Sorpresa de San Valentín.

El día de San Valentín llegó y yo decidí pasar la tarde estudiando, sin ninguna intención de salir a la calle y odiando cada vez más a Alec por no dar señales de vida. Quizás Kate tuviera razón, tal vez Alec me había dicho que estaría fuera de la ciudad por trabajo para evitar estar conmigo en San Valentín. Tan solo hacía un mes que nos conocíamos y apenas habíamos intercambiado un par de besos, una cita el día de San Valentín era demasiado para el punto en el que se encontraba nuestra relación, si es que podía llamarse así.

Cansada de estudiar leyes y procedimientos jurídicos, me preparé un baño con sales aromáticas y me hundí en el agua caliente de la bañera. Me fumé un cigarro y me bebí una copa de vino disfrutando del baño hasta que el agua comenzó a enfriarse. Estaba secándome con una toalla cuando escuché el timbre de la puerta. Miré el reloj, eran las ocho de la tarde. Me puse el albornoz y me dirigí al hall. Miré por la mirilla antes de abrir la puerta y me quedé paralizada al ver quién era. Era él. Alec estaba frente a mi puerta y la noche de San Valentín, había aparecido en el momento más oportuno y había echado por tierra las sospechas de Kate. Nuestras miradas se encontraron, una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios y, mirándome de arriba abajo, me saludó manteniendo las distancias:

—Quizás debería haber llamado antes de venir… ¿estás ocupada?

Adiviné lo que estaba pensando y no pude evitar sonreír al comprobar cómo contenía su curiosidad para no preguntar lo que realmente quería saber.

— ¿Cuándo has llegado? —Fue lo único que fui capaz de decir.

—He aterrizado hace un par de horas, me he dado una ducha en el trabajo y he venido a verte, ni siquiera he pasado por casa. ¿Me invitas a entrar?

Asentí con un leve gesto de cabeza y me eché a un lado para dejarle entrar en casa. Pasó por mi lado y, tras cerrar la puerta, se paró frente a mí y me susurró:

—Estás preciosa.

Acarició mi mejilla con el dorso de la mano y cerré los ojos al notar cómo se erizaba mi piel debido al contacto. Rodeó mi cintura con su brazo y me estrechó contra su cuerpo al mismo tiempo que me besaba con extrema lentitud. Despegó sus labios de los míos haciendo un gran esfuerzo y, tras un suspiro cargado de frustración, musitó entre dientes:

—Será mejor que te vistas, no quiero que cojas frío.

Aquellas palabras no presagiaban nada bueno, pero tampoco me adelanté a preguntar. Era la primera vez que un hombre me pedía que me tapase con más ropa y no sabía cómo interpretarlo. En lugar de pensar que quizás Alec no me deseaba como mujer, me armé de seguridad y le dije:

—Iré a vestirme, sírvete una copa de vino mientras regreso.

Di media vuelta y me dirigí a mi habitación para vestirme. Decidí ponerme unos tejanos pitillo, un jersey de cuello de cisne y unas botas altas. Me quería tapada y así me iba a tener. Ni siquiera me maquillé, tan solo me sequé el pelo y fui en su busca.

Le encontré sentado en el sofá del salón bebiendo de su copa de vino mientras echaba un vistazo a mis apuntes de derecho penal. Estaba muy sexy sin pretenderlo, se sentía cómodo y natural vestido con unos tejanos y un jersey negro. Se volvió hacia a mí al notar mi presencia y se puso en pie. Me miró de arriba abajo con sorpresa, talvez esperaba verme con un vestido elegante y que tuviera planes para esta noche. Miré el reloj, solo eran las ocho.

—Todavía no me has dicho si tienes planes para esta noche —comentó mirándome a los ojos.

No era una pregunta, pero esperaba una respuesta. Le hice un gesto para que se sentara de nuevo en el sofá, me senté junto a él y, mientras rellenaba nuestras copas de vino, le dije:

—Tenía pensado pedir algo de comida a domicilio y ver una película, probablemente alguna comedia romántica y así tener una excusa para comerme el bote de helado de chocolate que guardo en el congelador —bromeé.

—Es un plan muy tentador —se mofó—. ¿Te importa si te hago compañía?

—Para nada, pero si te vas a quedar debes saber que pienso ponerme cómoda —le advertí.

—Me he arrepentido de pedirte que te vistieras en cuanto las palabras han salido de mi boca, no me hagas caso si vuelvo a decírtelo.

—Lo tendré en cuenta. Dime, ¿qué te apetece cenar? ¿Comida japonesa, china, pizza, kebab?

—Si esas son las opciones, prefiero la pizza.

—Genial, coge uno de los folletos de publicidad y pide lo que quieras —le dije señalando los papeles que había junto al teléfono de la mesa auxiliar—. Voy a ponerme cómoda.

Media hora más tarde, Alec y yo estábamos sentados en el sofá comiendo pizza y viendo una película de comedia romántica en la televisión. Alec me abrazó todo el tiempo, pero no intentó un mayor acercamiento hasta que la película terminó.

—Ha sido una película… interesante —comentó haciendo un esfuerzo por encontrar la palabra adecuada.

—No te ha gustado —deduje divertida.

—No es un género que me guste, pero puedo soportarlo solo por verte sonreír.

— ¿Aunque te haya obligado a ver una película ridícula y vaya vestida con un pijama de corazones?

—Sobre todo si vas vestida con ese pijama de corazones tan sexy —bromeó en un susurro mientras acercaba sus labios a los míos—. Giselle…

Me excitaba oírle pronunciar mi nombre de aquella manera tan sensual y premonitoria. Me besó despacio y se abrió paso por mi boca para acabar besándonos salvajemente. Me colocó a horcajadas sobre él y me quitó la parte superior del pijama, quedándome en sujetador. Siguió besándome mientras sus manos recorrían mi cuerpo, pero se detuvo cuando mi teléfono móvil comenzó a sonar por enésima vez.

—Nena, si no vas a cogerlo será mejor que lo apagues.

—Dame dos minutos, puede que sea importante.

Me levanté y cogí el teléfono móvil, era Steve quien llamaba con tanta insistencia.

—Espero que sea importante —bufé nada más descolgar.

— ¿Te he fastidiado el plan de San Valentín?

— ¿Qué quieres?

—Supongo que eso es un sí —se mofó—. En fin, solo llamaba para decirte que iré a verte la próxima semana, pasaré unos días en Virginia Beach y me preguntaba si podía hospedarme en tu nueva casa.

—Ya sabes que mi casa es tu casa, Steve. Además, tengo ganas de verte.

—Y yo a ti, pequeña —me confesó con sinceridad—. Diviértete y llámame si tengo que partirle la cara a alguien, recuerda que todos los hombres son unos capullos.

—Tranquilo, sé cuidarme sola. Buenas noches, Steve —me despedí antes de colgar.

Regresé de nuevo junto a Alec, pero lo noté distante.

— ¿Va todo bien?

—Iba a preguntarte lo mismo —me respondió con cierto tono de reproche en la voz.

—Toda va bien, era Steve, me llamaba para decirme que la próxima semana pasará unos días en la ciudad…

—Y le has ofrecido tu casa para que se hospede —acabó la frase.

—Así es —le confirmé.

— ¿Puedo preguntarte quién es ese Steve?

—Steve es mi mejor amigo, es como un hermano mayor para mí.

—Si es como un hermano, entonces no…

—No, no hay ninguna relación sentimental ni sexual entre Steve y yo, si es eso lo que quieres saber —zanjé la cuestión—. Y, si has terminado con el interrogatorio, me gustaría seguir con lo que estábamos haciendo antes de que nos interrumpieran.

—Ven aquí, caprichosa —me ordenó al mismo tiempo que me agarraba de la cintura y me colocaba de nuevo a horcajadas sobre él—. Creo que, antes de que nos interrumpieran, estábamos besándonos mientras acariciaba cada milímetro de tu piel que había quedado al descubierto.

Continuó besándome y desnudándome despacio. Acarició los bordes de mi sujetador rozando la piel de mis pechos, siguiendo por la espalda hasta encontrar el cierre y abrirlo, dejando mis pechos al descubierto.

—Eres preciosa —susurró con la voz ronca antes de llevarse a la boca uno de mis pezones para lamerlo y mordisquearlo, y a continuación hacer lo mismo con el otro. Soltó un gruñido gutural de la garganta y añadió poniéndose en pie conmigo en brazos—: Necesitaremos un sitio más cómodo, ¿dónde está tu habitación?

—En la planta de arriba —respondí rodeando su cuello con mis brazos.

Subió las escaleras cargando conmigo en brazos y le guie hasta mi dormitorio. Abrió la puerta y recorrió toda la estancia con la mirada antes de entrar. Caminó hacia a la cama y me depositó suavemente sobre ella. Hizo que me tumbara y terminó de desnudarme deshaciéndose de mis pantalones y mis braguitas.

—Me temo que no estamos en igualdad de condiciones —ronroneé colocándome de rodillas sobre la cama y quedando a la altura de su pecho—. Ahora me toca a mí.

Alec sonrió excitado, sus ojos estaban brillantes y su intensa mirada recorría mi cuerpo una y otra vez como si quisiera devorarme. Agarré el borde inferior de su jersey y lo deslicé hacia arriba para quitárselo con su ayuda. Hice lo mismo para deshacerme de su camiseta y seguí desabrochando los botones de su pantalón tejano, pero Alec se impacientó y acabó quitándose el pantalón y los bóxer él mismo.

—Supongo que la paciencia no es una de tus virtudes —bromeé con coquetería.

—No lo es cuando se trata de ti —me respondió abalanzándose sobre mí para apoderarse de mi boca. Acarició mi entrepierna para comprobar si estaba húmeda y añadió—: Nena, quiero estar dentro de ti.

Alargué el brazo para abrir el cajón de la mesita de noche y saqué un preservativo, cortesía de Steve para que estrenara mi nueva casa de la manera más divertida. A Alec no le pareció tan divertido cuando alzó la vista y vio el cajón repleto de preservativos.

—Supongo que debo parecerte una pervertida, pero te aseguro que tengo una explicación —le dije tratando de contener la risa.

—No es algo que esté acostumbrado a ver —bromeó y añadió sonriendo—: Ya hablaremos de eso en otro momento.

Se puso el preservativo, colocó su miembro en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente. Sonrió lascivamente cuando estuvo por completo dentro de mí y se me escapó un gemido de la garganta que no fui capaz de contener.

—No te reprimas, nena —me ordenó en un susurro al mismo tiempo que comenzó a entrar y salir de mí una y otra vez.

Traté de moverme para cambiar de posición, el misionero no era una de mis posturas favoritas, y Alec, adivinando mis intenciones, me dejó hacer. Me coloqué a horcajadas sobre él y llevé el ritmo de las embestidas mientras él me ayudaba a subir y bajar agarrándome del trasero. Nos besamos con urgencia, mis manos recorrieron su musculoso tórax y noté cómo se tensaba. Deslizó una de sus manos entre nuestros cuerpos hacia mi entrepierna, encontró mi clítoris y lo estimuló con movimientos circulares y con unos suaves toques de presión con el pulgar. Todo mi cuerpo se estremeció, el orgasmo estaba cerca y no quería que ese momento terminara nunca.

—Vamos nena, córrete conmigo.

Aquellas palabras fueron más una orden que una petición, pero mi cuerpo obedeció al instante y ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama y me arrastró con él, envolviéndome con sus brazos mientras seguía dentro de mí. Me mantuvo abrazada hasta que nuestras respiraciones se normalizaron y, sin quitarme de encima, salió de mí, se quitó el preservativo y lo anudó antes de dejarlo en el suelo. Me besó en la cabeza y me preguntó con voz ronca:

— ¿Estás bien, nena?

—Hacía tiempo que no estaba tan bien.

—Me alegra oír eso —murmuró entre dientes .

Alec no me dio tregua y se abalanzó sobre mí, intercambiando nuestras posiciones con un rápido movimiento. Se puso un preservativo que cogió del cajón de la mesita de noche, colocó mis manos por encima de mi cabeza y las unió a las suyas, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Un gemido arrollador salió de mi garganta y Alec, dedicándome una sonrisa socarrona, me dijo:

—Feliz San Valentín, nena.

Unió de nuevo su cuerpo al mío con una suave estocada, deslizándose dentro de mí y llenándome por completo.

Hicimos el amor una y otra vez hasta que nos quedamos dormidos por el agotamiento. El sonido de la alarma del teléfono móvil me despertó y al abrir los ojos mi mirada se encontró con la de Alec. Me estrechó entre sus brazos, me besó en la sien y me susurró al oído:

—Creo que ya hemos hecho suficiente ejercicio como para no salir a correr esta mañana, quédate un rato más en la cama, yo te llevaré a la universidad.

—Creo que hoy no voy a ir a clase, me voy a tomar el día libre —estaba cansada y me sentía demasiado bien entre los brazos de Alec—. Le enviaré un mensaje a Kate para que no me espere.

Entorné los ojos para que la luz del teléfono móvil no me deslumbrara, busqué el contacto de Kate en la agenda y le escribí un mensaje: “He pasado mala noche y apenas he dormido, no iré a clase hoy, nos vemos mañana.”

— ¿Por qué le has dicho que has pasado mala noche? —Me preguntó Alec con el ceño fruncido al leer el mensaje que le había enviado a Kate.

—Si le hubiera dicho la verdad, es capaz de presentarse aquí para someterme a un interrogatorio —le respondí acurrucándome contra su pecho—. Prefiero quedarme en la cama contigo.

Me coloqué a horcajadas sobre él y, con un sugerente movimiento circular, comencé a rozar mi entrepierna con la suya.

—Nena…

No dijo nada más, intercambió nuestras posiciones y me devoró la boca. Me satisfacía por completo, pero no me saciaba de él.

—Vas a acabar conmigo —murmuró mientras se colocaba un preservativo.

Me penetró lentamente, con una suavidad extrema e innecesaria. Traté de moverme y mostrarme activa, pero Alec me lo impidió como todas las otras veces exceptuando la primera, le gustaba tener el control y marcar el ritmo. Por alguna razón, Alec se lo tomó con calma. Entró y salió de mí despacio, recorrió mi cuello con la boca dejando un reguero de besos hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo mordisqueando y lamiendo mis pezones. Una vez más, me hizo tocar el cielo con las manos. Todo mi cuerpo se convulsionó y estallé en mil pedazos, gimiendo sin reprimirme al sentir la intensidad de aquel orgasmo. Alec se tensó y, tras dos embestidas, soltó un gruñido gutural al alcanzar el clímax. Se dejó caer a un lado para no aplastarme, se quitó el preservativo, lo anudó y lo tiró al suelo. Cogió un par de servilletas de papel que habíamos dejado sobre la mesita de noche y se limpió para después limpiarme a mí. Volvió a acomodarse a mi lado, me envolvió con sus brazos y, antes de volver a quedarme dormida, me susurró al oído:

—No me sacio de ti, nena.

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