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Bajo la luz de la luna.

Bajo la luz de la luna

Lady Elisabeth Muller rompe su compromiso con Lord Mike Hudson dos meses antes de la boda y decide huir de Londres. No quiere ver ni hablar con nadie y, teniendo en cuenta el escándalo mediático que se formaría en la ciudad, decidió subirse a un avión y viajar a Barcelona.

Sus abuelos maternos eran españoles, pero ella no había regresado a España desde que fallecieron diez años atrás. Allí nadie la conocía y ella necesitaba tiempo para aclarar sus ideas, así que no se lo pensó dos veces y se marchó.

Tras instalarse en la casa de la playa, herencia de sus abuelos maternos, conoce a Fernando y Olivia, que no tardan en presentarle al resto de su grupo de amigos. Entre ellos se encuentra Alan, un chico que le mira con intensidad y hace que todo su cuerpo se estremezca y excite. Con ellos dejará de ser Lady Elisabeth para convertirse simplemente en Eli. Pero el pasado no se puede ocultar y una foto de Eli y Alan en actitud cariñosa es filtrada a los medios de comunicación, saliendo a la luz el escándalo de su boda con el Lord y complicando su relación con Alan.

Si quieres leer más sobre esta historia, aquí tienes todos los capítulos:

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

Bajo la luz de la luna 19.

Bajo la luz de la luna

Tras una romántica velada, Alan y Elisabeth pasaron la noche en la cama y se durmieron al amanecer uno en brazos del otro. Elisabeth no se despertó hasta al mediodía, cuando abrió los ojos y se encontró con un Alan sonriente que le contagió de felicidad.

–  Buenos días, pequeña kamikace. – La saludó Alan besándola en los labios con dulzura. – Es hora de levantarse, tus padres quieren que vayamos a comer con ellos. Además, no pretenderás que tus padres se encarguen de tus invitados, ¿no?

–  No quiero salir de aquí. – Protestó Elisabeth escondiéndose bajo las sábanas como si de una niña pequeña se tratara.

–  Sé buena y no me provoques o nos buscaremos un problema, no podemos llegar tarde.

–  ¿Por qué tenemos que ir a comer con mis padres? ¿No podemos ir mañana? Estoy segura de que a Jason no le importará que nos quedemos una noche más aquí.

–  Me encantaría quedarme aquí contigo, créeme. – Le contestó Alan abrazándola. – Pero le prometí a tu padre que, si esto salía bien, iría a comer contigo a su casa.

–  ¿Cuándo has hablado tú con mi padre?

–  Cariño, ya te he dicho que haría cualquier cosa por ti. Además, pienso pedirte algo a cambio. – Eli le miró entornando los ojos y él añadió: – Tú también tendrás que venir a comer conmigo a casa de mis padres, ellos también quieren conocerte. De hecho, mi hermana ha tenido que ayudarme a convencer a mi madre para que se quedara en Barcelona, pues ella también quería venir a Londres por si yo no lograba convencerte de que me perdonaras.

Elisabeth no pudo más que reír, pero Alan no hablaba en broma, realmente había tenido que pedirle ayuda a Marta para que lograra convencer a su madre que no podía venir a Londres.

Elisabeth se levantó de la cama con pereza y se metió en la ducha. Alan dudó en meterse con ella, pero finalmente decidió que no era lo más sabio que podía hacer si pretendía ser puntual con los padres de Elisabeth. Mientras ella se duchaba, él se encargó de recoger la cabaña y cuando ella salió de la ducha envuelta en una diminuta toalla, le dio un casto beso en los labios, le señaló una bolsa con ropa que Olivia se había encargado de darle a Jason a hurtadillas y se metió en la ducha.

Una hora más tarde y tras haberse dado una larga ducha de agua fría, Alan conducía el coche que le había prestado Jason y se dirigía junto a Elisabeth a casa de los padres de ella. Erik Muller era un gran amigo de su jefe y además se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa, por lo que Alan ya había conocido personalmente al padre de Elisabeth, aunque para Alan era como la primera vez.

Llegaron a casa de los Muller a la una y media de la tarde y Erik Muller les esperaba en el porche de su casa victoriana, nervioso al pensar lo que se le habría pasado por la cabeza a su hija, la cual era conocida por sus actos impulsivos y radicales. Pobre chico, no sabe dónde se ha metido, pensó Erik divertido cuando vio aparcar el coche y salir de allí a la recién estrenada pareja que caminaban sonrientes y cogidos de la mano. Erik recibió a su hija con un fuerte y cariñoso abrazo y le guiñó un ojo a Alan con complicidad, pues aquel era el único hombre que podía devolverle la sonrisa a su hija y ese brillo especial en los ojos.

–  ¿Todo bien, Elisabeth? – Quiso saber su padre.

–  Más que bien, perfecto. – Le respondió Elisabeth con alegría.

–  Gracias por todo, señor Muller. – Le agradeció Alan mientras le estrechaba la mano a Erik.

–  Llámame Erik, al menos mientras mi hija siga luciendo esa preciosa sonrisa. – Le advirtió Erik solo por hacer el papel de padre, pues confiaba plenamente en Alan porque se había encargado de investigar a fondo sobre él y Guillermo le había aportado mucha información.

–  ¡Papá! – Protestó Elisabeth.

–  Solo bromeaba, cielo. – Se disculpó su padre.

Los tres entraron en la casa y se reunieron con la familia y amigos que se alegraron de verles tan juntos y sonrientes, eso significaba que todo había salido según lo previsto. Todos sentían curiosidad por saber qué iba a ocurrir con su relación, pero el único que se atrevió a preguntar fue Jason:

–  Entonces, ¿qué pensáis hacer? ¿Os quedaréis en Londres? ¿Regresaréis a Barcelona?

–  Aún no lo hemos decidido, pero eso no es un problema. – Contestó Alan sin preocupación alguna.

–  No hemos terminado de hablar del tema, pero yo ya lo he decidido. – Le confesó Elisabeth.

–  No te preocupes, estoy seguro de que Guillermo no pone ningún problema para darme el traslado a las oficinas de Londres, pero tendré que regresar a Barcelona para arreglar algunas cosas. – Le contestó Alan con la misma entereza, dispuesto a todo por estar junto a Elisabeth.

Elisabeth sonrió conmovida ante aquel gesto de lealtad, pese a que aquello significaba vivir a más de mil kilómetros de distancia de su familia y amigos, y le besó en los labios, sorprendiéndole con aquel gesto tan espontáneo, antes de decirle:

–  Quiero vivir en Barcelona. Tú tienes allí tu trabajo, a tu familia y a tu amigos, no puedo pedirte que lo dejes todo para venir a Londres. Echaré de menos a mi familia, pero puedo venir a verles cuando quiera y ellos pueden venir a verme a Barcelona. – Se volvió hacia a su padre y añadió: – Papá, llevas tiempo queriendo abrir una oficina en Barcelona y ahora sería un buen momento, siempre has querido que me ocupara yo de ello y yo siempre lo he ido aplazando.

–  Tómate un par de meses de descanso y ya te reincorporarás en septiembre, así tendrás tiempo de instalarte y organizarte. – Le aconsejó su padre.

Entre familia y amigos, Elisabeth y Alan comieron mientras reían y bromeaban felices porque todo había salido bien.

Aquella noche todos se quedaron a dormir en casa de los Muller. Elisabeth instaló a Alan en su habitación a pesar de que sabía que a su madre aquello no le gustaría, pues era una mujer bastante tradicional. Echó el cerrojo de la puerta de la habitación y se dejó abrazar por Alan.

–  Por fin nos quedamos a solas. – Susurró aliviada.

–  Y ahora que estamos solos los dos, ¿qué quieres hacer, pequeña kamikace?

–  Mm… Querido atropella-kamikaces, si tengo que responder a esa pregunta no vamos a ir por buen camino. ¿Qué crees que quiero hacer?

Elisabeth se acercó a él con intención de provocarlo y, al ver que Alan se resistía para ganar aquel juego sin importancia pero que a ambos les excitaba, bajó la cremallera de su vestido y dejó que se deslizara por su piel hasta caer al suelo. En ropa interior y con los zapatos de tacón de aguja puestos, Elisabeth le quitó la corbata a Alan y se la colocó sobre los ojos para que no pudiera ver nada.

–  Cariño, ¿qué vas a hacer? – Le preguntó Alan excitado.

–  No seas impaciente, tú solo relájate y deja que yo me ocupe de todo.

Elisabeth lo desnudó despacio, primero la camisa, luego los vaqueros y por último los bóxer. Cuando lo tuvo totalmente denudo, acarició los marcados músculos de su abdomen y lo guió hasta a la cama, donde le ayudó a tumbarse. Acarició sin prisa cada recoveco de su piel, mordisqueó sus pezones, lamió el lóbulo de su oreja y, al ver su prominente erección, no pudo evitar llevársela a la boca. Alan gruñó al notar su miembro dentro de la humedad de su boca y se arrancó la corbata que le hacía de venda para los ojos, no pensaba perderse el espectáculo que Elisabeth le estaba ofreciendo. Disfrutó mirando como su pene entraba y salía de la boca de Elisabeth un par de minutos más, cuando se apartó de ella bruscamente y un segundo más tarde la cogía por la cintura e intercambiaba posiciones, dejándola a ella debajo. Tras darle un dulce beso en los labios, Alan la penetró de una sola estocada como a ella le gustaba, haciéndola gemir, y la embistió una y otra vez con fuerza, con profundidad, hasta que ambos alcanzaron el clímax entre gemidos de placer. Alan se desplomó sobre Elisabeth y, sin dejar de abrazarla, rodó con ella en la cama para intercambiar sus posiciones y que fuera ella quien quedara sobre él.

–  ¡Vas a volverme loco! – Le dijo Alan divertido, estrechándola entre sus brazos.

–  ¿Eso es una queja? – Se mofó Elisabeth.

–  Desde luego que no, en todo caso es un cumplido y de los buenos. – Le respondió Alan. – Te quiero, pequeña kamikace.

–  Yo también te quiero. – Le susurró Elisabeth abrazándose a él con fuerza.

FIN

Bajo la luz de la luna 18.

Bajo la luz de la luna

Olivia entró por enésima vez en la habitación de Elisabeth y, tras comprobar que seguía tumbada en la cama, se puso frente a ella con los brazos en jarra y le dijo con tono severo:

–  Ya puedes levantarte, darte una ducha y vestirte, tienes visita y no quiero que piensen que permito que te pases el día encerrada en tu habitación.

–  ¿Qué visita? – Preguntó Elisabeth esperanzada.

–  Marta, Marcos y Óscar, Fernando no ha podido venir pero te envía recuerdos. – Le contestó Olivia sonriendo para sus adentros. – Y acaba de llamar Jason, ha dicho que tenías que acompañarle a no sé qué cena con unos clientes de tu padre, al parecer han exigido que seas tú quien esté presente en la negociación.

–  Jason se podría haber ahorrado el viaje, no pienso ir a ninguna parte. – Replicó Elisabeth.

Olivia la escuchó refunfuñar hasta la saciedad, pero finalmente se levantó de la cama, se duchó y se vistió justo a tiempo para recibir a los invitados sorpresa. Elisabeth se alegró de ver allí a Marta, Marcos y Óscar y sobretodo de verles tan sonrientes, eso significaba que se alegraban de verla y no estaban enfadados con ella, o al menos no demasiado. Los saludó con un abrazo y les presentó a sus padres. Pocos minutos después llegó Jason, quién tuvo prácticamente que suplicarle que le acompañara a cenar con un cliente importante que había exigido su presencia y Elisabeth no pudo negarse cuando su padre, cómplice de Jason, le pidió que le acompañara. Marta había recibido un mensaje de su hermano Alan en el que le pedía que tratara de convencer a Elisabeth para que se pusiera el Versace de color violeta que se había puesto la noche de la cena de gala de Social en los Pirineos y Marta trató de convencerla con la ayuda de Olivia.

–  Ponte el Versace que compramos en Barcelona, te queda perfecto. – Comentó Olivia.

–  No pienso ponerme el Versace. – Contestó Elisabeth con rotundidad.

–  Pues Olivia tiene razón, te queda de muerte. – Opinó Marta.

–  No quiero ponerme ese vestido, me trae demasiados recuerdos y ya tengo suficientes recuerdos en mi cabeza que no dejan de atravesarme. Ni siquiera quiero ir a esa estúpida cena, ¡quiero quedarme en casa!

Elisabeth se dejó caer sobre la cama y se echó a llorar, echaba de menos a Alan y aún no quería aceptar que nunca más habría nada entre ellos. Olivia y Marta intercambiaron una mirada, finalmente, fue Marta la que habló:

–  Elisabeth, confía en nosotras y ponte el Versace, te aseguro que no te arrepentirás y mañana nos lo agradecerás.

–  ¿Sois conscientes de lo que significa ese vestido para mí? Puede que me haya portado mal ocultándole todo a Alan, pero ya tengo suficiente castigo, ¿no creéis? – Les espetó Elisabeth con la voz rota por el llanto.

–  Confía en nosotras, Elisabeth. – Trató de convencerla Olivia. – No te arrepentirás.

Elisabeth las observó tratando de descubrir qué se traían entre manos, pero finalmente claudicó y se puso aquel vestido que tan buenos y dolorosos recuerdos le traía.

Jason llegó a casa de los Muller a las siete y media de la tarde para recoger a Elisabeth. Tras saludar a todos los allí presentes, Jason y Elisabeth se marcharon en el coche de Jason. Elisabeth se percató de que estaba cogiendo la autopista para salir de la ciudad y le preguntó:

–  ¿A dónde vamos? Estás saliendo de la ciudad.

–  Antes tenemos que hacer una parada rápida en la cabaña, me he dejado allí unos papeles. – Mintió Jason ocultando con éxito una sonrisa. – No te preocupes, no tardaremos mucho.

Jason condujo hasta llegar a la cabaña, donde aparcó y le pidió a Elisabeth que le acompañara. Ella resopló pero se bajó del coche y caminó junto a él hasta la cabaña, donde Jason golpeó la puerta suavemente con la mano antes de decirle a Elisabeth y salir corriendo:

–  No te enfades conmigo, lo estoy haciendo por tu bien.

Elisabeth se quedó alucinada viendo como su amigo Jason se alejaba corriendo, se subía en su coche y la dejaba allí tirada. ¡Maldita sea, Jason! ¿De qué va todo esto?, se dijo Elisabeth cuando la puerta de la cabaña se abrió y se dio de bruces con Alan. Elisabeth dio un respingo y se tambaleó, momento en el que Alan la agarró por la cintura para sostenerla y aprovechó la ocasión para estrecharla entre sus brazos.

–  Te he echado de menos, pequeña kamikaze. – Le susurró al oído.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Preguntó Elisabeth confundida pero feliz de estar entre sus brazos otra vez.

–  He venido para disculparme por todas las cosas horribles que te dije la última vez que nos vimos y porque no puedo dejar de pensar en ti, Eli. – Le confesó Alan. – Nos debemos una oportunidad, podemos empezar de cero. – La hizo pasar al interior de la cabaña y añadió: – Ven, he preparado la cena y espero que pasemos juntos una romántica velada. Por cierto, estás preciosa con ese vestido. Me alegro de que Marta y Olivia hayan conseguido convencerte para que te lo pusieras, por lo que me han dicho no les ha resultado fácil.

–  Alan, te juro que ya no estaba comprometida cuando te conocí y mucho menos cuando… – Elisabeth se sonrojó al recordar aquella noche bajo la luz de la luna y se interrumpió incapaz de seguir.

–  Cuando hicimos el amor por primera vez, bajo la luz de la luna. – Terminó la frase Alan. – Lo sé, lo sé todo aunque he tardado un poco en darme cuenta. Y hay algo más de lo que me he enterado y que le he pedido a Jason que no te diga porque quería hacerlo yo. – Le confesó Alan. Elisabeth se tensó y él añadió rápidamente para acabar con aquello cuanto antes: – Luís Cobo fue quién filtró nuestras fotos a la prensa, lo hizo para vengarse de mí.

–  Eso no justifica lo que hice. – Opinó Elisabeth. – Pero te aseguro que lo último que quería era hacerte daño. Pensaba decírtelo después del fin de semana en los Pirineos, pero entonces tú me contaste lo de la mentira de Laia y me entró el pánico. Al día siguiente, cuando tenía pensado prepararte una cena y confesártelo todo, fue cuando estalló todo. Sé que eso no es excusa y que…

Alan la calló con un beso en los labios y le dijo:

–  Vamos a olvidarnos de todo eso y vamos a empezar de cero, ¿te apetece una copa de vino?

–  Eh, sí. Creo que la necesito. – Respondió Elisabeth aturdida.

Alan le sirvió la copa de vino, se la entregó y la invitó a sentarse junto a él en el sofá. Elisabeth estaba confundida, la última vez que habló con él le dijo que no quería volver a saber nada de ella y, sin embargo, allí estaba, en una cabaña a las afueras de Londres sentado junto a ella. Elisabeth bebió un trago de su copa para humedecer su boca reseca por los nervios y la sorpresa de ver a Alan y echó un vistazo a su alrededor. La cabaña había sido adornada y perfumada con varios ramos de lirios blancos, su flor favorita. La mesa estaba preparada y dispuesta para que dos personas disfrutaran de una romántica velada. Todo indicaba que Alan estaba allí para reconciliarse con ella, pero aun así ella se sentía temerosa de volver a perderle y no quería hacerse ilusiones antes de tiempo.

–  Estás muy callada, dime qué estás pensando. – Le dijo Alan sonriendo para transmitirle seguridad y confianza.

–  Todo esto me ha cogido por sorpresa, la última vez que nos vimos me dijiste que no querías volver a saber nada de mí y ahora estás aquí. – Le contestó Elisabeth con un hilo de voz. – No entiendo por qué estás aquí, ¿qué es lo que ha cambiado?

–  He cambiado yo. – Le respondió Alan mirándola a los ojos. – Me he dado cuenta de que sin ti estoy completamente perdido. No he pasado ni cuatro días sin ti y te he echado tanto de menos que me dolía hasta respirar. Todo lo que veía y todo lo que escuchaba me recordaba a ti. – Se acercó aún más a ella y le susurró al oído: – Me he enamorado de ti, pequeña kamikaze.

Elisabeth no le respondió con palabras, pero le respondió con lo que empezó siendo un dulce beso y se convirtió en un torrente de caricias apasionadas producidas por un incontrolable deseo que ninguno de los dos podía ni quería reprimir.

Alan la agarró por la cintura y la colocó a horcajadas sobre él, volvió a besarla en los labios y, estrechándola entre sus brazos, le susurró:

–  Hoy hay luna nueva. Si la luna llena nos desinhibe, ¿qué hace la luna nueva?

–  No sé lo que hace la luna nueva normalmente, pero hoy estoy segura de que nos va a traer nuevos y deliciosos momentos de placer. – Le respondió Elisabeth antes de continuar besándole apasionadamente.

–  Se te ha olvidado una cosa. – La interrumpió Alan para que le mirara a los ojos. – La luna nueva nos ha traído el principio de una relación, concretamente el principio de nuestra relación.

–  ¿Qué significa eso exactamente?

–  Significa que quiero que regreses conmigo a Barcelona y que te quedes conmigo. O, si lo prefieres, puedo hablar con Guillermo y pedirle el traslado a las oficinas de Londres.

–  ¿Harías eso por mí?

–  Haría cualquier cosa por ti y por estar contigo, Eli.

No hicieron falta más palabras para que ambos se fundieran en los brazos del otro. Tan solo habían pasado cuatro días separados pero para ellos había pasado una eternidad y no tenían tiempo que perder. Alan se levantó del sofá sosteniendo a Elisabeth en los brazos y la llevó a la cama. Ambos se necesitaban con urgencia y Elisabeth, tumbada boca arriba en la cama, abrió sus piernas y le invitó a entrar. Alan aceptó aquella invitación al instante y, de una sola estocada, la penetró. En dos meses había descubierto muchas cosas sobre Elisabeth y una de ellas era que le gustaba el sexo salvaje. Alan siempre trataba de ir despacio y ser delicado con ella, le gustaba deleitarse acariciando y besando su suave piel, memorizando todos y cada uno de los recovecos de su cuerpo con los que ella se excitaba cuando la tocaba. Pero Elisabeth era impaciente y le apresuraba, le exigía con su cuerpo más velocidad y profundidad en sus embestidas, por eso Alan decidió darle lo que a ella le gustaba.

Ninguno de los dos llegó a desvestirse. Elisabeth se había subido el vestido que quedó enredado en su cintura y Alan se había desabrochado los pantalones y el bóxer hasta las rodillas y, con el más puro y simple instinto primitivo, entró y salió de ella mientras ambos gemían y sucumbían en la euforia del placer.

Alan se derrumbó sobre Elisabeth y rodó hasta quedar a su lado para no aplastarla, pero sin dejar de abrazarla la giró y volvió a estrecharla entre sus brazos. La besó cariñosamente sobre la cabeza y le dijo con un tono de voz divertido y relajado:

–  No he acabado contigo, pero debemos hacer una pausa para cenar. He preparado un solomillo al horno con patatas asadas con el que te vas a chupar los dedos. – La besó de nuevo en los labios y mirándola a los ojos le dijo: – Me he enterado que no estás comiendo demasiado bien y eso tiene que cambiar ahora mismo.

Bajo la luz de la luna 17.

Bajo la luz de la luna

A Elisabeth no le quedó más remedio que armarse de valor y afrontar aquella situación. Llamó a su padre y, tras hablar con él durante horas y explicarle con todo detalle qué era lo que realmente había pasado, ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor era afrontar cuanto antes aquella situación y Elisabeth decidió regresar a Londres. Le hubiera gustado despedirse personalmente de la pandilla, pero no sabía cómo iban a reaccionar los chicos y prefirió enviarles un e-mail a Olivia y Marta para explicarles que debía regresar a Londres y las echaría de menos, pero también les prometía que, cuando todo se calmara, regresaría a verles. También les pidió que les dijeran a los chicos que sentía haberles ocultado tantas cosas y que, en el caso de que estuvieran dispuestos a escucharla, ella se lo contaría todo. Les agradeció todos y cada uno de los momentos en los que habían estado apoyándola y animándola. Tras escribir todo lo que tenía que decir, pulsó el botón de enviar y apagó el ordenador, era hora de hacer la maleta y regresar a Londres, no se puede vivir huyendo continuamente.

Alan estaba furioso. No quería ver ni hablar con nadie, se sentía decepcionado y engañado por la única mujer por la que hubiera estado dispuesto a dejarlo todo, incluso había asistido a la gala anual de su empresa con ella. Había decidido alejarse un par de días y se alojó en un hotel del Montseny para relajarse y poder pensar con claridad. Se limitó a llamar a su madre para decirle que estaría fuera un par de días y que cuando regresara les explicaría todo y ese fue el único contacto que Alan había tenido con su familia y sus amigos en los últimos dos días. No quiso tener contacto alguno con el exterior, no vio la televisión, no leyó la prensa ni buscó en internet. Necesitaba tiempo para pensar sin distracciones, necesitaba aclarar sus sentimientos más allá de la furia y la decepción.

El jueves regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue ir a casa de sus padres. Por suerte, su hermana Marta estaba allí y aquello le dio más valor para enfrentarse a ellos.

–  ¡Alan, nos has tenido a todos muy preocupados! – Exclamó su madre abrazándole. – Hijo, ¿cómo estás? ¿Estás bien?

–  Todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado. – Respondió Alan. – Sigo sin entender por qué me lo ocultó todo.

–  Elisabeth lo ocultó porque necesitaba evadirse de la presión que estaba sufriendo tras haber cancelado su compromiso dos meses antes de celebrarse la boda, por eso vino a España. – Le empezó a decir Marta para intentar que su hermano comprendiera que Elisabeth no había querido engañarle. – Cuando Olivia fue con ella a Londres fue para acordar el comunicado oficial de la ruptura del compromiso, pero su ex envió otro comunicado distinto al acordado en el que tan solo decían que la boda no se celebraría en la fecha prevista, lo que ha generado todo este embrollo en la prensa. Elisabeth había decidido contártelo después del fin de semana en los Pirineos, pero la prensa se adelantó antes de que ella pudiera hacerlo.

–  Tuvo dos meses, Marta. – Le recordó Alan.

–  Se equivocó, Alan. Todos nos equivocamos alguna vez, pero ella no lo hizo con mala intención, tan solo quería sentirse totalmente libre por primera vez, sin la presión de su apellido y ha tenido la mala suerte de enamorarse de ti cuando ya era demasiado tarde para contar la verdad. – Le dijo Marta defendiendo a su amiga. – Eres mi hermano y te quiero, pero por orgullo vas a perder a una mujer maravillosa que, a pesar de todo lo que le dijiste la última vez que la viste, estoy segura de que sigue queriendo verte.

–  ¿Has hablado con ella? – Preguntó Alan.

–  Sí y lo está pasando fatal.

–  ¿Y cómo crees que lo estoy pasando yo? – Le espetó Alan molesto.

–  Cielo, creo que deberías hablar con esa chica antes de que sea demasiado tarde y te despiertes un día y te arrepientas de no haberlo hecho. Ella tiene las respuestas que tú buscas y quizás podáis daros una nueva oportunidad. – Le aconsejó su madre.

–  Había pensado en ir a verla, pero después de lo que le dije, no sé si va a querer abrirme la puerta.

–  ¿Sabes que está en Londres, verdad? – Le preguntó Marta.

–  ¿En Londres? ¿Se ha marchado?

–  Pensaba que lo sabías, ¿no has visto la televisión los últimos dos días? – Alan negó con la cabeza y Marta continuó hablando: – Le dijiste que no querías saber nada más de ella y ella se lo ha tomado al pie de la letra, no quiere causarte más problemas y ha regresado a Londres, donde ha aparecido en una rueda de prensa anunciando que la ruptura de su compromiso con Mike Hudson y la cancelación de su boda había ocurrido hacía dos meses, antes de venir a España y que desde entonces era libre para hacer y deshacer con su vida lo que le diera la gana, ¡incluso la reina de Inglaterra ha salido en su defensa!

–  ¿Por qué todos la defendéis? ¡Es a mí a quién ha mentido y para todo el mundo ella es la víctima!

–  ¡Porque todos nos hemos dado cuenta de que está enamorada de ti menos tú, cazurro! – Le espetó Marta perdiendo la paciencia. – ¡Y porque todos sabemos que tú sientes lo mismo por ella! ¿Te has fijado en la cantidad de mensajes que Eli te ha dejado en el contestador? ¿O cuántos e-mails te ha enviado? Lo está pasando realmente mal aunque trata de ocultarlo, pero Jason nos ha confesado que se pasa el día encerrada en su habitación, sin comer y sin querer hablar con nadie.

Alan sintió como si le apuñalaran el corazón con una daga. Había regresado porque, a pesar de que se sentía dolido con Elisabeth, se había dado cuenta de que la amaba demasiado como para poder quitársela de la cabeza y no solo había descubierto que se había marchado a Londres, sino que además lo estaba pasando mal.

–  Me voy a Londres a recuperarla, pero necesitaré ayuda. ¿Puedo contar con vosotros?

–  Olivia está de camino a Londres en este momento, yo no quería ir hasta que tú regresaras, pero ahora que ya estás aquí, creo que podemos ir todos juntos.

–  ¿Todos juntos?

–  Marcos dice que no se fía de Jason y Olivia está en Londres, yo también quiero ir a ver a Elisabeth y quiero que venga Óscar conmigo. – Le explicó Marta.

–  Quiero irme ya, busca el primer vuelo que salga para Londres. – Le ordenó Alan. Se volvió hacia a su madre, le dio un beso en la mejilla y le dijo antes de desaparecer: – Me voy a dar una ducha y hacer de nuevo la maleta, deséame suerte para que regrese conmigo.

–  Te deseo toda la suerte del mundo, pero estoy segura de que no la necesitas. – Le dijo con dulzura su madre, que había sido testigo indirecto de aquella situación y del dolor de aquella chica según las propias palabras de su hija.

El viernes por la mañana, Alan, Marta, Marcos y Óscar volaban en un avión en dirección a Londres. Marta se había encargado de organizarlo todo con la complicidad de Olivia, Jason y los padres de Elisabeth, pero Alan no quería arriesgarse a que Elisabeth decidiera no recibirlo y les pidió que mantuvieran en secreto que él también iba a Londres para así poder darle una sorpresa.

Jason fue a buscarles al aeropuerto a pesar de que el chófer de los Muller se iba a encargar de llevar al grupo de amigos junto a Elisabeth, pero Jason había hecho sus propios planes.

Marta, Óscar y Marcos se subieron a la limusina con el chófer de los Muller y Jason se llevó a Alan en su coche. Alan aceptó en silencio las indicaciones de Jason y, cuando se quedaron a solas en el coche, le preguntó con voz firme:

–  ¿Qué es lo que pretendes, Jason?

–  Pretendo arreglar lo tuyo con Elisabeth y supongo que tú pretendes lo mismo que yo. Por eso estás aquí, ¿no? – Le respondió Jason. – Elisabeth no quiere salir de su habitación, así que tendré que buscar algún pretexto para sacarla de casa, a menos que prefieras presentarte directamente en casa de los Muller y hablar con ella allí frente a todo el mundo.

–  Invéntate lo que sea para sacarla de casa, necesito intimidad y allí no la voy a encontrar.

–  Eso mismo he pensado yo, por eso te estoy llevando a mi cabaña. – Le respondió Jason. – Voy a llevarte a una pequeña cabaña junto al río de mi propiedad. Puedes instalarte allí y preparar lo que sea que quieras preparar porque a las ocho dejaré allí a Elisabeth, que no sabrá que estás ahí. También te he dejado preparado un coche, por si quieres salir a comprar cualquier cosa. Por cierto, si quieres sorprenderla, cómprale un ramo de lirios blancos, es su flor preferida y le gusta llenar su casa de ellos.

–  ¿Por qué haces todo esto? – Quiso saber Alan.

–  Elisabeth es como una hermana para mí y nunca la había visto así de deprimida y mucho menos por un hombre. Se arrepiente de no haberte dicho la verdad antes y que te enteraras por la televisión, pero de lo que más se arrepiente es de haberte perdido. – Le contestó Jason. – Yo solo quiero verla feliz y hacía más de dos años que no la veía tan feliz como la vi cuando estaba contigo.

–  He sido un imbécil, no me lo va a poner fácil. – Le confesó Alan.

–  No creo que eso sea un problema. – Le aseguró Jason. – Por cierto, hemos descubierto quién ha enviado vuestras fotos a la prensa y no te va a gustar oír lo que voy a decirte. La persona que envió las fotos fue el director creativo de Social, Luís Cobo.

–  ¿Eli lo sabe?

–  Todavía no, lo hemos descubierto esta mañana y he pensado que quizás querías decírselo tú. – Le respondió Jason. – Al fin y al cabo, eres el único que puede explicarle a Elisabeth por qué lo ha hecho.

Alan se sintió fatal, todo aquello había sido causado por una rivalidad estúpida con Luís Cobo y por su culpa podía haber arruinado su relación con Elisabeth. Debía ajustar cuentas con él, pero su prioridad en ese momento era reconciliarse con Elisabeth, por eso estaba allí.

–  Se lo diré esta noche, quiero decírselo yo. – Concluyó Alan.

Tras dejarle en la pequeña cabaña, Jason se marchó y Alan entró y observó aquella casa y sonrió para sus adentros. Aquello no era una pequeña cabaña junto al río, aquello era un pequeño picadero diseñado para la ocasión. Era una cabaña tipo loft y lo primero que se veía era un enorme jacuzzi junto a la ventana con vistas al bosque por donde pasaba aquel hermoso río que parecía salido de una postal. La cama era una king size y estaba contigua al pequeño salón sin delimitar formado por un par de sofás, una televisión de cincuenta pulgadas y una pequeña mesa de café. Más allá estaba el comedor, formado por una mesa para cuatro personas y cuatro sillas, seguida de la cocina con barra americana. Elisabeth llegaría a las ocho de la tarde y eran las cinco, tenía tres horas para ir a comprar comida para la cena, unas sábanas de seda de color rojo y varios ramos de lirios blancos. Quería tenerlo todo preparado para cuando ella llegara y poder sorprenderla, quería que cuando ella le viese tuviera claro que había venido a buscarla y que no se marcharía de allí sin ella.

Bajo la luz de la luna 16.

Bajo la luz de la luna

El lunes por la mañana, cuando Alan se levantó para ir a trabajar, Elisabeth también se levantó y desayunó con él antes de salir a correr. Se despidieron en el ascensor y Alan tuvo que hacer un gran esfuerzo para no regresar con ella al apartamento y quedarse en la cama todo el día.

–  Te veré luego, llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar conmigo. – Le dijo Alan tras darle un beso en los labios. – Ten cuidado con los coches, kamikaze.

Alan se marchó a trabajar y Elisabeth salió a correr dirección este hasta que llegó a la playa y siguió corriendo por la Barceloneta.

Casi dos horas más tarde, Elisabeth regresó al apartamento y se dio una ducha rápida. Quería salir a comprar algo especial para la cena que quería prepararle a Alan y quería que todo saliera perfecto. Con las prisas se olvidó el móvil en casa y cuando regresó del mercado tenía quince llamadas perdidas de Jason. Él nunca era tan insistente, a menos que algo pasara y, cuando su teléfono sonó por enésima vez, Elisabeth respondió de inmediato:

–  ¿Qué ocurre? – Preguntó con un hilo de voz.

–  ¿Qué ocurre? ¡Joder Elisabeth, la que se va a liar! – Espetó Jason. – Acaban de llamarme para decirme que esta noche vas a aparecer en todas las noticias de la televisión del Reino Unido y que, además, ya debes estar saliendo en la televisión española.

–  ¿De qué estás hablando? – Preguntó Elisabeth alarmada.

–  Enciende la televisión y lo descubrirás tú misma. – Le respondió molesto.

Elisabeth hizo lo que Jason le ordenó y se quedó bloqueada cuando en la pantalla de su televisión apareció una foto de ella y Alan besándose mientras bailaban en la cena de gala de la empresa de Alan. Junto a la foto había un titular: “Lady Elisabeth cancela la boda pero decide celebrar la despedida de soltera.”

–  ¿Cómo han llegado esas fotos ahí? ¿Qué ha pasado? – Preguntó Elisabeth con el pánico en el cuerpo.

–  Esperaba que tú me lo dijeras. – Replicó Jason. – Van a publicar un montón de fotos tuyas con Alan, algunas bastante comprometidas.

–  ¿Lo sabe mi padre?

–  Las noticias han llegado directamente al bufete, mi padre se está encargando en este momento de avisarle. ¿Qué piensas hacer, Elisabeth?

–  Aún no le he dicho nada a Alan. – Musitó Elisabeth con un hilo de voz.

–  Pues lamento decirte que ya debe saberlo.

–  Jason, tengo que colgar. Redacta un comunicado aclarando que mi compromiso con Mike se anuló hace casi dos meses y que el comunicado que él decidió enviar no fue el que acordamos.

–  Elisabeth, los paparazzi probablemente ya estarán en la puerta de tu casa.

Elisabeth colgó y llamó a Alan, en aquel momento él era lo único que le importaba y su reacción lo que más la preocupaba.

Alan estaba furioso. Se había enterado de que salía en las noticias porque su secretaría se lo había dicho y ella se había enterado porque venía de desayunar de la cafetería. No entendía nada y cuando encendió la televisión de su despacho y vio una foto de él y Elisabeth bajo el titular: “Lady Elisabeth anula su compromiso con Lord Hudson pero decide celebrar su particular despedida de soltera con un director ejecutivo español.” Alan se quedó en silencio, escuchando todo lo que aquellos colaboradores del programa decían y sintiéndose cada vez más confuso y furioso.

Según aquellos periodistas, si es que podían llamarse así, Eli en realidad era Lady Elisabeth Muller, hija de un alemán que había levantado su propio imperio sobre la seguridad informática y a quién la reina de Inglaterra le había otorgado el título de Lord. Al parecer, Lady Elisabeth se tenía que casar este sábado con Lord Mike Hudson, un estirado bastante importante en su país pero del que él no tenía ni idea, pero el lunes pasado enviaron un comunicado escrito a la prensa en el que anunciaban que la boda no se celebraría en la fecha indicada. A Alan no le salían las cuentas, cuando ese comunicado se envió a la prensa él ya se había acostado con Eli. ¿Se había acostado con él estando prometida a otro hombre? Y luego estaba lo de su padre. Si Eli era la hija de Erik Muller, ¿por qué su jefe y su esposa no la saludaron como correspondía? Al fin y al cabo, Erik Muller era un gran amigo de su jefe y se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa. ¿También su jefe había fingido no conocerla?

Alan se pasó las manos por la cabeza y se sirvió un vaso de whisky que se bebió de un trago a pesar de que no eran ni las once de la mañana. ¿Qué se suponía que debía hacer? Su teléfono empezó a sonar y al ver que era Elisabeth quien llamaba decidió no contestar y apagó el teléfono, no estaba preparado para hablar con ella. Se dirigió al despacho de su jefe y lo encontró hablando por teléfono pero cuando lo vio entrar, se despidió rápidamente de su interlocutor y colgó.

–  ¿Conocías a Elisabeth antes de que yo te la presentara? – Le preguntó Alan furioso.

–  Sí. – Respondió Guillermo resignado. – Evelyn la vio antes de que nos la presentase, no sabía que trabajabas para nosotros y nos pidió discreción porque no quería que nadie se enterara de quién era debido al escándalo por la cancelación de la boda.

–  ¡Joder, se iba a casar este sábado y yo ni siquiera sabía nada!

–  Alan, creo que antes de tomar decisiones en caliente deberías hablar con ella, me consta que está removiendo cielo y tierra para detener todo esto y me acaban de comunicar que su abogado te ha blindado.

–  ¿Qué significa eso?

–  Que ni tu nombre ni tu imagen ni tu persona pueden ser objeto de cualquier información pública. – Le respondió Guillermo y, al ver que Alan le miraba como si le hubiera hablado en chino, añadió: – En resumen, que no se puede hablar de ti ni en la prensa, ni en la televisión ni en ningún otro medio de comunicación.

–  ¿Se puede hacer eso?

–  Lady Elisabeth acaba de hacerlo. – Le confirmó Guillermo.

–  Guillermo, necesito tomarme unos días de vacaciones y salir de aquí. Puedo seguir trabajando a distancia. – Le dijo Alan.

–  Tómate el tiempo que necesites, Alan. Ya sabes que eso no es ningún problema. Pero espero que sigas mi consejo y no pienses en huir. Hablando se entiende la gente.

–  Tendré el móvil apagado, pero envíame un e-mail si me necesitas y me pondré en contacto contigo de inmediato. – Le dijo Alan antes de salir del despacho de su jefe.

Alan regresó a su despacho, apagó su teléfono móvil que no dejaba de sonar y se dirigió a su apartamento. Estaba furioso y quería explicaciones y, aun siendo consciente de que no era el mejor momento para exigirlas debido a su estado alterado, fue en busca de Elisabeth. Llamó a la puerta del apartamento de Eli y esperó a que abriera la puerta para irrumpir en él hecho una furia. Se encontró con una Elisabeth pálida, con marcadas ojeras y ojos hinchados, sin duda había estado llorando. Ella fue a abrir la boca, pero él no la dejó hablar y le espetó:

–  ¿Pensabas decirme algún día quién eres? ¿O que estabas prometida? ¡Joder, estabas prometida con ese maldito Lord cuando te acostaste conmigo la noche de la fiesta de la luna llena!

–  No es lo que parece, Alan. – Trató de disculparse Elisabeth. – Pensaba decírtelo, pero no sabía cómo ibas a reaccionar y me dio miedo…

–  ¡Y creíste que lo mejor era que me enterara por la prensa y la televisión! – Le espetó Alan con sarcasmo alzando la voz. – ¡Mi móvil va explotar de tantas llamadas que recibo, toda España y parte del mundo creen que he sido el causante de la cancelación de tu boda y tanto en la prensa, como en la televisión, como en internet, aparece mi foto bajo el titular: “El español que le arrebató la prometida al Lord Hudson” o, peor aún, “Lady Elisabeth celebra su despedida de soltera con un boy español”! ¿Tienes idea de lo que todo esto significa para mí? ¿De los problemas que esto le va a causar a mi familia? ¡Joder, la puerta del edificio está llena de paparazzi!

–  Alan, lo siento, yo…

–  ¿Que lo sientes? ¡Más lo siento yo por pensar que eras diferente, que eras sincera y una verdadera amiga! – Volvió a interrumpirla Alan. – Espero que hayas disfrutado de tu particular despedida de soltera, porque se acabó.

–  Alan, escúchame por favor. – Le suplicó Elisabeth con un hilo de voz.

–  ¡Te he escuchado durante dos meses, tiempo suficiente para que dijeras todo lo que tenías que decir y no lo hiciste! – Le espetó furioso y añadió con una indiferencia que a Elisabeth le rompió el corazón en mil pedazos: – Ya no quiero escucharte, no quiero saber nada más de ti.

Una vez dicho aquello, Alan se marchó cerrando la puerta de un portazo mientras Elisabeth estalló en un desmesurado llanto que había estado aguantando con esfuerzo mientras Alan estaba presente pero que, ahora que ya se había ido, no tenía que seguir conteniendo.

Alan entró en su apartamento, llenó un par de maletas con algo de ropa y objetos de higiene personal y se marchó subido a su coche, conduciendo sin un rumbo claro mientras sentía que la cabeza le iba a explotar.

¡Maldita kamikaze! ¿Cómo ha podido ocultarme algo así?, se preguntaba Alan una y otra vez.

Elisabeth se quedó destrozada tras aquel encuentro con Alan y aún tenía que enfrentarse a sus padres, a Mike y probablemente a toda la prensa. Le hubiera gustado poder chasquear los dedos y desaparecer, no se sentía con fuerzas ni ganas de luchar, sobre todo cuando lo que más le importaba ya lo había perdido.