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Caprichos del destino 17.

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A las nueve y media, media hora más tarde de lo previsto, llegamos a casa de Ana y Marcos. Y es que la bañera de la suite del hotel nos ha entretenido más de lo que deberíamos. Jason no deja de sonreír y me siento completamente feliz.

Entramos al salón donde todos nos están esperando y la familia de Jason, que son los únicos que no tenían ni idea de mi embarazo, sonríen al vernos llegar cogidos de la mano.

–  ¡Por fin volvéis a estar juntos! – Exclama Helena antes de abrazarnos. Me toca el vientre y nos pregunta alzando una ceja: – ¿Cuándo pensabais decirme que voy a ser abuela?

–  Mamá, hace apenas nueve horas que yo me he enterado. – Le dice Jason dándome un beso en la mejilla. – Mi futura mujer y la madre de mi hijo tiene una peculiar forma de afrontar los hechos, pero estoy seguro de que a partir de ahora lo intentará controlar y me hará partícipe.

–  La próxima vez, evita decir estupideces a la mujer que amas. – Le aconseja su padre. – No siempre se tiene la suerte de tener una segunda oportunidad.

–  Lo cierto es que mi hija es tan cabezota como lo era su madre y dudo mucho que puedas cambiarla, pero me alegro de que tenga a alguien tan paciente y dispuesto como tú. – Le dice mi padre a Jason. – ¿Ya habéis decidido que nombre ponerle al niño?

–  Sí, se va a llamar Jason. – Les digo sonriendo.

–  Cariño, yo solo te he sugerido un nombre, pero puedes ponerle el nombre que quieras y a mí me seguirá sonando perfecto. – Me dice Jason sin dejar de abrazarme y besarme.

–  Quiero que se llame Jason, como tú. – Sentencio.

–  Bueno parejita, me alegro de que al final los dos hayáis terminado entrando en razón porque estabais a punto de volvernos locos. – Bromea Alicia.

–  Por cierto, Jason, ¿te arrepientes de no haber ido ayer a cenar? – Le pregunta Ana con sorna.

–  Me arrepiento totalmente. – Dice Jason riendo. – Y, cómo verás, no hemos faltado a tu fiesta, pero tampoco esperes que nos quedemos hasta tarde. Marcos, podrías haberme dicho algo, ¿no?

–  Ni de coña, aprecio demasiado mi vida como para desobedecer a mi mujer. – Bromea Marcos.

Saludamos a los padres y hermanos de Marcos y Ana y cenamos todos juntos como una gran familia y, en realidad, lo somos.

Pasadas las doce de la noche, Jason ya no puede aguantar más y, sin molestarse en poner ninguna excusa, se despide de todos:

–  La compañía es muy grata pero Sara y yo nos marchamos ya.

–  Papá, quédate en casa a dormir. – Le digo entregándole la llave de mi apartamento. – Jason y yo dormiremos en el hotel esta noche, pero mañana comeremos todos juntos y hablaremos tranquilamente.

–  He invitado a la familia de Jason a comer mañana en mi casa. – Me informa mi padre. – Si vamos a ser familia, tendremos que ir conociéndonos, ¿no?

–  Es una idea estupenda, Vicente. – Dice Jason. – Y no te preocupes, te aseguro que estaremos allí a la hora de comer.

Salimos de casa de Ana y Marcos y regresamos al hotel para celebrar de nuevo nuestro reencuentro. Tras casi tres meses sin Jason, volver a sentirme entre sus brazos es como estar en el paraíso y estoy dispuesta a disfrutarlo.

–  ¿En qué piensas, cariño? – Me pregunta Jason tumbándose en la cama a mi lado.

–  En lo feliz que me siento. – Le respondo.

Jason me sonríe con ternura y me besa dulcemente al mismo tiempo que empieza a desnudarme y yo hago lo mismo con él.

–  Vamos a estar juntos siempre. Te quiero, Sara. – Me dice Jason después de caer rendidos en la cama.

 

FIN

Caprichos del destino 16.

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Me puse en las manos de Ana y organizó mi encuentro con Jason pero para el sábado a mediodía en vez del viernes por la noche, ya que Jason se negó en rotundo a reunirse por trabajo un viernes por la noche y lo suyo le ha costado que accediera a organizarlo un sábado a mediodía cuando tienen la fiesta en casa de Ana y Marcos por la noche. Pero finalmente ha terminado accediendo gracias a que Ana ha metido en el ajo al representante de Jason.

A las doce en punto, entro en el hotel donde Ana ha reservado mesa y habitación y subo directamente a la habitación, una suite de 300 m2. Dejo la pequeña maleta donde llevo ropa interior limpia y un vestido para la fiesta de esta noche en casa de Ana y entro al baño para mirar mi aspecto en el espejo. Puede que la ropa para embarazadas no sea para nada atractiva, pero lo cierto es que me veo guapa, con el rostro iluminado y los ojos brillantes. Me veo feliz, aunque cuando escucho abrirse la puerta de la suite mi seguridad me abandona y las piernas me empiezan a temblar de los nervios. Miro el reloj, las doce y cuarto. Jason no tendría que estar aquí hasta las doce y media, pero ha sido puntual como siempre y ha llegado antes.

–  ¿Hola? ¿Hay alguien aquí? – Le oigo preguntar desde el salón de la suite.

Su voz. Echaba de menos oír su voz. Una descarga eléctrica sacude mi cuerpo y mis piernas empiezan a moverse. Salgo del dormitorio y me encuentro a Jason sentado en uno de los sofás del salón de espaldas a mí. No puede verme, pero detecta mi presencia porque se vuelve de inmediato y se me queda mirando fijamente a la barriga para después mirarme a los ojos y viceversa. Se queda mudo, no dice nada, solo me observa. Camino unos pasos hasta quedarme a escasos dos metros de él y, con un hilo de voz, logro decir:

–  Hola, Jason.

Jason se pone en pie y camina dos pasos para quedarse frente a mí. Continúa observándome y también continúa sin decir nada.

–  ¿Nos sentamos? – Le propongo temerosa.

Jason asiente con la cabeza y, sin dejar de mirarme, se sienta en el mismo sitio donde antes estaba sentado, sin decir nada. Sus ojos no se apartan de mis ojos salvo para echar una rápida mirada a mi vientre y, tras un par de minutos en absoluto silencio, le oigo decir:

–  Estás embarazada. – Asiento con la cabeza y cubro mi vientre con las manos. – ¿Puedo preguntarte de cuánto tiempo estás?

–  De veintitrés semanas, casi seis meses. – Le respondo sin perder detalle de su cara, que hasta ahora solo muestra sorpresa.

–  ¿Seis meses? ¿Sabes que voy a ser padre desde hace seis meses y me lo dices ahora? – Me pregunta, y esta vez puedo ver la decepción en su rostro. – Puedo entender que dejaras que creyera que estabas saliendo con Raúl para alejarme del peligro, aunque no lo comparta en absoluto. Pero, ¿por qué querías ocultarme algo así, Sara? ¿No quieres que tu hijo tenga un padre como yo?

Eso era lo último que me esperaba oír y lo máximo que puedo llegar a soportar. Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas pero logro armarme de valor y hablo, decidida a recuperar a la persona que amo:

–  Soy una idiota, Jason. Estaba preocupada por lo que pudiera pasar y decidida a explicártelo pero cuando llegaste a casa de Raúl y pensaste que estábamos juntos se me ocurrió que alejarte de mi lado era lo mejor para mantenerte a salvo. Después entraron en casa de Raúl y me llevaron al hospital donde me dijeron que estaba embarazada de tres meses. Ni siquiera me di cuenta de que no me venía la regla en tres meses. Me acordé de lo que me dijiste y le oculté a todo el mundo que estaba embarazada, a todos menos a Raúl, que se enteró en el mismo momento que yo. Mi padre fue la segunda persona a la que se lo conté y, aunque el hombre intentó hacerme entrar en razón y trató de convencerme para que te llamara, no le hice caso. Dos semanas más tarde vino Ana a verme y cuando la vi supe que no iba a poder ocultar mi estado durante mucho más tiempo, así que reuní a mis amigos, les dije que estaba embarazada y me fui un par de meses a Salou porque necesitaba desconectar y terminar de asimilar mi embarazo.

–  Ana y Marcos también saben que estás embarazada, ¿verdad? – Me pregunta molesto. Asiento con la cabeza y, tras darle un puñetazo a la mesa, se levanta y me espeta: – ¿Lo sabía todo el mundo menos yo, que soy el padre de ese bebé? ¿Por qué, Sara?

–  Me encontré con Ana y Marcos el martes en la consulta del médico y me vieron. – Hice una señal en dirección a mi barriga y añado: – Esto no se puede ocultar.

–  Y por eso estás aquí, porque preferiste decírmelo tú a que lo hiciera Ana o Marcos. Es todo un detalle de tu parte. – Me reprocha. – ¿Me lo hubieras dicho si no te hubieras encontrado a Ana y Marcos en la consulta?

–  No, no creo. – Confieso. – Este bebé es mío, Jason. No voy a permitir que me lo quites.

–  ¿Qué? ¡Claro que no te lo voy a quitar! – Me espeta ofendido. – Joder, si te dije todo eso era porque estaba furioso, creía que te estabas acostando con Raúl. – Se acerca a mí lentamente y me besa con suavidad en los labios: – Te amo, Sara. Me he vuelto loco sin ti y no tienes que preocuparte porque te quite a nuestro hijo porque no pienso separarme de ti, no pienso separarme de ninguno de los dos.

–  A pesar de todo lo que te he hecho, ¿me sigues queriendo?

–  No me has hecho nada, simplemente no hemos sabido llevar las cosas bien ninguno de los dos pero a partir de ahora va a ir todo bien porque no va a haber secretos entre nosotros, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza mientras las lágrimas inundan mis ojos y Jason me vuelve a besar. – Ya verás lo contenta que se va a poner mi madre cuando se entere que va a ser abuela.

–  Ana nos ha invitado a todos a cenar, quiere que celebremos tu victoria todos juntos en su casa.

–  Pobre Ana. Quería organizar todo esto para ayer por la noche y yo la obligué a retrasarlo para hoy y eso que me advirtió que me iba a arrepentir y que ni pensara en faltar a su fiesta, ahora lo entiendo. – Me dice riendo como un niño. – Espero que se le vaya el enfado cuando me vea pegado a ti esta noche.

–  Te he echado de menos, Jason.

–  Y yo a ti, preciosa. Y yo a ti. – Me abraza y me besa de nuevo en los labios, un beso suave y dulce pero apasionado y prometedor. Me acaricia el abultado vientre y me pregunta: – ¿Sabes si nuestro bebé es niño o niña?

–  Sí, me lo dijeron el martes. – Le digo sonriendo. – Es un niño y seguro que será igual de guapo que su padre.

–  ¡Un niño! – Exclama encantado. – Y, ¿qué nombre quieres ponerle?

–  Aún no lo he pensado. – Contesto divertida, contagiada por su euforia y su buen humor. – ¿Qué nombre te gustaría ponerle?

–  ¿Qué te parece Jason Junior? Podemos llamarle Junior o JJ.

–  Me encanta, pero JJ no. – Le digo sin poder dejar de reír.

Jason me besa al mismo tiempo que me coloca en su regazo y empieza a acariciarme, excitándose y excitándome.

–  Cariño, estás preciosa. El embarazo te está sentando muy bien. – Desliza sus labios de mi mentón hacia abajo, pasando por mi cuello para seguir por la clavícula y llegar al hombro. – Quiero verte desnuda, mi amor. Quiero besar cada centímetro de tu piel.

–  Si le hubieras hecho caso a Ana, ahora tendríamos toda la noche para nosotros solos. – Le digo bromeando. – Tenemos reservada una mesa en el restaurante del hotel a las 14:30 horas, así que tienes una hora y media para hacer conmigo lo que quieras. Después bajaremos a comer y nos prepararemos para la fiesta de esta noche, así que emplea bien tu tiempo.

–  La voy a emplear muy bien pero creo que podemos encontrar un hueco después de comer y antes de irnos a la fiesta. De hecho, creo que me va a costar quitarte las manos de encima en el restaurante.

–  En el baño hay una enorme bañera donde cabemos los dos perfectamente. – Le digo con picardía al mismo tiempo que acaricio su cuello con mis labios. – No pienso ir a esa fiesta si antes no he estado contigo en esa bañera, pero la comida es sagrada, estoy hambrienta.

–  ¡Eres tremenda! – Me replica bromeando.

Jason me lleva en brazos a la habitación y allí me desnuda con delicadeza. Observa cada milímetro de piel comparando el cambio de mi cuerpo. Me acaricia el vientre y me besa en el ombligo.

–  Cariño, me muero por estar dentro de ti pero no sé si en tu estado podemos…

–  ¡No digas tonterías! – Le digo riendo. – No pasa nada, el bebé está en el útero y tú entrarás en la vagina, pero te aseguro que nada de lo que hay aquí dentro tiene que ver con lo que había la última vez que estuviste aquí.

–  Oh, cielo. Deja de provocarme.

Y, sin más espera, Jason me tumba en la cama, me abre las piernas y empieza a lamer mi clítoris, mordisqueándolo y presionándolo con su lengua al mismo tiempo que presiona mis pezones con la yema de los dedos.

–  Jason, te quiero dentro. – Le suplico cuando estoy a punto de correrme.

–  Tus deseos son órdenes para mí, cariño. – Me contesta antes de penetrarme con suavidad, lenta y dulcemente. – Estás más estrecha, cariño.

–  Más.

–  Como desees.

Y como si de un baile se tratara, nuestros cuerpos se unen de nuevo haciéndonos gozar pero, sobre todo, haciéndonos felices.

Caprichos del destino 15.

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Tras pasar dos meses en Salou recibiendo la visita de mi padre y mis amigos todos los sábados, decido regresar a casa. Mi embarazo va genial y mi barriga, a pesar de estar embarazada de cinco meses y medio, es enorme. Por suerte, la barriga y los pechos es lo único que me he engordado. En la sala de espera de la consulta del ginecólogo, empiezo a pensar en lo que ha sido de mi vida estos últimos meses.

En estos dos meses he sufrido con cada una de las carreras que he visto a Jason. He visto accidentes que me han cortado la respiración y, a pesar de no quedar primero en algunas carreras, logró subir al podio y quedar primero en el campeonato, seguido de Marcos y en tercer lugar Bjorn Wolf. En la carrera del Gran Premio de la India, me vi obligada a llamar a Ana para rogarle que hiciera entrar en razón a Jason y que dejara de jugarse la vida, pero Ana me dijo que ella, Marcos y el equipo entero lo intentaban constantemente sin ningún tipo de éxito.

Desde la visita de Ana a mi apartamento, Jason no ha vuelto a intentar ponerse en contacto conmigo. Cuando lo vi aparecer en las noticias recogiendo el premio de pilotos y se lo dedicó a su familia y a una tal Rachel me entraron ganas de tirar un jarrón contra la televisión, pero en lugar de eso respiré hondo, bebí un vaso de agua y me eché a llorar con desconsuelo.

Echo de menos a Jason. Sigo pasando las noches llorando en mi habitación hasta que consigo quedarme dormida, me despierto con ojeras y los ojos hinchados, sonrío para aparentar que estoy bien cuando en realidad estoy fatal. Lo único que me hace feliz es pensar en el pequeño bebé que está creciendo en dentro de mí.

–  No estés nerviosa, seguro que todo está bien. – Me dice mi padre colocando su brazo sobre mis hombros para estrecharme contra él.

Le sonrío solo para que se relaje, pues parece estar más nervioso que yo. La puerta de la consulta se abre y de ella salen Ana y Marcos, seguidos por el doctor. Me quedo completamente paralizada y ellos actúan del mismo modo al verme. El doctor, que se percata de nuestro comportamiento, decide mediar entre nosotros:

–  Señorita Moreno, es su turno. – Como yo no hago la menor intención de moverme, el doctor continúa hablando pero esta vez, le pregunta a Ana: – ¿Se conocen?

–  Sí, somos amigas. – Contesta Ana sin dejar de mirar mi barriga. Instintivamente, me llevo las manos a la barriga para proteger a mi bebé de cualquier cosa. – Ahora entiendo lo que decía Alicia de que Jason lo había arruinado todo al abrir su bocaza.

–  Señorita Moreno, pasemos a la consulta. – Interviene de nuevo el doctor, mirando su carísimo reloj de pulsera. – Esperemos que esta vez el bebé nos deje ver su sexo.

–  Esperaremos fuera. – Logra decir Ana.

Se lo van a decir a Jason, se lo van a decir y él y me va a quitar a mi bebé. Mi cabeza no deja de dar vueltas hasta que el doctor me realiza la ecografía y puedo escuchar los latidos tremendamente rápidos del bebé. Incluso puedo ver con total claridad su cabeza, con su naricita, los brazos y las piernas, los dedos de las manos y los pies y…

–  ¿Qué es eso?  – Pregunto señalando la pantalla.

–  Eso es el sexo de su bebé, señorita Moreno. – Me dice el doctor. – Su bebé es un niño, ya puede ir pensando qué nombre le va a poner.

Un nombre. Ni siquiera había pensado en uno.

–  ¡Un niño! ¿Estás contenta, hija? ¡Un niño! – Grita mi padre eufórico.

Asiento con la cabeza, es lo único que puedo hacer. El doctor revisa todos y cada uno de los parámetros del estado del bebé y concluye que todo está perfectamente.

Cuando salgo de la consulta acompañada de mi padre, Ana y Marcos continúan en la sala de espera y se levantan en cuanto nos ven salir.

–  Sara, ¿podemos hablar un momento? – Me pregunta Ana.

–  No creo que sea un buen momento… – Empiezo a decir, pero mi padre me interrumpe.

–  Hija, ves a tomarte un refresco con tu amiga mientras yo aprovecho para pedir todas estas citas que te ha dado el médico. – Se vuelve hacia Marcos y le dice: – ¿Marcos, me acompañas? Tú ya debes de estar bien informado sobre todo esto y tu ayuda me vendría muy bien.

Sin dudarlo un instante, Marcos acompaña a mi padre a donde quiera que vaya por el hospital mientras yo decido seguir a Ana que me coge del brazo con suavidad y me acompaña a la cafetería del hospital. Una vez nos sentamos en una de las mesas con los refrescos en la mano, es Ana quien decide hablar primero:

–  ¿De cuánto tiempo estás?

–  De cinco meses y medio. – Le respondo.

–  Y, ¿cuándo piensas decírselo a Jason?

–  No tengo pensado decírselo.

–  Puede que tú no se lo digas, pero puedo asegurarte que Marcos sí lo va a hacer. – Me dice Ana para avisarme. – Yo he podido convencerle para que te dé algo de tiempo y se lo digas tú, pero no creo que te dé más de un día.

–  Ni siquiera sabéis de quién es este niño. – Le espeto molesta.

–  Sara, quizás puedas engañar a Jason diciéndole que estás con otro, pero a mí no me engañas. Veo en tus ojos el dolor y sé que le echas de menos casi tanto como él te echa de menos a ti. – Me dice Ana empezando a desesperarse. – Se pasa el día de mal humor, se ha jugado la vida en las últimas carreras, no tiene interés por nada ni por nadie. Sus días libres los pasa en el jardín de su casa en Londres emborrachándose. No es justo Sara, él no hizo nada malo y tú lo separaste de tu vida.

–  Solo quería que no estuviera en peligro, quería protegerle. – Susurro con un hijo de voz mientras las lágrimas empiezan a llegar a mis ojos.

–  Lo hiciste para protegerlo, pero deberías haber dejado que él tomara esa decisión. ¿No pensaste que quizás y a pesar del peligro él quisiera quedarse a tu lado? – Me pregunta Ana pero sin esperar respuesta alguna continúa hablando. – Jason me contó todo lo que te dijo y debo decirte que no está para nada orgulloso de todo eso, sobre todo después de saber el verdadero motivo por el que lo hiciste. Jason nunca te quitaría a tu hijo. De hecho, estoy segura de que si le llamas y le pides que venga lo tendrás aquí en menos de veinticuatro horas. Jason te adora y, aun creyendo que le habías sido infiel, seguía adorándote.

–  Ana yo… Lo siento. – Es lo único que puedo decir. – Puede que no hiciera las cosas bien, pero solo quería lo mejor para todos y así lo sigo queriendo, por eso es mejor que Jason no sepa nada de esto, él ya está rehaciendo su vida y…

–  ¿Rehaciendo su vida? – Me interrumpe Ana. – ¿A qué le llamas tú rehacer su vida?

–  A esa morena que se llama Rachel a la cual fue a abrazar nada más bajar del podio y a la que le dedicó el premio en Brasil hace escasos dos días.

Ana estalla en carcajadas hasta que, pasados unos segundos, se percata de que a mí no me hace ninguna gracia y deja de reír para, con tono suave pero divertido, aclararme:

–  Rachel es la prima de Jason, siempre se han llevado muy bien y, como Jason no estaba pasando por un buen momento, decidió acompañarlo.

–  Entonces, ¿no está con nadie?

–  No, de momento no. Pero es un hombre muy cotizado entre las mujeres y no va a estar esperándote eternamente, Sara. Si de verdad le quieres, ve a por él.

–  No sé si es una buena idea. – Opino.

–  El sábado organizaremos una pequeña fiesta en mi casa para celebrar la victoria de Jason y el segundo puesto de Marcos. Será algo íntimo, nuestras familias y la familia de Jason. Queríamos invitaros pero Jason se negó porque no quiere que nada le recuerde a ti.

–  No creo que ese sea el mejor momento para encontrarme con Jason. – Lo descarto de inmediato.

–  No, debéis arreglar las cosas antes. ¿Qué te parece una cena el viernes por la noche? Yo me encargo de todo, tú solo tienes que estar preparada a la hora que yo te diga en el restaurante que yo te diga.

–  Ana, no creo que forzar las cosas sea lo mejor…

–  Cómo quieras. – Me dice maliciosamente. – Estoy segura que a Jason le encantará saber que va a ser padre de la boca de Marcos en vez de la tuya.

–  De acuerdo, haz lo que quieras. – Acepto finalmente. – Supongo que ya no puedo perder nada más por intentarlo.

Me aprieto el vientre con fuerza, no dejaré que nadie haga daño a mi bebé, pero Raúl tiene razón, no puedo quitarle el derecho a mi hijo de tener un padre ni tampoco puedo ocultárselo a Jason, no es justo.

–  Tranquila, ese bebé crecerá con un padre y una madre, ambos unidos y felices. – Me anima Ana.

Caprichos del destino 14.

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Cuando el doctor me dio el alta dos días después, decidí regresar a mi casa. Raúl se quedó en casa conmigo ya que no podía regresar a su casa hasta que la reparasen y tampoco quería dejarme sola. Durante toda la semana los periodistas no dejaban de llamar al teléfono fijo y lo desconecté. Por supuesto, tampoco me arriesgué a conectar mi móvil, demasiadas cosas tenía ya en la cabeza.

Como la noticia se extendió por todos los medios de comunicación, mi cara salió en todos los programas de televisión, en las noticias, periódicos y revistas, relacionándome también con Jason.

Pasé dos semanas sin apenas salir de casa, pues los periodistas siempre estaban en la puerta del edificio, esperándome. Mi padre pasaba los fines de semana en mi casa, preocupado porque me oía llorar todas las noches que se quedaba, hasta que una noche entró en mi habitación y le conté que estaba embarazada. Lejos de disgustarse, mi padre se alegró de mi embarazo y me aconsejó que hablara con Jason y le explicara todo para arreglar las cosas, pero me negué.

Ana, que también me había visto en las noticias, supongo que avisada por el responsable de prensa de King Race, llamó a Alice y, cuando le dijo que estaba en mi apartamento, Ana decidió venir a verme sin avisar ya que no respondía a ninguna de sus llamadas ni mensajes. Abrí la puerta cuando llamaron al timbre y me encontré con ella. Por suerte, llevaba ropa holgada y mi barriga que ya empezaba a abultarse con tres meses y medio de embarazo quedaba oculta bajo mi ancha camisa.

–  ¡Sara, por fin te encuentro! – Me dijo Ana nada más verme y me abrazó. Su barriga era completamente redonda y tersa, una barriga perfecta de una embarazada de cinco meses y medio. – Siento todo lo que ha pasado, Alicia ya me ha puesto al corriente de todo. – Ana se queda callada al ver aparecer a mi espalda a Raúl.

–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Raúl. Asiento con la cabeza y añade: – Me alegro de verte, Ana. Voy a aprovechar que estás aquí para salir a hacer unos recados, así Sara no se quedará sola.

Dicho esto, Raúl se marcha y yo invito a Ana a pasar al salón y le ofrezco una bebida. Ana me observa sin decir nada hasta que me siento junto a ella en el sofá.

–  Alicia me ha dicho que no estás ni has estado nunca con Raúl, que dejaste que Jason lo creyera para protegerle. Lo que no entiendo es porque no le has dicho nada, esos tipos llevan más de dos semanas entre rejas, ya no hay peligro y podéis seguir con la relación.

–  Ana, te agradezco que hayas venido y tu buena intención, pero no quiero hablar de Jason. – Le ruego con un hilo de voz. – Cuéntame mejor cómo llevas tu embarazo, ¿sabes si es niño o niña?

–  ¡Sí! ¡Es una niña! Aunque aún no nos hemos puesto de acuerdo a la hora de escoger un nombre, pero todavía tenemos tiempo.

Ana y yo charlamos de todo menos de Jason. Sé que Jason ha tratado de llamarme en varias ocasiones, incluso les ha dado mensajes a Esther y a Aitor para que intenten convencerme de que lo llame, pero me he negado a escuchar nada que tenga que ver con Jason.

En cuanto Ana se marcha, me doy cuenta que necesito cambiar de aires y decido irme una temporada a Salou, donde David tiene un apartamento y me ha invitado a ir. Como él trabaja, estaré sola y podré desconectar de todo y de todos.

Hasta ahora, los únicos que saben que estoy embarazada son mi padre y Raúl, pero como pronto ya no lo voy a poder ocultar, decido reunir a todos mis amigos y darles la noticia.

Después de comer, saco una botella de champagne y Aitor, al que no se le escapa una, me pregunta:

–  ¿Qué celebramos?

–  Algo muy importante, así que prestad atención. – Le respondo sonriendo. – Como todos sabéis, estos últimos meses han sido complicados para mí, he estado estresada y con mil cosas en la cabeza y eso sumado a lo despistada que soy… En fin, que mi vida ha sido un caos. Cuando me desperté en el hospital, el doctor me dio una noticia que, tal y cómo me encontraba entonces, me afectó. No sabía cómo asimilarla y guardé silencio, pero ahora ya lo he asimilado, lo he aceptado y estoy muy ilusionada, así que quiero compartir mi pequeña felicidad con vosotros. – Me llevo las manos a la barriga y me ajusto la camisa al abdomen para dejar ver mi pequeña barriga abultada. – Estoy embarazada.

–  ¿Qué? – Preguntaron todos al unísono, todos excepto Raúl que, conocedor de la noticia desde el primer día, me sonríe para darme ánimos.

–  Pero… ¿Cómo…? – Empieza a preguntar Esther.

–  Hermanita, el cómo es evidente. – La interrumpe Raúl.

–  ¿De cuánto estás? – Me pregunta Alicia.

–  Estoy de tres meses y medio. – Respondo.

–  Y, ¿tú estás bien? – Me pregunta Aitor.

–  Si te soy sincera, no sé cómo estoy, pero si de algo estoy segura es de que quiero a este bebé. – Le contesto. – Aunque este bebé no haya sido buscado, sí es un bebé deseado.

–  ¿Lo sabe Jason? – Me pregunta Alicia.

–  Es evidente que no y así debe seguir siendo. – Le increpo.

–  Sara, deberías hablar con él. – Me sugiere Raúl. – Es el padre y tiene derecho a saberlo.

–  No me puedo creer que me digas eso, tú escuchaste lo que me dijo. – Le espeto furiosa. – ¿Quieres que me quite a mi bebé?

–  ¿De qué estás hablando? – Pregunta Alicia con la boca abierta.

–  Jason pensó que Sara estaba conmigo y se puso furioso, así que empezó a decir cosas fuera de lugar para hacer daño a Sara igual que él creía que ella le había hecho y le dijo que si hubieran tenido hijos se los hubiera quitado y nunca se los dejaría ver, por eso Sara no quiere que Jason sepa que está embarazada, por si cumple con su amenaza. – Les explica Raúl.

–  Pero eso es una tontería, ¡Jason jamás te quitará a su hijo! – Exclama Alicia.

–  No pienso arriesgarme, Alicia. – Le digo con severidad. – Y espero que vosotros tampoco le digáis nada.

–  Todos respetamos tu opinión, pero eso no significa que la compartamos. – Me dice Raúl.

–  Me voy a marchar una temporada. – Dejo caer como una bomba. – Necesito cambiar de aires y me voy a ir unas semanas a Salou, al apartamento de David.

–  ¿Te vas con él? – Me pregunta Víctor, que hasta ahora había estado callado.

–  No, David trabaja y quiero estar sola. – Les aclaro.

–  ¿Te vas a ir sola? ¿Cuánto tiempo? – Me pregunta Esther preocupada.

–  No te preocupes, estaré bien. – La tranquilizo. – Será un mes, un par de meses como mucho, te lo prometo.

–  ¿Podremos ir a verte? – Me pregunta Alicia.

–  Si os vais a quedar más tranquilos, os invito los sábados a comer, aunque os advierto que mi padre también estará allí los sábados. – Les digo riendo. – Me ha obligado a instaurar un día de visita a la semana.

Como bien me había dicho Raúl, todos respetan mi decisión, aunque ninguno de ellos la comparta. A pesar de que todos quieren que hable con Jason, ninguno lo vuelve a mencionar.

Caprichos del destino 13.

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Dos semanas después del encuentro con Nelson Figueroa, todo sigue igual. Sigo viviendo en casa de Raúl, el cual no sé ni cómo me soporta porque mi humor es nefasto, los agentes siguen custodiando mi seguridad y mi móvil sigue desconectado.

Ana llamó a Alicia la misma noche que Jason vino a verme a casa de Raúl y rompimos y Alicia y Aitor, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando, vinieron rápidamente a casa de Raúl para aclarar lo que ocurría. Tuve que explicarles todo lo que había pasado y, lo que más me costó, convencer a Alicia para que no le dijera ni una palabra a Ana.

Alicia no le dijo todo lo que estaba ocurriendo a Ana, pero sí le dijo que necesitaba tiempo y que a veces las apariencias engañan. Ana. La echaba de menos. Ya había superado la mitad de su embarazo y la barriga le debía haber crecido mucho desde la última vez que la vi.

Como todos los domingos que había Fórmula 1, veo el gran premio de Singapur con Raúl, Aitor, Víctor, Alicia y Esther en casa de Raúl, aunque esta iba a ser la primera carrera que veía desde que Jason ya no era mi novio. Había apagado mi móvil y había evitado preguntar a Alicia por Ana, Marcos y Jason. Mis amigos también evitaban el tema, era como un tabú entre nosotros y yo se lo agradecía. Había levantado un muro a mi alrededor y no hablaba ni mostraba mis sentimientos, excepto por la noche cuando me quedaba a solas en mi habitación y lloraba hasta que me quedaba dormida.

Llamaba a mi padre cada dos días y le decía que estaba bien. Le di la excusa de que me había tomado unos días de vacaciones porque necesitaba desconectar y que tendría el móvil apagado. Me costó convencerle de que me encontraba bien y no pasaba nada, por suerte Raúl me echó una mano y habló con él, convenciéndole de que todo estaba bien.

Nos acomodamos en el salón para ver la carrera y, durante la hora y media que dura, lo único que soy capaz de hacer es mirar la televisión y abrazarme con fuerza a un cojín. Jason se la juega en cada vuelta, en cada curva. Las palabras del locutor que narra la carrera atraviesan mi mente una y otra vez:

–  Jason Muller se ha vuelto loco. – Empieza a comentar el locutor. – Hemos escuchado incluso como los técnicos de su equipo le han pedido que baje la agresividad pero la respuesta del piloto ha sido, literalmente, “dejadme que yo sé lo que hago”. No sé qué le ha pasado desde Italia, pero está claro que el piloto no es el mismo…

Cierro los ojos cuando veo a Jason salirse en una curva y, tras hacer un trompo, continua en la carrera. Raúl se percata de mi estado y me aprieta la mano dándome a entender que está a mi lado.

Cuando la carrera por fin termina, mi cara es un poema. Jason se ha vuelto loco, no hay otra explicación. Raúl coge el mando con la intención de apagar el televisor pero le sujeto del brazo para impedirlo.

–  Quiero escuchar la rueda de prensa. – Le digo sin apartar la vista de la televisión.

Raúl tuerce el gesto pero finalmente me complace. Jason ha quedado primero, lo veo subir al podio y en su rostro veo la frialdad de sus ojos y la tensión en sus músculos. Marcos le dice algo al oído y, a juzgar por la cara de ambos, no es nada bueno. Cuando la rueda de prensa empieza, Jason responde a todas las preguntas que le hacen con monosílabos y, si hacen referencia a su conducción agresiva, se limita a responder que está en una competición y no de paseo por un circuito.

Nadie se atreve a decir nada, ni siquiera yo soy capaz de abrir la boca. Finalmente, Raúl decide apagar la televisión y nos sirve unas copas.

A las ocho de la tarde, todos se marchan a sus casas, pues mañana es lunes y trabajan. Raúl y yo, que no trabajamos mañana, pedimos comida china a domicilio y, como necesito cambiar mi estado de ánimo, le pido que abra una botella de vino.

–  ¿Quieres emborracharte? – Me pregunta bromeando.

–  Sí, ¿tienes algún problema si me emborracho? – Le respondo con resignación.

–  Teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy, creo que hasta yo me voy a emborrachar. – Me dice dándome una copa de vino. – ¿Quieres un consejo?

–  No, no quiero ningún consejo. – Protesto. – Solo quiero que esta pesadilla termine y poder volver a mi vida cuanto antes. Es como no estar viviendo la realidad.

–  Cielo, deberías llamarle y aclarar todo esto. – Me sugiere Raúl. – Tú estás mal, él está mal. ¿Qué se supone que estáis haciendo?

No me da tiempo a replicar, de repente se empiezan a oír disparos y las ventanas empiezan a hacerse añicos. Los cuatro agentes que se encuentran en la casa (dos en el interior y dos en el jardín) nos tiran al suelo detrás del sofá para protegernos y empiezan a responder con sus pistolas mientras yo me abrazo a Raúl y ni siquiera puedo abrir la boca de los nervios. La cabeza me da vueltas, solo veo destellos de luz y oigo disparos y cristales estallando en mil pedazos. De repente, siento un tirón en el brazo y un ardor desgarrador seguido de un profundo dolor que me hace gritar. Raúl me mira fijamente a los ojos y baja su mirada hasta mi brazo izquierdo donde yo he llevado mi mano derecha y su rostro palidece. Bajo la mirada y veo que tengo el brazo cubierto de sangre. Todo a mi alrededor empieza a dar vueltas con rapidez hasta que todo se vuelve oscuro.

Me despierto al oír a alguien hablar. Abro los ojos y observo la habitación inmaculadamente blanca, una habitación en la que yo no he estado nunca. Intento moverme pero me duele todo el cuerpo y se me escapa un leve gemido de dolor que llama la atención de las dos figuras que hay al fondo de la habitación.

–  ¡Sara! – Escucho la voz de Raúl y sonrío. Camina hasta a mí y me besa el dorso de la mano. – Por fin te despiertas.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto.

–  Estás en el hospital, anoche entraron en casa los hombres de Figueroa, pero ya los han detenido a todos, incluidos el juez y el fiscal, y han pasado a disposición judicial sin fianza. – Me explica Raúl.

–  Hola Sara, soy el doctor Ruiz. Has pasado la noche en observación, aunque has estado dormida debido a la medicación y los sedantes. Una de las balas te rozó el brazo, por eso lo tienes vendado. Te hemos limpiado y cosido la herida. – Hace una pausa y añade: – También te hemos hecho una ecografía y analíticas de sangre, puedes estar tranquila, el bebé está estupendamente.

–  ¿El bebé? – Pregunto sorprendida.

–  ¿No sabías que estás embarazada? – Me pregunta el doctor.

–  Oh, no. – Balbuceo. – Pero… ¿De cuánto tiempo estoy embarazada?

–  De unas doce semanas, tres meses más o menos. – Me dice el doctor. – Voy a hacerte un chequeo, solo voy a mirarte las pupilas y los reflejos para confirmar que todo está bien. Después avisaré al director de ginecología del hospital para que venga a revisarte y pueda informarte con más exactitud sobre tu embarazo.

Mi embarazo. Miro a Raúl horrorizada pero él se limita a cogerme la mano y apretarla, es su señal para hacerme notar que está a mi lado y que me apoya. Tres meses. Tres meses de embarazo.

–  ¿Recuerdas cuándo tuviste el último periodo menstrual? – Me pregunta el doctor mientras me examina las pupilas con su linterna.

Intento recordar cuándo fue la última vez que me vino la regla y me es imposible. No he tenido la regla desde que regresé de vacaciones, tampoco la tuve durante las vacaciones y antes… Creo recordar que la tuve poco antes de viajar a Inglaterra cuando Jason competía en el gran premio de Gran Bretaña y eso fue a finales de junio y estamos a finales de septiembre.

–  Oh, Dios. Fue antes de ir a Inglaterra, a finales de junio. – Digo a nadie en particular. – Han pasado tres meses, ¿cómo no he podido darme cuenta?

–  Tranquila, has estado muy estresada con todo lo que ha pasado. – Intenta calmarme Raúl. – Acabo de llamar a tu padre y a mi hermana para explicarles lo que ha pasado, pues la noticia ha salido en todos los canales de televisión, así que he tenido que tranquilizarlos pero aun y así no tardarán en llegar.

Sé perfectamente lo que Raúl ha querido decir y, sin perder más tiempo, le pido al doctor:

–  Doctor, acabo de enterarme de que estoy embarazada y no quiero tener que dar explicaciones a nadie cuando ni siquiera yo he asimilado la noticia. ¿Cree que habrá algún problema si les pido discreción con este asunto?

–  Por supuesto, cuenta con nuestra confidencialidad. – Me responde. – Le pediré al personal sanitario que se abstenga de hablar de su diagnóstico con nadie que no sea directamente usted.

–  Se lo agradezco. – Le digo antes de que se marche en busca del director de ginecología. Una vez me quedo a solas con Raúl, le miro a los ojos y le digo: – No sé qué voy a hacer, ni siquiera termino de creerme lo que me ha dicho el doctor, pero si hay algo que sé es que no quiero tener que hablar de esto con nadie, al menos no por ahora.

–  Tranquila, seré una tumba. – Me dice con una sonrisa. – Pero deberías ir pensando cómo se lo vas a decir a Jason, no es algo que se pueda decir por teléfono.

–  No se lo voy a decir. – Le respondo con rotundidad.

La última vez que vi y hablé con Jason me dejó muy claro que si hubiese tenido hijos conmigo me los quitaría, no pienso correr ese riesgo. Puede que no haya buscado a este bebé, pero es mi bebé y pienso defenderlo con uñas y dientes.