequeña anemia. – Me responde. – Estaba un poco raro, le he notado cansado. Ismael me ha dicho que uno de los inversores del proyecto le está dando problemas, puede que esté un poco agobiado y por eso se ha puesto así antes.

–  No me ha hablado de trabajo desde que me dispararon, debería haberle preguntado. – Le digo sintiéndome culpable. – El pobre está pendiente de mí a cada momento, sigue trabajando y yo no dejo de darle problemas. Discutimos diariamente porque no guardo el reposo que debería y supongo que al verme así se ha asustado y después se ha puesto furioso. No es el mejor momento para que me pase esto, ¿y si se pone furioso conmigo cuando se lo diga? No tenía pensado quedarme embarazada, pero ahora que puedo estarlo no te voy a negar que una parte de mí incluso está ilusionada y emocionada por esa posibilidad. No sé si podré soportar su reproche.

–  Deja de dar por sentado que se lo va a tomar mal. – Me dice Valeria. Justo en ese momento suena un pitido procedente del test de embarazo y Valeria añade: – Ha llegado el momento, míralo.

–  No puedo, míralo tú. – Le digo dándole el aparatito y tapándome los ojos con las manos. – Ni siquiera sé si quiero saber lo que pone.

–  Esto debes hacerlo tú, Day. – Me dice Valeria devolviéndome el test de embarazo. – Cuando recuerdes este momento, te gustará ser la primera en saberlo.

Cojo el test de embarazo y, armándome de valor, miro la diminuta pantalla y leo: “Enhorabuena, está embarazada de más de tres semanas.” Me quedo completamente paralizada y, al ver que no digo nada, Valeria me arrebata el test de embarazo de las manos y me dice después de mirarlo:

–  Enhorabuena, estás embarazada. – Me sonríe con ternura y añade: – Dentro de poco estarás igual de redonda que yo.

–  Eso no me ayuda en absoluto, Val. – Le respondo aún en estado de shok. – ¿Qué le voy a decir a Gonzalo? “Hola cariño, estoy embarazada”.

Justo en ese momento oímos unos pasos subir las escaleras y dos segundos después la puerta de la habitación se abre y aparece Gonzalo con su cara de pocos amigos seguido de Ismael.

–  Buenas noches, señoritas. – Nos saluda Ismael con una amplia sonrisa. – ¿Cómo te encuentras, Dayana?

–  Estoy bien, gracias por preguntar Ismael. – Le respondo lanzando una mirada acusadora a Gonzalo.

–  Bueno, nosotros nos marchamos ya. – Dice Valeria. Me da un beso en la mejilla para despedirse y me dice: – Llámame si necesitas cualquier cosa, da igual la hora que sea, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza y Gonzalo e Ismael se nos quedan mirando con el ceño fruncido, percatándose de que algo tramamos pero ninguno de los dos se atreve a preguntar. Ismael y Valeria se marchan y Gonzalo me anuncia que se va a duchar antes de entrar en el baño y desaparecer. Cojo el test de embarazo que he ocultado bajo la almohada cuando hemos oído llegar a Gonzalo y lo guardo en uno de los cajones de la mesita de noche.

Gonzalo sale del baño media hora después y me dice antes de volver a marcharse:

–  Mandaré que te suban la cena a la habitación, estaré trabajando en el despacho, llámame si necesitas algo.

–  ¿Podemos hablar un momento? – Le pregunto.

–  Ahora no, no estoy de humor Dayana.

–  De acuerdo. – Contesto con un hilo de voz.

Un rato después, una de las asistentas internas me sube la cena a la habitación en una bandeja y se queda conmigo hasta que me como todo lo que había en el plato, probablemente porque así se lo habrá ordenado Gonzalo.

En ocho meses que llevamos viviendo juntos, nunca le había visto así de enfadado, nunca me había hablado así y nunca me había dejado sola en la habitación, mucho menos después de que me dispararan. Apago la luz y trato de dormir, pero mi cabeza no deja de dar vueltas y mis ojos no dejan de llorar.

En algún momento de la noche, logré quedarme dormida. Cuando me despierto, lo primero que hago es buscar a Gonzalo a mi lado, pero no está en la habitación y su mitad de la cama ni siquiera está deshecha, no ha dormido aquí.

Me levanto y, medio mareada, entro en el baño dispuesta a darme un baño relajante. Me miro en el espejo mientras la bañera se va llenando de agua caliente y veo mi cara hinchada, los ojos rojos e irritados de tanto llorar y unos pelos de loca que me dan miedo hasta a mí. Me meto en la bañera y con el calor del agua me relajo y cierro los ojos.

Pocos minutos después, la puerta del baño se abre y entra Valeria.

–  El doctor viene de camino, te estaba llamando a ti y, como no le has cogido el teléfono, me ha llamado a mí y he venido corriendo. – Me dice dándome un beso en la frente y sentándose sobre la tapa del inodoro para seguir hablando conmigo. – ¿Qué tal con Gonzalo? Me lo he encontrado en la cocina y no tenía muy buen aspecto, no le has dicho nada, ¿verdad?

–  Cuando ayer os fuisteis, Gonzalo se duchó y se metió en su despacho, según me dijo, para seguir trabajando. Traté de hablar con él pero me dijo que no estaba de humor y se largó de la habitación. Me dormí a las tantas y Gonzalo no había subido a la habitación y esta mañana cuando me he despertado su lado de la cama estaba intacto, no ha dormido aquí.

–  Bueno, no te preocupes ahora por eso.

–  Sí, supongo que debo preocuparme porque el doctor quiera venir a verme otra vez y no me haya dado los resultados de los análisis por teléfono como quedamos. – Le respondo preocupada.

Cuando salgo del baño ya vestida con un pijama limpio y peinada como una persona normal, la asistenta ya ha cambiado las sábanas de la cama y arreglado la habitación. Valeria me hace un gesto con la mano para que me tumbe en la cama y la obedezco de inmediato, no tengo ganas de discutir ni fuerzas para mantenerme en pie.

Alguien golpea la puerta de la habitación cuando termino de acomodarme en la cama y, cuando la puerta se abre, veo a Gonzalo y al doctor.

–  Buenos días, señorita Blake. – Me saluda el doctor. – ¿Qué tal ha dormido?

–  Bien, gracias. – Miento.

–  ¿Va todo bien, doctor? – Le pregunta Gonzalo sin mirarme.

–  Sí, pero me gustaría hablar con la señorita Blake a solas. – Le contesta el doctor. – Solo será un minuto.

Gonzalo se lo queda mirando extrañado, pero Valeria lo coge del brazo y se lo lleva fuera de la habitación. El doctor cierra la puerta y se acerca a mí con el rostro serio.

–  Algo no va bien, ¿verdad? – Le digo con un hilo de voz.

–  He confirmado que está embarazada y que además tiene una ligera anemia de hierro.

–  Supongo que no ha venido para decirme eso, podría haberlo dicho por teléfono.

–  Verá, el grupo sanguíneo del feto es 0 positivo y usted es 0 negativo. Esto es algo que suele ocurrir cuando el RH del grupo sanguíneo del padre es opuesto al de la madre. El feto tiene el grupo sanguíneo del padre y su cuerpo lo reconoce como una amenaza, por lo que ha creado anticuerpos para eliminarlo. – Al ver que empiezo a alterarme, añade rápidamente. – Tranquila, es algo que ocurre con frecuencia y que se soluciona con un tratamiento específico que le he traído. También le he traído ácido fólico, le he anotado aquí todo lo que tiene que tomar y cuándo. He consultado su caso con un buen amigo mío que es ginecólogo y tiene una clínica en Destins y, tras contarle todo lo que ha pasado, me ha dicho que debería hacerse una prueba que se llama amniocentesis para descartar cualquier anomalía en el embarazo y en el feto. Es una prueba muy sencilla, le pincharán en la barriga para coger una muestra del líquido amniótico y comprobar que todo esté bien.

–  ¿Hay algún motivo específico por el que deba hacerme esa prueba?

–  La medicación que se ha estado tomando, la pérdida de sangre y la transfusión, y el estado de estrés al que ha estado sometida pueden haberle causado algún daño al feto. – Me explica el doctor tratando de sonar calmado.

–  ¿Cuándo podría hacerme la prueba?

–  La prueba es sencilla, pero requiere que esté veinticuatro horas en observación por si el saco amniótico se rompe. – Me responde. – Debería ir mañana mismo a la clínica, el riesgo es menor en los tres primeros meses de embarazo.

–  Mañana mismo iré a la clínica de su amigo, ¿podría apuntarme la dirección y el nombre de ese doctor en mi agenda, por favor?

–  Está todo anotado en el informe que le he traído. – Me dice entregándome una carpeta. – Hablaré con mi amigo para decirle que irá mañana y la atenderá personalmente.

–  Gracias por todo doctor. – Le digo antes de que se marche.

El doctor se despide y se marcha y yo me llevo las manos al abdomen instintivamente. Cierro los ojos y trato de dejar la mente en blanco y no pensar que tengo menos de veinticuatro horas para contarle a Gonzalo lo que está pasando.

Empezar de cero 19.

Empezar de cero

Un mes y medio después de que me dispararan, aún sigo trabajando desde casa, pero ahora porque mi jefe así me lo ha exigido en cuanto se enteró de lo que había ocurrido. He logrado convencer a Gonzalo y a mi jefe para que me dejen ir los viernes por la mañana a la oficina y reunirme con todo el personal para supervisar todo el contenido de la revista y, por supuesto, Gonzalo se encarga de llevarme a la oficina y de venir a recogerme para regresar a casa.

Mi jefe tenía que ir a Destins por un asunto personal y, aprovechando la visita a la ciudad, ha decidido pasar por la oficina y ha venido a verme.

–  ¿Cómo estás, Dayana? – Me pregunta mi jefe nada más verme. – Pareces un poco pálida.

–  Yo también me alegro de verte, Ramiro. – Le replico bromeando al mismo tiempo que le saludo con un par de besos en la mejilla. – Desde luego, sabes cómo hacer que una mujer se sienta bien.

–  Sabes que te considero una auténtica Venus, pero pareces cansada. – Me contesta. – ¿No te encuentras bien?

–  Me he levantado con el estómago un poco revuelto, pero ya estoy mejor. – Miento. Me tambaleo al girarme y me agarro a una de las columnas del hall.

–  Dayana, ¿te encuentras bien? – Me pregunta Ramiro sosteniéndome por los brazos. – Vamos, túmbate en el sofá. – Me dice ayudándome a llegar a uno de los sofás del salón.

Mi cabeza empieza a dar vueltas y mis fuerzas empiezan a flaquear, todo se vuelve borroso, las piernas me tiemblan incapaces de soportar el peso de mi cuerpo hasta que se cierne la oscuridad total.

Cuando abro los ojos me encuentro un poco desorientada, pero enseguida me doy cuenta de que estoy tumbada en uno de los sofás del salón. Ramiro está a mi lado y Valeria está hablando por teléfono con alguien.

–  ¿Qué me ha pasado? – Pregunto todavía mareada.

–  Te has desmayado, Valeria está llamando al doctor para que venga a verte. – Me responde Ramiro haciéndome un gesto para que me mantenga tumbada. – Será mejor que te quedes donde estás hasta que venga el doctor.

–  Acabo de hablar con el doctor Maxwell, en media hora estará aquí. – Me dice Valeria sentándose a un lado del sofá. – ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres que avise a Gonzalo?

–  No, no quiero preocuparle. – Le respondo. – Estoy un poco mareada, probablemente por la medicación.

–  ¿Es posible que estés embarazada? – Me pregunta Ramiro. – Mi mujer vomitaba y se desmayaba continuamente durante los primeros meses de embarazo.

–  No puedo estar embarazada, tomo la píldora. – Respondo no demasiado convencida.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que me vino la regla, pero no recuerdo haberla tenido después de que me dispararan. ¿Puedo estar embarazada?

–  No te preocupes, Day. – Me dice Valeria cogiéndome de la mano. – Seguro que no es nada. De todas formas, deberíamos avisar a Gonzalo.

–  Avisarme, ¿de qué? – Pregunta Gonzalo entrando en el salón, pero su rostro se descompone al verme tumbada en el sofá. – ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien? – Se vuelve hacia Valeria y le pregunta: – ¿Has llamado al doctor?

–  Estará aquí en veinticinco minutos. – Le responde Valeria mirando el reloj.

–  ¿Qué te ha pasado, cariño? – Me pregunta Gonzalo arrodillándose junto al sofá para ponerse a mi altura. Me da un beso en los labios y añade: – ¿Estás bien?

–  Estoy bien, pero creo que me he desmayado un poco. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  ¿Te has desmayado un poco? – Me pregunta con cara de pocos amigos.

–  Me he levantado un poco rara, puede que tenga un poco de anemia o que la medicación me haya sentado mal. – Trato de tranquilizarle. – Por cierto cariño, éste es mi jefe, Ramiro Beltrán.

–  Ramiro, disculpa mi falta de educación. – Le dice Gonzalo estrechándole la mano.

–  No te preocupes, con todo esto yo tampoco te he saludado. – Le dice Ramiro.

–  ¿Por qué habláis con tanta familiaridad? – Les pregunto.

–  Querías volver demasiado pronto al trabajo y necesitaba que alguien me asegurase de que estabas en condiciones de trabajar, así que me tomé la libertad de llamar a Gonzalo y pedirle que me mantuviera al corriente de la situación. – Me dice Ramiro. – Y, por supuesto, no quiero enterarme de que vas por la oficina hasta que tengas el alta médica. En cuanto a lo de seguir trabajando desde casa, esperaremos a ver lo que te dice el doctor.

–  Ramiro, me matarás si me dejas sin trabajar. – Protesto.

–  El doctor te ha pedido que hagas reposo y seguir trabajando no es reposar, aunque trabajes desde casa. – Me replica Ramiro.

–  Pero…

–  Basta ya, Dayana. – Me interrumpe Gonzalo con la voz grave, bastante cabreado. – Te voy a llevar a la cama para que descanses hasta que llegue el doctor y no quiero volver a oír hablar de trabajo en todo el día, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo. – Le respondo asustada, con un hilo de voz.

Gonzalo me coge en brazos y me lleva a la habitación, donde me deposita con cuidado sobre la cama y se sienta a mi lado antes de decirme con la voz más suave y relajada:

–  Cariño, tienes que prometerme que vas a hacer todo lo que diga el doctor. Hasta que te mejores, voy a trabajar desde casa.

–  No es necesario que me trates como a una niña pequeña, estoy bien. – Replico. – No he hecho ningún esfuerzo, seguramente haya sido la medicación que me deja atontada y me da sueño.

–  Valeria, quédate con Dayana hasta que llegue el doctor. – Musita Gonzalo enfadado otra vez.

–  ¿A dónde vas? – Le pregunta Valeria.

–  Tengo una reunión en diez minutos con unos empresarios que han viajado expresamente desde la otra punta del mundo para hacer negocios conmigo, solo he venido a echar un vistazo y no puedo quedarme, pero llámame en cuanto el doctor la vea. Quiero estar al tanto de lo que ocurra. – Responde Gonzalo antes de marcharse sin despedirse de mí.

Resoplo y pongo los ojos en blanco mientras escucho como Gonzalo baja las escaleras acompañado de Ramiro y charlando, pero no logro escuchar lo que dicen.

–  ¿Estás segura de que no hay ninguna posibilidad de que estés embarazada? – Me pregunta Valeria sentándose a un lado de la cama. – Yo también tenía los mismos síntomas durante los primeros meses de embarazo.

–  Es imposible, tomo la píldora y no se me ha olvidado ni una sola vez. – Le respondo.

–  Entonces, ¿por qué pones esa cara cuándo escuchas hablar del tema?

–  Hasta que Ramiro lo ha mencionado, no me había dado cuenta de que no me ha venido la regla desde que me dispararon. – Le confieso.

–  Entonces, ¿es posible que estés embarazada?

–  No lo sé. – Le respondo sollozando. – Ya te he dicho que no me he dejado de tomar la píldora, a lo mejor se me ha desajustado con la medicación o por la pérdida de sangre. Esto no me puede pasar a mí, Valeria. ¿Cómo se lo diría a Gonzalo? Apenas estamos empezando y…

Alguien da un par de golpes suave a la puerta de la habitación y me callo.

–  Adelante. – Responde Valeria cogiéndome de la mano.

La puerta se abre y entra el doctor Maxwell con un maletín en la mano y con aspecto algo preocupado.

–  Buenas tardes, señorita Blake. – Me saluda estrechándome la mano y después hace lo mismo con Valeria: – Señora García.

–  Buenas tardes, doctor. – Respondemos Valeria y yo al unísono.

–  ¿Qué es lo que ha ocurrido, señorita Blake? – Me pregunta el doctor al mismo tiempo que saca un aparato para tomarme la tensión y otro para pincharme en un dedo y ver a cómo estoy de azúcar. – Voy  tomarle las constantes vitales, puede responder mientras tanto.

–  Esta mañana me he levantado con muchas náuseas y estaba un poco mareada, pero después de desayunar me he encontrado mejor. – Le explico. – Después ha venido Ramiro y de repente me he empezado a marear otra vez y me he desmayado.

–  Sus constantes vitales son normales, está bien de azúcar y la tensión está dentro de los parámetros normales. – Me dice el doctor.

–  Entonces, ¿qué me ha pasado? – Le pregunto.

–  Solo pueden ser dos cosas: o tiene anemia o está embarazada. – Me responde el doctor. – Puedo hacerle unos análisis y tendremos los resultados mañana a primera hora. Pero si sospecha que puede estar embarazada puede comprar un test de embarazo en la farmacia y salir de dudas en dos minutos.

–  Doctor, no me he dejado de tomar la píldora anticonceptiva ni un solo día, exceptuando los días de reposo que me tomo el placebo, pero no me ha venido la regla desde que me dispararon. – Le explico algo avergonzada por tener que hablar de esto. – ¿Cree que es posible que…?

–  Debería haberme dicho que tomaba la píldora, cuando le pregunté si tomaba algún tipo de medicación me dijo que no. – Me dice el doctor resoplando. Me mira fijamente a los ojos y, con pies de plomo, me dice: – Verá señorita Blake, los antibióticos suelen anular el efecto de las píldoras anticonceptivas y, teniendo en cuenta que los antibióticos que le di son unos de los más fuertes, la posibilidad de que esté embarazada es altamente probable.

–  Hágame los análisis y llámeme cuando tenga los resultados. – Le digo con un hilo de voz. – Le ruego discreción, no me gustaría que alguien más se enterara antes que Gonzalo.

–  No se preocupe señorita Blake, seré muy discreto. – Me responde. – Pero el señor Sánchez querrá que le dé una explicación sobre lo que le ha ocurrido, no es un hombre que se conforme con una respuesta simple.

–  Si contacta con usted, dígale que todo está perfectamente bien, que me sentó mal la cena o que tengo un poco de anemia, no quiero alarmarle hasta que esté segura y lo haya asimilado. – Le pido al doctor.

–  La llamaré mañana en cuanto tenga los resultados. – Me dice el doctor recogiendo sus cosas y, antes de despedirse y marcharse, me dice: – Debería guardar reposo en cama un par de días, tanto si está embarazada como si tiene anemia, lo necesita.

–  No se preocupe, yo me encargaré de que siga sus indicaciones al pie de la letra. – Le dice Valeria acompañándolo a la puerta. – Ahora mismo vuelvo, Dayana. Voy a acompañar al doctor a la puerta.

Valeria sale de la habitación con el doctor y yo me quedo tumbada en la cama mientras mi cabeza le da mil vueltas a la posibilidad de que pueda estar embarazada. ¿Voy a ser madre? Ni siquiera me lo había planteado ni una sola vez. ¿Qué le voy a decir a Gonzalo? Está demasiado enfadado como para darle una noticia así, se ha marchado sin despedirse de mí. Decido esperar a contárselo hasta estar totalmente segura de que estoy embarazada, después trataré de asimilarlo yo y buscaré la manera de contárselo.

Empezar de cero 18.

Empezar de cero

Durante los tres días siguientes, Gonzalo me obliga a permanecer en la cama y tan solo me deja levantarme para ir al baño. Se ha ocupado de mí en todo momento y no me ha dejado sola ni un segundo, pese a que Valeria pasa conmigo todo el día y por las tardes recibo la visita de Rosalía y Federico.

He escogido la habitación de al lado del despacho de Gonzalo para montar mi propio despacho y Valeria se ha puesto manos a la obra con la decoración. Ha escogido la pintura, las cortinas, los muebles y todo lo que se le ha ocurrido. Gonzalo ha dado el visto bueno a todas las sugerencias y consejos sobre decoración que Valeria ha mencionado, dispuesto a complacernos.

Gonzalo ha llamado a sus padres y les ha invitado a pasar con nosotros el fin de semana con la intención de que ambos les expliquemos lo que ha pasado, antes de que se enteren por otra persona. Velasco también viene a verme todas las mañanas y Joel y Natalia me hacen compañía a última hora de la tarde.

Una semana después del incidente, mi nuevo despacho ya está listo y empiezo a trabajar desde casa. Natalia me pone al corriente de todo lo que sucede en la oficina y también hablamos de Joel y Gonzalo antes de que Joel pase a recogerla para llevarla a la pensión.

Estoy terminando de leer un artículo que me ha enviado por e-mail una de las redactoras de la revista cuando Gonzalo abre la puerta de mi despacho y, al verme sentada frente al escritorio, me dice:

–  Cariño, no deberías estar aquí otra vez. Me prometiste que no pasarías más de cuatro horas ahí metida y te estás pasando, necesitas reposar y descansar.

–  Ya he terminado. – Le respondo con una inocente sonrisa. – En dos semanas lanzamos la revista de noviembre y tiene que estar todo perfecto.

–  Todo lo que dices, haces y tocas es perfecto, preciosa. – Me responde rodeándome con los brazos con ternura. Me da un casto beso en los labios y añade: – He preparado una cena romántica, aún no hemos celebrado nuestro medio año juntos como es debido.

–  No te merezco, eres demasiado bueno para mí. – Le susurro al oído mientras él me abraza. – Te quiero, Gonzalo.

–  Repítelo, cariño. – Me susurra abrazándome con fuerza. – Es la primera vez que me lo dices y quiero oírlo de nuevo.

–  ¿No te lo he dicho nunca? – Le pregunto sorprendida. – Es curioso, porque lo pienso muy a menudo.

–  Dímelo otra vez, pequeña. – Vuelve a susurrarme con la voz ronca.

–  Te quiero, cariño. – Le contesto con una pícara sonrisa.

Gonzalo me coge en brazos y me lleva hasta el salón, dónde descubro que la mesa auxiliar que hay frente a la chimenea está preparada para sentarnos a cenar. El salón está en penumbra, exceptuando el centro de la mesa auxiliar que está iluminado por el fuego de la chimenea y dos velas rojas. Sobre la mesa auxiliar, hay dos cajas de pizzas de alguna pizzería con servicio a domicilio.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta al mismo tiempo que me deposita sobre un puf frente a la mesa y la chimenea y después se sienta a mi lado.

–  Me encanta la pizza, pero creo que tenemos un contexto distinto de una cena romántica. – Le respondo burlonamente. – Hubiera preferido empezar por el postre.

–  Yo también, pero debo asegurarme de que antes repones la suficiente energía como para poder tomar un buen postre. – Me responde divertido.

–  De acuerdo, pero no te olvides de darme el postre. – Le replico. – Ésta última semana casi te he tenido que rogar que me hagas el amor.

–  Cariño, ésta última semana te han disparado, has pasado dos días inconsciente y han tenido incluso que hacerte una transfusión de sangre. – Me recuerda Gonzalo. – El médico me dijo que debía asegurarme de que guardabas reposo y no hacías ningún esfuerzo, pero te aseguro que yo lo he pasado peor que tú.

–  No te creo. – Le respondo. – Quiero hacer el amor de verdad, cariño. – Protesto. – Quiero que me abraces con ferocidad, que me penetres por completo de una sola estocada y me hagas gemir como a ti tanto te gusta.

Gonzalo me mira fijamente a los ojos durante un segundo y acto seguido me coge de la cintura y me sienta a horcajadas sobre su regazo. Me besa apasionadamente y hacemos el amor salvajemente, como tanto he añorado desde que me dispararon.

Al día siguiente, los padres de Gonzalo vienen a visitarnos. Gonzalo y yo teníamos la intención de contarle lo que ha ocurrido, pero al parecer alguien ya se lo había contado antes incluso de llegar a la pensión y, obviamente, le han dado una información errónea. Por suerte, Natalia, Federico y Rosalía los han calmado y les han explicado toda la verdad, aunque no se han quedado mucho más tranquilos.

Sofía y Felipe han irrumpido en casa seguidos de Natalia, Rosalía y Federico, que seguían tratando de convencerles de que estábamos bien.

–  ¿Por qué no nos habéis avisado antes? – Nos reprocha Sofía casi sollozando. – ¡Qué disgusto nos hemos llevado!

–  Lo siento, Sofía. – Me disculpo. – Pretendíamos todo lo contrario, no queríamos asustaros.

–  ¡Oh, Dayana! Tú no tienes la culpa de nada. – Me dice Sofía abrazándome. – Nos hemos asustado, pero ahora que os vemos a los dos ya estamos más tranquilos.

Gonzalo me abraza desde atrás, me da un beso en la mejilla y les dice a sus padres:

–  Dayana es una auténtica guerrera. – Me besa en la sien y me susurra al oído para que nadie más que yo le escuche: – Dentro y fuera de la cama.

Le dedico una sonrisa con complicidad y pasamos todos al salón. Gonzalo no se separa de mí, me abraza constantemente para hacerme saber que está conmigo y me apoya, no deja de preguntarme cómo me encuentro. Pasadas un par de horas, Gonzalo me dice:

–  Cariño, deberías descansar un poco.

–  Estoy cansada de tanto descansar. – Protesto poniendo morritos como si fuera una niña pequeña. – Me voy a volver loca si me paso el día encerrada en la habitación.

–  ¿La tienes secuestrada, Gonzalo? – Se mofa Natalia.

–  El doctor ha indicado expresamente que no puede realizar ningún tipo de esfuerzo. – Recalca Gonzalo.

–  ¿Ningún tipo de esfuerzo? – Bromea Natalia. – Creo que no te conviene tener a Dayana de mal humor, tú mismo has dicho que es toda una guerrera.

–  ¡Natalia! – La reprende Gonzalo al mismo tiempo que Sofía y yo nos echamos a reír. Gonzalo se vuelve hacia a nosotras y nos espeta molesto: – ¿De verdad queréis que hablemos de eso?

–  No nos interesan los detalles, pero deberías tener contenta a Dayana. – Le responde Sofía tratando de ocultar la sonrisa en su rostro.

–  ¡Mamá, por favor! – Protesta Gonzalo incómodo.

–  Solo te estoy dando un consejo, hijo. – Finge hacerse la inocente Sofía. – A una mujer tienes que darle todo lo que necesita si quieres mantenerla a tu lado.

–  No podría estar más de acuerdo, Sofía. – Le digo sonriendo.

Gonzalo me reprende con la mirada, no es agradable para él que su madre le hable de sexo y mucho menos que yo me ponga de su parte. Le doy un beso en los labios y le susurro al oído:

–  Te quiero, cariño.

Gonzalo me sonríe con ternura y me devuelve el beso.

–  No es necesario que acates mi consejo de inmediato. – Bromea Sofía al ver que las manos de Gonzalo se mueven con descaro por mi cuerpo.

Me ruborizo de inmediato y me aparto ligeramente de Gonzalo, pero él me lo impide agarrándome por la cintura y estrechándome contra su cuerpo mientras me sonríe burlonamente.

Cenamos todos juntos en familia, porque así es como me hacen sentir. Felipe y Sofía están cansados del viaje y después de cenar se marchan a la casa que poseen en Bahía del Mar, la casa donde Gonzalo se crio. Natalia, Rosalía y Federico  también se marchan a la pensión y Gonzalo y yo también nos vamos a nuestra habitación para solventar el asunto pendiente.

–  Cariño, voy a pasarme la noche entera haciéndote el amor. – Me susurra con la voz ronca en cuanto cierra la puerta de la habitación. – Quiero darte lo que necesitas.

–  Entonces, bésame y hazme el amor. – Le respondo excitada.

Con delicadeza y ternura, Gonzalo me coge en brazos, se sienta en la cama y me coloca a horcajadas sobre su regazo. Despacio y con cuidado, me quita el jersey que llevo puesto y después hace lo mismo con el sujetador, dejando mis pechos al descubierto. Lame, muerde y estira mis pezones con su boca y mi cuerpo se arquea facilitándole el acceso.

–  Eres preciosa, mi amor. – Me susurra al oído ahora acariciando mis pechos. Me estrecha entre sus brazos y me gira para colocarme tumbada boca arriba sobre la cama y, con una sonrisa traviesa, me besa el ombligo y desliza mis tejanos y mi tanga por mis piernas hasta quitármelos y dejarme completamente desnuda. – Nunca te dejaré escapar, pequeña. Te quiero demasiado como para vivir sin ti.

–  Eso lo dices ahora. – Bromeo.

–  Eso lo digo ahora y lo diré siempre. – Sentencia. – Te quiero, pequeña. No quiero que lo dudes ni un solo segundo, ¿de acuerdo?

–  Demuéstramelo, cariño. – Le pido con la voz ronca.

–  Como desees, señorita Blake. – Me responde. – Suena un poco raro, quedaría mejor si fueras la señora Sánchez.

–  ¿Debo tomarme eso como una propuesta? – Pregunto sorprendida.

–  Solo pretendo que te vayas acostumbrando a mi apellido, algún día lo llevarás. – Me contesta sonriendo.

–  Es un poco pronto para tener esta conversación, deberíamos concentrarnos en lo que estamos haciendo, cariño. – Le digo cambiando de tema.

–  Pronto tendremos esta conversación, pequeña. – Me responde tras darme un beso. – Pero por ahora voy a dejar que lo vayas asimilando.

Pasamos un romántico fin de semana a pesar de que los padres de Gonzalo pasan la mayor parte del día en casa con nosotros, pero las noches son solo nuestras, de Gonzalo y mías.

Empezar de cero 17.

Empezar de cero

Pasamos el fin de semana todos juntos en casa de Gonzalo, pero en cuanto llega el lunes les hago saber que tengo intención de ir a trabajar y Gonzalo trata de impedírmelo a toda costa sin éxito. Finalmente, logramos llegar a un acuerdo, él me llevará y me traerá del trabajo acompañado por dos agentes de Mark.

Joel ya no se muestra enfadado conmigo pero sigue estando un poco distante, lo que me hace pensar que tanto Velasco como Gonzalo han debido de hablar con él para suavizar la situación, pero sigue estando molesto conmigo. Velasco y Valeria también se han enfadado un poco conmigo cuando les he contado que fui a Tailandia a buscar a Mark, pero ellos se lo han tomado de otra manera.

Llevo tres días insoportable y de los nervios, y es que además de que la Tríada viene a por mí, también me preocupa la seguridad de los que están a mi alrededor, el enfado de Joel conmigo y la incertidumbre de no saber lo que va ocurrir. Por suerte, Gonzalo permanece a mi lado apoyándome y mimándome, sin dejarme ni un solo minuto a solas.

Una semana después de la llegada de Mark y sus hombres, la Tríada hace su aparición en casa de Gonzalo. Tanto Gonzalo como yo estamos durmiendo cuando nos despertamos al oír ruido de disparos. Ambos nos levantamos de un salto y bajamos al salón tal y cómo estamos vestidos (por suerte estamos mínimamente vestidos), él con un pantalón corto de su equipo de fútbol y yo con una camiseta de tirantes ajustada y unos shorts de algodón aún más ajustados, con nuestras respectivas pistolas en la mano.

–  Day, tú te encargas de la izquierda y yo de la derecha. – Me dice Mark en cuanto me ve. Se vuelve hacia Gonzalo y añade: – Tu nuevo novio me cae bien, por lo menos sabe coger una pistola y de momento no se ha echado a llorar.

–  Ha estado en el ejército de tierra, aire y mar; y ha llegado a ser general, así que será mejor que le trates bien. – Bromeo.

–  Me alegro de que esta vez estés con alguien a quien quieres de verdad y no con un pelele. – Se sincera Mark. – Sé que no es buen momento para hablar de esto pero como es posible que no tenga otra ocasión, te diré que me alegro de que por fin hayas escogido a un hombre de verdad, rubia.

–  Yo también me alegro de tu profesionalidad y de la amistad que mantienes con Dayana, de lo contrario ya estarías muerto. – Le dice Gonzalo sin ápice de estar bromeando.

Mark me mira divertido, levantando una ceja con regocijo y le digo:

–  Se me ha olvidado mencionarte que es muy celoso.

–  Ya veo, ya. – Contesta Mark. Se empiezan a oír disparos de nuevo y añade: – Tú la izquierda y yo la derecha. Gonzalo, tú nos apoyas a ambos por si no damos abasto. Mis hombres me han informado que la Tríada no ha venido sola.

–  ¿De cuántos estamos hablando? – Pregunto sorprendida al ver a Mark nervioso.

–  No me lo han podido confirmar, pero muchos más de los que esperábamos.

Entonces, la puerta principal se abre y entran dos tipos a los que abatimos de inmediato. Gonzalo se me queda mirando sorprendido, está claro que no se esperaba que tuviera tan buena puntería. Entran dos tipos más y actuamos de la misma manera y así sucesivamente hasta haber derribado a más de una docena de hombres y me quedo sin balas.

–  Mierda, no tengo balas. – Les susurro.

–  Rubia, ¿has olvidado cómo se pelea? – Se mofa Mark.

–  Últimamente me he aficionado a otro tipo de ejercicio más placentero. – Le contesto divertida. La puerta principal vuelve a abrirse y nos pilla de sorpresa. El tipo nos mira y nos sonríe con la maldad en estado puro en sus ojos, decidido a disparar primero a Gonzalo para que yo lo vea y así hacerme sufrir antes de matarme. Lanzándome contra Gonzalo, le empujo interponiéndome entre él y la bala al mismo tiempo que grito: – ¡No, cuidado!

Logro apartar a Gonzalo pero no logro esquivar la bala, que impacta en mi hombro izquierdo produciéndome una quemazón terrible, seguido de una sensación nada agradable al notar el cálido líquido de color rojo que resbala por mi brazo desnudo. Gonzalo y yo caemos al suelo y Mark se encarga de derribar al tipo justo cuando sus hombres llegan a la puerta de la casa y nos dicen:

–  Les tenemos a todos, ¿queda alguno por aquí?

–  No, éste era el último. – Les informa Mark. – Dayana, estás sangrando. – Añade preocupado arrodillándose frente a mí.

Gonzalo me mira aterrorizado, totalmente paralizado mientras me sostiene entre sus brazos. Mark examina mi hombro y después dice:

–  Has tenido suerte, la bala ha entrado y salido.

–  Hubiera tenido suerte si le hubieras disparado antes de que él me disparase a mí. – Le reprocho. – Se supone que eres tú el que está en forma.

–  ¿Podemos dejar la charla para otro momento y llamar a un médico? – Nos espeta Gonzalo que ha vuelto en sí con más carácter que nunca. – Me da un beso en la frente al ver que le miro con preocupación y me susurra: – No dejaré que te pase nada, cariño.

–  Entonces será mejor que llames a un médico, estoy sangrando demasiado y me estoy empezando a marear. – Le respondo con un hilo de voz.

Sin dejar de notar como la sangre caliente va recorriendo mi brazo, mi pecho, mi abdomen e incluso mis piernas, veo como Gonzalo le dice algo a Mark y él llama por teléfono. Después, Gonzalo me coge en brazos y me lleva a la habitación, donde me deposita con delicadeza sobre la cama y yo pierdo el conocimiento.

Cuando recobro el conocimiento sigo estando en la cama Gonzalo, pero con otra ropa, el brazo vendado y en un cabestrillo.

–  No te muevas, cielo. – Oigo la voz de Gonzalo y rápidamente lo veo aparecer a mi lado. Me acaricia la mejilla suavemente con el dorso de la mano y me da un beso en la frente antes de añadir: – Estás en casa y yo estoy contigo, cariño.

Le acaricio la barba de dos días que lleva y le pregunto preocupada:

–  ¿Por qué tienes barba? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Están todos bien?

–  Tranquila, todos están bien. – Me responde con una tímida sonrisa. – Has estado durmiendo dos días, perdiste mucha sangre y tuvieron que hacerte una transfusión. La DEA convirtió la habitación en un auténtico hospital. ¿Cómo te encuentras, preciosa?

–  Mm… Como si me hubiera pasado un tren por encima, pero feliz de abrir los ojos y encontrarte a mi lado. – Le respondo sonriendo.

–  No me he separado de ti ni un segundo, mi amor.

–  ¿Tan mal estoy? – Bromeo. – Incluso te has dejado barba. – Le acaricio la mejilla con mi mano derecha y añado con picardía: – La verdad es que te queda muy sexy.

–  Eres una mujer insaciable, ni habiendo recibido un disparo puedes dejar de pensar en sexo.

–  Eres tú quien me provoca. – Le digo sonriendo. – Aunque creo que tendrás que hacer todo el trabajo tú solito, cielo.

–  No me tientes, que no respondo. – Me responde antes de besarme en los labios. – Voy a buscar al doctor, me ha dicho que le avise cuando te despertases.

Gonzalo vuelve a darme otro leve y suave beso en los labios antes de salir de la habitación y regresa escasos segundos después con un tipo de mediana edad y bata blanca.

–  Señorita Blake, soy el doctor George Maxwell, el médico de la DEA, la he estado atendiendo desde que llegué a Bahía del Mar hace dos días. – Me dice el doctor estrechándome la mano con más profesionalidad de la que esperaba, teniendo en cuenta que han montado todo este quirófano o habitación de hospital, cómo queráis llamarlo. – Ha tenido suerte, la bala entró y salió sin causar ninguna lesión grave, exceptuando la pérdida de sangre, claro.

–  Sigo sin entender por qué todo el mundo se empeña en decir que he tenido suerte, hubiera tenido suerte si no me hubieran disparado. – Respondo malhumorada.

–  Supongo que tiene razón, pero teniendo en cuenta lo que podía haber sido, nosotros consideramos que tuvo suerte. – Me responde con una media sonrisa. – Cómo le iba diciendo, no hay ninguna lesión grave que haya requerido una intervención, únicamente tuvimos que coser la herida y hacerle una transfusión de sangre. Ha estado dos días inconsciente, pero ha sido debido a la pérdida de sangre, la transfusión, el cansancio y la medicación que le hemos estado poniendo.

–  ¿Qué medicación me han puesto? – Le pregunto al doctor con desconfianza.

–  Antibióticos, analgésicos y sedantes. – Me contesta sonriendo ampliamente. – Todo está bien, pero deberá continuar con el tratamiento para evitar infecciones y para soportar el dolor, que sé por experiencia propia que no es fácil de soportar. Por supuesto, deberá permanecer en reposo absoluto durante unos días, después podrá empezar a moverse un poco, pero sin realizar esfuerzos. Vendré a verla un par de veces por semana para hacerle unos análisis y comprobar que todo vaya bien.

–  ¿Un par de veces por semana? – Pregunto horrorizada. – No puedo estar dos meses de baja, ¡soy la directora de una maldita revista mensual! ¡No puedo pasarme dos meses al margen!

–  Cariño, ya lo organizaremos como podamos. – Me tranquiliza Gonzalo. – Puedes revisar los artículos, entrevistas y todo eso que haces desde aquí. Puedes escoger la habitación que quieras para montar tu propio despacho y, si es vital que acudas a algunas de tus numerosas reuniones, puedo llevarte y traerte de la oficina personalmente, pero ya te advierto que no lo haré a menos que me demuestres que es de vital importancia que estés presente físicamente, para eso inventaron las videoconferencias.

–  Veo que estás en buenas manos. – Bromea el doctor. – Debo irme, pero les dejo mi tarjeta para que me llamen si tienen alguna duda, consulta o si hay algún contratiempo. Estoy a su entera disposición.

El doctor se despide y Gonzalo lo acompaña a la puerta aprovechando que Valeria, Ismael, Natalia, Joel, Velasco, Mark, Rosalía y Federico han entrado en la habitación en el mismo momento en que el doctor ha abierto la puerta. Gonzalo les recuerda que debo estar en reposo absoluto y les pide que no me alteren lo más mínimo, pero finalmente desaparece con el doctor.

Todos me saludan y me miman con cariño, como una verdadera familia. Mark me explica que sus hombres lograron abatir a todos los asaltantes de la Tríada y a los tres jefes. Como Mark me advirtió, la DEA no hace prisioneros. También me ha dicho que su jefe me hará una visita la próxima semana porque quiere conocerme en persona.

Gonzalo, Ismael y Valeria le han explicado a Rosalía y Federico quién soy en realidad y por qué ha pasado todo esto y, para mi sorpresa, ambos lo han asimilado y aceptado con naturalidad.

La pesadilla ha terminado, por fin puedo empezar de cero con mi vida. Por fin puedo ser quién soy en realidad, puedo ser Dayana Blake.