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Cállame con un beso 32.

Cállame con un beso

SILVIA.

Estamos en el sofá, yo sentada en el regazo de Miguel, besándonos, cuando mi padre y Lorenzo entran en el salón y, al vernos, nos sonríen. Me incomodo un poco al haber sido descubierta besándome con Miguel pero él, lejos de incomodarse, me abraza con fuerza, me besa y les dice:

–  Ha sido difícil, pero todo ha salido bien.

–  Me alegro, porque Lety, Daniel y Fernando acaban de llamar para preguntar si ya os habíais matado y no sabíamos qué decirles. – Contesta mi padre sonriendo. – Por cierto, me han dicho que a lo mejor me dabais una grata sorpresa, ¿es eso cierto?

–  Oh no. – Se lamenta Miguel.

–  ¿Qué ocurre? – Le pregunto.

–  Necesitaba hablar con alguien y les conté a Daniel y a Lety lo que me pasaba…

–  ¿Qué? – Le pregunto medio furiosa, medio divertida. – Genial, ahora todos creerán tus locuras.

–  ¿De qué estáis hablando? – Pregunta mi padre.

–  Miguel encontró unos test de embarazo en nuestra habitación y creyó que eran míos y ahora todos creen que estoy embarazada. – Le explico.

–  ¿Te enfadaste con mi princesa porque creíste que se había quedado embarazada? – Le pregunta Lorenzo a Miguel mirándolo con dureza.

–  No. – Responde Miguel rotundamente y les aclara: – Me enfadé porque intenté por todos los medios que confiara en mí y lo confesara y no lo hizo, lo cual ahora tiene su lógica.

–  Entonces, ¿de quién eran los test? – Pregunta mi padre divertido.

–  De Natasha, se los hizo en mi habitación porque no quería que sus padres la descubriesen, lleva meses saliendo en secreto con Vladimir. – Les explico.

–  Te juro que todo me hacía creer que estabas embarazada. – Me confiesa Miguel. – Tuviste vómitos por la mañana, encontré los test de embarazo en nuestra habitación. Si incluso cuando he llegado lo primero que me ha dicho Lorenzo es que en tu estado no debía alterarte.

–  ¿En mi estado? – Pregunto molesta. – ¿Qué significa eso?

–  En tu estado, Silvia. – Se reafirma Lorenzo. – Estás anémica y muy débil. De hecho, en este momento deberías estar descansando.

–  Y yo creía que estabas así por el embarazo. – Me dice Miguel estrechándome con fuerza entre sus brazos. – Voy a cuidar de ti, muñeca.

–  Eso espero, porque yo tengo que regresar a Ciudad de Perla. – Le dice mi padre. – Eso sí, procura no cagarla esta vez porque yo no voy a volver a meterme en vuestros asuntos. Os recuerdo que Fernando y yo somos grandes amigos y no queremos que nada de esto haga que eso cambie, así que espero que ambos seáis responsables. Una cosa más, si pensáis hacerme abuelo, me gustaría enterarme por vosotros y no por terceras personas.

–  Tranquilo papá, quedarme embarazada no entra en mis planes. – Le tranquilizo.

–  ¿Por qué no? – Me pregunta Miguel. – Yo ya me había hecho a la idea y tengo que reconocer que me he decepcionado un poco al saber que no estás embarazada.

–  Estás de coña, ¿verdad?

–  Me voy antes de que empecéis a discutir. – Dice mi padre para después despedirse.

Lorenzo también se despide y Miguel y yo nos quedamos a solas.

–  ¿Qué vamos a hacer ahora, muñeca? – Me pregunta Miguel. – No pienso separarme de ti ni un instante, así que supongo que tendremos que buscar un sitio para vivir.

–  ¿Irnos a vivir juntos? – Pregunto sorprendida. – Si te parece bien, podemos pasar unos días aquí, disfrutando del sol y de la playa. Cuando me recupere, podemos ir a Kiel y pasar allí una temporada, así podrás cuidar de tus asuntos allí y podemos ver cómo nos va. Pasado un tiempo prudencial, ya veremos qué hacemos con eso de irnos a vivir juntos.

–  Cielo, ¿no estás segura?

–  ¿Qué pasará si sale mal? – Le pregunto. – Un año de prueba. – Sentencio. – Durante todo un año estaremos juntos como el señor y la señora Hoffman. Podemos alternarnos viviendo en Kiel y Moscú y podremos venir aquí, a Ciudad de Perla y a Ciudad del Cielo cuando queramos.

–  Y, cuando pase un año, ¿qué hacemos?

–  Entonces, viviré contigo donde quieras. – Le contesto feliz.

–  Me gustaría vivir aquí contigo, en Isla del Sol. – Me dice tras besarme en los labios. – Pero supongo que eso ya lo discutiremos el año que viene.

Los abrazos dan paso a los besos y los besos dan paso a una pasión desenfrenada. Sin poder contener las ganas y la necesidad de fundirnos el uno con el otro, hacemos el amor allí mismo. Miguel me penetra lentamente, con sumo cuidado, mientras me susurra al oído lo mucho que me quiere. Me embiste una y otra vez con delicadeza y, a pesar de que no es nuestro estilo en cuanto a sexo se refiere, ambos disfrutamos y llegamos al clímax de inmediato.

Cuando nuestras respiraciones se normalizan, Miguel me coge en brazos al más estilo princesa y me lleva a la habitación, donde me deposita sobre la cama con cuidado y después se tumba a mi lado.

–  Cielo no te ofendas, pero me gusta más el sexo contigo cuando estás un poco gruñón. – Le digo divertida.

–  Muñeca, estás débil y Lorenzo me ha amenazado con matarme si no cuido de ti y hago que guardes reposo. – Me contesta estrechándome contra él. – Te prometo que, en cuanto estés recuperada, te haré el amor cómo me pidas.

–  Mmm. Suena muy prometedor. – Le digo sonriendo pícaramente. – De hecho, creo que me he recuperado milagrosamente.

–  Muñeca, no me provoques que no soy de piedra.

–  Me alegra oír eso. – Le contesto antes de arrojarme a sus brazos para besarlo apasionadamente al mismo tiempo que busco su pene para introducirlo de nuevo en mí.

Estar con él es como estar en el paraíso. Estoy segura de que discutiremos todos los días, pero aun así estoy convencida de que con él seré feliz.

FIN

Cállame con un beso 31.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Después de llamar a Silvia y que Marisa me dijera que no estaba en la villa, a pesar de que sabía de sobra que estaría allí, le dejé un mensaje esperando que entendiera mis disculpas. Tras darme una ducha y bajar a la cocina, me encuentro allí a mi padre y a Alejandro.

–  Buenos días. – Les saludo.

Alejandro se vuelve hacia a mí y, con gesto inescrutable, me dice:

–  Buenos días, Miguel.

Me siento con ellos a la mesa y desayunamos en silencio. Pocos minutos después, Lety y Daniel entran en la cocina y se unen a nosotros tras saludar a Alejandro. Pero el silencio continúa reinando en la cocina hasta que Alejandro me dice con un tono de voz sombrío:

–  Miguel, ¿podemos hablar en privado?

Asiento con la cabeza y ambos salimos de la cocina para dirigirnos al despacho y poder hablar con mayor intimidad. Una vez tomamos asiento, Alejandro empieza a hablar con voz calmada, aunque puedo ver la preocupación en su rostro:

–  No sé qué está pasando, pero es obvio que algo ha pasado entre tú y mi hija y que ninguno de los dos está bien. Tu padre me ha contado que tú no estás pasando por un buen momento desde que regresaste de Moscú y ayer me llamó Lorenzo porque algo le pasó a Silvia y…

–  ¿Qué le ha pasado? – Le interrumpo preocupado.

–  No lo sé, Miguel. Lorenzo solo me ha dicho que necesita descansar y que me llamará para darme los resultados de los análisis de sangre. – Me dice. – Tanto Lorenzo como yo hemos intentado hablar con ella y saber qué le pasa, pero ella insiste en que la dejemos sola y se niega a hablar del tema, aunque es evidente que ese tema está relacionado contigo. No he venido a pedirte explicaciones, siempre he respetado la vida privada de Silvia y pienso seguir haciéndolo, pero sí quiero pedirte que hagas lo que tengas que hacer para arreglar lo que sea que esté pasando. – Justo en ese momento, el teléfono de Alejandro empieza a sonar y contesta la llamada: – Lorenzo, ¿cómo está Silvia? – Tras una larga pausa, le pregunta: – ¿Estás seguro de que es una buena idea? – Otra pausa más corta. – Ahora mismo está frente a mí, estoy en Ciudad del Cielo, en casa de Fernando. – Una pausa más larga y, finalmente se despide: – Gracias Lorenzo, estaremos allí en unas cuatro o cinco horas. – Se vuelve hacia a mí y me informa: – Era Lorenzo, el médico ha dicho que Silvia está bien pero que necesita estar unos días en reposo porque tiene un poco de anemia. Quiere que ambos vayamos a Isla del Sol y que arregles lo que tengas que arreglar con Silvia.

–  Es imposible, Silvia ha bloqueado todos los accesos a la isla y, puede que a ti te deje entrar, pero creo que como me vea a mí intentará matarme.

–  Lorenzo tiene a mi hija bajo arresto domiciliario y la ha amenazado con esposarla a la cama si no permanece en absoluto reposo. – Me explica sonriendo aliviado. – Lorenzo tiene el control de la villa en este momento, nos dará permiso para aterrizar y Silvia no lo podrá impedir, ni siquiera se enterará.

–  No estoy seguro de que sea una buena idea, Alejandro. – Confieso. – Me he portado como un verdadero idiota con ella, le he dejado un mensaje a Marisa para Silvia pidiéndole disculpas y, cuando he vuelto a llamar, Marisa me ha dicho que Silvia no quería saber nada más de mí.

–  Dudo que Marisa haya dicho eso.

–  Hemos utilizado al señor y a la señora Hoffman para tratar el asunto con discreción, Marisa no sabía ni de lo que hablábamos. – Le contesto abatido.

–  Entonces, ¿significa eso que vas a venir conmigo a Isla del Sol o no?

–  No tengo nada que perder, ya lo he perdido todo.

–  Miguel, es la primera vez que veo a mi hija así por un hombre, eso significa que le importas. – Me dice con una tierna sonrisa. – He visto cómo os miráis, cómo os entendéis y cómo os sonreís. No sé qué os habrá pasado en Moscú, pero espero que lo podáis solucionar.

–  Yo también lo espero, Alejandro. – Le respondo con una esperanzada sonrisa.

Tras contarle nuestros planes a mi padre, él lo acepta pero advirtiéndome con la mirada que me las va a hacer pagar como haya metido la pata y lo que no sabe es que la he metido hasta el fondo.

–  No le mires así, mi hija se ha enterado que estaba aquí y ha insistido en que Miguel fuera conmigo a verla. – Miente Alejandro salvándome el trasero. – Espero que no te importe que te lo robemos unos días, ¿verdad, Fernando?

–  Está claro que todos sabéis algo que no me queréis contar y, pensándolo mejor, prefiero no saberlo y seguir viviendo feliz. – Dice mi padre. – No quiero tener nada que ver cuando Silvia se entere de lo que estáis haciendo, porque estoy seguro de que ella no sabe nada. La conozco desde que nació y cuando se fue de aquí no tenía cara de querer volver a ver a Miguel.

–  Fernando, así no ayudas. – Le reprende Lety.

Mi padre le dedica una sonrisa a Lety y dice en voz alta sonriendo:

–  Como mis nietos saquen el carácter de éstos cuatro, no sé qué será de mí.

Una hora más tarde, estoy con Alejandro en su yet volando hacia Isla del Sol. Tal y cómo Lorenzo había prometido, se encarga de que nos den permiso para aterrizar y llegamos a la villa a las cuatro y media de la tarde. Lorenzo nos recibe nada más bajarnos del yet y nos lleva en su camioneta hasta la casa.

Nada más entrar en la casa, busco a Silvia por todas partes y, cuando no la encuentro, le pregunto a Lorenzo con impaciencia:

–  ¿Dónde está Silvia?

–  Está descansando, pero no creo que tarde mucho en despertarse. – Me responde. Me mira con dureza y añade: – Debido a su estado, el médico ha creído conveniente que guarde reposo absoluto durante al menos una semana. Está débil y no le conviene alterarse así que más te vale no cabrearla más de la cuenta, sobre todo teniendo en cuenta que se pondrá furiosa en cuanto te vea y yo no te voy a poder ayudar porque seré el blanco de su ira por la traición que acabo de cometer.

–  Haré lo que pueda. – Le respondo preocupado.

Su estado. ¿Sabía Lorenzo que estaba embarazada? Quizás se lo había dicho el médico y por eso Lorenzo ha organizado todo esto para que yo viniera y pudiera hablar con Silvia.

La puerta del salón se abre y aparece Silvia, que se queda paralizada en cuanto nos ve sentados en el sofá. Está pálida y tiene las ojeras marcadas. Lo está pasando mal, puede que las náuseas y los mareos del embarazo sumado a todo lo que yo le he dicho…

–  Lorenzo, ¿qué has hecho? – Le pregunta Silvia con un hilo de voz. No está furiosa, parece decepcionada y muy triste.

–  Princesa, tienes visita. – Le dice Lorenzo. – Tu padre y yo tenemos que hablar de un par de asuntos, pero Miguel te hará compañía mientras tanto.

Alejandro le da un beso en la mejilla a Silvia y le dice algo al oído para después salir con Lorenzo del salón para dejarnos a solas.

–  ¿Qué haces aquí, Miguel? – Me pregunta agotada dejándose caer en el sofá con desgana.

–  Te echo de menos, muñeca. – Le confieso.

–  Miguel, no tengo ganas de discutir ni de jugar a tus jueguecitos. ¿Qué quieres? ¿Ha pasado algo?

–  Dímelo tú.

–  ¿Que te diga qué? – Me espeta furiosa.

–  Que lo sé todo, ¿cuándo pensabas decírmelo?

–  ¿Puedes hablar claro? ¿Qué sabes? ¿Qué se supone que tenía que decirte?

–  ¡Que estás embarazada, joder! – Grito enfurecido.

–  ¿Qué? – Me pregunta confusa. – Miguel yo…

–  Joder Silvia, ¿por qué no me lo has dicho?

–  ¿Por qué se supone que debería decirte que estoy embarazada, Miguel?

–  No sé, ¿quizás porque soy el padre de ese hijo? – Le contesto con sarcasmo.

–  Miguel, dime que todo lo que ha pesado no ha tenido nada que ver con que creyeras que estaba embarazada.

–  Encontré los test de embarazo positivos, los dos. – Le confieso. – Esperé a que me lo dijeras pero no me pude controlar y estallé.

–  Miguel, no estoy embarazada, tomo la píldora. – Me contesta sonriendo. – Los test de embarazo no eran míos, eran de Natasha. Salí con ella de compras para poder hacerse la prueba.

–  Soy imbécil. – Reconozco.

–  No te voy a quitar la razón. – Me contesta. – Miguel, vete a casa.

–  Muñeca, te echo de menos.

–  No hagas esto, Miguel. – Me suplica. – No lo compliques más.

–  Te quiero, Silvia. Estos cuatro días sin ti han sido los peores de mi vida. – Le confieso acercándome a ella lentamente. – ¿Tú no me has echado de menos?

No le doy tiempo a contestar, poso mis labios sobre los de ella y la beso con suavidad, con ternura y con mucho amor. Es un beso de paz, un beso de amor. Un beso que nunca antes había sentido como lo siento con Silvia.

Cállame con un beso 30.

Cállame con un beso

SILVIA.

Después de haberme desmayado en el jardín y darle un susto de muerte a Marisa, Lorenzo se había hecho con el control de mi casa y de mi vida. Marisa se asustó tanto que llamó a Lorenzo y le contó todo lo que estaba ocurriendo. Le dijo que desde que había vuelto no dormía, no comía, no hablaba y mucho menos sonreía. Lorenzo no tardó en presentarse en casa, cuando me desperté tumbada en el sofá del salón y vi al médico de la isla tomando mis constantes y a Lorenzo mirándome con gesto reprobador, supe que ya no había nada que yo pudiese hacer y le dejé tomar el control.

Lorenzo llamó a mi padre, pero no sé qué le dijo. Cuando le pregunté, me dijo que no era asunto mío, ¡para flipar! Me obligó a comer y después me ordenó que subiera a mi habitación, me metiera en la cama y durmiese, incluso me amenazó con lanzarme un dardo tranquilizante para caballos si no le obedecía. Creyéndole capaz de hacerlo, le obedecí.

Esta mañana cuando me he despertado, Lorenzo estaba sentado en un sillón junto a la ventana de mi habitación leyendo un periódico. En cuanto notó que me movía, apartó su mirada del periódico y, con gesto amenazador, me señaló una bandeja llena de comida que había sobre la mesa y dijo:

–  Siéntate y desayuna. Quiero ver cómo te alimentas, princesa.

Me senté y no me dejó moverme hasta haber acabado con toda la comida, que no era poca. Después me dijo que me fuera a duchar y que me esperaba en el jardín para mantener una conversación seria conmigo. Eso me hizo sentir culpable. Me he obsesionado tanto con Miguel que he dejado de comer y de dormir, ese descuido le ha pasado factura a mi cuerpo y ha preocupado a todos los que me rodean y me quieren.

Bajo al jardín y me siento junto a Lorenzo en un banco de madera, bajo la sombra de los árboles. A Lorenzo, a pesar de vivir en una isla en la que la temperatura media anual ronda los 30ºC y que 360 días al año el cielo es completamente azul, no le gusta el sol. ¡Menuda ironía!

–  Princesa, ¿vas a contarme qué te ocurre?

–  No quiero hablar de eso, Lorenzo.

–  De acuerdo, entonces hablaré yo. – Sentencia. – No sé qué está pasando por tu cabeza, pero obviamente no estás bien. El doctor nos dijo qué te habías desmayado por el agotamiento. Te sacó sangre mientras estabas inconsciente y esta mañana me ha llamado para darme los resultados y, ¿sabes qué me ha dicho? Como él había confirmado, te has desmayado por el agotamiento, que al parecer se ha visto agravado porque has dejado de comer y de hidratarte. ¿A caso quieres matarte, princesa? ¿Quieres matarnos a todos del disgusto? ¿Quieres matar a la pobre Marisa de un susto como el de anoche?

–  Lo siento, Lorenzo. – Me disculpo. – Sé que no hay justificación posible, pero ni siquiera me he dado cuenta que no comía, ni siquiera he tenido hambre. Tengo la cabeza en otra parte.

Lorenzo abre la boca para replicarme pero ve aparecer a Marisa y decide callarse. Ambos la observamos mientras camina hacia a nosotros con un papel en la mano. Se para a un metro de distancia frente a nosotros y me dice:

–  Señorita Silvia, tiene un mensaje del señor de la Vega.

–  ¿Ha llamado Fernando? – Pregunto preocupada. – ¿Hay algún problema?

–  No, señorita Silvia. El que ha llamado ha sido el señor Miguel de la Vega. – Me contesta sacándome del error y dejándome muerta. ¿Qué quería Miguel? ¿Es que no me había insultado ya bastante? – El señor Miguel, cuando le he dicho que usted no estaba en este momento, me ha dicho que necesitaba hablar con usted porque… – Se acerca el papel que sujeta en las manos a la altura de los ojos y, más despacio de lo que desearía, empieza a leer: – Porque ha descubierto que el señor Hoffman es un auténtico idiota y necesita hablar personalmente con la señora Hoffman para que ella lo sepa, pero dice que sin tu ayuda él no puede localizarla. También me ha pedido que añadiera que, si le ayudas, no te arrepentirás.

–  ¿Señor y señora Hoffman? ¿Quién cojones son esos? – Me pregunta Lorenzo.

–  Un matrimonio bastante peculiar. – Le respondo a Lorenzo y, volviéndome hacia a Marisa, le digo fría como el hielo: – Si el señor Miguel de la Vega vuelve a llamar, dígale que siento no poder ayudarle pero que la señora Hoffman y yo ya no tenemos nada que ver.

–  ¡Qué lástima! – Se lamenta Marisa. – Parecía desesperado por encontrar a esa mujer.

Marisa se marcha sumida en sus pensamientos y, cuando está lo suficientemente lejos como para no oírnos, Lorenzo me dice sonriendo:

–  Eres la señora Hoffman y él es el señor Hoffman y, a juzgar por el mensaje, ha metido la pata hasta el fondo. – Suspira profundamente y añade con voz dulce: – Princesa, tú estás mal y él está mal, ¿no crees que deberíais hablar y solucionar esto?

–  Lorenzo, déjalo, por favor. – Le suplico. – No quiero hablar con Miguel y tampoco quiero hablar del tema, ¿de acuerdo?

–  Como quieras, princesa. Si no quieres hablar con él, nadie puede obligarte.

Su sonrisa le delata y, mirándole a los ojos, no me molesto ni en disimular mi tono de amenaza y le advierto:

–  No te metas en mis asuntos, Lorenzo.

Lorenzo levanta ambas manos en señal de inocencia, pero no le creo nada. Este loco es capaz de ir a buscar a Miguel y encerrarnos juntos en algún sitio para no sacarnos de allí hasta habernos reconciliado o habernos matado. No me fío ni un pelo de él.

Entonces, me acuerdo de que Lorenzo ayer por la noche llamó a mi padre.

–  Lorenzo, ¿qué le dijiste a mi padre anoche?

Lorenzo palidece y yo también lo hago al ver su gesto de tierra trágame.

–  Princesa, estaba preocupado. – Me empieza a decir. – Creía que te había pasado algo y que tu padre me lo diría, pero él tampoco tenía ni idea de lo que te pasaba y entonces le dije que te habría dado un bajón de tensión o una lipotimia del calor, aunque no pareció convencerle mi respuesta.

–  ¡Joder, Lorenzo! – Protesto. – Llámale y dile que estoy bien.

–  Si le llamas tú, podrá comprobar que efectivamente estás bien. – Me replica.

–  Lorenzo, por tu culpa me someterá a un tercer grado y no estoy preparada para soportarlo. – Le suplico. – Por favor, necesito un poco de paz.

–  De acuerdo, pero tienes que prometerme que comerás cinco veces al día y beberás como mínimo dos litros de agua. – Condiciona. – Le diré a Marisa que no se separe ni un segundo de ti para asegurarnos de que te portas como una niña buena y nos obedeces.

–  Me tratas como si tuviera cinco años. – Le reprocho.

–  Te comportas como una niña de cinco años.

–  Touchée. – Contesto resignada. – Soy idiota, Lorenzo.

–  Todos los enamorados parecen idiotas, en eso estoy de acuerdo.

–  Estoy enamorada. – Afirmo en voz alta por primera vez. – Soy idiota y me he enamorado de otro idiota.

–  Eso significa que estáis hechos el uno para el otro. – Me contesta burlonamente.

–  No tiene gracia, Lorenzo. – Me quejo molesta. – De todos los hombres que hay en el mundo he tenido que enamorarme del hijo del futuro socio de mi padre y además un buen amigo de la familia. Idiota no, lo que soy es gilipollas. ¿Qué voy a hacer? Yo no puedo trabajar con él pero tampoco puedo pedirle a mi padre que cancele la fusión, lo desea desde hace años y por fin lo va a conseguir.

–  Tómatelo con calma, princesa. – Me tranquiliza. – Relájate en la sombra con esta maravillosa vista mientras yo llamo a tu padre y trato de tranquilizarlo.

–  Gracias por todo, Lorenzo. – Le agradezco antes de que se vaya.

–  Princesa, no tienes que darme las gracias. – Me contesta antes de desaparecer.

Y, como me ha pedido Lorenzo, me relajo a la sombra de los árboles mientras contemplo cómo se refleja el sol en el mar sin pensar absolutamente en nada.

Después de comer, Lorenzo me obliga a subir a mi habitación para echarme una siesta y amenaza con esposarme a la cama si oso desobedecerlo. ¡Esto es ridículo! Aun así, obedezco. Estoy demasiado agotada psicológicamente como para discutir por eso cuando realmente me siento cansada y además, tengo sueño.

Cállame con un beso 29.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Sigo sin creer que se haya largado sin despedirse aunque, tal y como me he comportado con ella, no podía haber esperado otra cosa. ¡Joder! Probablemente ni ella haya asimilado que está embarazada y yo, en lugar de apoyarla y cuidarla, la insulto y la desprecio. Ni siquiera sabía de lo que le hablaba, creía que estaba enfadado porque había mantenido en secreto su conversación con Oleg hasta tener seguro que éste iba a conseguir la rendición de los hermanos Petrov. Debe pensar que soy un ogro. Ella ayudándonos y yo metiendo la pata hasta el fondo. Y lo peor de todo es que solo llevo dos días sin verla y me siento solo, vacío, infeliz y un verdadero gilipollas.

–  No sé qué coño habrá pasado en Moscú, pero me lo vas a contar. – Oigo la voz furiosa de Lety a mi espalda. ¿Qué hacía aquí?

–  Pregúntaselo a tu amiga. – Le respondo con desprecio.

–  Ya lo he hecho, pero antes de que me diera una puñetera respuesta que me lo aclarase, se ha largado a Isla del Sol, donde deniega todos los putos aterrizajes en la villa y ha convencido a Lorenzo para que nadie entre en la isla por mar. – Me espeta. – Se ha tomado una puñetera temporada sabática y filtra todas sus llamadas a través de Marisa, no hay forma de hablar con ella, no quiere hablar con nadie. Lorenzo me ha dicho que ni siquiera le ha recibido cuando ha ido a visitarla. ¿Qué está pasando, Miguel?

–  Cariño, cálmate. – Le dice mi hermano. – Miguel tampoco está muy bien que digamos.

–  Silvia está embarazada. – Suelto como una bomba.

–  ¿Qué? – Exclaman los dos al unísono. Lety se sienta en una silla y añade: – Oh, no. Eso no puede ser, Miguel. Silvia es muy precavida para esas cosas y te aseguro que no tiene ningún deseo de ser madre, al menos no antes de infiltrarse contigo.

–  ¿Te lo ha dicho? – Me interroga mi hermano.

–  No. – Le contesto. – Se fue de compras el mismo día que llegamos a Moscú y cuando regresó a casa se metió en la habitación directamente sin decirme que había llegado. Por casualidad, subí a la habitación y la encontré allí, guardando algo en la cómoda para que yo no lo viera. A la mañana siguiente, mientras ella dormía, busqué lo que ocultaba y encontré dos test de embarazos con resultado positivo. Esperé a que ella me lo dijera y cuando no lo hizo le empecé a preguntar indirectamente si tenía algo que contarme, pero ella se hacía la tonta, fingía que no sabía de qué le hablaba y yo me enfadé y le dije cosas horribles.

–  ¿Por qué te enfadaste? Tampoco te conoce tanto para contarte algo así. – Me pregunta Daniel.

–  ¡Joder, es tuyo! – Me grita Lety. – No me lo puedo creer, Silvia toma la píldora y además presume de utilizar siempre el preservativo. ¿Cómo se ha podido quedar embarazada? ¿Habéis ido a buscar un bebé o qué?

–  No hemos usado preservativo ni una sola vez y, en cuanto a las pastillas, nunca se las he visto tomar, ni siquiera las he visto de hecho. – Confieso.

–  No, no puede ser. – Insiste Lety. – Silvia me hubiera dicho algo.

–  Si no lo buscaba, no lo quería y se va a tomar una temporada sabática… – Dice Daniel. – Solo puede significar dos cosas, que necesita tiempo para asimilar y aceptar la noticia en soledad o quiere deshacerse de ese bebé sin que nadie se entere. Abortar y recuperarse para volver sin que nadie sospeche nada.

Lety le da una colleja y le regaña:

–  ¡Qué tacto, hijo! Pero no, Silvia no haría algo así. – Insiste. – Puede que sea la mujer más fuerte e independiente del mundo, pero también es muy humana y necesita el cariño de su gente. Desde luego, algo le pasa. A mí me respondió con evasivas a todo lo que le pregunté, me dijo que te habías enfadado y que no sabía el motivo, aunque algo me contó sobre lo que decías de lo de Oleg. Después me dijo que no quería hablar más del tema y se largó. Le he preguntado a Alejandro si le había contado algo pero lo único que me ha dicho es que algo había pasado entre vosotros dos y Silvia estaba furiosa, así que no insistió en hacerle preguntas, ella no soporta que se metan en sus asuntos y, con el humor que se traía, cualquiera se atrevía a decirle algo.

–  Necesito verla, ¿cómo puedo llegar a Isla del Sol? – Le pregunto.

–  No puedes. – Me contesta. – Si ella no da permiso para aterrizar y Lorenzo bloquea la costa, no hay forma de llegar a la isla. – Los ojos de Lety se empiezan a llenar de lágrimas y, antes de empezar a sollozar,  logra decirme: – Miguel, Silvia está mal. No sé si estará embarazada como dices, pero estaba destrozada y lloraba. Nunca la había visto llorar antes, Miguel.

–  Lo siento Lety, pero te prometo que lo arreglaré todo. – Trato de calmarla. – Necesito que me ayudes, necesito que contactes con Lorenzo para que pueda hablar con él.

–  De Lorenzo no vas a sacar nada, si Silvia le pidiese que destrozara el planeta en mil pedazos, Lorenzo lo haría sin preguntar por qué. – Me contesta Lety. – El único capaz de conseguir que Silvia nos deje entrar en la isla es mi hermano Alan.

–  Creo que no le caigo demasiado bien. – Comento.

–  A mi hermano le caes bien, Miguel. – Me dice Lety sorprendiéndome. – Intentó hacerla entrar en razón para que hablase contigo antes de irse y me obligó a venir aquí para intentar que tú hicieras algo para arreglarlo. De quien debes preocuparte es de Silvia, después de todo lo que le has dicho, no te va a ser fácil que te escuche y, si tiene las hormonas revolucionadas, espero que sepas defenderte bien, cuñado.

–  ¿Alguien me va a explicar qué cojones está pasando? – Irrumpe mi padre en la estancia gritando furioso. – Joder, no sé qué habrás hecho pero, por tu bien, espero que no le hayas puesto una mano encima a Silvia, Miguel.

–  Pero papá, ¿qué dices? – Le contesta Daniel. – ¿Cómo se te ocurre que Miguel pudiera pegar a una mujer? Y mucho menos a Silvia, que le mataría ante el más mínimo movimiento sospechoso.

–  No me refería a ponerle la mano encima de esa manera. – Le espeta mi padre. Acto seguido, se vuelve hacia a mí y añade: – Me acaba de llamar Alejandro, mañana a primera hora vendrá a Ciudad del Cielo para hablar contigo y, a juzgar por su tono de voz, deduzco que viene a hablar de Silvia.

Mi padre se marcha por donde ha venido como alma que lleva al diablo.

–  ¿Hay alguna posibilidad de que Silvia se lo haya contado a su padre? – Le pregunta Daniel a Lety.

–  No lo sé, Alejandro nunca se mete en los asuntos de Silvia, pero se tienen absoluta confianza y, de ser cierto que esté embarazada, si quiere seguir adelante, tarde o temprano se lo tendría que decir, ¿no? – Le contesta Lety mirándome compasivamente. – Espera a hablar con Alejandro, él es un buen hombre y muy comprensivo. Puedo asegurarte que Silvia salió de Ciudad de Perla sin contarle nada a su padre, pero no sé de qué han podido hablar desde entonces.

–  Intenta dormir un poco para estar lúcido mañana cuando hables con Alejandro, necesitas descansar un poco. – Me aconseja Daniel.

Y le hago caso. Llevo días sin dormir y, sabiendo que mañana Alejandro estará aquí no me ayuda a coger el sueño. ¿Es posible que Silvia le haya confesado que está embarazada? Si lo ha hecho y Alejandro viene a buscarme es porque yo soy el padre. Y quizás porque soy el padre viene a buscarme para matarme. Y si mi padre se entera le ayudará a matarme.

Y yo lo único que deseo es estar con Silvia, estrecharla entre mis brazos y besarla hasta perder la noción del tiempo. Quiero llevármela a Kiel y que vivamos siempre como el señor y la señora Hoffman.

La quiero y no puedo vivir sin ella. Y he metido la pata hasta el fondo.

Me meto en la cama habiendo tomado una decisión. Mañana por la mañana llamaré a Silvia y, si se niega a ponerse al teléfono, le dejaré un mensaje a Marisa y espero que ella se encargue de que Silvia escuche mis palabras aunque sean de la boca de Marisa.

Cállame con un beso 28.

Cállame con un beso

SILVIA.

Dos días después de que Sergei cenara en casa con nosotros, ya me encuentro mejor. Por fin la regla se me ha ido y ya no tengo náuseas ni vómitos. No suele ser así todos los meses, pero un par de veces al año siempre me da ese dolor infernal. El pobre Miguel se ha preocupado un montón y le he acabado diciendo que eran cosas de mujeres para que dejara de insistir en llamar a un médico. Aun así, no estaba del todo tranquilo y ha seguido cuidándome como si me estuviera muriendo. ¡Hombres!

–  Buenos días, cielo. – Le digo cuando me despierto y lo veo mirándome con amor.

–  Mmm… ¿La señora Hoffman despertando de buen humor? – Bromea. – Creo que ahora sí que tengo que llamar a un médico.

–  Me he despertado de muy buen humor y dispuesta a cobrarme mis derechos maritales que tanto te cuesta darme. – Bromeo.

Desde hace tres días no hacemos el amor y estoy hambrienta pero no de comida precisamente. Miguel, sonriendo con picardía, me coloca sobre él y, sin tiempo que perder, me penetra de un empujón, haciéndome gemir de placer. Hacemos el amor apasionadamente hasta llegar al clímax, momento en el que me derrumbo sobre él.

Cuando recobro la respiración, ruedo hacia un lado de la cama y reviso mi teléfono móvil. Leo el mensaje de Oleg que me confirma que todo está solucionado y le digo a Miguel:

–  Tengo que contarte algo, no quería decírtelo hasta estar segura, pero ya está todo confirmado.

Miguel se pone tenso y creo que también palidece. Se incorpora en la cama y, mirándome a los ojos, me anima a continuar:

–  Soy todo oídos.

–  Una vez que Sergei nos confirmó que los hermanos Petrov estaban detrás de todo, contacté con un amigo que tiene buena relación con ellos para que tratara de disuadirlos de su objetivo. – Le empiezo a decir con calma. – Mi contacto ha podido convencerlos para que se olviden de esos planos, les ha asegurado que han sido destruidos y no regresarán a buscarlos. Ya podemos volver a casa, gruñón.

–  ¿No tienes nada más que decirme? – Me pregunta.

–  No, ¿qué más quieres que te diga? – Contesto. – Miguel, acabo de decirte que lo hemos conseguido muchísimo antes de lo previsto y sin necesidad de entrar en una guerra de mafias y agencias, ¿no me has oído?

No lo entendía. ¿Qué le pasaba?

–  Sí, te he oído. – Me responde. – Y, ¿no tienes nada más qué decirme?

–  No te entiendo. – Le respondo empezando a cabrearme. – Algo más, ¿sobre qué?

–  ¡Sobre nada! – Me espeta furioso. – Haz tus maletas, volvemos a casa en el primer vuelo.

Para flipar. Hace un momento estábamos haciendo el amor y ahora está furioso.

–  Pero, ¿qué cojones te pasa? – Le espeto. Mi paciencia tiene un límite y ha sido rebasado.

–  Que no confío en ti, eso me pasa. – Su voz es tan fría que me deja congelada.

No entiendo nada, ¿qué ha pasado?

–  Miguel, si no te dije nada era porque no quería darte falsas esperanzas. – Le digo tras tragarme el poco orgullo y dignidad que me quedan. – Si hubiese sabido que te ibas a poner así, sin duda alguna te lo habría preguntado antes de meter en medio a Oleg.

–  ¡Me importa una mierda el caso! – Grita. – Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado, creía que podíamos confiar el uno en el otro, pero ya veo que no.

–  ¿En serio te estás poniendo así por no haberte contado lo de Oleg?

–  Deja de hacerte la tonta, Silvia. Sabes perfectamente a lo que me refiero. – Me contesta. – Eres una niñata incapaz de afrontar tus responsabilidades, incapaz de ser sincera e incapaz de hacer feliz a alguien.

Esta vez, a pesar de que ya no me queda dignidad, no pienso seguir rebajándome. Ni siquiera sé por qué se ha puesto así. Acabo de quitarnos varias semanas de trabajo, he evitado meternos en la boca del lobo y él me dice que no confía en mí. “Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado”, me ha dicho. Si no tiene que ver con el caso ni con Oleg, ¿a qué se refiere? Yo no he hecho nada, he sido sincera con él, nos lo hemos pasado bien juntos, confío en él. ¡Joder, si hasta creo que estoy enamorada y yo no me he enamorado en la vida!

Esa misma tarde, Miguel y yo regresamos a Ciudad del Cielo. Tras llegar a casa de los de la Vega, Fernando nos hace pasar a su despacho y empieza a hablar:

–  Silvia, estoy impresionado. – Me dice. – No solo habéis acortado la duración de la operación, sino que encima lo habéis hecho con los mejores resultados.

–  Me alegra saber que estás contento. – Le respondo con sinceridad.

–  ¿Pasa algo? – Pregunta Fernando mirándonos alternativamente. – Parecéis…

–  Estamos cansados, papá. – Le interrumpe Miguel. – ¿Puedo irme ya? Mañana tendrás mi informe sobre la mesa de tu despacho.

Fernando asiente con la cabeza y Miguel sale del despacho sin hablarme, sin dirigirme ni una sola mirada, como si no estuviera.

Regresando en el avión, incómoda y enfurecida por la actitud de Miguel, he redactado mi informe y lo he grabado en un pendrive que aprovecho para entregarle a Fernando mientras me despido:

–  Aquí tienes mi informe, están todos los detalles y los datos de los contactos que nos han facilitado toda la información. Oleg ha quedado en enviarme pruebas que demuestren que los rusos no volverán a acercarse por aquí, aunque a mí me basta con su palabra, sé que tú querrás tenerlo todo bien atado para poder relajarte. En cuanto las reciba, te las enviaré. – Y, conteniendo con sorprendente éxito las lágrimas, añado: – Llama a mi padre si surge algún imprevisto y no me puedes localizar.

–  ¿Y no te puedo localizar? – Me pregunta Fernando preocupado. – ¿A dónde vas?

–  Necesito unas vacaciones, Fernando. Necesito relajarme y desconectar y no lo voy a conseguir si todo el mundo me localiza. – Le aclaro. – El único que podrá localizarme será mi padre y le diré que si me necesitas me avise y me pondré en contacto conmigo. – Y, para intentar tranquilizarle, le digo forzando una sonrisa: – Ya sabes que me gusta perderme cuando estoy de vacaciones.

–  Silvia, si ha pasado algo con mi hijo… – Empieza a decir. – Quiero decir, que si no se ha comportado como debería… Eres como mi hija, Silvia. ¿Lo sabes, verdad?

–  Todo está bien, Fernando. – Miento. – No tienes de qué preocuparte.

Thor, el guardaespaldas personal de Fernando, me lleva a un aeropuerto privado y allí me subo en un yet que me lleva de regreso a Ciudad de Perla. No me despido de Miguel, no quiero hacerlo y más cuando sé que actuaría con absoluta indiferencia. Por otra parte, nunca me han gustado las despedidas.

Cuando llego a Ciudad de Perla, mi padre me espera con Alan y Darek en el aeropuerto privado, Fernando le ha debido avisar. No sé qué les habrá dicho, pero ambos me escrutan con la mirada, intentando adivinar algo sin querer preguntármelo directamente. Finjo que no me doy cuenta y actúo con la mayor naturalidad que soy capaz, no tengo ganas de hablar, solo quiero encerrarme en mi habitación, meterme en la cama y llorar hasta quedarme dormida por agotamiento. Y eso es lo que hago.

Cuando despierto quince horas después, me encuentro a Lety sentada a los pies de mi cama, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.

–  Lety, ¿qué te pasa? – Le pregunto preocupada. – ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

–  Silvia, dime tú qué ha pasado con Miguel. – Me dice con un hilo de voz. – Alan me llamó anoche, tu padre y él están muy preocupados. Daniel me ha llamado esta mañana, Miguel está insoportable y se niega a hablar de ti ni de nada que tenga que ver contigo. Fernando no entiende nada, ayer lo dejaste de piedra cuando te fuiste de su casa nada más llegar, sin despedirte de Miguel. Y, hablando de él, Daniel me ha dicho que su hermano se ha enfurecido todavía más cuando ayer bajó a cenar y Fernando le dijo que te habías largado.

–  No sé qué ha pasado, Lety. – Le confieso entre sollozos. Lety me abraza y yo sigo hablando entre sollozos con más fuerza: – Todo iba bien y, sin venir a cuento, se enfureció, me dijo que no confiaba en mí, que era una niñata incapaz de nada. Al principio creía que lo decía porque le pedí a Oleg que interfiriera por mí y no se lo dije hasta saber que había dado resultado, pero él me dijo que no era nada que tuviera que ver con el caso, sino que yo le había decepcionado.

–  No lo entiendo, no tiene sentido. – Me responde Lety sin dejar de abrazarme.

–  Llevaba unos días un poco raro, pero entre nosotros todo iba bien.

–  ¿Un poco raro? ¿A qué te refieres?

–  Me preguntaba constantemente si tenía algo que contarle, si todo iba bien. – Contesto. – No sabía a qué se refería entonces y tampoco lo sé ahora, Lety.

–  Quizás descubrió algo y esperaba que tú se lo contaras.

–  ¿El qué? No hay nada que pudiera descubrir y que le sentara mal, no tiene ningún sentido. – Le respondo abatida. – No quiero seguir hablando de esto. Necesito salir de aquí, tomarme unas vacaciones, descansar, aclarar mis ideas… Creo que voy a tomarme una temporada sabática.

Tras darme una ducha y desayunar, entro en el despacho de mi padre dispuesta a hablar con él para decirle que me voy a tomar una temporada sabática. Como era de esperar, mi padre se percata de que algo no ha ido bien con Miguel, pero cuando le digo que no quiero hablar del tema él no insiste.

Ese mismo día, me dirigí  al aeropuerto y volé en el yet hasta Isla del Sol, donde pensaba esconderme de todo el mundo. Lo bueno que tiene Isla del Sol es que no hay aeropuerto, solo existe la pequeña pista de aterrizaje de la villa a la cual solo tiene acceso el personal que yo misma autorice y no pienso autorizar a nadie. La otra forma de llegar es en barco y la costa la controla Lorenzo, no tendré problema alguno en conseguir que vete la entrada de cualquier persona no nativa.

Necesito pensar, necesito aclarar mis sentimientos.